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Grandes bibliotecas de la historia

En este viaje al pasado, el arte de la traducción en la mítica Biblioteca de Alejandría (sexta parte).

Por Alejandro Andrés Bressi (*)

En esta trigésima entrega –o papiro N° 30- les propongo conocer el arte de la traducción y el diálogo entre lenguas y culturas en el corazón de la Biblioteca de Alejandría.

Alejandría fue fundada por Alejandro Magno en el año 331 a. C. y, durante la época de los ptolomeos se convirtió en uno de los grandes centros culturales del mundo helenístico. En ella se desarrollaron instituciones dedicadas al estudio de la literatura, la filosofía, la ciencia y la medicina. Entre sus figuras intelectuales se encontraron investigadores como Eratóstenes y Ptolomeo. La Biblioteca formaba parte de un proyecto cultural más amplio vinculado al Museo de Alejandría. Su propósito no consistía solamente en conservar textos, sino también en reunir a especialistas capaces de estudiarlos, compararlos y establecer versiones críticas. La actividad filológica alejandrina, por ejemplo, estuvo profundamente relacionada con el análisis y la edición de obras literarias griegas. Este ambiente convirtió a Alejandría en un lugar especialmente favorable para el intercambio cultural. Allí entraron en contacto la tradición griega y diferentes tradiciones procedentes de Egipto, Oriente Próximo y las comunidades judías de la diáspora. La ciudad fue, por tanto, un espacio donde distintas lenguas y sistemas culturales podían encontrarse.

En un contexto multicultural, la traducción adquirió una importancia que iba mucho más allá de la comunicación cotidiana. Permitía trasladar conocimientos de una comunidad lingüística a otra y ampliar el público capaz de acceder a determinadas obras. Traducir un texto antiguo implicaba enfrentarse a problemas complejos. Una palabra podía tener significados diferentes según el contexto y algunos conceptos podían carecer de un equivalente exacto en la lengua de destino. Además, los textos religiosos, filosóficos y científicos contenían referencias culturales que no siempre resultaban comprensibles para lectores de otra tradición. Por ello, el traductor debía actuar también como intérprete cultural. Su tarea consistía en encontrar formas de transmitir no solamente las palabras del texto original, sino también sus conceptos, valores y referencias. De esta manera, la traducción podía modificar la forma en que una cultura comprendía las ideas procedentes de otra.

La actividad traductora también estaba relacionada con la construcción y transmisión de textos autorizados. El estudio moderno de la Carta de Aristeas, por ejemplo, ha mostrado que su relato sobre la traducción de la Biblia hebrea al griego combina elementos históricos, literarios y legendarios. Los especialistas consideran que la obra no debe tomarse simplemente como un relato histórico literal.

Uno de los ejemplos más importantes para comprender el papel de la traducción en Alejandría es la llamada Septuaginta, la traducción griega de las escrituras hebreas. Su producción comenzó, al menos en parte, durante el período helenístico, y la traducción del pentateuco se sitúa generalmente en el siglo III a. C. Según la tradición transmitida por la Carta de Aristeas, el rey Ptolomeo II Filadelfo habría solicitado una traducción de la ley judía y habría hecho venir a Alejandría a un grupo de sabios judíos. La tradición habla de setenta y dos traductores, seis por cada una de las doce tribus de Israel. Sin embargo, los estudios actuales advierten que este relato tiene un fuerte componente literario y legendario y que no todos sus detalles pueden considerarse históricamente comprobados. Más allá de la exactitud histórica de la leyenda, la importancia de la Septuaginta es evidente. El texto representa un encuentro entre la tradición religiosa judía y la lengua y cultura griegas. La traducción permitió que contenidos originalmente transmitidos en hebreo pudieran circular ampliamente entre comunidades de lengua griega. Además, la traducción no implicó una desaparición de la identidad cultural judía. Por el contrario, permitió que esa tradición pudiera expresarse en una nueva lengua y entrar en diálogo con el mundo helenístico. Algunos estudiosos han señalado precisamente que la literatura judía de la Alejandría helenística utilizó géneros y recursos literarios griegos para presentar su propia herencia cultural ante lectores del mundo griego.

El ejemplo alejandrino permite comprender que toda traducción implica una forma de interpretación. Cuando una obra pasa de una lengua a otra, el traductor debe tomar decisiones sobre el significado de determinadas palabras y conceptos. Esto resulta especialmente importante en los textos religiosos y filosóficos. Un concepto que tiene un significado específico en una cultura puede adquirir nuevos matices al ser expresado en otra lengua. Por lo tanto, la traducción puede producir transformaciones, pero también generar nuevas posibilidades de comprensión. En ese sentido, el traductor funciona como un mediador entre culturas. Su trabajo permite que una comunidad conozca una tradición diferente sin necesidad de abandonar completamente su propio marco lingüístico. La investigación sobre la Carta de Aristeas también ha relacionado el proceso de traducción de la Septuaginta con las prácticas de los estudiosos alejandrinos dedicados a establecer y revisar textos griegos, especialmente los poemas de Homero. Esto muestra que la traducción formaba parte de una cultura intelectual más amplia basada en la comparación, revisión y establecimiento de textos.

La Biblioteca de Alejandría puede entenderse, entonces, como un símbolo de una idea fundamental: el conocimiento se desarrolla mediante el contacto entre diferentes tradiciones. La circulación de textos permitía que conocimientos de distintas regiones fueran incorporados al mundo intelectual helenístico. La filosofía, las matemáticas, la astronomía, la medicina y la literatura se beneficiaron de un ambiente caracterizado por la investigación y el intercambio. En este proceso, la traducción tenía una función decisiva. Sin ella, muchos conocimientos habrían permanecido limitados a las comunidades que dominaban las lenguas originales. Traducir significaba ampliar las fronteras del conocimiento y permitir que las ideas viajaran de una sociedad a otra. Por eso, la Biblioteca de Alejandría no debe ser recordada únicamente como una institución que reunió libros, sino como parte de un sistema cultural en el que leer, comparar, traducir, interpretar y transmitir eran actividades estrechamente relacionadas.

Nos encontramos en la próxima entrega. Y recuerden que recibimos sus consultas, sugerencias y opiniones en el correo electrónico: alejandroandresbressi@gmail.com.

(*) Bressi es vecino de Liniers, bibliotecario profesional, exresponsable de la biblioteca José Hernández, profesor de inglés, historiador e investigador de las grandes bibliotecas de la historia.

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