Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
April 15, 2021 4:30 am
Cosas de Barrio

Y voló, voló

La singular historia de Bebu, el loro/mascota que salió a recorrer el barrio y tuvo en vilo a su dueña durante varios días

Tendida en su cama, alumbrada apenas por la oscuridad de su cuarto, intenta dormir para aplacar así su cuadro de desolación. Lleva algunas horas con el estómago vacío, tan vacío como su corazón. Un mar de lágrimas inunda la almohada sobre la que reposa su cabeza, que en su interior recita sin cesar: “Bebu, Bebu, Bebu…”. De pronto le suena el celular. “Hola, ¿Camila? Mira, estoy en la puerta de mi casa y en el árbol hay un pájaro pidiendo ‘la papa’”. En ese preciso momento, justo cuando estaba por tocar fondo, recobró esperanzas.

Aquella llamada marcó un antes y un después en la tragicómica historia de Camila Martin, vecina de Villa Luro y dueña de Bebu, un loro de 6 años originario del Amazonas, que por unos días decidió emprender la aventura de sentirse libre, sin tener en cuenta las consecuencias emocionales que podría provocar en su “madre” de 23 años. “Él súper tranquilo, con una gracia increíble, y yo muerta de miedo pensando que se podía haber muerto”, comenta Camila acerca del momento en que volvió a tenerlo en sus brazos, tras una travesía de árbol en árbol por las calles del barrio aledaño a Liniers cuando el 2021 empezaba a escribir su historia.

El animal en cuestión es un joven loro amazónico que está transitando sus primeros pasos. “Viven entre 45 y 70 años, más o menos, dependiendo su calidad de vida, su alimentación y su cuidado”, explica la estudiante de diseño de indumentaria que, lejos de ser una experta en el tema, optó en su momento por rescatar a esta especie cuya descendencia, en condiciones insalubres, peligra. “Estaba encerrado en una jaula chiquita, en un lugar que no tenía luz, no le daban de comer y recibía mala alimentación. Son animales que están en peligro al estar fuera de su ecosistema”, cuenta Camila sobre la primera vez que vio a Bebu. Sin dudarlo, decidió que debía estar en buenas manos. Desde entonces se transformó en su madre adoptiva.

Por eso, siendo un pichón de cuatro meses, Bebu se convirtió en un integrante más de la familia Martin, en Ercilla entre Albariño y Corvalán. Allí fue mimado a base de frutas, verduras y algunas semillas. Nunca le faltó comida, incluso más de una comilona lo dejó de cama… O mejor dicho, de jaula, la misma que comparte con su hermano Coco, también de 6 años. Así, con buena alimentación y descanso, pasó el tiempo y le crecieron las alas, las uñas y el pico que, según Camila, tiene la capacidad de “romper los huesos de una mano”. Por ahora, ladrillos y teclados son sus blancos favoritos.

Sin embargo, por su naturaleza y gracias a los buenos modales que le inculcaron en casa, Bebu no resultó ser violento en absoluto. Al contrario, es lo más parecido a una gallina. Es por eso que su facilidad por asustarse le jugó una mala pasada durante los primeros días del año. “La huída de Bebu -define hoy Camila, entre risas- fue el 3 de enero. Recuerdo que estaba por el pasillo del segundo piso, y de repente se asustó y se fue volando para la habitación de mi hermana y salió por el ventanal que estaba abierto de par en par”. Aquel despegue dejó boquiabierta a Camila, que dudaba sobre la condición de ave de su loro.

“Nunca voló mucho o a mucha altura porque a él le gusta caminar. De hecho, cuando se escapó fue la primera vez que voló de verdad”, confirma la joven quien, sin haber quitado la vista del vuelo del pájaro, sintió que su sistema psicológico se ponía en alerta roja. Su hijo -al menos así lo percibe ella- aterrizó justo en el árbol del patio trasero de su vecina. Si bien no fue un largo recorrido, sus uñas quedaron incrustadas en una rama que estaba a varios metros de altura. Ante la urgencia del caso, la primera acción de Camila fue tocarle el timbre a su vecina para que le permitiera rescatar a la criatura.

“Llevé un pedazo del queso que le gusta. Pero estaba tan alto que ni con una escalera llegábamos”, recuerda. Un instante después, se oyó un aleteo intenso que encendió la ilusión de Camila, pero el desenlace no resultó ser el esperado. “Se voló y ahí no lo vi más por tres o cuatro días, no sabía dónde estaba”, relata. Fue entonces cuando inició una campaña barrial para intentar recuperar a su mascota perdida. “Le gritábamos a los árboles, recorrimos las manzanas, no sabíamos dónde estaba y empezamos a pegar volantes en la calle. Entré a la casa de casi todos los vecinos de la cuadra, donde intuía que podía estar -relata Camila, ahora con la calma de tener a Bebu en el hombro-. Todos me dejaron subir a su terraza para ver si lo podía encontrar. Pasaron los días y se largó la tormenta. Yo ya estaba haciéndome la cabeza que se había caído y se lo había comido un gato”, cuenta entre risas.

No obstante, a pesar del firme trabajo realizado con su familia y sus amigos, no hubo caso y se volvió con las manos vacías y la cabeza gacha. “No me alimenté esos días”, confiesa. La incertidumbre por saber cómo estaba Bebu le taladraba la conciencia. “De noche, estos animales no vuelan. Una vez que se esconde el sol y se pone oscuro, se quedan donde estén”, explica.

Aquella noche no tuvo un buen descanso y el día siguiente fue una copia del anterior. Gritos, volantes y rastrillaje por las calles de Villa Luro y Liniers. Sin embargo, lo peor llegaría al tercer día. “Su cumpleaños es el 5 de enero y fue la primera vez que lo pasó solo”, dice la joven, que el 6 de enero recibiría la gran noticia.

“Mientras dormía, me llama una chica y me dice: ‘Hola, ¿Camila? Mira, estoy en la puerta de mi casa y en el árbol hay un pájaro pidiendo ‘la papa’. Y ahí nomás salí corriendo”. A partir de ahí hizo el click, dejó de lado el bajón y la apatía y metió en su mochila muchas provisiones de esperanza. Con reposera y escalera en ambas manos, comenzaba el operativo de rescate.

Mientras, Bebu no era consciente de la revolución que había generado en aquella zona de Villa Luro. Camuflado en el verde de la copa más alta de un árbol de 12 metros en Albariño y Ercilla, era el centro de la atención de decenas de vecinos. Cristina, la vecina que se había comunicado con Camila, tenía ahora una pequeña multitud en la puerta de su casa. “Todos estaban pendientes de él -recuerda la joven- aunque al principio la gente pensaba que había perdido un gato”.

“Imbajable” fue el término que pronunció Camila para describir las chances de rescatar a Bebu. Aunque, con el permiso de Cristina de acceder a su terraza para estar cinco metros más cerca del loro, el prefijo “im” comenzó a esfumarse. “Estuve como una semana viviendo en lo de Cristina. Me levantaba a las 5 de la mañana y volvía a mi casa alrededor de las 21. Íbamos con mi papá, que es la otra persona con la que Bebu tiene contacto, y nos turnábamos”, explica la muchacha, en relación a Fernando, su padre, de 52 años.

A pesar de que cada vez estaba más cerca, Camila temía que, ahora que podía verlo, el loro se volara y se escapara definitivamente. La estrategia para evitarlo consistía en seducirlo con comida, para que Bebu fuera a su encuentro, pero el plan no funcionó. Cuando las esperanzas se esfumaban por completo, notó de pronto que la solución estaba en el postre de su almuerzo. “Me di cuenta de que si le mostraba una banana, como tenía mucha hambre y hacía varios días que no comía, se empezaba a arrimar”, revela y entre risas reconoce que “había que hablarle como Panam, para que con mucho incentivo y emoción captara su atención y tratara de moverse”.

La cuestión es que el loro comenzó a desplazarse por las ramas para acercarse a la banana. “Hasta que de repente –grafica Camila- saltó a una rama delgada y frágil como un lápiz, entonces no aguanto y cayó varios metros hacia abajo. Ahí logró sostenerse en otra rama parecida, más cerca del suelo, hasta que terminó lanzándose como un Angry Bird al techo de un auto”. El impacto sobre la chapa sonó en toda la cuadra, casi tanto como las palpitaciones de Camila, que al observar la caída salió presurosa al reencuentro con el travieso de plumas verdes.

“Él, súper tranquilo, con una gracia increíble, y yo muerta de miedo pensando que se iba a morir del impacto. Le di media banana que se comió en tres minutos y estaba intacto: tenía las plumas, el pico y las uñas bárbaras”, asegura la dueña de Bebu quien, citando a Buzz Lightyear, dentro de todo “cayó con estilo”. Si bien fue un golpazo sin grandes consecuencias, Bebu quedó de cama. “Durmió como dos días seguidos, estaba re cansado pero para él fue como si no hubiera pasado nada”, concluye Camila, con tono de final feliz.

El dolor y la preocupación por no tener a su “hijo” al hombro le resultó atroz. Por casi diez días experimentó el estado de shock de Marlin cuando Nemo se perdió en el océano. “Él es lo más importante en mi vida. Bebu significa todo, todo. Es el ser al que más amo en todo el planeta”, confiesa Camila, mientras el ave se acurruca sobre ella.

En esta historia, Bebu fue el protagonista y su aventura por el barrio tuvo sabor de fábula. Como moraleja, habrá que revalorizar aquello de que en medio del caos, la desolación o la crisis, lo último que se pierde es la esperanza.

Santiago Rodríguez

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