Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
July 2, 2022 12:08 am
Cosas de Barrio

Rincón de letras

El paisaje barrial como disparador de historias

Una vez más le damos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad incluimos un relato emotivo e intimista que, recostado en la prosa poética, se sumerge en una historia sórdida y enigmática. Elaborado por Inés Vendramín, el texto recrea el encantador paisaje del Parque Avellaneda que rodea al personaje y sus temores, al tiempo que pinta una atmósfera plagada de imágenes y poesía.

De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Rivadavia 10718 7º Piso Dpto. 34 (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.

Sucedió en el parque

Parque Avellaneda. Otoño. Deleite de escuchar el silencio o el ronroneo de los árboles acunados por el viento. Caminar por esas calles donde todo me era familiar y llenas de recuerdos: Moreto, Mozart…

Nos encontrábamos por las tardes a la hora de la siesta. Abandonaba su mano delicada en mi derecha ansiosa. Recorríamos el parque, lentos los pasos. Aunque anciana, Sophía no había perdido el romanticismo aunado a la sensatez, me dejaban perplejo sus comentarios simples y tan sabios. Pero había algo en ella que me hacía pensar y preguntarme a menudo si tendría algún secreto guardado.

– ¿Qué opina? – me preguntó sorpresivamente, sin preámbulo.

– ¿Qué puedo decir…? – respondí, sin saber el derrotero de sus pensamientos.

– Sabía que estaría de acuerdo conmigo – y acentuó su sonrisa candorosa.

Quedé callado, deseoso en escuchar: “Luis, quiero hacerle partícipe de algo que es un secreto”, en cambio desvió la conversación; entusiasmada, dijo con sencillez:

– ¿Oye usted las voces de los poetas?

Yo conocía sus preferencias, las poesías orientales. No se cansaba de escucharlas una y otra vez.

Releí a Saadi, uno de sus poetas predilectos: “Es de locos discutir con una mujer ¿quién discute con el agua, el fuego o el viento?”.

Emocionada, repitió en voz baja palabra por palabra, parecía querer atrapar el agua, el fuego o el viento, como si algo la obligara a huir y llevarlas aferradas a su memoria.

No soltó mi mano, su mirada ausente ¡tan lejos de mí! Agotada, guardó un largo silencio.

¿Quiso escapar de su misterio y libró una dura batalla?

– ¿Quién era ella? ¿Qué creen ustedes?

No tengo miedo a la verdad, la estimo, la amo.

Cerré mi libro, lo dejé en su falda, al obsequiárselo una parte mía quedaría con ella.

Tomé sus manos; la hubiera abrazado.

Permaneció muda, hermética en su secreto; hablaban sus ojos grises, parecían un espejo velado.

Nunca pude decirle que la amaba.

Aquel día fui al Parque Avellaneda más temprano que de costumbre; ya estaba allí esperándome.

Cara a cara, casi rozando nuestras mejillas, le expresé lo feliz que había sido durante ese año en su compañía.

No respondió. Serena, sin perturbarse, rió con una risa que la hacía tanto más joven; la risa se fue aniñando, disolviéndose en la nada, junto con ella.

Fue una ilusión mía que dejó de serlo.

Una gaviota se posó en mi hombro como despedida. Espectador y participante en una ceremonia, la acaricié.

Levantó vuelo. Volvió junto a mí y quedó muerta entre mis manos.

*Saadi (aprox. 1184-1291) poeta persa; seudónimo de Sharaf´ul-diu-Muslih

Inés L. Vendramín

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