El recuerdo de las gélidas jornadas de receso escolar en el Liniers de antaño.
Por Daniel Aresse Tomadoni (*)
Días pasados, conversando con mi familia, recordé cómo transcurrían las vacaciones de invierno de nuestra infancia en el barrio de Liniers. A diferencia de las vividas con mis hijos, y aún más lejos de las actuales, con muchas ofertas para divertirse “sanamente y en familia”, como diría el gran Carlitos Balá, y luego de las mil recomendaciones de nuestros padres, en especial de no desabrigarnos, emprendíamos rumbo a la diversión.
Las mayores atracciones de esas vacaciones giraban en torno a tres lugares clave: el cine, los circos y los parques de diversiones.
En ese entonces la oferta cinematográfica se reducía a estrenos proyectados en tres salas: el Gran Liniers y el Martín Fierro, ubicados en forma contigua en la colectora de General Paz (lado Provincia) a metros de Rivadavia -predio que hoy ocupa el bingo- para los filmes extranjeros (generalmente producciones de Walt Disney) y el Canadian 2 -años más tarde rebautizado Odeón- para las películas nacionales, tales como alguna comedia musical con artistas de ese entonces (Palito Ortega, Sandro), las cómicas con Carlitos Balá y más tarde Los Superagentes.
Si hablamos de circos, en el terreno de la calle Cuzco, entre Bynnon y Amadeo Jacques, desfilaron los circos más emblemáticos. En 1970, “El Circo de Marrone” (continuación del programa homónimo que emitía Canal 13 los jueves a las 21 en los años 60’ y 70’) fue un éxito rotundo, a tal punto que permaneció un año instalado en ese predio de Liniers Norte. En la misma carpa, al año siguiente y como en el caso de “Pepitito” y su programa televisivo, la carpa cambió su nombre por “El Circus Show de Carlitos Balá”, flamante envío de Carlitos Balá que también emitía Canal 13 los viernes a las 20.30. En el caso del cómico del flequillo, esta carpa estuvo montada por dos años, repitiendo el éxito de la anterior. Ambas contaban con buena calefacción para disfrutar más el espectáculo en los gélidos días de invierno.
Pero allí no acababa todo. Si le poníamos el pecho a aquellas frías jornadas de vacaciones, nuestro destino era viajar a bordo de algún carrito de la montaña rusa o subirnos a los juegos mecánicos de los parques de diversiones montados, en ocasiones, en el terreno anteriormente mencionado, o en la otrora cancha de Liniers, de Gaona y General Paz. Una vez allí, los amigos más audaces nos desafiaban a tomar la bolsa de arpillera y lanzarnos por el tobogán gigante, reto que aceptábamos sin dudarlo con esa adrenalina única de la infancia.
Otra alternativa, pero cuando fuimos más chicos, eran las calesitas del barrio -como la de Don Luis, en Ramón Falcón y Miralla, o la del subsuelo de la Galería Crédito Liniers- o algún espectáculo de magos o payasos que se presentaba en las sociedades de fomento y clubes de la zona.
Ya agotadas las provisiones de caramelos, chocolates y pochoclos, el final de las salidas casi siempre lo marcaba alguna porción de pizza y una gaseosa “de parado”, en las pizzerías de la zona: San Cayetano, Liniers, Las Delicias y, si quedaba resto de dinero de la salida, La Central.
Es cierto, fuimos felices con tan poco en aquel hermoso Liniers de mi infancia… Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.
(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.
