El recuerdo de los inolvidables picnics en las plazas y parques de Liniers.
Por Daniel Aresse Tomadoni (*)
Se sabe, la primavera siempre trae con ella un espíritu de renovación, una necesidad de disfrutar cada momento de esos días un poco más templados, de compartir más salidas con amigos. Pero concretamente el 21 de septiembre es, fue y será “el día”. En aquellos años 70’, quienes no tenían planificado ir de picnic a los bosques de Palermo o a alguna localidad del Gran Buenos Aires, los parques y las plazas de Liniers eran la opción ideal para reunirse en alegres grupos y pasar un día inolvidable.
Esa mañana, los almacenes no daban abasto cortando fiambres, quesos y vendiendo pan para los sándwiches; claro que, como complemento, la lechuga y el tomate los proveían las verdulerías cercanas. Los más cómodos directamente compraban una docena de triples o simples en las fábricas de la cuadra de Ibarrola entre José León Suárez y la colectora de la avenida General Paz. Y los más exquisitos, pasaban por “La Gran Vía” o “Scotti”, para llevar aceitunas de todo tipo o anchoas. Claro que también estaban los otros, los que hacían lo imposible para que, aun siendo menores, pudieran hacerse de alguna petaquita de cognac o whisky, adquirida por izquierda en algún kiosco de la zona.
Al comienzo con tocadiscos portátiles y más tarde con grabadores a cassette, pero la música nunca podía faltar, como tampoco las quejas por discos o casetes adquiridos en el “Centro Cultural del Disco” o “Galerías Broadway”, que al día siguiente volvían con la exigencia de ser reemplazados por otros que nos estuvieran rayados, o con argumentos inverosímiles para explicar los motivos de las cintas enganchadas en los grabadores. Pero eso sí, cuando la música sonaba en vivo solían destacarse aquellos que se daban maña con la guitarra, quienes no tardaban en cautivar a las chicas con los acordes de “Mañanas campestres” o “El oso”.
Lo cierto es que ese día de comienzo de la primavera, solía tener la particularidad de estrenar algo nuevo: discos, casetes, prendas y hasta pelotas de fútbol que unos días antes habían sido especialmente adquiridas en “Helueni Sport”, “Winograd Deportes”, “Kings Sport” o “City Sport”. Esos esféricos inmaculados eran cuidados como un verdadero tesoro, sobre todo cuando el picnic era al costado de la General Paz y algún desprevenido no dudaba en despejar un ataque del rival con un zapatazo furibundo, con destino a la transitada avenida…
Así transcurría el día hasta caer la tarde donde, con una cuota más de energía, entre nuevos idilios de primavera y mucha algarabía, los grupos daban “la vuelta del perro” por el barrio y luego de la obligada recorrida por las galerías, el cierre llegaba con un buen helado de “Gino” o “El Ciervo” para ponerle el broche de oro a esa hermosa y añorada jornada.
Seguramente muchos se preguntarán qué ocurría si llovía ese día, algo -por cierto- bastante frecuente. En esos casos se aplicaba el “Plan B”: se trasladaba la comida, la bebida y la música a la casa de algún integrante de la barra y en ese “asalto” improvisado, todos bailaban felices, porque se salvaba la jornada y la inolvidable fiesta del día de la primavera.
Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.
(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.
