Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
February 26, 2024 8:37 pm
Cosas de Barrio

Diez años sin el ángel de la sortija

El recuerdo de Don Luis, el entrañable calesitero de Liniers que alegró con su magia a varias generaciones de vecinos

“Me tenés que prometer que la calesita no se va a cerrar”, alcanzó a pronunciar don Luis con la voz entrecortada, casi a modo de epitafio, desde su lecho de enfermo en el hospital Santojanni. Las palabras que escuchó de boca de su ahijado lo tranquilizaron, entonces supo que estaba listo para partir. “Le dije que se quedara tranquilo, que la calesita iba a seguir alegrando a los chicos en el patio de su casa”, contó José Luis Rodríguez, ahijado y sobrino nieto del eterno calesitero de Liniers, poco después de que el 27 de junio de 2013, a los 93 años, don Luis pasara a la inmortalidad como consecuencia de una neumonía.

Y mientras por las redes sociales se difundía la infausta noticia, a tres generaciones de vecinos de Liniers y Villa Luro se les anudaba la garganta y los sacudía la tristeza. Un símbolo del barrio había partido y con él se iban también los pedazos de infancia de aquellos que, guapeándole al almanaque, se empecinan en llevar un niño en el corazón.

Por entonces, lentamente la esquina de Ramón Falcón y Miralla se fue poblando de chicos y grandes de todas las edades, que sentían la necesidad de estar ahí, al pie de la calesita, para despedirse de quien, con una sonrisa enmarcada por bigotes de abuelo, había regalado magia y alegría a lo largo de sus 78 años de calesitero. Entonces la puerta de alambre que tantas veces le abrió paso a la alegría, de pronto se fue cubriendo de conmovedores dibujos de los chicos y mensajes de los grandes, hasta convertirse en una ofrenda espontánea, que no hizo más que testimoniar el amor de todo un barrio al viejo y querido don Luis.

La noche fría se sumó a la congoja y encapotó un cielo gris. Algunos encendieron velas para iluminar una esquina que ya no lucía su multicolor encanto. Los automovilistas pasaban lentamente y tocaban bocina para recordar al patriarca, y las lágrimas de todos no cabían en los ojos. “Abue, lo voy a extrañar a don Luis…”, le dijo una pequeña de jardín de infantes a un hombre canoso que la aferraba en su mano derecha e intentaba en vano disimular la emoción. Pero de pronto, la histórica calesita de Liniers, enfundada en su lona verde, inició en silencio su derrotero giratorio. No había música. Ni Lolita Torres, ni Luis Aguilé, ni Gaby, Fofó y Miliki intentaron apurar su marcha, aunque cientos de aplausos sumidos en la emoción tributaban al cielo un dolor auténtico y visceral.

Es cierto, el joven anciano de la sortija fácil se las ingeniaba a fuerza de ternura para disimular el paso del tiempo, o tal vez todos los que lo disfrutábamos jamás no habíamos hecho a la idea de su eventual partida. Los meses previos al deceso de don Luis, la calesita la atendía un allegado, que, aunque ponía los mismos discos de pasta y derrochaba sonrisas, no alcanzaba a ocultar la ausencia del símbolo de esa esquina. Don Luis ya no estaba en su calesita y la casa vacía reclamaba el eco de sus pasos.

La debacle se había iniciado en febrero de aquel 2013, cuando don Luis sufrió un pequeño ACV. Sus movimientos ya no eran tan firmes y seguros. Era preciso empezar a cuidarse. “Se sentía cansado, sin fuerzas, pero igual quería seguir yendo él a hacer las compras”, recordó su ahijado José Luis –su padre era primo hermano del calesitero- que vive con su familia a media cuadra de la calesita. “Como quería seguir viviendo solo le pusimos un teléfono inalámbrico con discado directo a mi casa, para que se comunicara ante el menor inconveniente”, agregó.

Pero un segundo episodio lo sorprendió la noche del 27 de marzo, cuando se cayó en el baño y su ahijado lo encontró tirado en el piso a la mañana siguiente. “Decidimos ponerlo en un geriátrico. Queríamos que estuviese atendido y cuidado”, explicó por entonces José Luis. “Estaba en el que está frente al Santiaguito. Se lo veía contento, lo trataban bien y nosotros teníamos la tranquilidad de que estaba bien atendido”.

Los sueños giratorios de don Luis transcurrieron entre tangos y zarzuelas hasta el 25 de junio de aquel año, cuando una neumonía lo obligó a internarse de urgencia en el Santojanni. Su cuerpo cansado ocupaba una de las camas de una habitación común, con suero y máscara de oxígeno. “Estaba completamente lúcido. Le pregunté si le estaba haciendo efecto el vino tinto que le pasaban por el suero, y se sonrió con su ternura habitual”. Poco después su noble corazón dijo basta.

El barrio después de don Luis

Aunque dedicara toda su vida a los chicos, paradójicamente don Luis no tuvo hijos. Ni siquiera se casó. Su mundo giratorio tenía como epicentro a la calesita. Desde su partida, la propiedad está a cargo de su ahijado y sobrino nieto, José Luis Rodríguez, quien lejos de deslizar la idea de una hipotética venta, viene cumpliendo al pie de la letra aquella promesa postrera que le realizara a su padrino.

“José Luis está a cargo de la calesita y la mantiene tal cual como la tenía don Luis. No hace mucho la pintó y le arregló el motor y los engranajes que la mueven. En febrero la tuvo que cerrar unos meses, porque él también se tuvo que hacer algunos ajustes para que su corazón ande tan bien como el de la calesita, pero hoy ya están los dos funcionando a la perfección”, explicó con una sonrisa el vecino Juan Carlos Montero. Él, junto a Marcela Menéndez, creó en febrero de 2011 el grupo de Facebook “Yo fui a la calesita de don Luis”, en el que a diario se recrean vivencias y anécdotas de quienes disfrutaron del encanto de la única calesita instalada en el patio de una casa, y de la calidez de su mentor. “Hoy somos más de 1.600 en el grupo, con gente de todas partes del mundo. De hecho, la administradora es la hija de José Luis, que vive en Alemania”, puntualizó.

Poco después de la partida de don Luis, una placa colocada por la Junta Comunal 9 sobre una de las paredes laterales de la calesita, recuerda la memoria del inolvidable calesitero, y un cuadro con su foto pretende eternizar su sonrisa de abuelo entrañable. Sin embargo, hay quienes aseguran que, en las noches de luna, una música pegadiza recorre las calles de Liniers mientras las estrellas cambian su brillo de plata por tonos multicolor y cientos de manos de vecinos se alzan al cielo queriendo agarrar la sortija.

Ricardo Daniel Nicolini

Las vueltas de la vida

Hijo de Asunción Barcia, Luis Rodríguez nació el 4 de noviembre de 1919 en el seno de un hogar humilde y trabajador. Un año más tarde, su padre compró una calesita para iniciar un nuevo negocio que lo ayudara a mantener a la familia. Así, don Juan iba de barrio en barrio con su calesita ambulante que giraba gracias a la fuerza de un caballo. Cuando cumplió 15 años, el joven Luis comenzó a colaborar con su padre y así se inició su aventura como calesitero.
Pasaron los años y la fuerza de los caballos fue reemplazada por motores, pero la calesita conservó su esencia con sus caballos, autos, aviones, camellos y barcos de madera originales, que Luis diseñaba con sus propias manos.
En 1944 su padre falleció a causa de una caída que sufrió armando la calesita. Su hijo tomó la posta y continuó paseando la calesita de barrio en barrio, hasta que finalmente decidió afincarla en el patio de su casa, de Ramón Falcón y Miralla.
Desde entonces, todos los vecinos de Liniers y alrededores se transformaron en habitués de la calesita de don Luis. Niños de tres generaciones pasaron tardes enteras girando en ella, derrochando alegría al empuñar la sortija que sin muchos rodeos caía en las manos de sus beneficiarios. Y al despedirse, era el momento del infaltable abrazo apretado a don Luis, quien coronaba la tarde con un caramelo que como por arte de magia aparecía de su bolsillo.
Muchos aún recuerdan las fichas de plástico que él mismo elaboraba con las letras L y R talladas en el centro. Pero además se dio el gusto de escribir un libro con sus vivencias, y aún hoy, cada 4 de noviembre, en coincidencia con su cumpleaños, la Asociación Argentina de Calesiteros y afines celebra el “Día del Calesitero”.
“No cualquiera puede desarrollar esta profesión, tiene muchas vueltas”, solía repetir entre risas don Luis. Es que, en su mítica calesita, todo remite al pasado. Los caballos de madera, el tocadiscos que se mantiene impávido y melodioso junto al poste de la sortija, y hasta el patio de la casa que alberga al viejo carrusel, parecen haberse quedado detenidos en el tiempo, confabulándose para extender una invitación permanente al recuerdo, en tiempos de Ipod, MP4 y pantallas táctiles.
Así lo recrea el corto “La Calesita”, que acaba de estrenarse con singular éxito en Europa y los Estados Unidos, y que en poco tiempo más se proyectará en el patio de la casa de don Luis, en el que fue inspirado.
Una rara mezcla de alegría y nostalgia ¿qué otra cosa es sino la calesita de don Luis?

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