Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
January 18, 2026 7:55 am
Cosas de Barrio

Cuando el incipiente barrio de Liniers se convirtió en un reguero de pólvora

A 115 años de la voladura de la fábrica nacional de pólvora, que sacudió al barrio por completo.

El 6 de diciembre de 1880 se promulgó la Ley 1029 que declaró oficialmente a la ciudad de Buenos Aires como capital de la República Argentina. Con posterioridad, en 1888, se produjo una modificación de los límites juridiccionales y, consecuentemente, el Partido de General San Martín cedió a esta Capital sus tierras al sur de la avenida General Paz (por entonces inexistente) que actualmente forman los barrios de Villa Pueyrredón, Villa Devoto y Villa Real. Para compensar esta secesión, el Partido recibió las actuales localidades de Ciudadela, José Ingenieros, Santos Lugares y Sáenz Peña (que en 1961 pasarían a formar el Partido de Tres de Febrero).

En los primeros años del siglo XX, parte de esas tierras eran conocidas como Villa Liniers, denominación que se fue perdiendo con el tiempo, imponiéndose el nombre de Ciudadela. La zona permaneció casi despoblada con la permanencia de algunos pocos ranchos y negocios de campo, distanciados entre sí.

En 1902 fueron finalizadas las obras de los “Cuarteles”, que se levantaron en la parte alta de la loma, linderos a la quinta de Achával, ocupando tierras de don Demetrio Pastorino que, con anterioridad, pertenecieron a la familia Cervetto. La edificación se realizó con ladrillos fabricados en el mismo terreno y fue por entonces la más importante del país. Se destinó al acantonamiento de distintos cuerpos, entre ellos el Regimiento 2 de Artillería y el 8 de Caballería de Línea (por entonces escolta presidencial).

A raíz del terrible incidente ocurrido en 1898 en la “Fábrica Nacional de Pólvora”, situada en el solar que actualmente ocupa el polideportivo Costa Rica -en avenida de los Constituyentes y Chorroarín- sus dueños decidieron reubicarla en algún lugar más adecuado, lejos de los populosos asentamientos humanos. Fue entonces cuando optaron por los terrenos situados en Villa Liniers, donde se la rearmó con el nombre de fábrica de pólvora “El Polvorín”, con oficinas centrales en la calle Garay 1024, de esta Capital.

La fábrica se hallaba dentro de un predio de treinta hectáreas, en cuyo centro se levantaban diez casetas, ocupando en total una extensión de treinta metros de frente por 180 de fondo. Anchos y elevados espaldones de tierra separaban las casetas. A 150 metros de la última se levantaban cuatro espaldones más anchos, rodeando una sólida construcción de material, en cuyo interior se guardaban grandes depósitos de pólvora.

Tiembla el barrio

El 9 de enero de 1911, alrededor de las 5 de la tarde se produjo una gran explosión que causó la muerte de doce personas que trabajaban en el establecimiento. Debido a la actividad y valentía de los oficiales y personal subalterno de los Cuarteles de Liniers, quienes acudieron de inmediato al lugar del hecho, la catástrofe no tuvo mayores proporciones, pues se impidió que el fuego llegara a la santabárbara. En este punto había ese día, 25 mil kilos de pólvora para minas y caza que, providencialmente, se salvaron.

La explosión fue causada por los inflamables que había en las diez casetas. Los obreros, cuyo número no se logró averiguar al principio y se supo después que eran unos dieciocho, entre los cuales había cinco mujeres, entraron a los talleres a las 3 de la tarde y distribuidos en las casetas, dieron principio a su labor. Tras dos horas sin que se produjera novedad alguna, a las 17.20 ocurrió la explosión.

Ninguno de los obreros sobrevivientes pudo declarar ante los funcionarios policiales, porque la excitación de que estaban dominados les impedía coordinar bien sus ideas. Según versiones, la explosión se inició en una de las casetas centrales, y luego le siguieron nueve estallidos más. Los últimos aún más estruendosos. Fue algo así como una rapidísima sucesión de truenos, de sonoridad insólita, que sacudió la atmósfera con inusitada violencia.

Todas las instalaciones de la fábrica fueron lanzadas al espacio y arrojadas a varias cuadras de distancia del sitio de la catástrofe. En las casas próximas a Liniers se derrumbaron las paredes y los techos, y las puertas saltaron de sus marcos. En localidades como Ramos Mejía y Haedo, situadas a varios kilómetros de distancia, saltaron en mil pedazos los cristales de las vidrieras, derribándose las estanterías de los comercios.

Al sentirse las terribles explosiones, de los cuarteles de Liniers -distantes unas quince cuadras- salieron numerosos soldados y algunas ambulancias para socorrer a las víctimas. Una vez allí, los soldados trataron de aislar el fuego que, por el pastizal seco, se aproximaba al depósito general de pólvora, al mismo tiempo que otros soldados trataban de buscar a algunos de los obreros que, según varios vecinos, habían huido aterrorizados. Mientras se practicaban estas diligencias, se buscaba también por las inmediaciones del local ocupado por la fábrica, los restos de algunos obreros completamente despedazados.

Se presume que la imprudencia de algún obrero fue la que produjo la inflamación de alguna pequeña cantidad de pólvora recientemente elaborada, iniciándose así la explosión.

Algunos de los fallecidos que pudieron ser identificados fueron Valentín Pittone, Francisco Cartelli, Andrés Valerdi, Rosa Caseroni, Pedro Lentini, Carmen y Teodora Ferreyrone y Francisco Schimio (foto).

Han pasado 115 años de este luctuoso incidente, desconocido seguramente para los vecinos de nuestro barrio, pero que en el seno de las tradicionales familias linierenses, cuyos ascendientes fueron testigos presenciales del hecho, ya es parte del anecdotario familiar.

Oscar A. Turone

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