Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
July 1, 2022 11:31 pm
Cosas de Barrio

Pera, el memorioso

El recuerdo de la cervecería “La Alemana”, punto de encuentro ineludible en el Liniers de antaño, en la voz del hijo del propietario

La historia de un barrio se reconstruye a partir de sus protagonistas, aquellos que fueron partícipes necesarios de su progreso y que, como vecinos, disfrutaron o padecieron en carne propia los avatares de su patria chica. En la mente de muchos de ellos anidan recuerdos claves que se mantienen inalterables y vuelven a proyectarse como una película, cada vez que la nostalgia les entorna la puerta.

Uno de esos personajes bendecidos con el don de la memoria es Osvaldo Pera, un vecino simpático y agradable, que vive en Guaminí al 2000 y que es capaz de recuperar recuerdos de antaño tan vívidos como si hubiesen ocurrido ayer.

Este rosarino de 79 joviales años, lleva 66 cobijado por el inconfundible paisaje de Liniers. “Vivíamos en Rosario hasta que en 1956, el hermano mayor de mi padre le propuso comprar la cervecería La Alemana. Y en julio nos mudamos a Tuyutí 6672, entre Martiniano Leguizamón y Tellier (hoy Lisandro de la Torre)”, comienza evocando Osvaldo, y luego explica que “por entonces ya era un lugar mítico de Liniers, había sido fundada por Ulrico Stinhauser y luego vendida a Juan Remondi, un italiano que se la vendió a mi padre y a mi tío”.

De pronto el sepia del recuerdo cobra color y detalles. “La cervecería tenía un salón enorme con veinte mesas, una barra de estaño con una chopera de dos canillas y una serpentina de 75 metros en dos pisos, por eso salía la cerveza espectacular, súper fría, que venía del sótano, donde estaba envasada en barriles de madera”. Ahora el recuerdo se traslada al ambiente contiguo: “al lado había tres habitaciones grandes, una cocina enorme, baños y un gran patio con una glorieta engalanada por una parra de uva chinche, mesas y sillas de chapa. Y sobre Leguizamón, el alemán había puesto una cancha de bolos dividida por una ligustrina, que después dejó de utilizarse”.

– ¿Y la cerveza se acompañaba con cocina alemana?

– Exacto. La especialidad eran las salchichas con chucrut, pero mi padre le agregó más comida para almuerzo y cena. Y como mi madre y mi tía eran muy buenas cocineras, se generó una clientela muy grande. Al mediodía se llenaba, a la noche no tanto. Pero cuando explotaba de gente era los domingos a la tarde. Como en esa época había muy pocos televisores, se bajaban las persianas y los clientes miraban el partido en blanco y negro mientras disfrutaban de una picada con cerveza tirada. Por entonces Tellier era angosta y con veredas anchas. Ya circulaba el colectivo 80 pero como era mano y contramano era muy peligrosa.

Por aquellos años, la movida nocturna en Liniers se concentraba en dos sitios: la cervecería La Alemana y “Buriloche”, una cantina tradicional que funcionaba en la esquina de Ibarrola y Oliden. “El dueño era don Juan, el gitano -subraya Osvaldo- que además de armar un menú variado y de calidad, había incorporado cantores y a los postres se armaba el baile”.

Pero entre los tantos recuerdos que atesora, hay una fecha que tiene grabada a fuego: el 29 de enero de 1957. “Fue un día histórico porque la temperatura llegó a 43.3 grados, y en esa época no existía la sensación térmica. Fue terrible, se agotó la cerveza suelta y la de botella, estuvimos tres días sin cerveza porque la cervecería Mayo, que estaba en la colectora de General Paz, pasando Alberdi, donde ahora está Carrefour, no nos entregaba los barriles”.

Poco después, en 1959, por diferencias entre su madre y su tía, vendieron la cervecería y cambiaron de rubro. “Nos fuimos a Emilio Castro 6760 y pasamos de la cerveza a la leche. Pusimos un local de la lechería La Martona, justo cuando recién aparecía la leche en botellas”.

Sin embargo, esos tres años hilvanando historias en uno de los lugares más emblemáticos del Liniers de mediados del siglo pasado, lo marcaron para siempre. Tanto que Osvaldo es capaz de recordar todos y cada uno de los locales que rodeaban a la cervecería. “Enfrente -evoca- había un corralón donde se guardaban los caballos y los carros de lecheros, también los de la Panificación que estaba en Larrazábal y Patrón, que tocaban la corneta en la esquina para anunciarse. En Tellier y Tuyutí estaba la farmacia Frassino, la farmacia San Cayetano en Tellier y Palmar, y el almacén de don Aldo Pisagali en Tellier 471, justo enfrente de la carnicería de Bacigalupo. Cerca, la carpintería de Julio Espósito, cuya hija tiene mi edad y somos amigos desde entonces, y al lado de la carpintería, la confitería Yáñez, que elaboraba bombones, sándwiches y unas masas riquísimas”. Pero el pan que acompañaba las picadas era de la panadería La primavera, de Tellier entre Palmar y Ventura Bosch “que nos vendía pan francés y pan para sándwiches que hacían en hornos de barro con toberas de Diesel”.

Además, Osvaldo recuerda con claridad los rostros de los habituales comensales. “Los dueños de la florería Celia, de Tellier frente a la plaza Santojanni, que luego fue casa de velatorios, eran infaltables, tanto como Pascual Bécquer, el mudancero de Fonrouge entre Cossio y Caaguazú”, asegura. Por entonces, la vieja Comisaría 44ª funcionaba en Albariño, frente a la plaza Ejército de los Andes. “El comisario Margaride había tenido un problema con la esposa -asegura, amparado por el paso de los años- y se le daba por perseguir a todas las parejas. Recuerdo que una noche cayó en la cervecería y se llevó tres…”.

Ahora Osvaldo entrecierra los ojos, como si intentara hacer foco en un punto especial de la cuadra, hasta que dibuja una sonrisa y continúa. “En Tellier y Humaitá había una churrería grande. Su dueño, Las Heras, tuvo un hijo que en 1962 jugó en la primera de Vélez. Pero antes integraba el equipo que habían armado los muchachos que solían concurrir a la cervecería, que jugaba en los campeonatos que se hacían en la vieja canchita de Carhué y Boquerón. Me acuerdo que le habían pedido la indumentaria a Guereño y él se la regaló”.

– ¡Guereño! ¡Un símbolo de la industria en Liniers!

– Claro, y el camino más directo para entrar al mercado laboral para mucha gente del barrio. Recuerdo que uno de mis primos trabajaba en la sastrería Bens, que estaba en Rivadavia casi Timoteo Gordillo, y el otro en Jabón Federal. Pero en 1958, mi padre se hizo amigo de un comensal que era jefe de electricistas en Guereño y gracias a él entré como cadete. La fábrica ocupaba tres cuartos de manzana, en Cafayate 626. Se había iniciado en una casa común, donde don Juan Guereño empezó haciendo jabón en un fuentón, y de a poco se agrandó e hizo la fábrica. Crecieron los hijos, José, Luis y Agustín, compraron casas vecinas y ampliaron la planta hasta Martiniano Leguizamón y Tonelero. Fue casi la primera fábrica de jabones de la Argentina, con el jabón Radical como primera marca. Tiempo después, don Juan y su esposa Agustina donaron el asilo de ancianos que aún está en Oliden entre Zequeira y Zelada. Guereño funcionó hasta 1992, cuando la compró Unilever, después estuvo vacía muchos años y ahora el predio se loteó para la construcción de edificios.

– Y a todo esto ¿Qué pasó con la cervecería?

– ¿Qué pasó? El tiempo… En Tellier 526, el italiano Abbiendi se puso a darles color a los cristales de los anteojos, y le fue tan bien que compró el lote completo, tiró abajo la cervecería y puso la fábrica que está actualmente.

Josefina Biancofiore

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