Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
December 5, 2021 8:55 pm
Cosas de Barrio

Por el dulce encanto de los abrazos

Por más que me esfuerce no alcanzo a recordar el momento exacto en el que dejamos de dar abrazos. Algunos aseguran que esa imprecisión tiene que ver con un mecanismo interno que forjamos involuntariamente y que es capaz de diluir en la memoria todo aquello que supone el trago amargo de un momento poco feliz. El motivo lo tengo bien presente, claro: el repentino desembarco de la pandemia y el cambio de vida abrupto e inconsulto al que nos sometió el virus.

Desde entonces, vaya a saber exactamente cuándo, todos empezamos a recluir los abrazos, a guardarlos bajo la almohada de los sueños para reemplazarlos por un insulso toque de nudillos, un gesto frío y destemplado que se ubica en las antípodas de cualquier demostración de afecto que se precie de tal. Pero como cualquier señal de cariño, los abrazos son perecederos, no se los puede acopiar para utilizarlos más adelante. Se ponen feos, se pudren, se los come la galopante inflación del corazón.

El abrazo es como el pan, se ofrece caliente y esponjoso, crocante de huesos y de cariño. Los brazos abiertos dispuestos a atenazar, son la muestra más acabada de expresar lo que sentimos por el otro, ya sea a la hora de demostrar afecto o de ofrecer consuelo. Los abrazos hablan prescindiendo de las palabras, llegan directo al corazón. Y ese contraste con un choque de puños distante e inexpresivo, lo dice todo. Una mano cerrada no está dispuesta a dar ni a recibir, es una piña al arcón de los afectos.

Estas líneas no pretender ser una apología del antisanitarismo, nada más alejado. Reconozco las ventajas sanitarias de la asepsia desprovista del “afecto toquetón” del latino promedio. Simplemente me permito evaluar las consecuencias del desastre, fundamentalmente aquellas que atañen a nuestra característica más ancestral que nos define como seres humanos gregarios y sociables.

Promediando los años 60’, el psicólogo estadounidense Sidney Jourard llevó a cabo un trabajo de campo en el que comparaba las reacciones de parejas de todo el mundo durante una hora. Concluido ese tiempo verificó que las parejas en Puerto Rico se tocaban unas 180 veces en esa hora, las de Argentina unas 150, las de Francia 110 y las de Inglaterra apenas si se rozaban. Jourard observó además que los padres de países de origen latino y sus hijos se demostraban su afecto mediante contacto físico, tres veces más que las familias estadounidenses.

En ese sentido, una de las sociedades más disruptivas es la japonesa. Especialmente a la hora de saludarse, o incluso de amarse, sus costumbres son radicalmente opuestas a las nuestras. En la tierra del sol naciente, el contacto físico es prácticamente inexistente o está reducido sólo al ámbito sexual. Para muchos, incluso, esa es una de las razones por las que la tasa de suicidios en Japón está muy por encima de la del resto del mundo.

Otros estudios demuestran que el tacto es el primer sentido que aparece en el ser humano. Aseguran que con apenas ocho semanas de gestación ya está desarrollado, de allí que sea fundamental que el bebé empiece a sentir el contacto con su madre y con su padre a los pocos instantes de nacer.

En el caso de los adultos, la necesidad de estrecharse en abrazos y de mantener un contacto físico recurrente como demostración de afecto, es incluso más notoria. Un estudio de 2013 afirma que lo que más aprecian los enfermos mayores con respecto al servicio de enfermería, es el contacto físico. En el caso de los adultos mayores, está demostrado que un simple abrazo emotivo puede ayudar a combatir el estrés y prevenir desajustes en la salud mental.

La última canción del inacabable Víctor Heredia -con música del linierense Pedro Aznar- lo pinta a la perfección: “Un simple abrazo para no olvidar que nacimos descalzos. Un simple abrazo para recordar que abrazar es volar”.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

(cosasdebarrio@hotmail.com)

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