El recuerdo del genial artista y docente ítalomataderense, a diez años de su partida.
Aunque oriundo de la paradisíaca toscana italiana, Orio Dal Porto es, sin dudas, el símbolo máximo de la escultura mataderense. Título que ha sabido ganarse a partir de su vasta y exquisita obra -que continúa exhibiéndose en distintos puntos del mundo- esculpida en mármol de Carrara y concebida en su emblemático taller de Mataderos, barrio que lo cobijó desde 1963, cuando se asentó definitivamente en Buenos Aires. Tal vez por eso, cuando el 4 de agosto de 2016 el mundo del arte se enlutó por su deceso, sus vecinos lloraron la pérdida de un emblema barrial que lejos de cualquier motivación económica o esnobista, eligió a Mataderos como su lugar en el mundo.
Hijo del también escultor Dino Dal Porto, Orio aprendió el oficio de la mano de su padre en su casa natal de Querceta. A la par, se formó en la Academia de Escultura de Pietrasanta, donde fue discípulo de Giusseppe Ciochetti y Leone Tommassi. Luego se perfeccionó en Paris, de la mano de Belmondo Landowski, y trabajó en la reproducción de la Dance du Carpaux, hoy ubicada en la fachada de la Ópera de Paris.
Pero desde que a los 24 años se instaló en Mataderos, toda su obra comenzó a gestarse en el taller de José León Suárez 2184, casi esquina Bragado, donde además formaba a nuevas generaciones de escultores. Desde entonces, el maestro Orio Dal Porto desarrolló mayoritariamente su obra en mármol, trabajando en escultura figurativa, abstracta y simbólica, con monumentos, esculturas y bustos que han sido mundialmente premiados, y que hoy se exhiben en espacios públicos y privados de Argentina, Francia, Italia e Israel.
Entre ellos se cuentan el busto de Domingo Faustino Sarmiento, elaborado en mármol de Carrara y emplazado en la ciudad de Jerusalén, y el de Alejandro Casona, realizado en bronce, que se yergue en el rosedal de Palermo. Tal vez el más conocido sea el del expresidente Raúl Alfonsín, que se inauguró en 2008 en la Casa Rosada. Asimismo, varias escuelas públicas lucen sus trabajos con bustos de Sarmiento y de San Martín.
Pero, además, muchas de sus obras se encuentran en diferentes museos, iglesias y colecciones privadas de Argentina, como las realizadas en la residencia “La Torcaza”, que la acaudalada familia Blaquier ostenta en San Isidro.
Sin embargo, alguna vez confesó que las obras por las que guardaba un especial cariño eran aquellas que se lucían en su barrio. Así, el bajorrelieve en travertino de nueve metros por dos, que se exhibe en el tímpano de la parroquia Tránsito de San José, de Emilio Castro y Martiniano Leguizamón, era una de sus preferidas; como la escultura de Don Guanella y el niño, que elaborara en 1987 en mármol de Carrara, y que desde entonces se exhibe en la plazoleta ubicada frente a la parroquia.
Tal vez por ese estrecho vínculo de afecto que lo unía con su barrio y su gente, Dal Porto había sido nombrado hace algunos años “ciudadano honorable de Mataderos”, y también se lo distinguió con el premio a la trayectoria, en la Casa de la Cultura de Liniers, barrio donde residió en sus últimos años. Pero, además, la Asociación Lucchesi en el Mundo y la Cámara de Comercio de Lucca -su ciudad natal- le otorgaron en el año 2000 la medalla de oro a su trayectoria.
La escultura era para Dal Porto una forma de vida. Todo su tiempo se resumía en ella, ya sea creando o enseñando. “Creo en la fecundidad de un camino personal en el cual el que enseña, es un orientador que estimula al crecimiento para manejar con eficacia una técnica, dejando así fluir la sensibilidad, la belleza y la vida en libertad”, expresó hace unos años con su simpático español con reminiscencias italianas, en una entrevista mantenida con este medio. Y aquella no era sólo una expresión de deseo. Hoy, muchos de sus discípulos, aún elogian su generosidad, su autenticidad y la permanente alegría que volcaba en su tarea profesional y docente.
Una de sus últimas obras también tuvo un guiño a su barrio. Se trata de un busto que retrata al recordado historiador local -también nacido en Italia- Ofelia Vecchio, que le fuera encargado por la Asociación Civil Foro de la Memoria de Mataderos. Poco después de la muerte del artista, su obra fue colocada en la plaza Salaberry, de Juan B. Alberdi y Pilar. Sin proponérselo, lo que comenzó siendo un homenaje al recordado biógrafo de Mataderos, se convirtió también en una forma de evocar la obra de este colosal artista, que ha dejado su estirpe y su arte como imborrable legado.
Ricardo Daniel Nicolini
