Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
June 14, 2021 9:43 am
Cosas de Barrio

Hasta la Victoria siempre

La singular historia de la cantante y guitarrista colombiana que le pone música a la esquina de Ramón Falcón y Cosquín

En la esquina de Ramón Falcón y Cosquín, sentada sobre una banqueta, ella sostiene en sus manos tatuadas una Cort eléctrica. Al compás del rasgueo con púa le da ritmo a quienes transitan ese sector del centro comercial de Liniers. Varios, incluso, continúan su rumbo cantando o tarareando canciones de un repertorio que va de Led Zeppelin a Sui Generis. A sus pies –los mismos con los que marca el ritmo de cada tema- una lata gris aguarda ansiosa la llegada de algún billete.

Pero detrás esta fachada habitual de cualquier artista callejero, se esconde una novela de superación ante las adversidades de la vida, escrita con acento colombiano. Tal es la historia de Victoria Domínguez, artista y madre de tres chicos, que desde hace un año exhala vida a través de su música en esa populosa esquina linierense.

El índice de su vida señala capítulos trágicos como abandono, éxodo y supervivencia, pero también episodios felices, entre los que se aparecen la maternidad y la pasión por la música.

“Con que a nosotros nos ingresen 800 pesos por día, ya tenemos cubierta la canasta familiar”, comienza contando Victoria, que a sus 33 años compone día a día su hoja de ruta. Sin embargo, la dura realidad económica no le borra la sonrisa que oculta tras el barbijo. A esa frágil situación le hace frente con una alegría que vibra dentro suyo de cabeza a pies. “Me siento bien al hacer lo que quiero y no otra cosa”, explica.

-¿Te dedicas completamente a la música?

-Por ahora sí, éste es mi trabajo. De un tiempo para acá empecé a movilizar lo que tiene que ver con el tatuaje. Comencé a publicar en Instagram mis diseños y coseché una pequeña clientela. Pero eso tiene que ver más con un emprendimiento formal, al que hay que dedicarle planificación y una inversión importante. Así que por ahora, puedo decir que vivo de la música.

-Y acá a Liniers, ¿cada cuánto venís?

-A esta esquina trato de venir dos veces por semana. Con el papá de mis hijos nos organizamos para salir un día él y otro yo. Y él alterna con lo mejor que sabe hacer que es blues. Tocamos en este lugar y también, desde hace poco, en la avenida Alberdi. Generalmente él suele ir más seguido para allá. Elegimos esa zona porque no nos gusta saturar el barrio, que nos escuchen todos los días con el mismo repertorio.

-Suena lindo esa Cort… ¿qué tocas generalmente?

-Mira, entiendo que acá en Argentina la música en inglés no sea muy popular por el tema del idioma, pero es imposible no tener como referencia a Led Zeppelin, Pink Floyd, Deep Purple, AC&DC, o bandas tal vez un poco más pesadas, tirando para el heavy metal, como Iron Maiden, Testament o Metallica. Todo lo que es metal, me gusta mucho. Con la lista de la calle trato de pactar entre esas canciones que me gustan, aunque no sean muy conocidas, con los temas más populares. Para tocar siempre me guardo algo de Spinetta, Sui Generis, Moris, Billy Bond, Los Redondos. De hecho, ahora estoy preparando algún que otro tema de La Renga. Por supuesto, tengo temas de Divididos, que me parece una banda impresionante. En mi repertorio pacto entre cosas FM y cosas que a mi satisfacen. Es decir, negocio entre lo que me gusta a mí y lo que le gusta a la gente.

En todo caso, quien pase por Ramón Falcón y Cosquín se encontrará con “una metalera del corazón y fan del rock nacional argentino”. Claro que siempre durante el turno AM, ya que Victoria y su esposo han hecho el experimento de tocar por la mañana y la tarde y las conclusiones no dejan lugar a dudas: “la mañana funciona mejor”, sintetiza la artista colombiana.

-Quiero creer que a medida que se acerca el invierno, por el frío deben doler más los dedos al tocar, ¿no?

-Ufff, ni me lo digas. Ahora que empiezan las temperaturas frías, todo cuesta más a la mañana. Además no hay mucha gente temprano, y si hay no es gente que se vaya a detenerse para colaborar, porque cuando uno está cagado de frío, camina al palo y sigue de largo. Normalmente, yo empezaba 10 y media, pero días como hoy no se puede. Así que ahora empiezo alrededor de las 11 y media y toco entre dos y tres horas. A veces un poco más.

-¿Y hay algo qué te llevó a elegir Liniers, y en especial esta esquina?

-Mira, como vivo en Villa Luro, yo antes pasaba por acá con la familia a mirar vidrieras, a ir al shopping, a dar la vuelta al mercado boliviano. Entonces había una observación previa de ver la gente, el movimiento y se me ocurrió que podía estar bueno venir para acá cuando se empezó a poner hostil plaza Flores. Digo hostil porque hay mucho habitante de la calle, mucho consumidor de sustancias…

-Claro, no querías meterte en ese palo…

-Por supuesto que no. Pero ocurre que el músico callejero se mueve un poco entre esa línea de no ser un indigente y estar todo el tiempo en contacto con ellos. También decidimos abandonar esa zona por una cuestión de seguridad, porque como mujer y mamá yo me tengo que cuidar. Me pareció más familiar esta esquina de Liniers y no me equivoqué.

-Entonces, ¿cuándo comenzaron a tocar acá?

-Terminando el 2017 nos mudamos de Avellaneda a Villa Luro. En ese momento, nos manejábamos mucho en colectivo y no había nacido mi hija menor, entonces no estaba mal hacer el viaje temprano a Plaza Flores. En 2018 y 2019, tocamos en Flores. Hasta incluso, para esa época, me llegué a meter en las estaciones del subte A, en San Pedrito y Primera Junta, pero no a tocar en los vagones porque ahí corre mucha mafia.

Para Victoria, la palabra “mafia” es un acorde compuesto por extorsión y robo. Suena “fuerte y desagradable” en sus oídos. “El músico que toca en el tren o en el subte se tiene que repartir con todos los demás, con los otros vendedores ambulantes”, explica en primera persona sobre la “mafia a la que no me quería enfrentar”. Esa desprotección fue similar a la que padeció cuando decidió cruzar de arriba a abajo el continente para venir a la Argentina.

-¿Recordás el día en que llegaste?

-Si. A la Argentina llegamos el 15 de mayo de 2015. Mi historia tiene que ver mucho con la situación actual que está viviendo Colombia. Lamentablemente, hemos sido un Estado que ha vivido en una dictadura disfrazada de democracia durante muchos años. Y las mujeres como yo, que no asumimos el rol convencional de la mujer sumisa, ama de casa, madre, que es el que se les atribuye a las mujeres en Colombia, corremos peligro todos los días de sufrir ataques, abusos y toda una serie de persecución y crítica social por el solo hecho de, por ejemplo, tener tatuajes. Mi sola apariencia genera rechazo en un país que es muy católico, conservador y tradicionalista.

-¿Cuándo te decidiste a abandonar tu país?

-Cuando conocí al padre de mis hijos me di cuenta que tenía la posibilidad de viajar. No era la primera vez que venía a la Argentina, ya había conocido. Agarramos viaje, yo estando embarazada de Mateo, mi segundo hijo, comenzado el segundo semestre del 2014 y después de ser madre de la mayor. Recorrimos alrededor de 25 ciudades hasta llegar a Buenos Aires. Pasamos por Ecuador, Perú y Chile. Fueron entre siete u ocho meses de viaje.

-¿Y cómo solventaron los gastos del viaje?

-Tocando la guitarra. Más de una vez tuvimos que aclararles a los policías que nuestra hija, que para ese tiempo tenía casi 5 años, no estaba laburando con nosotros, que no la estábamos haciendo laburar, que simplemente viajábamos y no teníamos con quien dejarla. Entonces en cada ciudad a la que llegábamos, hacíamos jornadas diarias de ocho horas: cuatro a la mañana y cuatro a la tarde, y así íbamos reuniendo para pagar habitación, viáticos y alimentos. Afortunadamente, nuestra hija no tuvo ninguna enfermedad en todo el viaje, y mi embarazo lo pasé muy bien gracias a la alimentación.

Además de su marido, su hija y su retoño, el éxodo de Victoria estuvo entibiado por la presencia de un gato, que los acompañó de micro en micro hasta arribar a Buenos Aires. Durante el periplo todo estuvo adaptado a esa mole con ruedas. De hecho, la sesiones de yoga dentro de cada bus fue clave para el posterior parto “sin complicaciones”, ya en territorio argentino. “Cuidaba mucho mi postura y mi respiración”, cuenta Victoria, cuyo “pobre marido no durmió jamás en esos viajes porque la tenía a upa a la nena”.

-¿Podríamos decir que la guitarra te salvó la vida?

-Creo que sí. En verdad es un oficio que cultivé sola, porque nunca tuve apoyo familiar, nunca estuvieron de acuerdo que yo hiciera música o arte. Pero creo que lo que uno hace con amor y pasión, si lo ubica en el espacio adecuado, puede ser absolutamente redituable, ¿por qué no?

-Okey, entonces por lo menos debes dar las gracias a tus padres por el nombre que te dieron: es casi una premonición de lo que lograste…

-Ya que lo señalas, ese no es mi nombre de pila. Simplemente lo adopté hace muchos años. La elección de llamarme Victoria tiene que ver con todo eso, con un compromiso con la vida.

Tal es su vínculo con el nombre elegido, que el de Alejandra María que aparece en su partida de nacimiento ya casi quedó en el olvido. “Por todo lo que pasé, creía que Victoria era el más acorde”, indica la madre de tres hijos, que hasta cambió su nombre en su cédula de identificación colombiana. “Si no hubiese sido por esto, yo no habría tenido la forma pacífica, estética y artística de purgar lo que significa ser una mujer sola, en un país latinoamericano -comenta al mismo tiempo que una hoja le cae sobre la cabeza-. Pudo haber terminado muy mal esta historia con una persona como yo. He tenido contacto con situaciones nocivas y la música me apartó de todo eso”.

Resiliencia y superación podrían ser las palabras que mejor la definen, aunque en todo caso, hoy ya están implícitas en su nombre. Un acorde acompasado le pone fin a la entrevista y la última frase de Victoria se recuesta en esas notas: “hay que hacerle caso al instinto. Si, la música me salvó la vida”.

Santiago Rodríguez

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