Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
November 28, 2022 6:59 pm
Cosas de Barrio

Los nombres que hicieron historia, cuando Liniers aún no era Liniers

Un pormenorizado repaso por los propietarios de las tierras que luego darían origen al barrio, durante la época del rosismo

Por Gabriel O. Turone (*)

Si bien se encuentra dentro de las márgenes del revisionismo histórico, esta nota cuadra con el género de lo barriológico, ya que refiere a la historia de una barriada porteña. A quienes hacen culto de estas investigaciones, se los suele llamar “barriólogos”. Por antonomasia, yo me autodefino, más bien, como un aficionado a la historia, con especial simpatía por la corriente historiográfica revisionista.

El barrio de Liniers debe su fundación a la jornada del 18 de diciembre de 1872, cuando fue inaugurada su estación ferroviaria. Al rumor de las locomotoras y sus formaciones, iba creciendo este paraje de primitiva estirpe rural. Mucho antes, el 27 de noviembre de 1858, ese mismo ferrocarril ya surcaba los futuro terrenos donde se habría de erigir Liniers, teniendo por destino la estación San Martín (nombre de la hoy Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires). Aquella primera estación de Liniers fue para uso exclusivo de trenes de carga, y nació por iniciativa de un señor apellidado Sosa.

A fines de 1872, Liniers se encontraba bajo jurisdicción del Partido de San José de Flores, el cual tenía como epicentro al pueblo homónimo, convertido ahora en barrio porteño. Recién en 1884, el Partido de San José de Flores queda definitivamente incorporado a la Capital Federal, y tres años más tarde (1887), se va a llevar a cabo la mayor amplitud territorial de Buenos Aires, que alcanzó una superficie aproximada a los doscientos kilómetros cuadrados dentro de la cual se encontraba lo que es ahora el barrio de Liniers.

Quintas, fincas y hornos de ladrillo

Antes de que se establecieran los límites geográficos de Liniers, los cuales comprenden la avenida General Paz (al oeste), la avenida Juan B. Justo (al norte), la avenida Emilio Castro (al sur), y las calles Anselmo Sáenz Valiente y Albariño (al este), las tierras de la zona ya estaban en manos de familias de prosapia, muchas de las cuales llegaron a posarse en ellas durante la época de Juan Manuel de Rosas.

En la parte sur de Liniers, fue un presbítero nacido en Santa Fe, don José Francisco de la Lastra, quien durante la década de 1820 heredó extensas varas de tierra que habían sido del deán Francisco de los Ríos hacia el año 1729. Sin embargo, De la Lastra no pudo comprobar con documentación fehaciente ser tal heredero, por lo que debió testamentar entre 1835 y 1837 “en beneficio de uno de sus arrendatarios y de su esposa (José de la Cruz y Antonia Herrera)”. Para la época, otro vecino ilustre fue el estanciero Miguel Flores, poseedor de tierras entre las avenidas Lisandro de la Torre y Emilio Castro. Sucedía otro tanto con la familia española Romaguera, quien, por 1820, poseía una extensión conocida como “Las Lomas de Romaguera”, delimitada por las contemporáneas calles Escalada, Pizarro, Larrazábal y Manuel Artigas (ésta última ya perteneciente al barrio de Mataderos). Se dice que los Romaguera guardaban parentescos con la casa realeza de los Borbones en la península ibérica.

Durante el rosismo, proliferarían las fincas, las quintas y los hornos ladrilleros en estos lares de la vieja campaña bonaerense, gracias a familias y ciudadanos tales como los Naón, los Prado, los hermanos alemanes Weigel, Francisco Santojanni, Martín Farías, Lorenzo Torres y los Fürst, por mencionar algunos nombres. De estos respetables, nacerá el pujante barrio de Liniers, por eso creo estar haciendo justicia al nombrarlos y evocar sus pioneras actividades en pos del progreso y la cultura. Las principales actividades económicas de todos ellos eran básicamente la siembra, la ganadería y la fabricación de ladrillos.

Luis Naón, para citar al primero de los nombrados, fue dueño de numerosas quintas y solares en el poblado de San José de Flores, y tal fue su riqueza que hasta llegó a tener terrenos en las cercanías de la “Posta de Aguilera”, conocido paraje que hoy conforma la localidad de Ciudadela, lindante a Liniers ni bien se traspone la avenida General Paz. Los Naón eran de origen genovés, arrimados al Plata en 1804; Luis Naón fue voluntario durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, formando parte del prácticamente desconocido Regimiento de Quinteros, cuya misión principal consistió en la defensa de las orillas de Buenos Aires ante ataques sorpresivos de los británicos. A Naón se debe la apertura de la pulpería que le dio el nombre al barrio de Caballito, en la esquina noroeste de avenida Rivadavia y Cucha Cucha.

Por su parte, los hermanos Samuel y Augusto Weigel eran originarios de Alemania y se habían venido a Buenos Aires en tiempos de la Federación. Ellos ya aparecen como arrendatarios de un sector de la chacra de José Francisco de la Lastra de acuerdo a una mensura dispuesta en 1848. Tres décadas más tarde (1878), los Weigel continuarían figurando en la nueva mensura, aunque esta vez como propietarios de parcelas que se ubicarían en el sector noroeste de Liniers, entre las avenidas Rivadavia, General Paz, Emilio Castro y Lisandro de la Torre (antiguamente, Tellier).

El inmigrante italiano Francisco Santojanni, por su parte, es quien luego de haberse casado con una de las hijas de don José Flores, donó cinco manzanas para hacer un hospital y un parque, y otra manzana para la construcción de un colegio industrial y una parroquia. El referido hospital, no es otro que el Hospital General de Agudos Francisco Santojanni, ubicado en Pilar 950.

En cuanto a Martín Farías, éste sirvió como Juez de Paz de San José de Flores entre el 28 de agosto de 1829 y el 18 de julio de 1833. Fue propietario de varias fincas al suroeste de la Capital Federal, una de ellas limitada por el río Matanzas, Lisandro de la Torre, avenida Derqui y avenida General Paz (abarcaba los barrios de Villa Riachuelo y Villa Lugano). Otra de las fincas de Farías, se encontraba entre las avenidas General Paz y Eva Perón (otrora avenida del Trabajo), dentro de los confines de Mataderos. Si bien no tuvo propiedades o arrendamientos en lo que actualmente se constituye como Liniers, el sólo hecho de haber sido Juez de Paz de San José de Flores lo ha caracterizado como la máxima autoridad del Partido homónimo, lo que quiere decir que también mandaba en la campaña linierense.

Hemos colocado a Lorenzo Torres como otro precursor de la zona donde se estableció Liniers. Pues bien, Torres fue abogado y funcionario de Rosas, a la vez que decidido seguidor de su visión política. Nacido en 1803, se recibió de abogado en la UBA en 1829. Bajo la Federación, fue diputado provincial, vicepresidente de la Academia de Jurisprudencia, vocal del Tribunal de Apelaciones e integrante de la Comisión Inspectora de Programas de Enseñanza. Sobre su actividad ganaderil, en la margen oeste del Partido de San José de Flores (actual Liniers) arrendó y fue propietario de parcelas ubicadas sobre la avenida Emilio Castro, y donde ahora se encuentra el barrio de Villa Lugano, allí también tenía grandes extensiones comprendidas por la avenida Derqui, Lisandro de la Torre y la avenida General Paz. Con esas posesiones figura entre 1848 y 1880, año en que se produjo su deceso.

Resulta imposible nombrar los benéficos aportes realizados por los primigenios habitantes del oeste de Buenos Aires de la primera mitad del siglo XIX. Pese a ello, voy a enlistar algunos otros apellidos que no merecen, ni por asomo, el olvido de los injustos. Y al igual que los anteriores, también tienen asignado un espacio en esta nota que recuerda los orígenes más remotos y desmemoriados de Liniers y sus alrededores. Ellos son: Lorenzo y Ramón Caffarena; Ignacio, Juan y Ernesto Battilana; Francisco Sosa; Fernando y Ambrosio Páez; José y Andrés Capurro; Malvicini; Juan Carabelli; Juan Cerrutti; Pedro Trejo; Florentino Borches; Salvador Cánepa; Lema; Massini; Carbone; Sánchez; Suárez; Garavano; Gandini; y Trabuco, entre varios más.

Almacén “La Blanqueada”

El nombre de este legendario almacén-pulpería de Liniers, no guardaba relación con otros de idéntica denominación que existían, casi al mismo tiempo, en Gorostiaga, San Antonio de Areco, Navarro o Nueva Pompeya (Capital Federal).

“La Blanqueada” Almacén, se ubicaba donde antes estaba la quinta “La Gironda” de la familia Fürst, ocupando la esquina de avenida Rivadavia y Bariloche (José León Suárez), a un paso de la General Paz. Se había establecido en el barrio en el año 1876, siendo su dueño el vasco Miguel Echechiquía, quien despachaba bebidas y comestibles. El nombre “La Blanqueada” le fue puesto porque sus paredes estaban pintadas a la cal, tomando, por ende, el color blancuzco que la caracteriza.

Anota Ignacio Messina, que esta institución primeriza en Liniers “ocupaba un cuarto de manzana rebosante de sauces, aromos y paraísos que refugiaban entre sus sombras a los caballos de los parroquianos”. Hacia 1886, fue caracterizada como bar y almacén de ramos generales, teniendo un vertiginoso crecimiento ante la llegada cada vez mayor de los convoyes ferrocarrileros, lo que promovía una clientela que podía ir desde lecheros, quinteros, arrieros o simples gauchos que solían jugar a los naipes, tomarse un copetín al paso, una merienda o, sencillamente, un respiro.

Además, “La Blanqueada” logró constituirse como el primer ‘banco’ que tuvo el barrio de Liniers. Sucedió que el ferrocarril había ayudado al intercambio comercial de los quinteros y hacendados zonales, los cuales ya podían vender sus productos en los centros urbanos más preponderantes de la provincia con mayor frecuencia y rapidez. Esto trajo aparejado un crecimiento en la afluencia de billetes, de allí que los habitué de “La Blanqueada” a veces evitaban trasladar el dinero de sus negocios, confiándoselo a la guarda de don Miguel Echechiquía. “Bajo su palabra como única garantía –dice Messina-, operaba esta versión primaria de ‘Caja de Seguridad’”.

Por último, entre los divertimentos practicados dentro de las paredes de “La Blanqueada” se hallaban la taba y los naipes, pero siempre en un lugar distendido que, de la mano de Echechiquía, brindaba lo mejor de sí para los paisanos orilleros de ese legendario ayer. Fue punto de encuentro amistoso en donde intercambiaban impresiones gauchos, indios, gringos y negros, orgulloso crisol de una Argentina que ha dejado de existir, como “La Blanqueada”, que cedió su sitial a una zapatería.

(*) Turone es presidente de la agrupación Jóvenes Revisionistas, vicepresidente de Patricios de Vuelta de Obligado y vecino de Liniers.

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