Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
July 2, 2022 12:01 am
Cosas de Barrio

Onanismo en pantalla táctil

De pronto agachó la cabeza y se mantuvo en silencio. Su esposa, sentada a un  costado, lo imitó casi instintivamente. Por un instante la imagen pareció congelarse. De no ser por el vapor que despedían los platos repletos de sopa caliente, bien podría tratarse de una postal de época. El hijo mayor mantenía la mirada clavada en la pantalla del televisor, mientras esperaba autorización para encender la tablet, que descansaba junto al plato. Y el menor, que apenas manejaba los cubiertos, trataba de ingeniárselas para pescar algo con la cuchara sin quemarse ni mancharse. “¡Está muy caliente esto!”, refunfuñó. Pero nadie se hizo cargo.

El hombre se rió sonoramente y la postal se rompió. “¡Qué guachos! Mirá lo que me mandaron, ahí te lo reenvío. Es increíble…”, le dijo a su esposa sin levantar la cabeza y con la vista atornillada en el celular, igual que ella.

Escenas de este tipo se repiten a diario como una constante, en distintos ámbitos y momentos. La adicción al celular no diferencia géneros, edades ni clases sociales. Todos se rinden –nos rendimos- ante el dios omnipotente de la pantalla táctil, que invita a predicar la práctica del onanismo cibernético y que, lejos de comunicar a las personas (al fin y al cabo, la función para la que fue creado) logra alienarlas, abstraerlas y aislarlas, como si el mundo exterior (el que está por afuera de la pantalla) no existiera.

Los ejemplos abundan y pocos pueden tirar la primera piedra por sentirse exentos. Así, una cena en un restaurante se transforma en un cúmulo de comensales que está más atento al sonido o a la vibración del celular que a disponerse a compartir un momento agradable entre familiares o amigos (hay lugares que premian con un descuento a quienes se atrevan a dejar el aparato en una bolsa al ingresar) y un viaje en transporte público ya no es el momento ideal para solazarse con la lectura de un libro, sino para chequear una y mil veces las redes sociales.

Pero eso no es todo. La adicción al celular –como tantas otras- también pone en riesgo la vida misma. Como cuando el conductor de un vehículo –sea el de un auto particular, un taxi o un colectivo- se dedica a chatear mientras maneja, o cuando un peatón cruza la calle sin quitarle la vista a la pantalla.

Como si la vida real fuese apenas el soporte de lo virtual, hoy todo parece pasar por el celular. Desde ese pequeño y revolucionario artefacto es posible filmar, sacar fotos (excelentes fotos), grabar conversaciones, escuchar música, leer libros, saber con precisión los detalles del pronóstico del tiempo, llegar a cualquier parte gracias al GPS, apagar y encender electrodomésticos y, wifi mediante, acceder a los lugares más recónditos del planeta en un abrir y cerrar de ojos. Pero eso sí, lo que es cada vez más difícil es usarlo para hablar y comunicarse con nuestro entorno.

Y en ese laberinto interminable de la tecnología, que propone herramientas útiles para facilitar las cosas, no una vida para reemplazar a otra, resulta más fácil comunicarse con la otra punta del globo, que hacerlo con el que está al lado nuestro, ese al que podemos mirar a los ojos y hasta estrecharlo en un abrazo fraterno. Ya casi nadie opta por llamar por teléfono para saludar a alguien por su cumpleaños, es más simple hacerlo a través de Facebook –que hasta tiene la delicadeza de recordárnoslo- o a lo sumo con algún mensaje de whatsapp, que supone una demostración de afecto aún mayor.

Hace unos meses, un periodista amigo (famoso, elegante y más joven que yo) no dudó en aconsejarle a un joven estudiante de este oficio que si, para el día de su cumpleaños sus padres le preguntaban qué regalo quería, les diera una respuesta contundente: un celular de última generación. “Porque la vida va a pasar por ahí”, subrayó como sentencia. Yo me quedé mirándolo y prefería guardarme las palabras… Es que ver pasar la vida por la pantalla de un celular tiene sus riesgos. Porque la vida pasa hasta que se acaba. Como aquel que en una reunión preguntó cuál era la clave de wifi. “Pero estamos en un velorio”, le recordaron. Y el tipo arremetió: “ok ¿con minúscula y todo junto?”.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

cosasdebarrio@hotmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *