Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 25, 2021 10:56 am
Cosas de Barrio

La estatua de Cristóbal Colón cumple cien años en Liniers

La obra de Josefa Aguirre, considerada la primera escultora argentina, se luce en la plaza Martín Irigoyen desde su emplazamiento en 1921

María Josefa Aguirre nació en Buenos Aires el 3 de agosto de 1838, hija del coronel José María Aguirre, guerrero de la independencia, y de María de las Mercedes Manterola. Desde temprana edad manifestó su interés por las artes, y sus primeras expresiones fueron cuadros bordados que expuso hacia 1870. Se casó con el cónsul General de Grecia en Argentina, Petros Vasilicós, quien en 1883 fue designado cónsul en Marsella (Francia). Tras esta situación, la vida de María Josefa se modificó notablemente, dado que a los dos años de llegar a Europa su marido enloqueció y debió ser internado en un hospital de Yvry-sur-Seine, en las proximidades de París. Aguirre permaneció varios años en esa localidad junto a su marido, retornando a Buenos Aires por temporadas más o menos prolongadas. A partir del cambio de siglo, sus viajes fueron propiciados sobre todo por su actividad filantrópica. En 1900, por ejemplo, viajó a Roma representando a asociaciones religiosas y como encargada por el gobierno argentino para “estudiar el funcionamiento de las escuelas de mujeres y las sociedades de beneficencia”.

Su rol en la caridad se unió por momentos a su práctica artística. En efecto, en 1910, con ocasión de la distribución de los tradicionales “Premios a la virtud” de la Sociedad de Beneficencia, de la que formaba parte activamente, Aguirre presentó una escultura de Rivadavia. Sin embargo, fue su apoyo a la escuela Santa Marta la prueba más clara del encuentro de su compromiso filantrópico y artístico. Desde 1895 María Josefa colaboró en su organización, financiación y mejoramiento.

Una argentina en París

Josefa Aguirre, llamada Pepita, era una mujer de la alta sociedad. Vinculada a la gesta de la independencia por la actuación de su padre y a múltiples actividades filantrópicas, su nombre era sinónimo de distinción social.

Aguirre había comenzado a realizar modelos de órganos destinados a instituciones educativas. En 1888, por ejemplo, dos ejemplares de su autoría del cerebro humano en yeso y cera fueron adquiridos con destino al Gabinete de la Facultad de Medicina de Córdoba por cien pesos cada uno. De este modo, la artista parece haber encontrado tempranamente un mercado para sus habilidades escultóricas.

Realizó todo tipo de tareas artísticas remuneradas desde que su esposo, hacia 1885, fuera internado. Un anónimo cronista se refirió a los “pañuelos, chales, bordados, mesas, flores, piezas anatómicas, etc., obteniendo por aquellos trabajos manuales buenos precios con lo cual se modificó su situación en sentido favorable”.

Con ocasión de su exhibición en el pabellón parisino de la Exposition Universelle de 1889, se señalaba la paradoja de que Aguirre no estuviera representada en el Pabellón Argentino. Sin embargo, fue a través de su experiencia en París que adquirió auténtica visibilidad en Buenos Aires. Las noticias sobre su actividad comenzaron a multiplicarse en la prensa en 1890, pocos meses antes de su regreso temporal a Buenos Aires. Llamaba la atención de los cronistas el enorme salto desde los bordados que había exhibido hasta la gran empresa escultórica que presentaba en aquel momento.

El genio de Colón señalando su ruta en el océano

A fines de 1890 Aguirre dio un paso importante en su carrera artística. En una nota dirigida al intendente de la ciudad de Buenos Aires, ofreció en venta el grupo escultórico “El genio de Colón”, que se hallaba en París. La artista indicaba que la obra, tras haber sido sometida al dictamen de un jurado especialmente designado, había sido “expuesta al público delante del Palacio de la Industria en los Campos Elíseos de la Capital de Francia”. Acompañaba sus afirmaciones con recortes de periódicos y folletos, los que reclamaría en 1912. El pedido de adquisición de la obra transitó diferentes comisiones, siendo finalmente desechado por Hacienda por falta de recursos. La artista no presentó su propuesta tímidamente ni excusándose, solicitando la benevolencia del intendente. Muy por el contrario, apeló de modo explícito a la legitimidad estética otorgada a su modelo en París. En efecto, Aguirre destacó que se trataba de “la primera obra americana que ha merecido el honor de ser expuesta públicamente en la capital artística del viejo Mundo”, desconociendo a los artistas latinoamericanos que ya lo habían hecho. También destacó su inserción en el desarrollo del arte nacional: “Con tales antecedentes espero que el señor Intendente se digne considerar mi trabajo no como una obra aislada, sino como un esfuerzo del arte argentino, aun en su infancia, para representar estéticamente a aquel genio que por su perseverancia sin igual y por su clara visión del porvenir, entregó a América la civilización”. Aguirre se describía como pionera de la escultura en la Argentina. En este sentido, el primer monumento realizado por un artista argentino había sido inaugurado recién en 1886, por lo que la escultora tenía sobradas razones para presentarse de esa forma.

Dos años más tarde un grabado del modelo de la obra adornó el Homenaje a Colón, número único de una revista donde se publicó una resolución del Instituto Geográfico Argentino, presidido a la sazón por Adolfo Pedro Carranza. Allí se enfatizaba la necesidad de erigir un monumento conmemorativo a Colón en Buenos Aires. No se ha podido determinar si Aguirre realizó el proyecto a instancias de Carranza, pero sin dudas éste estaba interesado en la obra. Una carta de la artista a Carranza da cuenta del vínculo. En ella, la artista le solicitó su intervención: “usted que es uno de los pocos que admiran y estimulan todo lo noble y grandioso, podrá empeñarse para que se coloque la piedra fundamental del monumento al inmortal Colón”.

Es también difícil establecer si Aguirre donó o logró vender la obra. La Ilustración Sudamericana, en una nota dedicada al proyecto, es categórica: “esa obra ha sido comprada por el gobierno argentino, recompensando así los desvelos y labor de la artista y dama distinguida”. Otras fuentes, incluyendo una resolución municipal, hablan de una donación.

Conocida inicialmente en Buenos Aires a través de fotografías, “El genio de Colón” representa al personaje en su navío. Son varias las obras que durante el siglo XIX recuperaron el sino trágico de Colón, como figura de la individualidad y el aislamiento, tanto en pintura como escultura. La obra de Aguirre se sitúa en esta tradición y ubica a Colón en el lugar de “defensor de la fe”, caracterizado por su rol evangelizador y supuestamente civilizador, cuya causa de beatificación fue tratada en 1865. Es un “caballero del progreso”, mirando hacia el futuro y escudriñando un nuevo mundo. La iconografía de la obra fue resaltada por la Revue Illustrée du Rio de La Plata.

En 1890 un extenso texto analizó su valor histórico, como reparación de una memoria injusta con Colón, y su contribución artística. Se afirmaba que, en términos generales, el marino había sido representado en actitud de agradecimiento al cielo por la realización de su sueño, dejando de lado “su aspecto más característico: Colón en su personificación del marino, luchando contra las resistencias de su época y contra los obstáculos de todo tipo que encontró en esos mares desconocidos”. El grupo de Aguirre, continuaba el texto, “nos muestra a Cristóbal Colón de pie sobre su carabela, en medio del océano, en una actitud llena de energía, señalando con una mano la ruta que ha trazado sobre una carta marina y teniendo con la otra el timón del navío”. El artículo terminaba con la mención del otorgamiento de las palmas de la Academia francesa a la propia artista.

En 1894 se aceptó, en primera instancia, la donación de la obra. Un articulista criticaba la inacción y lentitud de las autoridades argentinas para aceptar el regalo y reconocer el triunfo de la obra en París. La “generosa donante” había sido finalmente recompensada: “su obra, vaciada en bronce, adornará uno de los paseos de Buenos Aires, y perpetuará su nombre”. El deseo de ocupar el espacio público era reconocido explícitamente y contrasta con la repetida idea, esgrimida en los elogios irrestrictos a Lola Mora desde la década de 1930 hasta nuestros días, de que las mujeres “respetables” no debían aspirar a situar su obra en espacios altamente visibles. Josefa Aguirre gozó de una reputación intachable, marcada por su actividad filantrópica. Su labor escultórica estuvo lejos de ser perdonada como una excentricidad de una mujer de elevada posición social. Más bien se integró a su personalidad pública de un modo no captado en las historias del arte argentino, que han olvidado su actuación.

En 1895 la autorización necesaria para erigir el monumento parecía estar próxima. En La Nación se publicaba que “tratándose de una obra de arte argentina, con el simpático aditamento de ser su autora dama de tan distinguidos méritos, es lícito esperar que no se demorará el Concejo la sanción necesaria”. Pero el proyecto del monumento a Colón continuaría siendo evaluado. En 1896 fue formada una comisión para “informar sobre el mérito artístico del monumento de Cristóbal Colon donado a la Municipalidad”. Estaba integrada por Carlos Vega Belgrano (director de El Tiempo), Lucio Correa Morales, L. Arduino, Eduardo Schiaffino y Carlos Zuberbühler y llegó a un duro dictamen: (La obra) “no trae ningún concepto nuevo a la iconografía colombina; tampoco encuentra que revele observación personal y, en conjunto, puede decirse de esta escultura, desprovista de carácter que, como obra de arte su mérito es secundario, siendo en cambio muy aceptable como trabajo ornamental decorativo. Encuentra excesiva la suma presupuesta para fundirla en bronce, dado el tamaño de la estatua. Por lo que se refiere a las proporciones, que había de dar al monumento en vista de su exigüidad, cree que no se prestaría a ser erigido en una plaza pública y si fuera necesario aumentar sus proporciones, habría que rehacerlo de nuevo. En definitiva, la comisión piensa que el proyectado monumento podría ser vaciado en cemento o en bronce, si se creyera conveniente, adornar con él el interior o exterior del futuro teatro municipal que llevará el nombre del ilustre navegante genovés”.

El 27 de mayo de 1897 se recibió la donación de la escultura en yeso por resolución municipal. La autora esperaba que la obra fuera vaciada en cemento o bronce y que se la ubicara en el Teatro Colón.

Recién en 1904 el Departamento de Obras Públicas dictaminó que el proyecto era de mérito. Tiempo más tarde sería fundida por Alejo Doris, para ser finalmente inaugurada el 15 de junio de 1921 en su ubicación actual en la plaza coronel Martín Irigoyen del barrio de Liniers, sita en García de Cossio y Larrazábal. No parece haber existido una inauguración del monumento y su importancia fue desdibujándose. El proyecto de “El genio de Colón” había tenido una amplia presencia en la prensa. En términos generales puede afirmarse que fue elogiado. En 1900 La Ilustración Sud-Americana publicaba el retrato de Aguirre junto a su trabajo: “obra de manos femeninas que aportan al arte nacional su valioso contingente artístico, simboliza en el descubridor de un nuevo mundo toda la admiración de una distinguida cultora del arte escultórico”. Luego, se agregaba que su autora era una “distinguida dama, que es actualmente presidenta de la ‘Sociedad de Huérfanos Militares’… que en sus ocios, dedica al arte su inspiración y talento”.

En agosto de 1900, cuando la artista obtuvo nuevamente permiso para residir por seis meses en Europa, La Nación la destacó como “presidenta de la sociedad de Huérfanos Militares y celosa colaboradora de cuanta iniciativa filantrópica surge de instituciones piadosas o de beneficencia”. Estaba lejos del retrato delineado por la prensa apenas unos años antes, cuando se ponderaba su actividad artística. Para la escultora, las obras de caridad habían reemplazado sus ansias de reconocimiento artístico, aunque el pedido de restitución de los recortes parisinos en 1912 es enigmático. El olvido absoluto de su trayectoria artística estaba a un paso. En efecto, cuando María Josefa Aguirre falleció, el 27 de agosto de 1913, las escasas notas necrológicas no dieron cuenta de su pasado como artista. Cronológicamente es la primera escultora argentina, antecesora de la galardonada, Lola Mora.

Oscar Turone

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