Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 1:49 am
Cosas de Barrio

Pinceladas de recuerdos con perfume de barrio

Inés Starc evoca el Liniers de antaño, con el aval de sus nueve décadas como vecina

Encontrarme con Inés Starc en una tarde soleada me generó una sensación gratificante. Su calidez y el brillo en su mirada nostálgica, hacían presagiar una invasión de detalles curiosos ligados siempre a la historia barrial. Y así fue.

“En mi querido Liniers las casas eran grandes y las navidades eran diferentes a las de ahora. Se juntaba toda la familia con muchos parientes en una casa”, comenzó relatando, con el aval que le dan sus 93 primaveras made in Liniers. Y en ese torbellino de recuerdos, sus pensamientos se dispararon luego a un personaje de aquellos años. “El lechero pasaba todos los días, era gallego, venía con su tarro de leche en un carro o en un triciclo. Le dejábamos la lechera y el dinero sobre un mueble, entonces él entraba porque la puerta se abría fácilmente, y nos dejaba la leche, hubiese o no gente en la casa”, explicó.

– ¡Cuánta confianza! ¿No había ladrones en esos años?

– Ahora que hablás de ladrones, me hiciste acordar de algo. Te cuento. Mi mamá en agosto ponía a las gallinas a empollar y a los 21 días nacían los pollitos. Los alimentábamos y en diciembre estaban listos para ser comidos. Un buen día mamá se levantó y se habían robado las gallinas y los pollos, pasando por arriba del alambrado. Había ladrones, sí.

A continuación Inés se acordó del carro rojo de la Panificación Argentina tirado por un caballo. “Al llegar con el pan, hacía sonar la corneta accionada por una pera de goma. Además todos los días aparecía el verdulero con su carro muy surtido y la balanza con pesas”. Y siguiendo con el rubro de los vendedores ambulantes de entonces, luego evocó al pescadero. “Pasaba dos veces por semana vendiendo pescado entero o filet de merluza. Llevaba sobre el hombro un palo y en los extremos dos canastos. Para pesar, portaba una precaria balanza que tenía un resorte dentro de un tubo cilíndrico, y un gancho en la parte inferior para colgar el objeto a pesar”, rememoró.

El tema de las balanzas la hizo acordar a las que se utilizaban en el almacén. “El almacenero usaba balanza con pesas de bronce, de 100, 250 y 500 gramos, y de un kilo, que guardaba en su taco de madera. A veces, de yapa, regalaba un caramelo, y si quedaba algo impago lo anotaba en la libreta”. Por entonces la mercadería se vendía suelta: azúcar, fideos, dulce de leche, aceite y hasta el kerosén para las cocinas y los calentadores. “Y no te daba bolsita, te lo envolvía en papel de estraza, le daba un par de vueltas y después le hacía una especie de nudo en los extremos”, contó.

Después hizo un repaso de los vendedores que le faltó mencionar. Entonces nombró al vendedor de plumeros, escobas, sillas de mimbre y al zinguero “que reparaba los tachos para bañar a los niños y, a veces, a los adultos, que parados allí que se tiraban agua con un jarrito. Eso, claro, antes de tener calefón”, explicó. “Además –agregó- pasaba en un camioncito el que vendía ollas, platos, y el que ofrecía telas, sábanas, frazadas. Todo se podía comprar en cuotas, anotaba en una libreta y al mes o semana pasaba a cobrar”. Me dijo que su mamá tenía una mercería y era habitual que les fiara a sus clientes. “La gente a fin de mes pagaba, era cumplidora”, aseguró, y antes de que la interrumpiera con una pregunta recordó que “cada tanto pasaba un señor a mirar el medidor de la luz y una vez por mes venía el cobrador con la boleta y se le pagaba. Después lo sacaron”.

– ¿A qué escuela fuiste, Inés?

– A la de Montiel al 100, la República Francesa, que era la Primaria de nenas, la de varones estaba en Ibarrola. Además de aprender a leer y a escribir con los manuales Estrada y Kapeluz, teníamos “Labores” donde nos enseñaban a coser, bordar y a hacer pañuelitos. En los recreos jugábamos a la soga, a la rayuela, al tinenti. El peor castigo era ir a Dirección. El grado que tenía asistencia completa, ese día, izaba una banderita en una maceta de la ventana. Era la manera de destacarse. Íbamos con pollera, medias tres cuartos, y guardapolvo blanco tableado con cuello redondo.

Por entonces, la radio con sus imperdibles radioteatros, establecía una cita obligada, y las noticias se leían en el diario. “Mamá –expresó- compraba Crítica todos los días. Lo traía el diariero, a las 14 salía la quinta y a las 20 la sexta. Así nos enteramos de la muerte de Gardel y el país se puso de luto, y la del petiso orejudo”.

Y cuando el sol de la tarde comenzaba a ocultarse tras la General Paz, Inés se acordó que “hasta el 52’ las escasas heladeras que había eran importadas, pero luego Siam Di Tella las fabricó en Argentina. Me acuerdo que nos anotamos en el Centro, cerca de Congreso para tenerla, pagamos 6.000 pesos al contado y 2.100 en diez cuotas. A los ocho meses nos la dieron. Antes se usaba la barra de hielo. En verano pasaba el hielero y le comprábamos una, media o un cuarto de barra. La envolvíamos en una bolsa de arpillera con sal gruesa y la poníamos en el tacho de zinc para enfriar botellas y sifones”.

El colectivo 4 pasó largando humo y eso pareció traerle otro recuerdo. “Antes no contaminaban como ahora. El trolebús era como un colectivo, pero eléctrico. Sobre el techo tenía dos astas por las que tomaba la corriente de dos cables aéreos. Reemplazó a los tranvías 1 y 2 que andaban sobre rieles”.

– Me demostraste que aquella fue una época inolvidable, Inés. Todo era color de rosa…

– Casi todo. También teníamos miedo, por ejemplo de que se nos escapara el perro a la calle, porque se lo podía llevar la perrera, que pasaba en un camioncito del que bajaba un guardián con una red y los atrapaba. Por suerte a mí no me pasó.

Josefina Biancofiore

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