Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
January 23, 2022 1:16 pm
Cosas de Barrio

Un colchón de sueños con perfume de barrio

Elena y Leonardo Galante celebran 31 años atendiendo con una sonrisa a los vecinos de Liniers. Su colchonería Noni-Noni ya es un símbolo en el comercio local

Si hubiese que señalar el sector más golpeado por la pandemia, el comercio barrial, el de cercanía, estaría sin dudas en los primeros lugares. Fundamentalmente aquellos rubros considerados no esenciales, es decir, todos aquellos que no tienen que ver con los alimentos, los medicamentos o los traslados. Las consecuencias están a la vista: cientos de locales cerrados con el cartel de alquiler apoyado sobre la vidriera.

Pero muchos, no obstante, han logrado capear el temporal y hoy, con el virus a raya, intentan despegar nuevamente. La clave –como siempre- sigue siendo el esfuerzo y el servicio al cliente, condiciones que, aunque no son garantía de éxito, colaboran y mucho.

Uno de esos casos es el de Noni-Noni, el tradicional local de venta de colchones, almohadas y sommiers, de Ramón Falcón y Montiel, que el pasado 9 de septiembre celebró sus primeros 26 años en Liniers. Sin embargo, la cifra se estira a 31 si se consideran los cinco años anteriores. “Nuestro primer comercio en Liniers fue una mueblería, que pusimos en marcha en 1990 y con la que estuvimos trabajando hasta que abrimos la colchonería”, comienza evocando Elena. Y su esposo Leonardo, agrega “empezamos trabajando en un local más pequeño ubicado en esta misma más precisamente en Ramón Falcón 7048. Y en 1998 nos mudamos veinte metros, a este de Ramón Falcón 7068”.

Como sea, el matrimonio de Elena y Leonardo Galante lleva 31 años ininterrumpidos al frente de su local, y ya son un sinónimo del comercio en Liniers. “Atender al público nos enriqueció como personas”, asegura la mujer.

Sentado junto al escritorio que se ubica al final de un largo pasillo, flanqueado por todo tipo de colchones de distintas medidas y tramados, Leonardo recuerda cómo fue que surgió la idea de apostar a este rubro. “Yo tenía una fábrica de sillones, pero a comienzos de los 90’, en la época de Carlitos, tuvimos que cerrar. En ese momento ya tenía relación con la gente de La Cardeuse, y se me ocurrió empezar a comercializar colchones. Después sumamos otras marcas, la gente confió en nosotros y acá estamos”.

Elena y Leonardo llevan 48 años de casados, pero 48 años a pleno, ya que no sólo comparten el hogar, sino también el día a día en el trabajo, donde además los acompaña Cristian, el yerno, que fue quien se mantuvo al frente del local durante los meses más duros de la pandemia, los mismos en los que ellos debieron quedarse en sus casas, para intentar esquivar al virus. “Nos ayudó mucho la presencia de mi yerno, es el varón que no tuve y que quiero como a un hijo”, reconoce Elena. Florencia y María Elena son las dos hijas del matrimonio Galante. “María Elena y Cristian nos regalaron a nuestros nietos, Malena y Máximo; y Florencia, que hoy es psicóloga, nos dio una mano enorme en los primeros años de Noni Noni”, agrega Elena a puro orgullo. Pero en seguida se le nubla la mirada y asegura que “nuestro mayor padecimiento fue no poder ver a los nietos”.

Como tantos otros comerciantes locales, los Galante son además añejos vecinos de Liniers. Hace más de cuarenta años que son parte de esta geografía. “Para mí el barrio es todo”, sintetiza Leonardo dando una clara muestra de pertenencia, y luego cuenta “primero vivíamos en el pasaje Las Bases al 400, pero en el 83’ nos mudamos al pasaje Luchter y la colectora de General Paz”. Elena asiente con la cabeza y recuerda que “esa zona de Liniers era un oasis, un parque en miniatura donde predominaba el verde, y eso nos convenció para mudarnos. Pero cuando se armó la colectora se transformó en una zona gris, insegura y de escape, donde los delincuentes huyen hacia General Paz por la estación de servicio”. Sin embargo, asegura que “así y todo, en esa zona de Liniers todavía se escuchan los pajaritos”. Durante la reclusión forzada a la que los obligó la cuarentena, Elena se armó una huerta en el patio de su casa, donde no faltan ni la albahaca, ni el romero. “Mi marido se queja porque dice que con tantas macetas no se puede caminar”, subraya con una sonrisa.

Sabido es que estar al frente de un comercio minorista en este país, no es, desde ya, una tarea sencilla. Sin embargo, tanto Elena como Leonardo no tienen más que palabras de agradecimientos para el barrio y su gente. “Estamos contentos y queremos agradecerles a los vecinos y a todos nuestros clientes, por confiar en nosotros y habernos permitido desarrollar esta actividad durante tantos años, vendiendo cosas buenas”.

Lejos de quejarse por las consecuencias que la pandemia le generó a su negocio, Leonardo se define como “un sobreviviente de varias crisis económicas”, y evoca cuando allá por el 2001 “estábamos prácticamente en la lona, me acuerdo que teníamos que poner las camas atrás de las persianas porque se venían en bandada los saqueos”. Claro que si tiene que elegir, prefiere quedarse con los momentos más gratos. Entonces menciona a Rodolfo Obi, el dueño del local de Noni Noni, a quien recuerda como “una excelente persona y un antiguo vecino del barrio, que durante muchos años tuvo un local de ropa hindú en esta misma cuadra. Él nos dio una mano muy grande cuando la cosa venía mal, porque es muy difícil para un comerciante hacerle frente al costo de un alquiler. Sino basta con caminar por Liniers y ver la gran cantidad de locales cerrados que hay. La Galería grande es un desierto, y sinceramente nos apena mucho esa situación”.

Otra realidad que los tocó de cerca fue la de los manteros. “Que los hayan sacado generó dos cosas –dice Elena con conocimiento de causa- por un lado, ahora es posible transitar libremente por las veredas del centro comercial de Liniers, pero también es cierto que el hecho de que no haya más gente vendiendo en la calle, nos quitó público”. Y luego argumenta “al no estar los manteros perdimos mucha clientela de Ramos Mejía y de la zona oeste del conurbano. Y ojo que para nosotros los manteros eran una competencia directa, porque vendían sábanas y acolchados, que son productos que nosotros vendemos acá, a pocos metros del local nuestro…”.

Sin embargo, lejos de dormirse en los laureles (o en los colchones) hoy, con la misma energía que hace 31 años, Elena y Leonardo vuelven a apostar al comercio y al barrio. “Cristian se encarga de abrir y está al frente del local gran parte de la jornada, y Leonardo de a poquito está volviendo, todas las tardes está ahí”, expresa Elena y cuenta que “de joven jugó al fútbol como profesional en Lanús, y ahora ocupa el tiempo con la lectura. Pero el verdadero hobby de mi marido, es el trabajo”.

La clave de los Galante está a la vista: familia, paz, pan y trabajo. La misma que ostenta el inefable San Cayetano, que a pocas cuadras de allí, como ellos, hace del barrio de Liniers,  su lugar en el mundo.

Ricardo Daniel Nicolini

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