Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 1:34 am
Cosas de Barrio

Sentido adiós al poeta de Liniers

Pesar por la partida del galardonado escritor Mario Paoletti, símbolo literario de Las Mil Casitas

Afincado en Toledo desde hace 40 años, Mario Paoletti decía seguir sintiéndose argentino, y si su interlocutor indagaba un poco más, no dudaba en sacar a relucir su ADN linierense. Entonces hablaba del barrio de su infancia como un paraíso perdido, como el lugar donde nacieron los más maravillosos e irreverentes sueños de su adolescencia, gestados con la complicidad de la barra de la esquina. Para Paoletti Liniers era un reservorio de energía vital, con cuya inoculación era capaz de sobrellevar las tempestades de los años. Todas esas sensaciones las volcó en las páginas de “Mil Casitas y un beso (historias mínimas del barrio de Liniers)”, su anteúltimo libro editado por Lumiere en julio pasado, con prólogo de su amiga –y vecina de aquellos años felices- Licha Antelo.

Tal era su apego por estos mágicos pasajes con nombres de pájaros y flores, que hace unos meses -en enero pasado- quiso regalarles ese libro a los vecinos y eligió a Cosas de Barrio para tener la certeza de que su obra llegara de manera directa a quienes amaban esas calles tanto como él. Así, cerca de 500 libros en formato PDF fueron disfrutados por otros tantos vecinos. No es casual entonces, que la noticia de su muerte –a los 80 años- repercuta con fuerza en este rincón del oeste porteño.

Para muchos podría resultar increíble que con haber vivido apenas un puñado de años en el barrio, el influjo linierense pueda haber calado tan hondo en el corazón de Paoletti. Claro que fueron los primeros diecinueve, los de la infancia y la adolescencia, los que el salitre del olvido jamás logra corroer. Luego se instalaría con Mario, su hermano mayor, en La Rioja, donde juntos refundarían el legendario diario “El Independiente”. Tiempo más tarde, con el golpe del 76’, sería encarcelado por los militares durante cuatro largos años en el penal de Sierra Chica, para luego ser deportado y obligado a cambiar la cárcel por el exilio.

Aquellos años fueron vertiginosos y lo marcaron para siempre. Su labor periodística al frente del diario riojano resultó un éxito: vendía ocho mil ejemplares por día y estaba organizado como cooperativa, donde –casi como una utopía hecha realidad- los trabajadores ganaban lo mismo que los jefes.

Aquella exitosa aventura editorial, no obstante, se apagó abruptamente con la llegada de la dictadura, más precisamente cuando los militares creyeron que era conveniente mantenerlo entre rejas. En la cárcel Paoletti fue bibliotecario (de allí que una parte de sus memorias se titule “Bibliotecario en Auschwitz”) y las lecturas de esos cuatro largos años (el Quijote, del que después haría una versión exprés actualizándolo un poco, y Proust, por ejemplo) fueron decisivas en su obra.

Sus vivencias en el penal de Sierra Chica quedaron plasmadas en su novela “A fuego lento”. Consultado sobre cómo pudo soportar la incomunicación y las torturas en prisión, alguna vez el poeta de Liniers aseguró que “cuando hay mucha gente me siento nervioso y si hay mucho ruido no puedo pensar. A veces, la soledad es una solución. Yo hubiera querido estar más solo todavía en prisión, porque los que me venían a visitar me hacían daño. Era gente con malas intenciones que quería saber más cosas de las que existían. Y como no aparecían, me trataban mal. Ya sabemos cómo son las dictaduras militares. Algunas noches, aquel recuerdo me provoca pesadillas. Pero todo pasa y deja experiencia, eso me enseñó a amar más la vida”.

Luego de aquella dolorosa etapa, Paoletti consiguió asilo político en España, y en 1980 llegó Toledo para dirigir el Centro de Estudios Internacionales de la Fundación Ortega y Gasset. Desde entonces vivía en una preciosa casa a orillas del Tajo, en la zona del Embarcadero, junto a su esposa, la poeta toledana Pilar Bravo. Allí elaboró gran parte de su ecléctica obra literaria, que abarca desde el cuento a la poesía, pasando por imperdibles ensayos y biografías basadas en las figuras de Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y Mario Benedetti. “Vivo con la mujer que amo en una casa junto al río. Entre mis proyectos está tener el cáncer a raya y ser todo lo feliz que pueda sin utilizar a nadie para lograrlo”.

En Toledo gestó también “Mil Casitas y un beso”, el libro donde confluyen historias entrañables delimitadas por la insoslayable geografía de los pasajes de Liniers. Es que sus raíces están allí. Las echó cuando aún no había cumplido 4 años y se instaló con sus padres y su hermano en El Mirasol 336. Entonces la plaza Sarmiento, el club Liniers, el bar Tarzán y personajes como “Viaravia”, Améndola o el kiosquero don Andrés, aparecen sin pedir permiso y se tiñen de nostalgia, como si aquel paisaje sepia de los años 40’ y 50’ recobrara el brillo y el color que supieron seducir al propio autor.

Aunque ya llevaba el mismo tiempo viviendo en España que en Argentina, para Paoletti volver a Liniers significaba recuperar su esencia. Aquí dejaba de ser el escritor de renombre, el autor de exitosos textos como “Quince Monedas”, “A fuego lento” o “Las novias de Borges”, para volver a ser simplemente Cacho, como le decían sus padres y su hermano y como lo seguían llamando sus amigos de Las Mil Casitas. Sin embargo, sus ocupaciones literarias solían obligarlo a espaciar esas visitas. Su última vez en Liniers fue en diciembre de 2013, cuando ofreció una charla en la Casa de la Cultura con la que homenajeó a su amigo, el también escritor de Liniers, Hugo Di Taranto, quien había fallecido unos meses antes.

En España, su prestigio logró ponerlo a la par de los principales referentes literarios de la actualidad. No en vano, el año pasado fue distinguido con el título de “Hijo Adoptivo de Toledo”, para convertirse en el único extranjero en alcanzar ese logro.

En el último tiempo Paoletti solía definirse como “un escritor flaco (aunque antes fui gordo), excanceroso y adicto a la tortilla de papas con cebolla”. Sin embargo, para su discípulo, el escritor español Santiago Sastre, Mario Paoletti era “un todoterreno literario: escribió novela, artículos, ensayos (una genial biografía sobre su amigo Benedetti y textos sobre Borges), obras de teatro, poemarios, cuentos… Pero sobre todo se sentía poeta. Consiguió importantes premios literarios (como el Rafael Morales y el Francisco Ayala). Su poesía era de corte narrativo y su prosa tenía un estilo muy personal, ingenioso, con sentido del humor, que te arrastraba de una página a otra como la corriente de un río. Y aunque siempre se destacó por su humor y su generosidad, era un escritor con un fuerte compromiso social, con un culturón impresionante y con una oratoria seductora”.

Como buen argentino a Cacho Paoletti le gustaba el tango, los asados y la pasta. Hace algunos años disfrutó mucho al ver representada su obra teatral sobre el Che Guevara en los escenarios ibéricos. Por ese entonces un pequeño bulto debajo del esternón ocultaba un cáncer de esófago del que milagrosamente se recuperó y, tras ver de cerca los ojos de la muerte, vivió una etapa muy feliz. Pero ahora le tocó lidiar con otro, esta vez en el páncreas, que se lo llevó por delante en apenas dos meses.

Como todo buen poeta Paoletti murió lleno de proyectos, con libros por publicar, obras próximas a estrenarse y viajes en perspectiva. Y aunque Cacho haya partido, dejó su obra como legado. Su barrio lo sabe. En su pluma todo vuelve a ser como antes, como si el tiempo se hubiera estancado para retenerlo, como si una parte de su corazón permaneciera enredado entre las madreselvas y los malvones de los pasajes de su entrañable Liniers.

Ricardo Daniel Nicolini

QUERÍAMOS TANTO A CACHITO…

El sábado 14 de noviembre murió Mario Paoletti, Cacho para sus amigos. Vivió su infancia y primera adolescencia en “Las mil casitas”, en el pasaje El Mirasol: él vivía al 300 y yo al 100. Siempre guardó un afecto nostálgico por aquellos años felices en los que todo pasaba en cuatro o cinco cuadras a la redonda. En esas cuadras, en la calle Palmar, estaba el Club Liniers donde se hacia gimnasia, se aprendía a nadar y a enamorarse, claro que Cacho siempre la tuvo fácil: era alto, con rulos, chamuyero, encantador.
Aquellas eran épocas de bicicleta por la tarde, rompeportones en las fiestas, juegos con agua en carnaval, y bailes infantiles animados por un tal “Maceta”. Tiempos donde todos íbamos a las mismas escuelas, rigurosamente separados por género. También a los mismos cines, a ver tres películas que terminaban casi de noche, por eso salíamos pensando cómo faltar a clase al día siguiente…
Siguiendo a su familia, Cacho se mudo luego a La Rioja, donde junto a su hermano y mucha gente valiosa fundó el diario cooperativo “El independiente”. Por la prédica de ese proyecto, el mismo día del golpe lo encarcelaron durante cuatro años, sin juicio ni condena. A pesar de esa detención arbitraria y de haber sido despojado de su diario, nunca guardó rencor. Tal vez eso le permitió ser feliz, a pesar de pertenecer a una generación golpeada por dolorosas ausencias. De esa vitalidad nació una extensa obra literaria, gestada en Toledo, donde vivía con su hermosa esposa Pilar Bravo, que lo amó y lo acompañó siempre.
Su generosidad me permitió prologar su libro “Mil casitas y un beso”, un compilado de textos sobre aquel Liniers del país de nuestra infancia.
Cuando hace un mes reapareció su temida enfermedad, pudo mandarme su nuevo libro “Memorias de un renegado”, que será publicado en breve por la Universidad de Quilmes, en la colección “Puntos de encuentro”. Son crónicas de sus años en prisión. Una escritura digna, creativa, con una narración que maravilla.
¡Qué dolor profundo se siente cuando se va alguien como él! Alguien que, además, se lleva parte de nuestra infancia… Nos vemos, Cachito, en la esquina de Palmar y El Mirasol. Hace calor en Buenos Aires y necesitamos un chapuzón.


Licha Antelo

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