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Los muchachos chicaguistas

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Hoy se cumplen 45 años de un hito que marcó para siempre al barrio de Mataderos: el día en que la hinchada de Chicago desafió las prohibiciones de la época y cantó la marcha peronista en plena dictadura militar. La posterior represión policial y el singular corolario de los hechos que marcaron un mojón en la historia del barrio y fueron el presagio del primer ascenso del Torito a Primera.

Esa tarde soleada del sábado 24 de octubre de 1981, el goleador estaba inspirado. Un implacable Mario Franceschini había estampado un hat trick para que Chicago se impusiera por 3 a 0 a Defensores de Belgrano y para que Mataderos delirara al compás del fútbol del Torito.

En aquel torneo de Primera B, Nueva Chicago peleaba la punta palmo a palmo con Quilmes y soñaba con el ansiado ascenso a Primera. El estadio República de Mataderos desbordaba de público. Entre los asistentes, en el sector de plateas se encontraba Lorenzo Miguel, el poderoso líder de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y del gremio de las 62 Organizaciones Peronistas, quien había sido liberado por la dictadura meses antes tras años de reclusión. Su presencia había encendido aún más el ambiente en un barrio de ADN obrero y peronista.

Pero a los 24 minutos del complemento, tras el tercer grito de gol, ocurrió algo inusitado. Un grupo de hinchas amuchados en el corazón de la tribuna local comenzaron a entonar las estrofas de la marcha peronista y lentamente la melodía prohibida se fue extendiendo al resto del estadio, como un reguero de pólvora. Incluso se sumaron varios hinchas visitantes, para darle forma a un grito unificado que desafiaba las normas en vigencia y exponía a las claras el hartazgo del pueblo contra el régimen militar.

Y cuando todo era pasión, desenfreno y algarabía, el comisario a cargo del operativo -el tucumano Conde, exintegrante del “Operativo Independencia”- interrumpió la fiesta y amenazó directamente a la tribuna: “La próxima vez que canten la marcha, los muelo a palos y se van todos en cana”, les advirtió. Sin embargo, lejos de amedrentarse, la hinchada redobló la apuesta y volvió a cantar con más fuerza. Entonces la respuesta de la Policía Federal no se hizo esperar: la Montada irrumpió con fuerza en la tribuna, desatando una feroz represión con bastonazos, gases y corridas dentro de la popular.

Pero aún faltaba lo peor. Al finalizar el partido, los alrededores del estadio estaban completamente militarizados. Los efectivos policiales realizaron una redada masiva persiguiendo a cualquiera que saliera de la cancha y el corolario fue la detención de 49 personas.

Como la cantidad de detenidos superaba ampliamente la capacidad de los patrulleros y colectivos policiales disponibles, las fuerzas de seguridad tomaron una decisión humillante: obligaron a los 49 hinchas a desandar al trote y con las manos en la nuca sobre el asfalto caliente y bajo el impiadoso sol de la tarde, escoltados por la Policía Montada y la Infantería, las seis cuadras que separan el estadio de la entonces Comisaría 42ª, hoy 9A. Durante el trayecto, los vecinos salían a las calles asombrados, pero la policía los obligaba a encerrarse a punta de pistola. “¡El que no se mete adentro, va en cana también!”, era el grito amenazante.

Tras cruzar el umbral de la 42ª, el hostigamiento policial no se detuvo, pero la respuesta de los hinchas convirtió el encierro en un acto de resistencia. Al ingresar a la seccional, los 49 detenidos fueron requisados con violencia y amontonados en un calabozo oscuro que desbordaba su capacidad. El comisario Conde y sus oficiales intentaron quebrarles el ánimo usando la provocación: “A ver muchachos, si son tan guapos para cantarla en la cancha con toda la gente ¿por qué no la cantan ahora acá adentro frente a nosotros?”.

Lejos de intimidarse, los hinchas se miraron entre sí, liderados por referentes de la tribuna, y comenzaron a entonar nuevamente la Marcha Peronista a esta vez los gritos dentro del calabozo, haciendo retumbar las paredes de la comisaría. La respuesta policial fue una nueva tanda de golpes y el aislamiento de nueve de los detenidos, que terminarían encerrados durante treinta días en el Penal de Devoto. Pero el mensaje ya estaba dado: la dictadura no los había podido callar.

El sábado 7 de noviembre de 1981, apenas dos semanas después de la represión, Nueva Chicago volvía a jugar en Mataderos, esta vez contra Estudiantes de Caseros. Si lograba el triunfo, el Torito se aseguraba el campeonato y el ansiado ascenso a Primera. El barrio estaba bajo una tensa calma y la policía montó un operativo aún más imponente que el anterior, a la espera de un nuevo desafío político que les permitiera volver a reprimir.

La cancha era un hervidero, más aún cuando, a los 36’ del complemento, Roque Erba cayó en el área y el árbitro Rubén Torres sancionó penal para Chicago. Un minuto después, el goleador Mario Franceschini la clavó en la red y determinó la victoria y el ascenso del Torito.

Tras el pitazo final, los hinchas invadieron el campo de juego y los festejos no tardaron en desatarse en Mataderos. Pero aún faltaba algo más. Al finalizar el partido, la masa de hinchas volvió a salir caminando en dirección a la Comisaría 42ª. Cuando pasaron frente a las puertas de la seccional, donde los policías los esperaban con bastones en mano y en posición de combate, esta vez la multitud no cantó la marcha prohibida. En su lugar, miles de gargantas entonaron a coro y de manera irónica dos clásicos infantiles: el Arroz con leche y el inoxidable himno de María Elena Walsh que dice “Manuelita vivía en Pehuajó, pero un día se marchó…”. Y como parte de la ingeniosa coreografía, la masa caminaba a paso lento y arrastrado, imitando el andar de una tortuga, mientras miraban fijamente a los ojos a los efectivos policiales. El ingenio popular descolocó por completo a las fuerzas de seguridad. La policía no podía reprimir a una multitud por cantar canciones infantiles, pero todos en el barrio sabían perfectamente que aquellas pegadizas estrofas iban dirigidas al comisario Conde. Fue la forma en que Mataderos le demostró a la dictadura que, tras largos años de padecimiento, el miedo ya estaba empezando a perderse.

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