Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
February 28, 2024 10:55 am
Cosas de Barrio

La abuela Matilde, cien años, mil historias

La entrañable vecina de Mataderos celebró su centenario, rodeada del afecto de familiares y vecinos

El viernes 10 de noviembre Matilde se despertó temprano, como todos los días. Desayunó y se vistió con la ropa que había quedado preparada el día anterior sobre la cómoda. Minutos más tarde llegó uno de sus hijos y la llevó en auto a la peluquería. Era un día especial. Poco antes del mediodía ya estaban de regreso. Su hijo estacionó, sacó el andador del baúl, abrió la puerta del acompañante y ayudó a bajar a doña Matilde. Cuando al fin llegaron a la puerta de su casa de Zelada 6961, a metros de Cosquín, un nutrido coro de familiares y vecinos la recibió entonando el feliz cumpleaños, entre globos y guirnaldas multicolores. Matilde Sadi de Luro estaba cumpliendo 100 años y la cuadra estaba de fiesta.

Y entre sonrisas y recuerdos, ya recuperada del emotivo recibimiento, la abuela centenaria se dispuso a charlar con Cosas de Barrio. “Nací en Villa Devoto, donde cursé la escuela Primaria. Después nos mudamos a San Fernando hasta que finalmente llegamos a Mataderos, donde vivo desde que tenía 20 años”, cuenta Matilde como si estuviera repasando las hojas del libro de su rica historia personal.

Recuerda que cuando llegó al barrio del que está “perdidamente enamorada”, predominaban los terrenos baldíos. “Pero ahora está todo edificado y me encanta. Mataderos es mi lugar en el mundo”, asegura con la misma sonrisa que mantiene intacta desde la juventud.

Poco después de haber llegado al barrio, conoció al que sería su esposo y a los 21 se casó.

“Era mi vecino de abajo, me acuerdo que al subir las escaleras me miraba las piernas”, evoca con picardía. Juntos tuvieron cuatro hijos: dos mujeres y dos varones.

Pero la historia de Matilde comenzó bastante antes. Tuvo siete hermanos varones que la malcriaron al ser la menor. “¿Si todos fueron longevos? No, aunque uno de ellos falleció cuando le faltaba un mes para cumplir los 100”, asegura.

– ¿Cómo eran sus padres? ¿Qué recuerdos tiene de ellos?

– Hermosos recuerdos, porque tuve muy buenos padres. Eran sirios libaneses. Mi papá vino a conocer Argentina y le gustó tanto que se quedó. Cinco años después se fue a casar a su país y volvió con mi mamá embarazada. De hecho, mi hermano mayor nació en el barco. Las personas que la atendían no sabían hablar su idioma y no entendían lo que les decía, entonces lo llamaron Atlantic a mi hermano, que era el nombre del barco. Claro que al llegar al puerto de Buenos Aires le pusieron otro nombre y otro apellido, pero no el de mi papá, porque no lo entendían.

Su madre falleció joven, a los 50 años, y su padre casi a los 90. “Mamá era muy inteligente, recta, honesta. Cuando cada hijo terminaba el colegio, le decía que debía aprender un oficio y salir a trabajar”, subraya, y asevera con la cabeza. “Cuando cumplí 13 años, mamá me mandó a aprender costura. En un momento, no pudo pagar dos meses y la profesora vino a casa para decirle que me mandara igual, que le pagara cuando pudiera. Pero ella le dijo que si no tenía dinero prefería no mandarme y que ella misma me seguiría enseñando. Y así fui aprendiendo, mirando a mamá”.

Gracias a su perseverancia y al amor de su madre. Matilde no tardó en transformarse en costurera. “Hacía ropa complicada, con muchos detalles -cuenta-. Llevé muestras de mis diseños a Delién, a Pierre Cardin y llegué a tener a mi cargo 18 chicas. Cuando me casé fui ama de casa, y cuando enviudé era joven todavía, así que trabajé mucho cosiendo para afuera”.

Dice que cuando perdió a su marido, lloró “ocho días seguidos y después me dije: tenés que salir a trabajar y ganar plata. Mal no me fue, gané lo suficiente como para criar a mis hijos y darme el lujo de viajar bastante. Cuando los chicos ya estuvieron crecidos tuve la suerte de viajar por todo el mundo. Conocí Medio Oriente, casi toda Europa y toda la Argentina, quedé enamorada de Salta y de Mendoza”, se apresura a recalcar, como si las imágenes de su pasado le cayeran cual fichas de un tetris. Entonces surge otra sonrisa que antecede a un recuerdo. “La pegué con el dueño de una tienda importante que le dijo a la encargada: ‘a esta señora comprale todo lo que traiga’, y les vendí camisas durante 24 años. Mientras trabajé tenía una persona en casa para los quehaceres”.

Una de las invitadas se acerca y le apunta “Contale que la ropa tuya y la de tus hijos siempre la hiciste vos”. Ella lo reafirma y hasta redobla la apuesta. “Claro, desde que empecé a coser nunca más compré ropa”.

– Recién me hablaba de sus viajes ¿Qué lugar le gustó más?

– Sí, cierto. Después de haber recorrido muchos lugares puedo decir que el país más lindo, el que me gusta es el mío, mi Argentina. Recuerdo que a Medio Oriente fui en 1967, justo cuando estaba la Guerra de los seis días, y me sorprendí al ver que en una noche destruyeron una ciudad entera.

Queda claro que la memoria de Matilde está intacta. Aunque los recuerdos se agolpen a borbotones, ella tiene la capacidad de rescatarlos casi inmaculados. Incluso aquellos no del todo felices.

– Me contaron que hace poco la asaltaron…

– Sí, acá tuvimos dos robos. Hace dos o tres meses entraron chorros a mi casa. Yo dormía y me despertaron con un revólver en la sien. Igual soy corajuda, nunca me asusto. Me pedían dinero, pero les dije que se fueran porque no tenía. Revolvieron todo y a mi hijo lo ataron en su habitación. Le sacaron plata, el reloj y el celular. Después lo soltaron y se fueron. Mi hijo se queda a la noche, y durante el día tengo tres chicas que me cuidan: una a la mañana, otra a la tarde y otra los domingos.

– Eso quiere decir que está bien acompañada ¿Le cocinan bien?

– Sí, y yo también. Me gusta mucho cocinar. A veces hago comida árabe, como la que hacía mi madre. Eso sí, no como ningún animal pequeño, como por ejemplo pollo. Me gustan las milanesas y las verduras.

Más allá de su locuacidad y simpatía, Matilde atesora una particularidad que muy pocas mujeres poseen. Desde 1951, cuando se habilitó el voto femenino, jamás faltó a una cita electoral. “Últimamente les pido a mis hijos o a mis nietos que me lleven, porque como sea quiero ir a votar. No sé cuántas veces fui, pero te aseguro que no falté nunca”, dice con orgullo, y hasta se atreve a revelar su simpatía política. “Soy peronista -dice, y por primera vez se le endurece el gesto- ¿Sabés por qué? Porque antes de él vi la miseria, mucha gente sin trabajo. Pero después llegó Perón y cambió la Argentina”.

– ¿Y qué opinión tiene de Milei?

– No me gusta, es un loquito que va a vender el país.

De pronto su mirada se funde en un punto fijo de la pared blanca, que parece ser el telón ideal para proyectar sus recuerdos. “Cuando murió Evita la fui a ver. Me acuerdo que le dejé el nene chiquito a una vecina y entré medio de prepo. Creo que el mundo entero estaba allí ese día”. Ahora la memoria la arrastra un poco más atrás. “Recuerdo que cuando Uriburu fue a sacar a Yrigoyen, mi mamá nos dijo que entráramos porque vendría el Ejército. Y lo vimos pasar desde el alambrado de mi casa, en Devoto”.

Los recuerdos se arremolinan y ella se deja llevar por el torbellino. Sus vivencias son diapositivas irreverentes que se proyectan sin pedir permiso. “Recuerdo el club San Fernando, todos los socios eran ingleses, no dejaban anotarse a los argentinos. Pero cuando vino Perón eso cambió. El club llegaba hasta el río. Un día fuimos con mi mamá y mi tía. Me acuerdo que ellas se metieron al río con sus polleras largas y sus medias, y al rato vino un vigilante y las retó porque habían dejado a mi primo recién nacido recostado desnudito en la arena. Pero mi mamá no se quedó callada, le dijo ‘vaya y rete a aquellas que están desnudas en el agua, que en realidad eran chicas con malla que tenían mangas hasta el codo y una pollerita’”, relata antes de estallar en una carcajada.

– Dicen que el agua trae recuerdos ¿Será así?

– Es probable. Justo ahora me viene a la cabeza el día que apareció sobre la costa una ballena muerta, era inmensa. Y también aquel día en San Fernando cuando vi el Graf Zeppelin (N de R: el enorme dirigible alemán que a fines de junio del 34 surcó el cielo porteño). Era como un barco que volaba, impresionante. Recuerdo que lo amarraban al suelo con cientos de estacas.

Un nieto se acerca para despedirse. La abuela Matilde lo besa y se sonríe. “Entre nietos y bisnietos tengo 16 tesoros”, recalca, sin olvidarse de sus hijos, que “son todos muy buenos”.

– ¿Además de cocinar qué le gusta hacer Matilde?

– Me entretengo cosiendo. Antes también tejía, pero ahora hace rato que no lo hago. También veo la tele, suelo ver muchos noticieros, aunque no sea muy lindo lo que muestran, por lo menos me entero de lo que pasa. Además, tengo un celular chiquito, pero casi no lo uso, apenas para mirar la hora. Cuando tengo que hablar con alguien prefiero el teléfono de línea. Pero eso sí, mi salida preferida es al bingo.

Cuando se entera que la charla está llegando a su fin y que es tiempo de tomar la foto de rigor, apela a su coquetería y se peina. “Cuando era joven tenía el pelo negro -explica- pero después me salieron las canas y nunca me las teñí”.

– La última Matilde ¿Cuál es su secreto para llegar tan saludable y locuaz a los 100 años?

– Mi historia. Mamá nos alimentó bien, nos educó. Hacía a mano nuestros guardapolvos. Nos inculcaba que todos los hermanos debíamos ser rectos, honestos, solidarios. Además, papá tenía quinta y comíamos comida sana, que él mismo producía. Yo siempre me porté bien y trabajé mucho. Hoy me cuido y voy a los controles médicos las veces que sean necesarias. Qué sé yo, tal vez sea un premio, y lo acepto orgullosa.

Josefina Biancofiore

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