Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
December 5, 2021 8:30 pm
Cosas de Barrio

“Donde me lleve el viento, yo voy”

Nicolás Mekongo es un estudiante de Teología camerunés que desde hace casi tres años está misionando en Buenos Aires. Forma parte de la congregación “Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Mallorca”, que tiene su sede en Villa Riachuelo. Sus ancestros, su cultura, su labor pastoral y su mirada sobre los argentinos y los porteños, en esta nota.

Tarde de lunes nublada. La primavera se ha instalado pero no se aprecia entre tanto gris. El barrio de casas bajas muestra un andar anodino. El silencio presiente siesta. La casa de frente de ladrillos rodeada de árboles de mediana envergadura y copas frondosas es el seminario de la congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Mallorca, ubicada en el barrio porteño de Villa Riachuelo. La puerta se abre y el interior, como un continuo del afuera, presenta un silencio abrigador, cálido escenario para el encuentro. En uno de los cómodos y discretos sillones está Nicolás Mekongo, de 31 años, un seminarista de la congregación desde diciembre de 2018, cuando llegó desde su Camerún natal para realizar sus estudios teológicos. “Se dice así, Nicolás”, aclara como puntapié inicial de la entrevista, en un español enmarañado pero entendible, y luego explica que su pueblo “es muy especial. Está en el centro de Camerún, cerca de la capital. Es por eso que nosotros estamos muy desarrollados respecto a otras partes del país”.

– Contame de tu país…

– Nací en Camerún, que se encuentra en el centro de África, por donde pasa la línea del Ecuador. Fue colonizado por Alemania, pero cuando Alemania perdió la primera guerra mundial, Inglaterra y Francia se dividieron el territorio. Un área anglófona  más pequeña y otra francófona que es la más grande.

Inglés y francés son los idiomas oficiales de Camerún. Entre 1916 y 1960, tal como relata Nicolás, Camerún sirvió como colonia tanto del Reino Unido como de Francia. Aunque el país ahora es independiente, el legado de su pasado colonial es visible en la selección de sus idiomas oficiales. “Tenemos 282 dialectos de cada una de las culturas. Hay algunos que se hablan también en otros países, como Gabón. Cuando se constituyó el país algunos pueblos quedaron de un lado y del otro y sus culturas y sus dialectos se comparten”, explica el joven de piel morena, que pertenece al grupo étnico bantú Beti-Pahuin, ubicado en las regiones del bosque lluvioso de CamerúnRepública del CongoGuinea EcuatorialGabón y Santo Tomé y Príncipe. Aunque se separan en veinte clanes individuales, todos comparten un origen, una historia y una cultura común. Con una población de más de tres millones de individuos forman el grupo étnico más grande en Camerún central. El joven misionero precisa “mi país tiene diez regiones, yo nací en la región central, donde se encuentra la capital política. Tenemos dos capitales: Yaoundé, la política, donde están las instituciones, y Duala, la económica.

– ¿Vos naciste cerca de Yaoundé?

Si, a 50 kilómetros, en la ciudad de Bachinga, en el pueblo de Famnasi. Alguna gente va y viene a la capital diariamente ya que el transporte es muy fluido.

Invitado a hablar sobre su familia, sonríe y cuenta “estamos muy bien, yo nací en una familia poligámica,  una cultura bíblica. Mi papá tiene dos mujeres y mi tío tenía tres. De parte de mi mamá, la primera mujer, tuvo nueve hijos y con la otra chica, siete”.

La poligamia es una costumbre ancestral en estos pueblos, aunque en los últimos tiempos se ha ido perdiendo. El núcleo básico de la sociedad bantú es el clan. En términos occidentales, se podría comparar con una familia, pero de dimensiones descomunales. El parentesco que une a los miembros del clan bantú puede llegar a perderse en el tiempo pero es atesorado por los patriarcas que lo tienen muy presente a la hora de realizar cualquier transacción con otro clan. Son esos patriarcas los que determinan la pertenencia o no a determinado clan. A propósito, Nicolás expresa “mi papá y mi tío construyeron, en el mismo lugar, muchas casas para acoger a una familia muy grande. Crecimos entre primos del lado de mi mamá y de mi papá. En ese momento teníamos mucha plata. Éramos los más ricos del lugar. Trajeron mucha familia para trabajar en el transporte público, teníamos muchos coches. Son vehículos de 19 asientos que transportan a la gente con equipajes. Los compraron y los daban a trabajar. Cada día salían de madrugada a la capital con gente y regresaban al final de la jornada”.

En la actualidad, algunos de los miembros de su clan son funcionarios, otros trabajan en empresas privadas y algunos son campesinos. “Si no estudiás, difícilmente encontrés trabajo en la capital. Nosotros tenemos la suerte de tener mucho terreno, se puede trabajar y vender la cosecha en la capital”.

Un camerunés en Buenos Aires

– Como joven ¿Cómo ves el mundo actual?

– Pasé por muchos países, y lo que pensaba como regla general, aquí en Villa Lugano no lo es. Mi mirada es diferente. El mundo está evolucionando en desorden. No hay regla que defina la manera de ser, se pierden los valores, las culturas… Los que guardan su cultura son mirados como personas incultas. Y eso es un peligro. El teléfono no nos acerca con la gente, nos aleja. Las redes sociales no nos hermanan, nos mantienen comunicados pero el contacto se pierde. Proponen una conexión de personas de manera peligrosa.

– ¿Qué te trajo a Sudamérica?

– La misión de la Iglesia. Me podrían haber mandado a otro lugar, pero me mandaron acá. Podría haber estado en República Dominicana, en España, en Italia, en Ruanda o en el Congo con mis compañeros, pero me mandaron acá.

– Antes de venir para acá ¿Que sabías de nosotros?

– Que era el país de Maradona y del vino, acá hay mucho vino y rico. Esas eran las dos únicas cosas que sabía. Pero primero, cuando se habla de Argentina, hay que ver a Maradona, nada más.

– ¿Cuándo llegaste a la Argentina?

– En diciembre de 2018. Hice el noviciado en Ruanda durante siete meses. Todos los aspirantes de África se reúnen ahí para hacer el noviciado, que es una etapa de la vida religiosa canónica regida por Roma.

El noviciado, como explica Nicolás, es un período de prueba que las congregaciones y órdenes religiosas cristianas ponen como preparación inmediata antes de hacer los primeros votos monásticos. Suele durar entre los seis meses y los dos años, dependiendo de la situación personal de cada aspirante.

La misión

Cuando se le consulta sobre la congregación a la que pertenece cuenta que se denomina “Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Mallorca” y agrega “aquí hay otra que se llama Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, por eso agregamos Mallorca, para que no haya confusión”. Ocurre que su congregación nació en Mallorca, y luego se extendió por toda España. Un año después del Concilio Vaticano II (1962 – 1965) decidieron ir a misionar al África y se asentaron primero en Ruanda y luego en Camerún. “En 1914 hubo un genocidio en Camerún, mataron a muchos, y huyeron muchos misioneros. Pero así y todo la congregación está actualmente en Ruanda y Camerún”, explica.

Y respecto a las actividades que desarrollan, cuenta que “hacemos solidaridad, vemos cómo ayudar a los más pobres. Cuando la congregación llegó a Ruanda, era un país muy pobre. Entonces construyeron una iglesia, escuelas, hospitales y se los entregaron al gobierno. Luego comenzaron a construir casas para los más pobres. Aún lo hacemos. Además pagamos la matrícula del colegio secundario y la universidad de algunos alumnos. En Ruanda hasta brindamos la obra social a las familias más pobres y en Camerún hacemos talleres para formar a jóvenes e insertarlos en el mercado laboral. Y cuando ya se han desarrollado, les solicitamos que hagan un aporte para ayudar a otros. No exigimos, sólo generamos una conciencia para que lo hagan”.

Su vida aquí

Cuando se lo consulta sobre lo que hace en su tiempo libre, mira la pared blanca, despojada de todo elemento, y tras una pausa se expresa con entusiasmo. “Me encantan la música y las películas. Me encanta pasear. Cuando paseo soy como el viento, como la hoja de un árbol, donde me lleve el viento yo voy. Tomo el tren, donde se para tomo un colectivo y donde termina ese tomo otro. Cuando ya estoy cansado tomo algún colectivo para volver. Me gustó cuando estuvimos en la parroquia que tenemos en Río Negro, en Valcheta. Pasé dos semanas con los mapuches”.

– ¿Cómo es la vida en el seminario?

– Es una convivencia normal. Somos hermanos y ocurre todo lo que puede ocurrir en una vida normal: momentos de alegría, de frustración, de dificultad. Tenemos conciencia en el seminario que estamos llamados a la predicación y que las frustraciones no deben superarnos. No es fácil. Somos nueve de tres nacionalidades de distintos pueblos. Podemos ser del mismo país pero de distintos pueblos. En esta casa somos de Camerún, Ruanda y Congo.

Nicolás está encantado de cursar el tercer año de los cuatro que conforman el Profesorado en Teología, que dicta el Instituto Salesiano de Estudios Teológicos, ubicado en el barrio de Almagro.

Dice que en estos casi tres años que llevan en el país hizo muchas amistades, y hasta se anima a diferenciar a los porteños: “la gente de la capital es diferente a la de Valcheta. Acá son muy modernos, no son tan abiertos, en cambio en Valcheta ven llegar a un extranjero, se acercan y le hablan. Acá es más difícil, si no te conocen no te hablan”. Nicolás tiene una máxima y la pone en práctica. “Hay una frase que dice ‘No se rechaza la llamada de un hermano’, porque rechazar a alguien es negarlo. Si vos me llamás, como en este caso, para una entrevista, no puedo negarme”. Asegura que “el argentino es un pueblo muy querido. Aquí nunca me pararon para pedirme el documento o cualquier otra cosa. Cuando no tenía autorización, iba a la estación de tren y me preguntaban si tenía permiso. Les explicaba y si me dejaban ó no pasar, todo bien”.

Invitado a responder un ping-pong, acepta el desafío.

¿Asado? Rico; ¿Futbol? Pelota ¿Buenos Aires? Centro de las instituciones ¿Argentina? Maradona ¿Camerún? Diversidad ¿Jesús? Dios ¿La iglesia? Servicio ¿Los sagrados corazones de Jesús? Misionero ¿Papa Francisco? Iglesia.

Nicolás es un joven alejados de su tierra con espíritu viajero habitando esta gran ciudad. Es difícil que pase desapercibido: corpulento, de hablar altisonante, con una pronunciación del español que modula con dificultad pero con fluidez. Sabe que esta gran metrópoli no será su último destino. Con una mirada precisa sobre el mundo actual se prepara desde su actividad misionera a seguir andando. En dialecto etón, la expresión “eding” expresa el amor por el otro. Por eso Nicolás partió de su Camerún natal, por eso trabaja y sueña con un mundo mejor.

José Mauricio Gurovich

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