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El Torito de Mataderos (y el Carlos Gardel de todos)

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Un encuentro imaginario a las puertas del cielo entre el inolvidable Justo Suárez y el Zorzal criollo.

El espacio pincelado en un tenue tono celeste parecía un mundo invisible de paz. El tiempo es vida y la vida, tiempo; sin vida, no hay tiempo, ese tiempo se refugia en el pasado, un pasado que ya no existe. El espacio silencioso, sin arroyos, sin mariposas, sin flores. En esa dura soledad visible, suspendida por el infinito, aparecía, como una visión fantástica, un enorme pórtico sostenido por columnas de mármol blanco, griegas, romanas, egipcias. Su madera lucía un brillo distinto, suave, acogedor; a su izquierda, una puerta cincelada en rojo; a la derecha, otra grabada con tintes celestes.

Un anciano, blanca barba, ojos celestes intensos. Sus brazos abiertos enmarcaban una enternecedora sonrisa, como invitando a una bienvenida. Entre los capiteles, escrito en oro, iluminado con un sol que no existe, siete palabras, sólo siete, el número amado por los judíos, gritaba: “Todo es de dios, menos la libertad”. Abajo, sobre la cerradura, un cincel grabado con una pregunta para abrir el pórtico: “¿Tú cómo la utilizaste?”.

El ánima vagaba por el espacio buscando tímidamente un lugar. En el planeta Tierra el almanaque marcaba 13 de octubre de 1938; sin buscarlo, algo, no se sabe qué, lo presentó frente al sillón. El anciano lo miró dulcemente, con piedad, recordando su cuerpito, casi un ex bosquejo de hombre minado por la tuberculosis. “Soy Justo”. San Pedro convirtió su sonrisa en una carcajada cantada de alegría. “Ya sé quién sos, pibe, te conozco desde antes de que nacieras, sos el Torito de Mataderos”, y le cerró los brazos en un cálido recibimiento: “Bienvenido”, le dijo.

El ánima fluctuaba sin saber su destino. Miró el pórtico y suavemente susurró: “¿Puedo pasar?”. Silencio. Largo silencio. El anciano tomó sus manos: “no, pibe, todavía no, esto es el purgatorio. Estás en buen camino, pero tengo que repasar tu vida ¿Viste? en el cielo también hay burocracia. Están los ángeles, los tronos, las potestades, se estudia, pibe ¿Viste? hay demoras”.

El alma de Justo Suárez vio las puertitas a los costados. Y como ex porteño vividor, tímidamente preguntó: “¿Y por acá?”. “No, por favor, Torito, por la roja entran los malos, los asesinos, los millonarios que mandan a vivir hambrientos al mundo, que fabrican bombas, buscando tener, buscando poder. Hitler, Stalin, los dictadores, y muchos, muchos más. Es el calor eterno”. Justo cerró los ojos y atinó a decir: “¿y el de la derecha”. San Pedro contestó: “no, pibe, ahí tampoco, ahí van los santos, Teresa de Calcuta, San Agustín, don Moisés, Norberto, Oscar Decibo, todos de Mataderos, ya están en la mesa junto a Él. Mirá, pibe, ya sabés, este es el purgatorio, vas por el buen camino, alguna faltita, pero tiene solución. Fuiste ídolo, el aplauso de multitudes, yo te seguí en la buena y en la mala y voy a hacer una excepción. Para no estar solo, porque puede llevar tiempo, buscá en el espacio a otro ídolo muy parecido a vos, tuvieron cosas en común, buscá con fecha 24 de junio de 1935, y preguntá por Carlitos… Acá no hay tiempo, andá tranquilo, yo sé que la vida duele, pero nadie muere de dolor, cuando vivías estabas vivo dando batalla, vivir requiere el valor de habitar trincheras, ausencias, amores imposibles ¿Cuántas veces en Córdoba, al final, viste a través de la ventana el cielo gris, el piso lleno de hojas muertas, el viento golpear con fuerza y ya estabas regresando? Andá, pibe, hay esperanza”.

San Pedro tragó saliva y continuó. “Cuando amaste, Torito, creías que eras inmortal, pero un día, Pilar partió con tu hijo, sin una carta, sólo se fue, como expresando un vacío, llegó la soledad, cuando te adoran aquellos seres que amamos qué difícil se te hace realizar el duelo por la separación. Quedaste atrapado por lo que perdiste. A veces, escucho la puerta a la hora en que solías volver, cuando estoy adormecido estiro la mano para ver si estás, pero no, no estás, no puede ser que ya no me ames”.

Dolor, de pasar momentos oscuros, sin pareja, sin amor. Perdiste el título y a muchos que creías amigos, pero llegó el momento de cambiar, porque ese cielo, esa podredumbre. Escuchá, escuchá, escucha el sofar que suena, como una tortuga en el fondo del mar; Torito, el coro está por Alberdi, por Quirno Costa, ya será avenida del Trabajo, tu casita de Guaminí 2740, por el bajo Lugano, está en Liniers, en Rivadavia, dale campeón, dale campeón, Mataderos fue tu cuna. Mataderos en tu soplo mágico cubierto de pétalos te llevó a la puerta del paraíso.

Aparece la calle, aparece la noche, en qué lugares nuevos estás —con quién, a qué hora se fueron sin decir adiós, miro la puerta, ya deberías haber vuelto. Estoy solo, pero alguien me mantiene en pie. Vamos, Torito, estamos con vos.

Aplauden, gritan siempre, no importa lo que hagas, Torito, te aman, aplauden juntos, gritan tu nombre en coro, como queriendo fusionar sus vidas con la tuya, aplaudir sin pensar no es un error, es pasión, es misterio, Torito, te vuelvo a decir, es pasión, te aman. Los pocos que no te aman viven en un círculo vicioso de mediocridad blindada, los miles que te siguen, que llenaron el viejo estadio de River y después el Luna Park, viven ese amor misterioso. Viven esa emoción que nos llena cuando nos encontramos con el ídolo que nos completa.

Torito, tengo la sensación de que nos conocemos de toda la vida, los dos transitamos un territorio lleno de fantasmas y de ausencias. Cuántos hermanos quedaron en el camino, nunca tuviste miedo, y ¿sabés por qué, Torito? Porque nunca le tuviste miedo a la muerte. Vivir es difícil y los dos recorrimos el camino muchas veces en paz y otras veces con dolor.

La muerte cercana, las palabras nos gritan la verdad, es la despedida, el dolor, la impotencia, tu hermana Rosalía lo vivió, lo vivió bajo los cielos de Córdoba, Torito, se quedó sola, nos quedamos solos, duele perder lo que amamos, Torito. No tuviste las posibilidades de elegir el adiós, te hubiera gustado un ring, cincuenta mil personas gritando: ¡Torito, Torito! pero no fue en vano. A la distancia, no son cincuenta mil, son millones quienes te recuerdan, con esa manera de recordar que le quita su poder a tu tragedia.

El ánima con un soplo volvió al espacio. Gritando. Apretando sus puños como en su última pelea: “Carlitos, Carlitos, le pareció, sólo le pareció escuchar: ‘mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvido…’”. Se encontraron y en una mística unión se sintieron bien, como que se pertenecían.

“Contame, Torito, vos también empezaste de pibe, como yo ¿Cualquier laburo no?, conventillos, hasta que le pude comprar a la vieja el departamentito de Corrientes al 1700. Hice de todo, pibe”. “Yo también la pasé, fui lustrabotas, junté grasa ¿viste? Vivíamos en Guaminí 2740, Mataderos, calles de tierra, gente buena. En el fondo de mi casa, con mis hermanos, armamos un ring, y empecé golpe por golpe, peleaba por dos mangos, en festivales y ayudaba en casa, ¿sabés? Éramos veinticinco hermanos, había que morfar. En serio, realmente en serio, empecé en Flores, cinco rounds y lo empaté, Carlitos, no perdí, empaté; después cuarenta y ocho peleas como amateur invicto, y empecé con Lectoure. Y las gané. Las gané, Carlitos. Llené la vieja cancha de River con cincuenta mil personas. Gritaban. Gritaban. Les gané a todos. Los muchachos de Mataderos llenaban los camiones, les gané a todos. De acá, de España, de Norteamérica. Me trajeron dos tanos morrudos, les gané a los dos. Buena la pelea con Victorio: fue única. Se desató un diluvio que parecía mortal. Me resbalaba, me caía, pero los jueces, ciegos, querían que perdiera. Mi gente, en la tribuna, bramaba, y apareció mi Arca de Noé, mis muchachos de Mataderos subieron al ring y pararon la pelea. Me rescataron. Renací. Un tiempo después, salió el sol, y a Victorio lo molí a trompadas, le gané por puntos, y volvió a su Italia, apenado, sin gloria. Les gané a todos”.

“Qué grande, Torito, ya eras famoso; yo también con el dúo Gardel Razano, no es broma, fui famoso en todo el mundo. Vos fuiste un grande. Yo también acaricié la gloria, pero a vos te faltó algo en ese tiempo: La Gran Pelea”. “Sí, Carlos, fue la pelea con un artista del box, el gran Julio Mocoroa. Todo el mundo esperaba el combate, los diarios, tinta y más tinta, fue el 22 de marzo de 1930 ¡Qué pelea, Carlitos! Le gané por puntos. Todo el mundo me aplaudía, estaba arriba de todos. Y, sin darme cuenta, en el bullicio de eso que yo creía felicidad, me casé, me casé con Pilar, en realidad, Adelina Pilar Bravo; era de Lanús, linda piba, me enamoré ¿viste? Fui con ella a Estados Unidos, al Madison Square Garden, los bajé uno por uno, pero no fui solo yo, fue mi gente de Mataderos que llenó la avenida de Mayo para escuchar, por los parlantes del diario Crítica, la transmisión de la pelea. Tuvieron que cortar las calles para que no pasaran los coches. Mucha gente, Carlitos, vi la foto, estaban todos los de siempre, los míos y los Pitucos. Y, del fondo, con un hermoso sonido, ganó Suárez, les gané a todos, como treinta peleas, hasta que un día llegó Billy Petrole, caí en el noveno como un destruido peluche. Fue en el noveno, caiste, sin fuerza. Mil voces sedientas de sangre, sangre de rival, callaron. La sangre se convirtió en llanto, caía su ídolo, como en la arena, en una Plaza de Toros”. Él, con la espada para terminar la faena, sus guantes querían muerte, pero te repusiste y pudiste seguir, seguir mal, pero seguir. Fue en el noveno, en el noveno, en New York. Sí, Carlitos, fue muy duro, sin título, sin mujer, en la mala se fue con tu hijo a París. Mucha gente alrededor, pero estabas solo, solo, fue en el noveno, y estabas solo. “Nadie mi eligió. Tenían derecho: yo no quería que estuvieran conmigo por culpa o por lástima”. “Vamos, pibe, yo también las pasé. Fijate que no sé ni cuándo ni dónde nací, no te quejes, vos sabés que sos de Mataderos, yo no sé quién fue mi viejo, si nací en Francia o en el Uruguay, nunca supe el año, yo también fui un pibe pobre, y mis primeros recuerdos están en un conventillo del Abasto, sin baño, pero recuerdo que fui compañero de un santo, Ceferino Namuncurá ¿no podrá ayudar?”. “Mirá, Torito, en el Abasto cada noche llegaba con una ceniza de luz en el aire y yo con mi vieja queríamos llenar el espacio como seres felices”. “Lo sé, Carlitos, pero es duro morir solo, sin poder decir te amo, o preguntar, ¿me amás? o escuchar a alguien que me tome la mano y me susurre al oído como un chamuyo ¿Te importa mucho morir aquí ahora que estamos juntos, que estoy a tu lado al final de los tiempos?”.

Silencio. La última fue en el Parque Romano. Fue Pathenay. Sí, fue Juan, fue mi adiós. No quiso tocarme. Fui perdón, basta de monsergas, tuve que resucitar mi lado muerto, quería que saliera el sol, reírme, cantar con mi hermana, sin mirar atrás. Fue pasión, ya no importa el pasado, no está más. Carlitos, en silencio, vivía su intimidad. Cómo quisiera mirar entre dos sauces llorones a mi luna descansar. Somos muchos, vos y yo, yo y vos, muchos más. Creo recordar esos momentos imborrables. Sólo estaba el ring. Sólo el ring con mi gente. Pasión vivida como amantes”.

“Vamos, Torito, vamos al portón, obligados a caminar con esperanza, vos lo sabés, yo lo sé”. “Hay algo misterioso en el final de mi corta pero intensa vida: tuve fuerza, no sólo en el ring, sino en el alma, que se está convirtiendo en una añoranza difusa con todo lo vivido. Hay algo misterioso al ver a veces al pasar por Alberdi, tomamos valor, un valor que no es del pasado, sino que es del presente, porque siento estar ahí, porque acá en Mataderos me llevan en el recuerdo”.

Al abrir el portón la mañana brillaba con un sol de dorada blancura, como la elevación de la misa. Atrás quedaron los recuerdos, la nostalgia, la memoria. Ya no se puede reconstruir la historia, ese cruce insólito entre lo verídico y lo verosímil. Ya fue. Ya no se pueden agregar datos a nuestra historia, pero nunca más nos va a alcanzar.

San Pedro sonriente los tomó a los dos con sus manos. “Muchachos, hay algunas cositas, pequeñas, pero ya pueden entrar. Quiero contarles algo, ustedes entran juntos, el Paraíso es eterno. Recorrieron caminos distintos, pero tienen mucho en común, los dos en el momento de la despedida fueron llevados de la mano por multitudes, por la calle Corrientes, llanto, dolor, el pueblo perdía a sus ídolos, horas y horas caminando para llegar a un lugar llamado Chacarita, allí queda lo humano, uno cerca del otro, metros nada más, pero siempre hay flores, y las flores son recuerdos, de los hijos de los hijos, que los llevaron caminando por la calle Corrientes. Esas flores son vida, mientras estén cada día contemplen las lunas y los soles de Buenos Aires, ustedes estarán vivos en el corazón de los que los recuerdan”.

Postada: no te olvides, hermano, en El Cedrón de Alberdi, está el Torito; cuando puedas, solo cuando puedas, dejale una flor, sin dudas, él va a sonreír y volverá a estar con nosotros hasta el final de los tiempos

Manuel López

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