Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
July 1, 2022 10:28 pm
Cosas de Barrio

Los olvidados de siempre

Aunque muchos se empecinen en no verlos ellos están allí: en los recovecos de las vidrieras, al pie de los cajeros automáticos o deambulando entre veredas gastadas por las pisadas de la indiferencia. Son hombres, mujeres, niños, familias enteras que carecen de un techo y tienen la calle como hogar. En este informe especial, ponemos la lupa en una realidad tan evidente como dolorosa, a poco más de un mes de haberse sancionado la ley que intenta garantizar los derechos de las personas en situación de calle.

Por María Machuca, Giuliana Pampinella, María Ester Parra y Milena Parga

La luna es un testigo privilegiado, tal vez el único. Ella alumbra las calles por las que deambulan cientos de almas errantes, con historias que se rompen y se vuelven a armar como en un rompecabezas. Pedazos que se entremezclan y se confunden de personas sin techo, sin hogar, sin un trabajo que les de dignidad. Pedazos de personas con hambre, con frío, con sueño por no poder dormir y con sueños de un mañana distinto, que los encuentre más enteros, más erguidos al caminar. Un mañana en el que ya no deban seguir cargando una mochila de frustraciones, de dolores, de un pasado que pesa cada vez más.

La luna es testigo del derrotero de gotitas saladas que recorren mejillas sucias; de miradas perdidas y de otras que las ignoran. El paisaje es tan triste que sólo ella y algunos valientes se atreven a mirarlos de frente y extienden su mano para ayudar.

Plena tarde de octubre en Congreso, donde conviven los ladrones de guantes blancos y los de afuera son de palo. Están ellos ahí, en un rincón, forman un grupo de siete con banderas rojas que contiene el nombre de su organización: “Proyecto 7”. Son hombres con chalecos blancos y el nombre de la entidad que los agrupa, pidiendo firmas para que se apruebe una ley que ayude a mitigar el dolor de la gente en situación de calle.

Uno de ellos es Emanuel Silveira, un joven de 30 años. Su historia de vida es un reflejo con el que muchos se identifican. La peor pesadilla lo levantó una mañana en la que, como todas las demás, se dirigió a su trabajo en Carrefour. Sin decirle buenos días lo recibieron con una palabra que no esperaba escuchar: “despedido”. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, el mundo se le vino abajo. Con un suspiro y los ojos llenos de lágrimas recogió sus pertenencias y se fue. Pagaba alquiler, vivía con ese trabajo, era su único sostén, su madre había fallecido cuando él tenía tan solo 13 años y su padre lo abandonó hace veinte. Las deudas lo rodearon y no le dejaron otra salida que la calle.

– ¿Con qué te encontraste cuando caíste en situación de calle?

– El primer mes dormía de colectivo en colectivo, porque no quería volver a la calle. No quería volver al ambiente. Hacía todo el recorrido del 15, desde avenida La Plata hasta Pacheco y dormía. Cuando terminaba el recorrido dormía en las plazas. No tenía a dónde ir. Después empecé a conocer los hogares y los comedores.

– ¿Cómo empezaste a recurrir a esos sitios?

– Fue por la misma gente que vivía en la calle, les preguntaba “¿muchachos dónde puedo ir a comer y bañarme?”, la misma gente de ahí te va orientando. Aunque también, como te van orientando te van desorientando, hay muchos problemas de consumo en la calle.

Emanuel cayó en el abismo de la droga y debió recurrir a diversos tratamientos. Afligido reconoce que “la calle hace eso, la juventud en la calle y la gente que está cartoneando te lleva a eso. La situación del consumo te atrapa”.

En el año 2010 la Legislatura porteña sanciono la Ley 3706 que protege los derechos de la gente en situación de calle o que corre riesgo de estarlo, y que por lo tanto se encuentra en estado de vulnerabilidad. Son muchos los que, por alguna circunstancia de la vida ligada a razones económicas, no tienen acceso a una vivienda propia, ya sea a través de la compra o del alquiler. Además están quienes se encuentran en situación de desalojo, a la espera de una sentencia judicial que los ponga en la calle, ya sea porque usurparon el lugar o porque están alquilando y no pudieron pagar.

“La gente no cae en situación de calle, hay muchos motivos por los cuales se llega a esa realidad. Además, hay que mirar a la gente en situación de calle desde una perspectiva de género: no es lo mismo un hombre en situación de calle que una mujer, que un chico o chica trans. Los casos son muy variados. Están quienes llegan a la calle porque en algún momento de sus vidas les fue muy bien, no supieron aprovechar ese momento y a raíz de eso entraron en adicciones. Producto de eso comenzaron a endeudarse, a vender sus pertenencias, a separarse de su familia y a no ver a sus hijos. Es un tobogán en caída libre. Si esas personas no tienen vínculos afectivos arraigados y verdaderos, como la contención familiar, salir de ese espiral se torna casi imposible”. Así lo entiende Giuliana Rosanova, trabajadora social, quién actualmente se desempeña en la Dirección General de Estrategias y Fortalecimientos Territorial, del Ministerio de Gobierno de la Ciudad.

– ¿Hay un Estado presente?

– En la Ciudad de Buenos Aires tenemos la Ley 3.706, que dice que el Estado debe hacerse cargo de toda persona que esté en situación de calle. Lo que hace la Ciudad en estos casos es llevarlos a paradores y hogares de tránsito. En los paradores las personas puedan ir a dormir durante una noche, entran a las 19 y al otro día a las 7 de la mañana se tienen que ir. Pueden volver al día siguiente pero cumpliendo las reglas. Hay que bañarse, hacerse la cama y comer lo que se les ofrece. Pero además tienen que dejar sus cosas en un lugar aparte porque es peligroso, no sabemos qué puede pasar, cómo pueden reaccionar, si tienen algún cuchillo. Después tenemos hogares para familias, mujeres con hijos, para hombres solos y para personas de la tercera edad o con discapacidad. Algunos hogares y paradores que son 100 por ciento del Estado y hay otros que están conveniados con organizaciones de la sociedad civil.

– ¿Qué se cumple y qué no de todo eso?

– Cumplir se cumple todo, pero como hay poco personal y mal remunerado, no es fácil dar abasto a toda la demanda de gente. A las personas en situación de calle se les da todo lo inmediato que es la comida, la cama, la ropa y el subsidio habitacional, pero lo que no funciona es lo que sigue, es decir, la posibilidad de orientarlos en una vocación y un trabajo.

– ¿Por qué?

– Porqué es un programa que aunque existe, no funciona. Lo que ocurre es que no hay una decisión política de que la gente en situación de calle pueda salir. Entonces el Estado termina trabajando con la urgencia para que la persona salga de la calle, pero al poco tiempo la situación se repite. Es un círculo vicioso.

– ¿Cuáles son los programas de ayuda social que brinda el Estado?

– El Estado debe garantizar el acceso igualitario, el trato digno a las personas, evitar las discriminaciones y permitir el acceso a programas de desintoxicación, porque hay que recordar que muchas veces estas personas caen en el consumo de sustancias nocivas como la droga, el tabaco o el alcohol, e incluso también son personas que suelen vivir situaciones de abuso o de violencia. Esta ley no alcanza por sí sola, por eso están pidiendo un plan integral que los ayude a no entrar en las drogas, a no estar todo el día en la calle. Mucha gente vive años en la calle, muere en la calle y no alcanza con una ley, es algo mucho más profundo que sólo lo entiende el que padece esa situación.

– ¿Qué tipo de acuerdos tiene el gobierno para garantizarle un techo a la gente en situación de calle?

– El Estado argentino es signatario de distintos tratados y convenciones internacionales que garantizan el tema del acceso a una vivienda digna para todos los habitantes de la Nación Argentina; pero además el Estado debe brindar asistencia a aquellas personas que se encuentren en una situación de vulnerabilidad, como lo es por ejemplo las personas que están en situación de calle.

– ¿Qué les dirías a aquellas personas que quieren ayudar a esta gente?

– Que no lo duden y lo hagan ya mismo, porque es la posibilidad de conectarnos con nuestra parte más humana. Si la sociedad en su conjunto tuviera más empatía, no habría gente en situación de calle, porque nadie podría darse el lujo de soportar ver a otra persona sin el cobijo de un hogar.

Cuando se los observa a ellos, hay quienes ven caminantes con harapos como parte de una foto, una postal típica de las grandes urbes. Sin embargo, también están los que se niegan a naturalizar esa imagen y entonces les extienden su mano, les dedican tiempo, se organizan y los asisten. Tal es el caso Claudia Zabala, que desde el 2017 forma parte de “Ser Con Vos”, la organización no gubernamental (ONG) que creó junto su marido ante la necesidad de colaborar en una mejorar la calidad de vida de muchos vecinos que duermen en las calles. En la actualidad, Ser Con Vos reúne a noventa voluntarios que recorren los barrios de Caballito, Villa Luro, Parque Patricios, Parque Avellaneda y Versailles.

“La pandemia profundizó la problemática, muchas personas que vivían de changas, algunos lavacopas, bacheros y todo eso se cortó y por más que reciban un subsidio habitacional que es de 8 mil pesos, no les alcanza, porque una pensión no baja de los 12 mil pesos y entonces terminaron en la calle”, comienza graficando Claudia.

Según estadísticas recientes, en la calle la mayoría son hombres y en los hoteles la mitad son niños y adolescentes. Ser Con Vos no sólo asiste a personas sin techo, sino también a quienes estén en riesgo de perderlo, que por cierto son muchos. “En mayo pasado se realizó un relevamiento oficial que indica que son 2.573 las personas en situación de calle que habitan en la Ciudad de Buenos Aires, pero esa cifra no coincide con el censo realizado por la asamblea popular que Ser con Vos integra, y eso tiene que ver con la dinámica que emplean al momento de censar”, subraya Claudia y luego explica que “nosotros salimos a la calle tres o cuatro días en distintos horarios, en cambio el Gobierno de la Ciudad lo hace un día en tres o cuatro horas”. Y luego argumenta “en nuestras planillas tenemos información de cada uno: nombres, apellidos, problemáticas. Porque para nosotros no son un número. Además, vamos días después y puede no estar, porque deambulan y donde había uno de repente hay tres, por eso no tiene sentido el censo que realiza el Gobierno, nosotros incluimos a quien está en riesgo a estar en la calle”.

La asistencia primaria que realiza el Gobierno porteño se apoya en el Programa Buenos Aires Presente (BAP), que brinda atención inmediata a las personas en situación de calle, con móviles que recorren la Ciudad en forma permanente. Hace algún tiempo se anexó el equipo de Buenos Aires Presente a pie, del que participan psicólogos y trabajadores sociales y llegan allí donde las camionetas no logran llegar. No obstante, para Claudia Zabala, la asistencia sigue siendo deficitaria. “El BAP sale con un circuito –explica- pero no conocen a nadie ¿Entonces cómo hacen para llevarles lo que necesita cada uno, para saber cuántas viandas precisan o si la cantidad de frazadas es suficiente? Ahí me di cuenta que nos manejamos distinto, porque nosotros hasta llevamos los pedidos que nos hicieron la semana anterior”. En ese sentido, coincide con Rosanova en que “lo que falta es voluntad”.

La negativa a trasladarse a un parador, suele ser recurrente. Y Claudia lo explica así: “ocurre que muchos han sufrido agresiones y no están para nada felices de tener que ir a un parador. A veces no les queda otra porque el frío del invierno puede más. Pero al BAP le falta la otra pata, la de estar, la de acompañar”.

La referente de Ser Con Vos coincide además en que el mayor problema son las adicciones y la salud mental. “Muchas veces se dice que esta gente no quiere salir de la situación en la está, pero cuando ves a una persona desnuda con 3° de temperatura, te dice que tiene frio, le das abrigo y no se lo pone, te das cuenta que esa persona no puede decidir estar en la calle. Eso nos duele mucho, al igual que las personas adictas. Por eso hay que acompañarlas desde otro lugar con tratamientos y asistencia psicológica”, subraya Claudia y explica que desde Ser Con Vos crearon una Comisión de Adicciones, integrada por psicólogos y una referente que trabaja en el Sedronar, para “acompañar a esos vecinos que hoy están internados por su propia voluntad, recuperándose en comunidades, nos mandan videítos y para nosotros es una felicidad plena, con las herramientas mínimas que tenemos”.

Claudia asegura que esa falta de contención es la consecuencia de no verlos como personas. “El Estado ve una masa sentada con una frazada”, asegura y remarca que “el ser humano es un ser social y uno no es si no hay otro, por eso creamos Ser Con Vos. Nosotros no existiríamos sin ellos y ojalá fuera así, pero ellos están y nos necesitan”.

La falta de empatía hace que muchos no se den cuenta lo sencillo que es saludarlos. “Ni siquiera darles dinero, sólo preguntarles cómo están y no tenerles miedo. Incluso para aquellos que no estén bien de la cabeza y no reaccione del todo bien, para todos ellos ese reconocimiento es enorme”, sostiene y cuenta que hay compañeros que se toman el tiempo de ir hasta Glew para ver a una persona que vive en la calle, “llevarle yerba o algo que pidió, comparten un mate una merienda y ellos sienten que de esta manera no están abandonados”.

Ser Con Vos no recibe ningún aporte estatal, se sostiene con la colaboración de particulares que los contactan a través de las redes sociales.

– ¿Cuál fue la historia de vida que más te marcó en este camino?

– Hay varias, pero la que dejo una huella importante y nos marcó a todos es la de un hombre que vivía abajo del autopista, en Bacacay e Irigoyen. Estuvo muchos años ahí y ya no se podía mover por problemas de salud. Además, aunque insistiéramos, no quería que lo ayudáramos. Él cargaba con una mochila muy grande, sentía que estaba bien ahí y decía que volver a la sociedad era como “entrar a una iglesia sin fe”. Escucharlo decir eso nos mortificaba, porque estaba en un lugar muy sucio, había ratas, era acumulador y había mucho mal olor. Pero yo me llevaba un almohadón y me sentaba a charlar con él. Podías hablar de cine, de política, de todo, era un hombre muy culto. Nos esperaba con su termo, quería agua caliente para convidarnos té porque decía que el té sacaba la angustia. Este señor falleció en la calle, un día su corazón no resistió más. Otro hombre que te podría decir que era un amigo, para mi cumpleaños se me apareció con un Winnie Pooh que sacó de un conteiner, y otra vez nos tocó el timbre y trajo una torta para el cumpleaños de mi marido. Son personas que en algún momento empiezan a pensar en el otro, a devolver. Pero la calle no es fácil y menos lo es aún intentar salir de ella. La calle la llevan en la cabeza, porque por más que estén bajo techo y en una cama, se siguen despertando a las 4 porque es la hora que los empiezan a echar de los lugares en los que están, o empieza a despertarse la ciudad y se tienen que correr. Este hombre, la primera vez que cocinó hizo arroz para veinte personas. Le costó mucho adaptarse y estaba pudiendo, pero esta pandemia lo afecto y falleció en su pieza. Hay otros que pueden y nosotros los ayudamos como podemos.

La resiliencia la practican los valientes, no es fácil reinventarse y salir a flote luego de haber tocado fondo, pero es posible, y Horacio Ávila es una prueba fiel de esa transformación. Horacio es un hombre que formó una familia y trabajó con ahínco para sostenerla, hasta que en plena crisis del 2001 se quedó sin empleo. Con la soga al cuello y sin herramientas para mantener los gastos del hogar, decidió que su esposa y los pequeños fueran a vivir a la casa de un familiar. Horacio no pudo siquiera pagarse una pensión y la calle lo acobijo. Hoy es psicólogo social, operador en adicciones, fundador y referente de Proyecto 7, la organización que asiste a personas sin hogar, que sufren enfermedades y discriminación todo tipo.

El nombre de la ONG se debe a que fueron siete las personas que comenzaron a dedicarle tiempo y acción en virtud de mejorar la calidad de vida de quienes duermen a la intemperie. Hoy abarca además a quienes están en riesgo de quedar sin hogar.

Horacio asegura que en esta problemática las políticas que se emplean son insuficientes. “El Estado debe garantizar el acceso a la salud y a la educación, dar contención y acompañamiento en los problemas de adicción, y asistir a las víctimas de violencia y discriminación”. En ese sentido, recalca que “hay que armar una estructura, sin eso la ley es sólo un papel escrito, tienen que dedicarle presupuesto” y asegura que “una vez que se apruebe y entre en vigor, vamos a militar para que se le adjudique presupuesto”.

Respecto a la letra chica de la ley, Horacio explica que “parte del proyecto tiene que ver con la inserción laboral, no sólo como sustento económico, sino como una herramienta social para ayudar a sentirse bien con uno mismo y a relacionarse mejor”.

Mientras tanto, más de setenta personas trabajan en Proyecto 7 en emprendimientos productivos. “Tenemos nuestra propia panadería y una línea propia de alfajores, eso no es poco”, subraya Horacio, orgulloso.

Son muchas las heridas que arrastra cada persona sin hogar Y aunque tengan la piel curtida y cicatrizada, el alma aún sangra. El dolor sólo disminuirá cuando exista una sociedad que deje de ignorarlos y naturalizarlos como parte del paisaje urbano, para empezar a visibilizarlos y preocuparse por cada uno ellos.

Nota de opinión
La problemática de los sin techo: un flagelo que interpela a la responsabilidad colectiva

En términos estadísticos, según el último censo realizado en mayo de 2021 por el Gobierno porteño, hay 2.573 personas en situación de calle, lo que significa un aumento del 48% respecto al último recuento de 2019. Sin embargo, las organizaciones sociales, que conocen de primera mano las necesidades de los más vulnerables, hablan de alrededor de 7.000 personas sin un techo para vivir, una cifra que prácticamente triplica los números oficiales.
Las instituciones sin fines de lucro brindan su tiempo, esfuerzo y compromiso. Cuentan con profesionales de la salud física y emocional, y dictan diversos talleres para ayudar a cada familia a salir de esta situación tan adversa, pero nunca es suficiente. El verdadero poder para cambiar esta realidad lo detenta el Estado, que cobra un rol fundamental para acunar todas esas necesidades extremas y cuenta con instituciones específicas para recepcionar a cada una de estas personas con diferentes carencias. Pero las listas de espera son largas y las soluciones, cortoplacistas.
No obstante, a pesar de todo, el verdadero problema es la indiferencia. La falta de bienes materiales, en cierto punto, conduce a la sociedad a pensar que los más carenciados no tienen los mismos derechos, e incluso, muchas veces, ni siquiera son sujetos de derechos básicos y universales, como lo es el tener una vida digna. La falta de oportunidades y de recursos debe ser solventada por un Estado presente que iguale las líneas de partida o, al menos, se encargue de sostener a quienes se están por caer de la carrera.
Y si la realidad supera los discursos políticos, quizás el Estado suscribe a la idea de que estas personas no tienen ningún valor, que no tienen nada que brindar, que no es posible su reinserción social. Queda en evidencia que falta mucho por cambiar: la falta de conciencia colectiva, la indiferencia, la negligencia. Hay que dejar de hacerlos sentir invisibles y de mirar para un costado. La indigencia es parte de nuestra sociedad, no se la puede esconder bajo la alfombra, y el primer paso para cambiarla es visibilizarla.


Milena Parga

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