Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 12:36 am
Cosas de Barrio

Nicasio, el lechero de Mataderos

Una mirada nostálgica a los personajes y las profesiones de antaño

Por Amalia Lavira (*)

Nicasio era un vasco que, como tantos otros inmigrantes, había llegado en 1922 con el alma poblada de esperanza, buscando la paz y el trabajo necesarios para formar una familia. Argentina, un país generoso y abierto, le ofreció la tierra para su semilla.

Al principio vivió en el campo junto a tres amigos. Ordeñaba vacas y hacía quesos. Después llegó a la ciudad, más precisamente al barrio de Mataderos, aceptando la invitación de Aragón, otro amigo español que había llegado antes y que le ofrecía la posibilidad de pagar en cuotas un reparto de leche. Al comienzo fue la venta de pocos tarros de veinte litros, pero gracias a su esmerado trabajo, no tardó en llegar a los veinte o veintidós.

Por el 1932, dos litros de leche costaban 25 centavos, lo suficiente como para que un hombre pudiese comenzar a construir una casa humilde y casarse. Así fue que conoció a Faustina Atondo Zabalsa y juntos tuvieron dos hijos a los que les dio educación. Con ellos, la semilla había florecido.

En aquellos días la leche llegaba por ferrocarril y simplemente había que trasladarse al vecino barrio de Villa Lugano para llenar los tarros. Pero cuando en invierno el campo negaba el buen pasto y la leche escaseaba, Nicasio iba a buscar dos o tres tarros a Primera Junta, aunque tuviera que pagarlos un poco más caros, para no quedar en deuda con ningún cliente.

Por entonces, las heladeras no existían, y para conservar la frescura de la leche colocaba bolsas de arpillera mojada sobre los tarros. Si al final del recorrido le sobraban algunos litros, se los quedaba en su casa esperando la llegada de algún cliente para poder vendérselos, antes de tener que tirarlos al día siguiente, cuando se echaban a perder.

A pura lucha y sacrificio, Nicasio “el lechero”, salía a hacer su recorrido con el carro tirado por un caballo. En realidad era un yegua y se llamaba Paloma. Faustina solía decir que le faltaba hablar, era tan inteligente que se paraba en el lugar exacto de la casa de los clientes. Para combatir las altas temperaturas del verano, Nicasio llenaba su boina vasca con hojas de parra humedecidas, y los días de lluvia se calzaba el piloto y botas largas. Había que salir como fuera, no se podía dejar sin leche a los vecinos.

Los tarros se lavaban todos los días con un jabón especial, y para combatir el abollado lógico del trajín, se golpeaban por dentro con una bocha de plomo o acero, porque al tarro abollado le entraba menos leche. El cierre era hermético con una tapa con cadena soldada. Del tarro grande se pasaba al de ocho o cinco litros y de allí al menor, de un litro.

Cuando Nicasio tuvo peones, cada cual se hacía cargo de un tarro de veinte litros y, cargándolo al hombro, caminaban cuatro o cinco cuadras, para volver al carro cuando se quedaban sin leche. Eso sí, si de pronto llegaba al barrio un vecino nuevo, todos los lecheros se apresuraban para ganárselo como cliente.

Con el tiempo, la carga llegó en camión y allí se abastecían todos los lecheros de la zona. Más tarde le llegó el turno a la botella de vidrio con tapa de cartón y luego los trabajadores de la leche formaron una cooperativa donde se proveían de manteca y dulce de leche. Pero además, los lecheros eran amigos y al término de la jornada laboral, se reunían a jugar al mus o al truco.

Hoy, los envases larga vida o los ya históricos sachets parecen haber borrado la impronta de estos pujantes trabajadores, cuyo recuerdo permanece inalterable en la memoria de la Buenos Aires de antaño.

(*) Amalia es escritora, narradora, poetisa, historiadora y cultora del lundardo, además de ser vecina y enamorada del barrio de Mataderos

Facebook/Amalia Olga Lavira

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