Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
July 28, 2021 5:23 am
Cosas de Barrio

Enseñar entre el dolor y la esperanza

Damián Meiseger es docente de Las Nieves, pero también fue maestro rural en la Patagonia. El femicidio de una exalumna lo sorprendió en el inicio de clases

“Estaba en el cole y una maestra que actualmente está trabajando allá, me manda un audio diciéndome: ‘Dami, te tengo que dar una mala noticia: falleció July, la mató el novio’. Me agarró en el primer día de clases y me puse a recordar todas las July que tuve. Hasta que recordé su rostro y se me cayeron las lágrimas”, cuenta Damián Meiseger, maestro del colegio Las Nieves, sobre el femicidio de Guadalupe Julieta Curual, la joven de 20 años asesinada por su expareja el 23 de febrero último en Villa La Angostura.

La noticia lo sorprendió en uno de los pasillos del instituto linierense, en medio del revoltoso regreso a las aulas bajo la nueva normalidad marcada por las medidas vigentes de prevención contra la pandemia. Hasta ese momento, nadie allí estaba enterado del caso Guadalupe, salvo Damián. Por entonces era el dueño de una dolorosa primicia que llegaba a su móvil directo de la Patagonia, tan exclusiva como el vínculo que forjó con July mientras fue su maestro en la escuela de Villa Llanquin, en Río Negro.

Para entender la historia entre Damián y Guadalupe, hay que retroceder casi veinte años en el tiempo. “Desde 2002 a 2010, trabajé en dos escuelas rurales, una en Villa Llanquin, a unos 40 kilómetros de Bariloche, y otra a 160, cercana a la represa de Alicurá”, recuerda el actual docente porteño, quien aún guarda imágenes mentales de sus botas llenas de barro y nieve.

Al principio, le resultó engorroso acostumbrarse a la vida natural. Le cansaba más hacer patito en el lago que soltar insultos a papá Bosque por el frío clima del sur. En varias oportunidades, un refunfuño suyo se esfumaba entre el canto orquestado del arroyo y los pinos. Y fue aquel asombroso espectáculo de la montaña el que lo hizo cambiar de humor y reafirmar “el sueño de ir a trabajar a una escuela rural”.

Desde que se recibió como maestro de grado, Damián siempre había querido dar clases en el campo, eso le dictaba su vocación. Y el destino se encargó de conducirlo a las tierras rionegrinas de Villa Llanquin. “Una vez llevé de campamento a Bariloche a un curso del Colegio Episcopal, donde era maestro. Fuimos al camping de Colonia Suiza y allí combiné con una conocida de un grupo parroquial para trabajar en una colonia en la localidad de Vuriloche. Tiempo después, esa misma persona me ofreció un cargo en la escuela”, reconstruye el hombre de 44 años.

Sabido es que el maestro rural tiene la titánica tarea de enseñar a alumnos de diversos niveles, papel que Damián define como docentes “plurigrados”. “Yo estaba como maestro de los grados superiores”, cuenta. Durante su permanencia en aquella escuela patagónica, la edad de sus estudiantes era lo de menos: su expectativa, además de enseñar los contenidos, era conocer al chico más allá del espacio áulico. “Cuando uno trabaja en la escuela, ve al chico y no sabe la historia que hay detrás, con quién vive, cómo son los tratos, si tiene necesidades -explica sin tener que recurrir al pizarrón-. Por eso los fines de semana me gustaba ir caminando a alguna casa en la montaña y compartir la jornada con ellos. Creo que ese vínculo permitía un mayor acercamiento y ayudaba en la incorporación de contenidos”.

En Villa Llanquin se dio cuenta de que los tiempos escolares del bosque no son los de la ciudad. “Los chicos llegan el lunes al mediodía, almuerzan en la escuela y se quedan a dormir ahí. Y el viernes, después del almuerzo, se van a sus casas. O sea, conviven en la escuela casi toda la semana”, detalla Damián, y luego aclara “hay algunos que van y vienen diariamente, pero otros, por lejanía o porque encuentran contención en la escuela, se quedan de lunes a viernes”.

Entre el alumnado de aquella escuela se encontraban los hermanos Curual. De los tres, Esteban -el del medio- fue alumno directo de Damián. En cambio, a Guadalupe la conoció en los recreos y en el pequeño grupo de la comunidad educativa. “En la escuela nos conocíamos todos -afirma-. Nosotros la llamábamos July, porque en Villa Llanquin era Guadalupe Julieta, pero para nosotros era la July”.

A pesar de que nunca llegó a visitar el hogar de los Curual, Damián cuenta que tuvo un trato estrecho con ellos. “Conocí al papá y a la mamá, que estaban separados”, comenta y los define como “una familia muy respetuosa, conocida e importante en la zona”.

Al tener a Esteban como alumno, Damián pudo conocer una porción de la historia de aquella noble familia chilena, que no se ha quedado cruzada de brazos en absoluto. “Después de lo que pasó estuve en contacto con ellos, dándoles ánimo y alentándolos en la búsqueda de justicia”, cuenta Damián, y asegura que el femicidio de July “da a pie a que muchas mujeres del campo empiecen a reclamar y a no quedarse calladas”.

Tras haber vivido casi una década en el sur, Damián conoce los secretos de la zona. “En el campo se viven muchas situaciones similares de violencia, donde el hombre es el todopoderoso y la mujer es sometida. Hay mucho silencio porque viven alejados y no saben dónde recurrir. También se dan relaciones con mucha diferencia de edad, en las que las adolescentes se vinculan con adultos”.

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Cuando la dura y lamentable noticia llegó a su celular, eran cerca de las 8:15 del primer día de clases en el instituto Las Nieves. Lo agarró desprevenido al pie de las escaleras dirigiéndose a la puerta de entrada, pues a esa hora ingresan los chicos. Su boca se transformó en un desierto de palabras y los ojos se le humedecieron de impotencia. Así no podía salir a la calle, por lo que decidió desviarse hacia el baño. Para el también coordinador de deportes de la ong CILSA, aquel mensaje fue una pelota a contrapierna. Ese miércoles 24 de febrero empezaban las clases entre comillas. Al menos aquella jornada y las que siguieron esa semana, Las Nieves abría sus puertas sólo para aquellos alumnos que requerían apoyo escolar en pos de recuperar determinados contenidos correspondientes al ciclo 2020, puestos en jaque por la pandemia. En realidad, el regreso real a las aulas se dio casi dos semanas después del 17 de febrero, fecha pautada por el Gobierno porteño para el retorno presencial de clases.

“Desde jardín hasta séptimo, de forma escalonada, las clases en Las Nieves comenzaron el 1° de marzo con todos los cursos”, explica el docente primario, a cargo de dos de los siete séptimos. Al frente de las divisiones C y F, y siguiendo el sistema de burbujas diseñado a partir del protocolo escolar, Damián tiene cuatro divisiones -cada curso se reparte en dos burbujas-. Según él, este cambio “no fue fácil”, aunque lo transita con optimismo. Resultó ser el ejemplo más práctico para enseñar microbiología: más que burbujas, sus clases se dividieron como las células.

A pesar de todo -cursos divididos, más la incomodidad del dúo protocolar barbijo/máscara-, el maestro de 44 años agradece haber nacido en la brecha de la generación millennial. “No me llevo tan mal con la tecnología”, reconoce admitiendo implícitamente que no es de “los docentes que tienen otro ritmo de captación con la virtualidad, en cuyos casos se dificulta más el aprendizaje y el desarrollo de las clases”.

En ese sentido, comenta sobre un fenómeno dado en el contexto de aulas online por la pandemia, del cual fueron participes muchos docentes sin guardapolvo. “En el Zoom los tuve a todos en la misma línea”, plantea Damián, acostumbrado a que “los que prestan atención o tienen más dificultad, se sienten adelante, y los más quilomberos, como de costumbre, al fondo”.

La vuelta a la presencialidad representa para él un suspiro de alivio luego de un año de clases virtuales, en donde la vista se convirtió en su talón de aquiles por la “excesiva saturación de imagen”. No obstante, con el retorno a las aulas, sus puntos débiles se encuentran ahora a la altura de la nariz, boca y mentón. “Vuelvo muy cansado porque uno está con el barbijo y la máscara, y son cuatro horas que me la paso hablando. Vuelvo con la voz bastante liquidada”, afirma el maestro, y agrega que “por el barbijo, no los escucho muy bien a los chicos y eso me inquieta bastante”.

Más allá de las adversidades de la pandemia y todo lo que ello implica, no pierde el foco de lo que para él es lo más importante en la educación: lograr que sus alumnos presten atención. Si durante el dificultoso año pasado, su desafío se limitó a “hacer que las clases sean interesantes”, para este ciclo lectivo su objetivo es el de siempre: lograr que sus clases despierten interés y curiosidad en el alumno.

A esta altura no se ofende si tiene que repetir la tarea por falta de atención, ese desperfecto catedrático lo administra con paciencia. Pero lo que no toleraría es un eventual retroceso de fase sanitaria. “Deseo que no se vuelva para atrás”, ruega enredando sus manos, con la “expectativa y las ganas de que se vuelve cuanto antes a la verdadera normalidad”, norte cuya brújula es, hoy día, el avance de la campaña de vacunación nacional, que desde el 10 de marzo autoriza al personal docente y no docente a poner el brazo para la inoculación en el ámbito porteño. En esa línea, Damián va levantando su manga. “Me voy a vacunar”, adelanta sin vacilar y afirma “no importa de dónde vienen, si son vacunas, es porque están aceptadas por el universo científico”.

Como buen integrante de “Patitas de la Virgen”, el grupo parroquial al que perteneció y gracias al cual consiguió el contacto que le permitiría cumplir su sueño como maestro rural, Damián aprendió las cuatro virtudes cardinales que en estos tiempos difíciles pone en práctica: justicia por Guadalupe; templanza, para cada agitada jornada escolar; prudencia, a la hora de hablar sobre las vacunas; y fortaleza, para afrontar esta crisis sanitaria.

Santiago Rodríguez

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