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El último almacén

La colorida esquina de Ramón Falcón y Murguiondo ya es un mojón insoslayable en la historia de Liniers. Refugiada en una edificación centenaria, desde hace cincuenta años funciona la despensa Inés, que aún hoy, en pleno siglo XXI, parece burlarse del paso del tiempo. La historia de este almacén es también la de José Luis, su propietario, que se crió entre latas de galletitas, tarros de aceitunas y paquetes de fideos. “El servicio, el cara a cara y la confianza, son fundamentales”, asegura, quien desde hace años compite con los supermercados chinos y todavía utiliza la libreta del almacenero. “Ahora tenés que fiar porque la gente no llega a fin de mes. Pero ojo, todos me cumplen”, certifica.

“Esta casa debe tener cien años”, dice José Luis mientras ubica dos sillas frente al mostrador y se dispone a contar la historia del almacén, que es, ni más ni menos, que su propia historia. “Primero estuvieron mis abuelos, Jesús y Olida, en los años 50’, después estuvo un tiempo cerrado, y mis viejos lo reabrieron en 1976, hace cincuenta años”. Aunque no llegó a conocer a Jesús, porque Olida enviudó joven, aún mantiene inalterable la imagen de su abuela, aquella gallega que vivía en la casa de al lado, que lo sentaba en sus rodillas y le contaba la época en que los fideos y las lentejas se vendían sueltos.

Sus primeros recuerdos del negocio arrancan hace medio siglo, cuando su padre, Belarmino, vendió el bar que tenía en la calle Cerrito y decidió junto a su esposa Inés, reabrir el almacén. “Yo era chiquito, tenía 8 años, y ahí ya empecé a dar una mano. Iba a buscar a las casas de los vecinos los envases de cerveza, vino y aceite, que se usaban en esa época”. Por entonces, el mundo de José Luis se reducía al perímetro del almacén. “Iba al colegio de acá enfrente -la Escuela 18, República de Corea- y después de comer salía a jugar a la calle”, recuerda.

Cuando terminó el secundario en el Nacional 13 no había ninguna carrera que le interesara y empezó a quedarse más en el negocio. “Atendía hasta las 7, que venía mi mamá. Y al poco tiempo empecé a ver que había que hacer cosas. Me quedaba después de hora a ordenar, a pintar. Y me fui quedando, quedando hasta hacerme cargo del negocio”.

Elvira, su hermana tres años mayor, se había recibido de anestesista. A diferencia del suyo, su lugar no estaba entre esas cuatro paredes rodeadas de estantes y heladeras. “Hoy el almacén es mi mundo y ahora me cuesta salir. Estoy todo el día acá adentro. Me levanto a las 7, a las 9 abro y me voy a las 11 de la noche”, confiesa.

Entrar a la despensa Inés es ingresar al túnel del tiempo. Los pisos de mosaicos calcáreos son los originales y todo allí dentro parece estar detenido en los 70’. “Heladeras hay varias y todas se la bancan -asegura con orgullo-. Tengo la de madera, de cuatro puertas, que la compramos con mi Viejo en el 76’ y desde esa época anda rebien. Además, todavía conservo la máquina Berkel de cortar fiambre, que cada vez que se corta la luz la uso. También tengo dos balanzas de las triangulares. Y todo anda bárbaro. Como dicen en El Eternauta, ‘lo viejo funciona’”.

Y como para completar la escena, detrás del mostrador se observan las fotos de sus padres, y una del propio José Luis, flanqueado por Inés y Belarmino. Hacia un costado, junto a las estanterías del pan lactal se destacan las sonrisas del Topo Yiyo, Patán, Hijitus y Pierre Nodoyuna. “También me dedico a coleccionar muñecos, revistas antiguas…”, aclara, por si hiciera falta.

– Podría decirse que sos un nostálgico empedernido…

– Sí, sin dudas.

– Decime que conservás las viejas latas de galletitas con el redondel de vidrio…

Si, tengo algunas vacías de adorno. Los chicos cuando las ven se creen que son peceras. Son muy ocurrentes los pibes. Hace un tiempo venía una nena con la mamá y siempre me veía detrás del mostrador, hasta que un día me pidió algo de acá adelante y cuando salí le dijo a la madre “¡mirá mamá, José tiene piernas!”.

– ¿Cómo se hace para vivir de un almacén en pleno siglo XXI y capear el temporal?

– No es fácil… La cosa empezó a ponerse brava en los 90’, en la época de Menem, cuando abrieron los supermercados chinos. Pensá que yo ahora tengo un chino a media cuadra, otro a la vuelta, y otro más que va a abrir acá a unos metros…

– ¿Y cómo le competís al chino donde uno va a la góndola y agarra lo que quiere?

– Con el servicio, con el cara a cara, con la confianza. Todo eso no se negocia.

Con la llegada de la pandemia José Luis empezó a atender detrás de una ventanita, y desde entonces, salvo raras excepciones, la puerta del almacén se mantiene cerrada, como la del confesionario.

– ¿La gente te cuenta sus problemas, sus historias? ¿Sos un poco como el tachero, el psicólogo sin título?

– Sí, sí. Me gusta tratar con gente grande. Me vienen a contar sus problemas, sus enfermedades. Y yo les presto el oído, les tiro unas palabras de aliento y se van contentos.

Y a veces hay gente esperando, entonces me dicen, atendé, atendé. Esperan que se vaya el cliente y después me siguen contando sus penas. O me vienen a pedir, ‘che ¿tenés el teléfono del electricista? o ¿me prestás la zorra para correr un lavarropas? cosas que en un súper chino no pasan. Las abuelas me piden la lata de dulce de batata para hacer tortas. Está el que me pide una escalera, o el que se le queda un auto y me pide una soga.

– Y decime José Luis ¿Le hiciste gancho a algún cliente?

– ¡Pero claro! Se han formado parejas acá adentro por culpa mía. Gente grande. Venía un hombre y me decía estoy solo, me siento mal. Y al rato vino otra mujer jubilada, también sola. Le digo, mirá, conozco un vecino, capaz te pueda interesar, es macanudo. Te vas a llevar bien con él. Y bueno, se citaban acá. El tipo se hacia el gil, el que venía a comprar. Y ahí les ponía las sillitas, se sentaban acá, se ponían a charlar y después ya se empezaban a ver y se formaba la pareja.

– Te conoce todo el mundo…

– Sí, acá la verdad que sí. Y el que no me conoce es porque se mudó recién. Una vez fui a Brasil y me encontré con un cliente. Y eso se logra a fuerza de los años, del tiempo, se genera ese vínculo.

José Luis no tiene aquel viejo cartel que rezaba “hoy no se fía, mañana sí”, pero en su almacén se luce otro que expresa “se vende al contado” junto a la imagen de un hombre lleno de plata, y otra imagen de un tipo flaco y desgarbado acompañado por la leyenda “se vende fiado”. “Igualmente ahora se estila fiar porque la gente no está llegando a fin de mes”, subraya, y aclara que sigue usando la vieja libreta del almacenero. “Y ojo, la mayoría de la gente cumple. A veces capaz me dicen, se me rompió el lavarropas y no te puedo pagar, pero al otro mes vienen y me pagan”. Sin abandonar la sonrisa, dice “se nota la malaria. De un tiempo a esta parte las ventas bajaron a la mitad. Hace diez años vendía el doble. Y no soy sólo yo. Todos los corredores se quejan de que venden menos”.

– ¿Qué es lo que más sale hoy y que por ahí no salía hace un tiempo?

– Hoy se vende mucho la gaseosa económica, segundas marcas. Y los fiambres siempre se venden, porque los míos son de buena calidad. Incluso la gente que se muda me llama por teléfono, me hace un encargue y lo viene a buscar. Tengo clientes de otros barrios que a para las fiestas vienen a buscar fiambre. Es como tener el carnicero de confianza, bueno, yo sería el almacenero de confianza. La gente sabe que no le voy a fallar.

– ¿Y qué te acordás que se vendía antes y no se vende ahora?

– Me acuerdo de las latas de corned beef o viandada, que era como una especie de carne cocinada, como si fuera un paté. Se vendían mucho. También se vendía mucho la leche condensada. Y hay cosas que se mantienen. Siguen existiendo las tapitas de gaseosas con promo. Eso sí, son las de la línea Coca, que salen más caras…

José Luis no tiene hijos y el futuro de su histórico almacén hoy es una incógnita. “Calculo que en cinco o seis años se termina. Tengo 58 pirulos, así que en unos años más me jubilo… Para entonces veremos qué hacemos con esta esquina”, desliza, y por primera vez se le borra la sonrisa.

– ¿Y qué te imaginás haciendo cuando ya no tengas que atender el almacén?

– Viajar, la verdad, no viajé mucho, pero no me llama. Me gustaría dedicarme de lleno al coleccionismo. O, no sé, visitar amigos que no puedo ver, ir a comprar ropa sin apuro. Porque es muy esclavo esto. A veces salgo a las dos y media, tres, me tomo el colectivo y tengo que volver a las 5 y no podés sentarte a tomar un café tranquilo. Todo a las corridas. Incluso cuando voy a la cancha a ver a Liniers…

– A ver ¿Cómo es eso? Sos hincha de la Topadora ¿Verdad?

– Yo era fanático de Boca. A mi papá no le gustaba el fútbol, pero era de Vélez. Y me hice de Boca en el colegio. Fui de Vélez hasta los 6 años, pero como en el colegio eran todos de Boca me terminé haciendo bostero. Y no me arrepiento. Viví la época dorada. Pero si me apurás, te digo que hoy soy 75% hincha de Liniers y 25% de Boca.

Hoy José Luis colecciona revistas El Gráfico y Goles con los éxitos del Boca de los 70’, al mando del Toto Lorenzo. Pero también atesora otras que eran furor en su infancia, como Patoruzito, Hijitus y Larguirucho. Suele ir temprano los fines de semana y se pasa horas enteras recorriendo los puestos del parque Rivadavia.

– ¿Y cómo te hiciste hincha de Liniers?

– De chico escuchaba en la radio que había un equipo Liniers, pero no tenía ni idea qué era. Después averigüé que hasta 1971 tuvo su cancha en General Paz y Gaona, en un terreno que le habían prestado las monjas, pero después se lo pidieron y se tuvo que ir. Unos años después, juntaron plata con rifas, comidas, y lograron comprar ocho hectáreas en La Matanza, en Villegas. Era todo pastizal eso, no había nada. Y ahí se hizo la cancha. La tribuna es chiquita, pero muy amena, somos pocos. El equipo transpira la camiseta y me dan ganas de ir a verlo. Cuando puedo voy, si juega los sábados tengo que cerrar media hora antes. Los domingos voy más tranquilo, a veces juega entresemana y ahí ya se me complica. El día que ya no trabaje voy a ver si me meto más de lleno en el club. Siempre llevo gente del barrio a los que hice hinchas.

Como cuando era chico, el ámbito de acción de José Luis se circunscribe a la periferia de su almacén, allí donde, incluso, se las ingenia para darle forma a singulares repartos a domicilio. “A veces también hago de delivery”, cuenta. “Hay gente que me abre la ventana del primer piso y yo le tiro desde la vereda una lata de duraznos. Otra me tira una soga y yo le pongo las cosas, las ato y las subimos. Y en otros casos me dan la llave, entro a la casa, les pongo las cosas en la heladera y al otro día me dejan la plata”.

– Dejále un mensaje a toda esa clientela que va a estar contenta de verte en esta nota.

– ¡Uf! Mis clientes son mi familia… Los aprecio mucho. Si un día me siento mal, me dicen ¿querés que te traiga algo? ¿Querés un té con limón? Si ven que no comí me traen una porción de torta. Pensá que tengo clientes de hace cincuenta años…  He tenido bebés a upa que ahora ya vienen casados y con sus hijos. Una familia. Sí, sí. Ya somos como una familia.

Ricardo Daniel Nicolini

2 pensamientos en “El último almacén”

  1. Excelente y emocionante nota, pase por esa esquina caminando toda mi primaria y secundaria para ir desde Estación Liniers a la Escuela NRO.8 en primaria y al comercial 32 en secundaria. En ese almacén solía comprarme yogur o galletitas. No viví nunca en Liniers, pero toda mi niñez y adolescencia están ligados a ese barrio al que quiero profundamente ya que allí me forme tanto en lo educativo como en lo deportivo en el CAVS. Liniers es un barrio único.
    Muchas gracias
    Néstor

  2. Qué linda entrevista!. Me recuerda a mi infancia y adolescencia cuando cerca de casa tuve ¡4 almacenes!, pero siempre la más cercana a casa, la de Don Manuel Rivera, era la preferida. Leyendo esta nota, me trajo el recuerdo de ese gallego atento, educado y servicial. Tuvo al igual que otro almacén cercano, un teléfono particular que uno llamaba y abonaba “a voluntad”. Gente sencilla e inolvidable que fueron gran parte del barrio.

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