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El barrio que nunca dormía

El recuerdo de las noches y madrugadas linierenses en las décadas del 60’ y 70’.

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)

Hace unos días recordaba en rueda de amigos, la importante vida nocturna del Liniers de antaño. Y como siempre suele señalarse que Corrientes es “la avenida que nunca duerme”, nuestro querido barrio por aquellos tiempos supo mantener esa costumbre.

Por entonces, caía la tarde y con las primeras luces de las calles, locales y carteles, todo el centro del barrio de Liniers se convertía en un hervidero de gente. Largas colas esperando los transportes, trenes abarrotados de pasajeros, locales repletos de gente comprando o las pizzerías, bares y cafés, con parroquianos comiendo al paso su infaltable porción de muzzarella o apurando un café antes de continuar su regreso al hogar. Y entre todos ellos, los diareros voceando “la quinta” o “la sexta” de La Razón o Crónica, que atraían las miradas de los caminantes con sus titulares con letra de molde anunciando catástrofes, viajes a la luna o goleadas de antología. Los lectores, con el diario doblado bajo el brazo, se iban perdiendo en la noche.

Eran las horas en las que la avenida Rivadavia se iba vaciando de gente y la mayoría de los comercios cerraba, excepto los de gastronomía, claro. Confieso que sólo o con amigos, he caminado muchas veces por esas calles y pasajes, en cualquier época del año y a toda hora y siempre hubo un lugar donde saborear un café o algún trago y, desde ya, disfrutar de trasnochados encuentros con amigos hablando de la vida; en especial en el desaparecido Café Bar “Renacimiento”, de Tellier (hoy Lisandro de la Torre) y Ramón Falcón.

Sobre la colectora de la avenida General Paz, al filo de la medianoche, el movimiento se centraba en la salida de los cines “Gran Liniers” y “Martín Fierro” y en las atractivas pizzerías de esa cuadra: “El Tigre”, “El Trébol”, “La Piedra” y “Don Ramón”. Todas ellas esperaban a los espectadores con sus especialidades más características: fugazzeta rellena o la tentadora de espinaca y salsa blanca. Y cruzando el puente, en la puerta de la Galería San Francisco, sobre la colectora de General Paz, abrazos, sollozos y buenos deseos de vacaciones, se repetían todas las noches para despedir a parientes y amigos que partían en micros a los variados destinos de vacaciones.

Muy cerca de allí, hubo un lugar que transformaba la noche en día, y era la zona del Mercado de Frutas y Verduras de Liniers -hoy convertido en shopping- y sus alrededores. En las primeras horas de la madrugada, se observaba a los changarines y peones cargando y descargando mercadería de los camiones a un ritmo frenético, al tiempo que los cafés y bares cercanos se colmaban de parroquianos, que llegaban después de desarrollar su ardua tarea. Muchos, claro, se mezclaban con los trasnochados que, con algunas copas de más, en ocasiones eran invitados a retirarse por la policía.

Con el correr de las horas, el ritmo de la calle se aquietaba. Con las primeras luces del alba, la noche de Liniers les daba paso a otras rutinas. Para entonces, las copas de la noche se transformaban en humeantes cortados con medialunas, al tiempo que los trasnochadores se entregan a los brazos de Morfeo.

Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.

(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.

2 pensamientos en “El barrio que nunca dormía”

  1. No nos olvidemos de: el bowling Palo 5, pizzerias Santa Rita, La Central, San Cayetano, La Tina, del lado norte las que estaban frente a las paradas de los colectivos, la confiteria Gregory. Habia muchos lugares donde pasarla bien. Saludos.

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