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Rincón de letras

Una vez más le damos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad publicamos un cuento del vecino de Liniers, Eduardo Erusalimsky, en el que invita a posar la mirada en un simpático revoltoso de cuatro patas que, a su paso, recrea pinceladas emblemáticas del Liniers de antaño. Con “El Tovarich de Liniers”, el autor integró la antología publicada por el Ministerio de Cultura porteño en el marco de la celebración por el 40ª aniversario del Programa Cultural en Barrios, representando al barrio de Liniers.

De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento, relato o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Rivadavia 10718 7º Piso Dpto. 34 (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.

El Tovarich de Liniers

Así me bautizaron. Escuché por ahí que significa “camarada” en ruso, pero prefiero que me llamen Tova, a secas. Me gusta más. Me separaron de mis viejos y hermanos siendo muy chiquito. Tuve la fortuna de ser entregado a una buena familia.

Soy fruto de una mezcla infame de razas, la que en verdad se denomina tajungapul. Y para afirmarlo me traje del terruño natal varios de esos parásitos molestos que no puedo ni nombrar porque me dan picazón. Hay que considerar que salí del fondo de una casa, si a eso se podía llamar casa, donde además de los viejos y mis hermanos, estaban esos tipos raros que se hacen llamar gatos. Para que quede claro: salí de un cuarto de estrella y de golpe me encontré en un alojamiento cinco estrellas. Alojamiento ubicado en el barrio de Liniers. ¡Qué querés que te diga: un lindo barrio!

Apenas llegué tuve un gran inconveniente. Una contrariedad que me marcó a fuego para toda la existencia. Algo totalmente desconocido para mí: me bañaron. En ese sencillo, pero fatídico acto perdí el olor de mis congéneres, lo que me colocó en una situación bastante incómoda. Mientras crecía, comencé a desarrollar la habilidad de escaparme. Ranura que veía, ya sea de una puerta o una ventana, me rajaba como el que más. Y es por esa historia del baño que mi mayor placer era revolcarme en bosta de caballos. Esas cosas atávicas que tenemos los animales ¿Que dónde la encontraba? Mirá: en mi época, mediados del siglo pasado, por Liniers circulaban muchos caballos. Los usaban para tirar de carros. Acordate que en Patrón y Larrazabal había un depósito de carros de la Panificación Argentina. También los usaban los soderos, los mimbreros, incluso los basureros. Además, circulaban algunos reseros que iban camino al Mercado de Hacienda de Liniers que no sé por qué cuernos se llamaba así, si estaba en Mataderos. Todos esos tiernos animalitos, mientras caminaban por la calle, iban bosteando.

Al comienzo salían a buscarme, pero como era muy pícaro no me encontraban. Eso sí: el goce de la fuga tenía un alto costo. Apenas volvía me llevaban de las pestañas a bañar. En el fondo me querían porque los escuché decir muchas veces: al Tova sólo le falta hablar.

Cuando me rajaba tenía una hoja de ruta marcada por mi orina. Este árbol sí, el que sigue no. Los cinco próximos, sí. Me maravillaba que pudiera marcarlos al menos con una gotita. Definitivamente no podía perderme.

Vivía sobre Cossio casi esquina Tellier, dicen que ahora se llama Lisandro de la Torre. Así que salía corriendo de casa doblaba por Tellier y la primera parada era la plaza del hospital Santojanni. Para mí un gran baño. Después iba a ladrar a la caterva de gatos que se mantenían amparados por las rejas del hospital. Acto seguido me rajaba para el lado de la fábrica de jabones Guereño. Ahí entraban los camiones con el sebo proveniente de las carnicerías y frigoríficos. Algo siempre se les caía. Eso sí: tenía que tener mucho cuidado con el empedrado de Caaguazú porque con el tema de la grasa se volvía muy resbaladizo y ya me había pegado un par de palos. La siguiente parada era la plaza Sarmiento porque tenía un amor. Bueno, eso de tener era un decir. Ella era una caniche blanca, inmaculada, que se encontraba presa detrás de una reja. Había, cómo decirlo, una corriente de simpatía. Cada vez que me acercaba, ella movía la cola.

Después no me alejaba mucho más allá, porque me mareaban todas esas casitas iguales. No sé por qué cuernos las llaman “Las Mil Casitas”. En verdad nunca las conté.

Obviamente, este asunto del raje tenía sus riesgos. Debía buscar sustento. El agua la sacaba de alguna canilla que goteara, pero si no encontraba ninguna, no le hacía asco a alguna zanja. En cuanto al alimento, lo buscaba en los recipientes de basura que la gente sacaba a la calle. Eran unos tachos que se hacían a partir de latas de aceite de auto. Se forraban por dentro con papeles de diario La Prensa, La Nación o La Razón y los basureros los hacían bolsa revoleándolos desde el carro, después de vaciarlos. También eran abollados por los guachos que salían por las noches a patearlos. De allí siempre rescataba algún hueso con restos de carne y grasa que eran bocatto di cardinale. Nada que ver con la carne sin grasa, asada o a la plancha, que me daban en el cinco estrellas. Los huesos de las basuras no tenían parangón.

Es cierto que luego de la juerga volvía con trastornos digestivos, ya que solía tirarme unos gases prohibidos por la Convención de Ginebra. Pero ¿Quién me quitaba lo bailado?

Una vuelta, siendo ya mayor de edad casi me extravié, pero fue por una gran causa. Comenzó todo cuando me acerqué a una discusión canina. Era un grupo de desarrapados, como yo, que seguían a una perra que tenía un perfume especial. Nada que ver con Chanel N.º 5 o 17. Estaba en celo. Despedía un aroma que obnubilaba a mis semejantes y del que también quedé prendado. Decidí seguir al grupo un poco de lejos. Mientras andábamos por el barrio, detrás de ella, fuimos corridos por los vecinos a escobazos o baldazos de agua. Incluso alguno salió con un sifón, convencido que con el agua a presión podría calmar ánimos. A mí, con la aversión que le tengo al baño, no lograron mojarme ni un pelo.

La cuestión se trasladó rápidamente hacia el centro de Liniers. Pasamos por el mercado de frutas y verduras donde por la calle Ramón Falcón entraban y salían camiones con su carga. Aquí más de uno se ligó una patada de los changarines. Yo seguí zafando.

La inconsciente dobló por Timoteo Gordillo con destino a la avenida Rivadavia y se paró con toda la intención de cruzar. A mí, se me detuvo el corazón. Era, definitivamente, una ruleta rusa: había que cruzar la avenida y pegada a ella las vías del ferrocarril Sarmiento.

De pronto el tráfico disminuyó y con una solvencia digna de admiración cruzó sin mirar las dos cosas con un solo envión. Felizmente, no pasaba ningún vehículo, sino alguno de nosotros hubiera dejado la vida. Siguió por Barragán con destino a Fragueiro y no paró hasta cruzar la Av. Juan B. Justo. Otra frontera. Ahí entró en una casa tan tranquila como si fuera la propia. Nosotros nos quedamos afuera orinándole la puerta para que al menos le quede un recuerdo nuestro, no sé si bueno.

Nos quedaba lo peor que era volver a casa. Decí que como éramos varios, mal que nos pese nos íbamos a ayudar en el regreso a nuestras calles, gracias al marcado territorial.Eduardo Erusalimsky

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