Su abuelo, Enrique Escola, dirigió el primer Boca River de la era profesional. También impartió justicia en el viejo Fortín de Villa Luro, cuando Vélez venció 3 a 2 a Tigre en el debut en el campo rentado. Hoy Adrián, su nieto (foto), atesora varios de esos recuerdos en su casa de Mataderos.
Eran poco más de las 11 de la mañana de aquel 20 de septiembre de 1931 y la cancha de Boca -en Brandsen y Del Crucero (actual del Valle Iberlucea)- ya era un hervidero. Más de 50 mil almas se aprestaban a observar el partido de Reserva, para recién después disfrutar del que sería el primer superclásico de la era profesional.
Con varios expulsados en el match preliminar, el clima ya estaba caldeado cuando a las 14.45 Enrique Mariano Escola pitó el inicio del primer River Boca rentado del fútbol vernáculo. “Este es el silbato que usó, y todavía funciona”, dice a puro orgullo Adrián Escola, nieto del colegiado y entusiasta vecino de Mataderos, mientras lo exhibe junto a la licencia original de “Linesman de Foot-ball” de su abuelo, que atesora como verdaderas reliquias.
Enrique Escola había nacido en Buenos Aires el 15 de agosto de 1893, y aunque Adrián no llegó a conocerlo, guarda recuerdos imborrables de su abuelo de boca de su padre. “Vivía en Banfield, en una casa estilo inglés frente a las vías del ferrocarril -explica-. Porque al igual que mi padre Hugo y mi tío César, mi abuelo trabajaba en los Talleres de Remedios de Escalada de los Ferrocarriles del Sur, actual Ferrocarril Roca, más precisamente en la sección de pinturas”.
Pero volvamos a aquella tarde de septiembre de 1931 en una cancha de Boca colmada. Tanto el árbitro como sus asistentes vestían de blanco, con pantalón largo y camisa. Las crónicas de la época hablan de un “partido escandaloso”, que duró apenas 28 minutos.
River había abierto el marcador a los 17′ con el gol de Carlos Peucelle. Nueve minutos más tarde, Francisco Varallo recuperó una pelota en el área rival, eludió a tres jugadores de River y fue volteado por Beldivares. Escola pitó Penal. Lo ejecutó el propio Pancho -máximo goleador xeneize hasta Martín Palermo- y el arquero Iribarren lo tapó con la rodilla. El rebote le volvió a caer al delantero que remató y se volvió a encontrar con la humanidad del 1. Finalmente, la tercera fue la vencida y tras un segundo rebote pudo anotar el empate, no sin antes dejarle los tapones marcados al guardameta rival.
Iribarren le reclamó fervientemente a Escola la falta de Varallo, mientras este hacía oídos sordos y corría hacia la mitad del campo para reanudar el encuentro. Al arquero se le sumaron todos sus compañeros. Los más enojados fueron Beldivares, Lago y Bonelli, quienes a fuerza de reclamos excesivos y alguna que otra agresión se fueron expulsados. Poco después, el capitán Millonario reunió a los suyos y se retiraron del campo de juego. Ante esta situación Escola no tuvo otro remedio que suspender el partido a los 28 minutos.
Lo que siguió fue -al mejor estilo Pablo y Pachu- la hecatombe, la debacle total, una seguidilla de hechos bochornosos que involucraron a un público enfurecido por la suspensión del encuentro, que lanzó carteles de publicidad hacia el campo de juego y hasta prendió fuego algunos sectores del estadio, y a la policía, que reprimió con palazos y gases lacrimógenos hasta despejar la zona. Algunos días después, el Tribunal de Disciplina le otorgó la victoria a Boca por 1 a 0.
Adrián, no obstante, suma algunos detalles más, y hasta se atreve a desgranar la actuación de su abuelo. “Ese partido fue escandaloso”, comienza diciendo. “Mi abuelo cobró penal para Boca -agrega- y hasta el día de hoy se dice que estuvo mal cobrado, porque habría sido afuera del área”. Pero eso no fue todo. “Cuando echó a los tres jugadores de River que lo agredieron, los tipos se negaron a retirarse del campo de juego, entonces mi abuelo fue hasta el vestuario para relajarse, y le dijo al comisario ‘cuando yo regrese al field estos tres no tienen que estar más’. Pero cuando volvió seguían los tres ahí, entonces suspendió el partido. Así fue que Boca se quedó con el primer superclásico. Pero ganado por escritorio”, aclara quien se reconoce como un ferviente hincha de Independiente.
– ¿Y tu abuelo era hincha de algún club? ¿Cómo hacía para dejar de lado esa pasión?
– Mi abuelo era hincha y socio de Banfield, incluso llegó a integrar la Comisión Directiva, pero como buen profesional sabía separar el trabajo de la pasión. Yo conocí personalmente a Florencio Sola y a su hermano, que en aquellos tiempos eran los dueños del casino de Mar del Plata.
Enrique Escola dirigió entre 1930 y 1933, y entre sus pergaminos, se encuentra además aquel que lo marca como el primero en haber dirigido a Vélez Sarsfield en la era profesional. Fue el 4 de junio de 1931, en el viejo Fortín de Villa Luro, de Basualdo y Pizarro, cuando el equipo local se impuso a Tigre por 3 a 2.
– ¿Qué creés que heredaste de tu abuelo?
– No lo sé, pero por mi manera de ser, creo que eso de la ley y el orden. Lo mismo que un árbitro de fútbol, soy un apasionado de la justicia.
Aunque hoy haga repartos con su moto y trabaje como bachero y ayudante de cocina en el bodegón Don Emilio, de Emilio Castro y Larrazábal, Adrián se desempeñó como vigilador privado en eventos públicos y durante cuatro años fue encargado de edificios.
Apretado por la escasez de recursos, hoy tiene entre ceja y ceja una idea que vuelve a poner a su abuelo en el centro de la escena. “Estoy golpeando las puertas de la AFA, las del Museo Histórico Nacional, y hasta las de la Asociación Argentina de Árbitros, con el fin de entregar la libreta de mi abuelo y el silbato original a cambio de un buen puesto de trabajo. No quiero vender esas reliquias, pero entiendo que, al mismo tiempo de ser exhibidas para la posteridad, podrían abrirme alguna puerta”, se ilusiona, como quien aguarda el pitazo inicial para empezar a jugar un nuevo partido.
Ricardo Daniel Nicolini
