El recuerdo de las crudas jornadas de invierno en el Liniers de antaño.
Por Daniel Aresse Tomadoni (*)
Hasta hace algunas décadas, en invierno resultaba fundamental contar con ese líquido rojo y tan necesario. Y ojo que no estoy hablando de la sangre, sino de otro elemento que durante años también fue parte esencial de nuestra vida: el kerosén.
Cuando era chico, los inviernos en Liniers eran muy crudos, y cada mañana la escarcha se apoderaba de calles, veredas y jardines, por eso calefaccionar la casa era una tarea ardua. Por aquellos días, en bidones, damajuanas y hasta en los tanques portables de las estufas, nuestros padres iban en busca del líquido rojo al almacén. Muchos acudían al de don Henares, en Humaitá y José León Suárez, que tenía unos tanques para la provisión barrial. Caso contrario optaban por acudir a la cercana YPF, de General Paz y Boquerón, donde también se conseguía.
Aún a mediados de los 60’, si bien la cocina y el calefón de casa funcionaban a gas natural, las estufas (a presión y por goteo) y el recordado calentador Bram-Metal, funcionaban a kerosén. Aún recuerdo la paciencia de los vendedores de ese entonces, que ofrecían esos artefactos en las más prestigiosas casas de la zona, como Adelqui Piatti, Casa Reppetto, Casa Martulli o la ferretería “La Avenida”. Todos especialistas en el ramo, que asesoraban en detalle sobre el funcionamiento de los productos que vendían y, en algunos casos, hasta realizaban el servicio técnico.
Las advertencias eran precisas y debían ser cumplidas al pie de la letra: “encienda la estufa con unas gotas de alcohol de quemar y luego comience a bombear hasta que las velas vayan tomando un color rojizo, pero no más porque el gasificador puede explotar. Y para apagarla, suelte la válvula de escape”. Estas consideraciones eran para las estufas a presión, mientras que para las de goteo, era más simple su manejo: “encienda el tambor con un fósforo y regule con la perilla”. Es cierto, visto a la distancia, hoy parece un instructivo bastante complejo, pero les aseguro que su puesta en marcha era un trámite fácil y cotidiano.
En aquellos días, el mix de fragancias al paso en el barrio, era interminable: los eucaliptos de los parques de la avenida General Paz, con sus maniseros y vendedores de pochoclos, las garapiñadas en la esquina de José León Suárez y Rivadavia, también el de todas las pizzerías de la cuadra (en especial la de la “Liniers”, donde freían las empanadas a la vista), desde la esquina mencionada a Montiel y Rivadavia, a los churros de “Cuore” en las cercanías de la misma esquina, los de “Fratelli” a media cuadra por Rivadavia, en la Galería Crédito Liniers.
Caminar por los pasajes en esas tardecitas de invierno, junto a las primeras sombras de la noche, implicaba percibir ese olorcito tan particular del kerosén en combustión, que inevitablemente escapaba por cada ventana. Inclusive, en algunos hogares ese aroma se mezclaba con el de las hojas de los eucaliptos, que seguramente en un recipiente con agua y apoyado sobre las estufas, hacía las veces de medicamento casero e infalible para los días fríos. En otros, a aquella mistura se sumaba el aroma de la cera, que le daba lustre a los pisos de pinotea.
¿Cómo no evocar entonces aquellos inviernos únicos e irrepetibles en mi querido barrio de Liniers? Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.
(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.
