Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
September 17, 2021 10:01 pm
Cosas de Barrio

Las casitas alpinas, un recuerdo mágico en los límites de la Ciudad

La avenida General Paz cumple 80 años y varios de sus paisajes ya son parte de la memoria popular

Me quedo mirando la estación de Liniers y mi mente me proyecta siendo niña, tomando el tren con mi madre, yendo a visitar a mi abuela. Pero de pronto miro el reloj, recuerdo la cita, y retomo el camino por el empedrado de Cuzco. Me persigno en San Cayetano y tras cruzar Juan B. Justo piso el suelo de Versailles. Voy al encuentro de la historiadora Susana Boragno, quien me recibe con una sonrisa y me propone desarrollar un tema que hace rato quería saborear: las casitas alpinas de la avenida General Paz.

Y claro, la avenida General Paz está cargada de historia. Su construcción tardó mucho en concretarse. Surgió con la Ley 2089 del 28 de septiembre de 1887. Allí se enunciaba que debía construirse una avenida de por lo menos cien metros de ancho dentro del territorio cedido a la Capital. La espera había sido importante porque para la puesta en marcha de la obra, previamente se había tenido que expropiar los terrenos y viviendas por donde pasaría la artería y eso llevó tiempo y dinero. Los vecinos se organizaron en instituciones de sociedades de fomento hacia ambos lado de la proyectada avenida. “Hacían asambleas y presentaron un plan en el que se incluía la construcción de viviendas de carácter social, colegios, jardines de infantes, destacamento de bomberos, puestos policiales, clubes, juegos infantiles, etc. Sin embargo, aquel valioso proyecto jamás fue tenido en cuenta”, dice con pesar la historiadora.

Susana me cuenta que en el año 1932 se creó Vialidad Nacional y entonces se aceleró la decisión de construir la avenida. El proyecto, obra del ingeniero Pascual Palazzo, incluía una traza con una gran parquización y todos los adelantos en materia de diseño y construcción. La ansiada inauguración se concretó el 5 de julio de 1941 a las 15:30, con un acto realizado a la altura del cruce con las avenidas Cabildo/Maipú. Claro que por entonces, las casitas alpinas no estaban siquiera proyectadas.

Recién un decreto de 1950 comienza a vislumbrarlas: “Adjudícase la ejecución de trabajos de plantación, instalación de riego jardinería y plaza de juegos, del Riachuelo a la avenida Libertador Gral. San Martín a la Casa Luis Constantini”. La norma (20317/50) además, pone en marcha la construcción de “casas para cuidadores-jardineros” encargados de mantener los parques públicos linderos a la flamante avenida.

“Los jardineros eran quienes las habitaban y mantenían el lugar en forma impecable”, recalca Susana. Ellos tenían que cortar el césped, podar los árboles y mantener los juegos en buenas condiciones. “Además –agrega- si algún vecino necesitaba cortar o podar un árbol y requería su servicio, podía contratarlo como un trabajo extra”.

En total eran 16 casitas de dos ambientes distribuidas hacia ambos lados de la avenida, y una de ellas se encontraba en Liniers, entre la avenida Emilio Castro y la bajada de Tonelero. Todos los años se hacía un concurso para elegir la más linda y mejor cuidada. “Eran todas diferentes entre sí y estaban expuestas en lugares luminosos de la avenida, por eso era raro que pasaran desapercibidas”, recuerda la historiadora. Pero además, todas las navidades se armaban pesebres muy atractivos en los jardines linderos, que disfrutaban tanto los chicos como los adultos. La construcción de estas casitas de ensueño, con empinados techos de tejas a dos aguas, se le atribuye al arquitecto Arturo J. Dubourg. Sin embargo, con el tiempo, cayeron en el abandono y ya no lucían como entonces. Esa lenta agonía haría eclosión a mediados de los 90’, cuando en 1994 una licitación puso en marcha las obras de ensanchado de la avenida y poco después fueron demolidas sin compasión hasta quedar resumidas a escombros.

“Hoy lo lamentamos mucho, pero están en el recuerdo de todos los que la disfrutamos”, me dice Susana. Y tiene razón. Yo las recuerdo como unas casitas de cuentos, con historias de hadas y de duendes que brotaban de mi imaginación mientras las observaba desde el vaivén de la hamaca. Muchas veces pensaba que se abriría la puerta y que de su interior saldría Blancanieves con los siete enanitos, o Bambi, o Heidi, o Pulgarcito… En las noches, se cubrían de un encanto especial, porque la luz artificial mezclada con la de los autos, le daba un brillo único. Entonces los novios, minutos antes de sellar su compromiso frente al altar, se acercaban a retratarse con el fondo de esas casitas idílicas que le daban el marco justo a esa imagen para la posteridad.

Eran tiempos en que chicos y grandes disfrutaban de los parques de la avenida. Aún guardo en mi mente la cantidad de vecinos que caminaba, disfrutando el paisaje cultural que brindaba el paseo: primero venían por una mano y luego cruzaban y volvían por la otra. También existió un lugar especial para la circulación de las bicicletas, unas entrañables bicisendas que recorrían los parques en toda su extensión y estaban separadas de la avenida por unas señales luminosas. Los picnics de los domingos eran  una salida ineludible. Entonces los autos se estacionaban bajo la sombra de algún árbol y la radio echaba al aire melodías de la época o el relato de los partidos de fútbol, mientras la familia retozaba en el césped con la compañía de algún mate. Muchos vecinos se sentaban en los palos de acacias blancas que rodeaban la avenida para protegerla del tránsito de automóviles, que en el comienzo no eran muchos, pero con el tiempo terminaron apoderándose del asfalto y del verde. Entonces la General Paz se convirtió en una autopista ruidosa y sumamente peligrosa, donde los vehículos le ganaron la batalla a los parques.

La primera ampliación se concretó en los años 70’, en el tramo que va desde la Panamericana hasta la avenida del Libertador. Luego llegó la gran ampliación en los 90’, y en los últimos años volvieron a sumarse más carriles. Todas las casitas fueron presa de las topadoras. Sin embargo, aún hoy hay gente que asegura que quedaron algunas, pero es solo un deseo…

Aunque tal vez hay algo de cierto en esa afirmación, porque como todo aquello que fue parte de nuestra infancia, las casitas permanecen inalterables en el recuerdo. Será cuestión de entrecerrar los ojos, y mientras la modorra del tránsito acompasado que colma a la General Paz en hora pico hace lo suyo, animarnos a pensarlas escondidas tras los árboles. Quizá aún estén allí, capturadas por la magia de algún duende que se empecina en eternizar los recuerdos.

Josefina Biancofiore

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *