Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 1:36 am
Cosas de Barrio

Pascual Novello, el primer acomodador de Mataderos

Una mirada nostálgica a los personajes y las profesiones de antaño

Por Amalia Lavira (*)

En Mataderos había varios cines, uno de ellos era el “Alberdi”, que desde 1925 y hasta ya entrada la década del 80, se ubicaba al 6169 de esa populosa avenida, a metros de Martiniano Leguizamón. Tenía techo corredizo, un túnel, palcos y butacas de cuero, que se sacaban en los carnavales para transformar el cine en una gran pista de baile. Allí cumplía con su trabajo don Pascual Novello, primer acomodador de aquel tradicional sitio de esparcimiento tan accesible para toda la familia. Claro que hablar de don Pascual es recordar la época del cine mudo, con la orquesta tocando en vivo debajo de la gran pantalla para acompañar con sus acordes los diferentes momentos de la acción.

Elsa, la hija de don Pascual, solía contar la anécdota que desde pequeña le repetía su padre. Aquella vez en que Lon Chaney, el protagonista de “El fantasma de la ópera”, sobre el final de la película se quitaba la máscara y los espectadores temblaban de miedo. Entonces el director de la orquesta –que tocaba en las tres funciones- mandaba a hacer sonar los platillos para prolongar el terror.

Don Pascual compartía el trabajo en el Alberdi con el boletero, que era ni más ni menos que el famoso payador Toto Mora. Un tiempo más tarde se sumaron sus hermanos, quienes se encargaban de la venta de golosinas. El infaltable acomodador completaba su sueldo con las propinas de 5 o 10 centavos que recibía a cambio del programa o por acompañar a la gente iluminándole el camino con su gran linterna, ya empezada la función. Con ese dinero pudo ponerse un bolichito en la vereda de enfrente, sin dejar de ser el acomodador del cine.

Don Pascual tenía un carácter fuerte. A veces, cuando los chicos lo fastidiaban –sobre todo en las películas de cowvoy, con Tom Mix- los sacaba de la sala por un rato para que se tranquilizaran y dejaran de patalear sobre el piso de madera.

Hubo un tiempo en que las películas de Carlitos Chaplín eran las más taquilleras. Allí, el número vivo amenizaba la espera entre una película y otra, mientras los hombres salían al hall a fumar o pasaban al bar de al lado (por una puerta interior) a tomar un trago. Era el momento en que alguien aprovechaba para subirse a la moto y llevar los rollos enlatados de un cine a otro.

Para el entreacto, se bajaba un telón enorme que incluía decenas de anuncios de los comercios del barrio y luego, los números vivos pasaban sin pena ni gloria –casi a sala vacía- aunque se tratase de jóvenes promesas que luego triunfarían en el mundo de la canción, como Agustín Magaldi, Tita Merello, Libertad Lamarque o el mismísimo Carlitos Gardel.

Aquel cine tenía un día “especial para damas” (los miércoles), otro de entradas a bajo precio, y las funciones repletas de sábados y domingos, que siempre eran más caras. Muchas veces solían proyectarse series de una semana a otra y nadie se las perdía…

Hoy el cine Alberdi ya no está. Un enorme supermercado ocupa su lugar. Pero don Pascual, el primer acomodador, nos sigue llevando a la mejor butaca: “la doce, al medio, punta de banco”, para seguir reviviendo desde allí innumerables recuerdos que afloran del corazón.

(*) Amalia es escritora, narradora, poetisa, historiadora y cultora del lunfardo, además de ser vecina y enamorada del barrio de Mataderos

Facebook/Amalia Olga Lavira

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