Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
November 28, 2022 7:25 pm
Cosas de Barrio

Rincón de letras

El paisaje barrial como disparador de historias

Una vez más le damos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad incluimos un relato tierno e intimista, que bucea en el entramado de una historia familiar desde la mirada de su protagonista. Elaborado por Inés Vendramín, el texto recrea el particular paisaje de Mataderos que rodea al personaje y sus temores, al tiempo que pinta una atmósfera plagada de recuerdos.

De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Rivadavia 10718 7º Piso Dpto. 34 (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.

Una mirada al pasado

Mi bondadosa madre era muy querida en el vecindario. Cuando se le hizo notoria la panza pronosticaron: es niña, pero nuestra anciana vecina dijo “será varón”.

En el instante que se escuchó la sirena de la ambulancia por la tranquila calle Chascomús, nació el varón. Mi madre que conservaba supersticiones tribales se largó a llorar y abrazó al niño como si lo defendiera de alguna catástrofe que lo arrancara de sus manos.

Detrás del ginko biloba espié el nacimiento de mi hermano; lo detesté, ni osé mirarlo, imaginaba sus cachetes blandos, los hubiera pellizcado por osar robar los besos que eran sólo para mí. Me sentí dejada de lado, inútiles mis cuatro años por querer competir con Ras “El Amado Deseado”, rey de la familia desde su primer berrido. Quise haber nacido varón.

Papá venía a rescatarme cuando me escondía debajo de la mesa. En sus brazos hasta olvidaba de chuparme el pulgar. Atento a mi enojo, se pasaba la mano por la ceja como si ese gesto le transmitiera ideas o palabras, y me retaba con la dulzura de la que solo él era capaz. Entonces acariciaba mis cabellos ensortijados y repetía mi nombre “Alika, Alika ‘La Más Hermosa’… Alika”.

Por las tardes, arrastraba hasta la vereda una silla desvencijada, la dejaba a un costado y apoyaba en ella el muñón izquierdo. Triste recuerdo de la guerra. Yo traía el triciclo, papá me sonreía, ida y vuelta, aprobaba; otra ida y vuelta…

Cumplí diez años.

Pedaleé en la bicicleta nueva. Cuatrocientos metros: Chascomús, Corvalán… Quinientos: Chascomús, Albariño… Seiscientos metros hasta Miralla, José Rodó… él me esperaba con elogios por mis progresos.

Estaba en la puerta cuando llegué abrazada a mi último novio. Le grité enojada “¿Qué haces acá? No soy una nenita de cuidar, entendélo”.

Papá conservaba el orgullo de una raza venida de Etiopía, fueron esclavos en América sin perder la dignidad de reyes, era todo el patrimonio heredado por generaciones extendido hasta nosotros. Lo vi gallardo en muda despedida. Enfermo, en soledad, murió al poco tiempo.

Me sentí culpable de su muerte. Deseé morir cuando comprendí que a la par de protección en cada alejamiento paulatino, papá me había enseñado a ser libre.

Con la muerte de mamá quedamos solos Ras y yo. Él se movía en la casa con una familiaridad que nunca tuve.

Durante años imaginé que éramos una familia unida ¡No sabíamos nada uno del otro! El amor que creía que nos teníamos, al decir de mis amigas, era un recuerdo “impreso en el alma” ¿Pero dónde está el alma? Vi en mayúscula una sola palabra: TRISTEZA.

Encerrada en mi dormitorio escuché golpecitos en la puerta. Miré a Ras con tanta insistencia como si lo viera por primera vez que el sonrojo cubrió su cara negra. Cuerpo espigado, pura fibra, noble, afectuoso al decirme “Alika, preparé el almuerzo”, lo abracé y lloré largo rato abatida.

No rogué perdón, lo leí en la mirada de mi hermano.

Inés L. Vendramín

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