Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
April 15, 2021 5:20 am
Cosas de Barrio

Arrumacos con barbijo ¿Te lo imaginás?

El de los albergues transitorios ha sido uno de los rubros más afectados por la cuarentena. El director de El Faraón lo cuenta en primera persona

Quien haya pasado alguna vez por la cuadra de Gallardo y Reservistas Argentinos, se habrá maravillado con la singular arquitectura del hotel Faraón. Claro que aquel acorazado egipcio ubicado en pleno corazón de Liniers Norte, guarda tras sus paredes miles de historias en las que vecinos y visitantes están involucrados. Desde el adolescente que, en plena edad del pavo, soñó con franquear alguna vez la puerta de ingreso, pasando por la vecina que agudizó la vista para ver quiénes eran aquellos que ingresaban en el auto de vidrios polarizados, o aquel que, con sudor en las manos, se animó a preguntar “¿entramos?”, en el marco de la cursi y romántica primera vez. Lo cierto es que el albergue transitorio más popular de Liniers baraja sus mitos y verdades.

Quienes lo hayan visitado han podido disfrutar las habitaciones del “hotel alojamiento más lujoso de Buenos Aires”, según lo asegura el sitio web del telo que este año, en soledad por la cuarentena de coronavirus, sopló 25 velitas. Sin embargo, desde 1995, pocos son los que saben la posta detrás de la mítica estructura edilicia. Uno de ellos es José Rosell, director de El Faraón, quien en un codo a codo con Cosas de Barrio se anima a esclarecer los mitos en torno a uno de los negocios más afectados por la pandemia.

– ¿Cómo llegaste a estar dónde estás?

– La historia mía con los telos arranca así: mi papá era gastronómico, venía del rubro de las pizzerías, y un grupo de conocidos lo invitó a participar de este negocio. Estamos hablando del 70 y pico. Después de terminar el colegio, empecé a trabajar en gastronomía y cuando hizo falta empezar con el tema de los hoteles, se inauguró uno que se llama Otello y ahí arrancamos con un par de socios a compartir la gerencia. Con el tiempo abrimos El Faraón y con uno de los socios con los que habíamos iniciado en Villa del Parque, administramos los dos y nos fuimos quedando con El Faraón.

– ¿La pasaron mal en la cuarentena? ¿Cómo fueron los meses que estuvieron sin trabajar hasta la habilitación del rubro en octubre pasado?

– Mira, cuando arrancó la cuarentena cubrimos los gastos con unos pequeños ahorros que estaban destinados a la remodelación de una habitación. Pero después tuvimos que pedir un crédito y con eso pudimos ir haciendo frente con las diferencias de sueldos que surgen del pago de la ATP que hace el Estado. Hasta agosto estuvimos al día con los salarios, pero ya en septiembre esos recursos se acabaron y nos quedamos en cero. Nos endeudamos con las empresas de servicios porque la prioridad era el pago de los salarios del personal. Este año el hotel tuvo su primer peso de deuda y es la primera vez en 25 años que tenemos una deuda.

– Es que supongo que nunca había estado cerrado tanto tiempo el hotel…

– Jamás, nunca habíamos vivido una situación similar. Y el hecho de tener las puertas cerradas por la restricción a nuestro sector generó deudas de luz, gas, teléfono, etcétera. Desde marzo hasta octubre no se pagaron las facturas de servicios. Y es lógico: si no trabajas ¿cuánto generas? Nada. Bueno, deudas sí generas…

Con la vuelta al ruedo de la actividad el viernes 16 de octubre, tras la habilitación de los protocolos sanitarios a partir de la presión ejercida desde la Federación Argentina de Hoteles Alojamientos por Horas (FADAPH) la historia comenzó lentamente a revertirse. Sin embargo, la nueva normalidad social, comercial y laboral con barbijo, no logró disipar la crisis económica y emocional. Según el hombre de 55 años, el hotel sufre la caída del público, afectado monetaria y anímicamente- “Es el problema del que tiene ganas y no tiene plata, y del que tienen plata pero no tienen ganas”, grafica. 

– ¿Y quiénes son los que le dan vida al negocio en ese contexto de terapia intensiva?

– El público que asiste a los albergues transitorios es muy variado. Hace muchos años cuando arrancó la actividad se hablaba mucho de la trampa, era como el lugar que tenía la gente que no tenía acceso al famoso “bulín”. Pero con el tiempo eso cambió. Hoy en día, nosotros tenemos muchos matrimonios, que por ahí vienen escapando de la rutina de la casa o de los chicos. También con la incorporación de las parejas gays en el año 98´, también tenemos público del mismo sexo. Y a partir del año pasado, cuando se permitió el ingreso de más de dos personas, cuestión que estaba prohibida, también empezaron a concurrir grupos de tres o cuatro personas y nos posicionamos en el mercado swinger, que hay mucho y de buena calidad en Buenos Aires. Por eso hoy el mote del telo como opción de trampa está casi perimido.

– ¿Y el público joven? ¿Es cliente de los albergues transitorios?

– Ya hace varios años, los padres que tenemos hijos en edad de concurrir a un hotel hemos cambiado mucho la mentalidad, y entonces por ahí los pibes se quedan en casa, y entonces la costumbre del telo se va perdiendo de a poco entre la juventud. Hoy en día, lo veo por mis hijos, es normal que los jóvenes se reúnan en casas y los padres lo acepten. Por lo tanto, ese público joven, que antes era cautivo y exclusivo del telo, lo perdimos. Hablo de los de 18 a 25 años, que la mayoría aún vive con los padres y tiene su intimidad en la habitación.

– ¿Y el tema de la previa y los boliches creés que también influye?

– Si, también, porque los pibes arrancan las previas a la 1 o 2 de la mañana en la casa de algún amigo, terminan a las 3, 4 cuando se van a bailar y después salen a las 6 o 7, matados y en la mayoría de los casos sin un peso porque se patinan la billetera adentro del boliche en escabio. Después salen sin ganas y sin plata. Por eso está faltando el público del fin de semana, que años atrás salía del boliche y venía directo al telo.

Hoy José tiene la esperanza puesta en el mes de diciembre cuando, de acuerdo a estadísticas históricas, el negocio “explota” en términos de aumento de clientela. Aunque de todas formas asegura que “la actividad no está bien” y lo atribuye a una cuestión general. “Todos hemos sufrido la crisis de la pandemia”, observa el director del albergue linierense y luego agrega “por suerte algunos pudimos subsistir y estamos recomponiéndonos”.

– Más allá de la pandemia, siempre se dijo que los telos eran una mina de oro ¿Es así?

– A mi me da risa porque hay mucha la gente que cree eso. En realidad son inversiones enormes de dinero porque son establecimientos muy grandes con mucho gasto. No es una habitación de un hotel familiar común donde vos pones una cama, dos mesitas de luz, un televisor y listo. Acá hay hidromasaje, saunas, jardines, todo lo que ofrecen los telos. Eso desde el punto de vista de la inversión. Pero el negocio cambió. En la década del 70´, un hotel trabajaba cuatro o cinco veces más que ahora, de ahí viene eso de que “tenés un telo y te llenás de guita”. En esa época era una actividad sumamente rentable. Además, tengamos en cuenta el hecho de tener entrenado personal para hacer una habitación de 30 metros en cinco minutos, porque entraba una batería de tres o cuatro mucamas. Hoy en día, eso mismo tarda 40 o 50 minutos porque no podemos tener tanto personal. En definitiva, hoy tener un telo, más que llenarte de guita es llenarte de problemas.

– Sin que te me emociones ¿Te animás a recordar cómo era la época del auge de los telos?

– ¡Claro! Fue en los años 70 y 80, cuando se los llamaba hoteles alojamiento. Por entonces las parejas de novios o de amor casual, que no tenían su propio lugar, venían a mantener relaciones al telo. En aquel momento, la gente joven no se acostumbraba tanto a vivir sola. Hoy, a pesar de las dificultades económicas, es más accesible vivir en un departamento solo, que te permite traer a tu pareja. Por eso te diría que desde mediados de los 80’, cuando la actividad era muy lucrativa, casi no tenemos motivos para descorchar.

Las cifras avalan las palabras de Rosell: en los últimos diez años, han cerrado más de cien albergues transitorios. “Somos conscientes de que la nuestra es una actividad en decadencia”, enfatiza.

– Bueno, bueno, cambiemos la onda y pongámosle un poco de pimienta a la charla ¿Cuál es la mejor anécdota que tenés para contar, esa que recordas y te hace reír solo?

– ¡Anécdotas tengo un montón! Pero hay una que, dentro de lo trágico, me gusta mucho contarla porque es muy divertida. Resulta que había una bandita que se dedicaba a afanar conserjerías de hoteles alojamiento y en ese momento el Fiat Duna era el auto más vendido, entonces esta bandita andaban en un Fiat Duna blanco. Una pareja de una rubia y un morocho, le pegaban a todas las conserjerías de los telos de esta zona. Entonces un día cae una pareja de un morocho y una rubia en un Duna blanco y las consejerías no estaban blindadas como ahora. Cuestión que cuando el conserje salió a atender a la pareja, el tipo metió la mano adentro de la campera y el conserje se asustó, cerró la puerta, los dejó ahí afuera y no los atendió más.

– ¿Y cómo sigue la historia?

– Pasaron unos minutos y el conserje no sabía qué hacer, hasta que se decidió a salir de nuevo: les dio las llaves, les indicó qué habitación era y salió corriendo del miedo que tenía. Acto seguido, con los clientes ya en la suite, el conserje llamó a la policía y le dijo que estaban los chorros. Entonces un patrullero se ubicó en la puerta esperando a que salieran. Pero un oficial se bajó para tomar la patente del auto y hacer una averiguación. Si mal no recuerdo la chapa era CIJ 304, ponele. Entonces, tenían posible sospechoso armado dentro de la suite, un auto con patente cambiada, toda una historia policial. A los cinco minutos, teníamos cuatro patrulleros y un helicóptero en la puerta. Media hora después salieron los clientes recontra enojados porque los habíamos hecho salir antes de terminar el turno, pero al toque la policía los tiró al piso y los esposó a los dos. Conclusión: el policía que pidió el informe de la patente dijo CIJ, pero no aclaró que era y griega en vez de i latina. Te imaginas que no sabíamos cómo disculparnos con el dueño del Duna blanco…

– Un par de turnos gratis, por lo menos…

– ¡Ojalá! Cuando el hombre salió, me dijo: “quédate tranquilo, flaco, que acá no vengo más”.

Santiago Rodríguez

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