Ir al contenido

“Me costó muchos años poder hablar de esto, la angustia me cerraba la garganta”

  • por

A cincuenta años del golpe militar, la exlegisladora e histórica vecina de Liniers, Delia Bisutti, relata el calvario que le tocó atravesar durante la última dictadura. Dos secuestros, torturas y la desaparición forzada de su esposo, marcaron su vida para siempre. En paralelo, recrea la figura de su suegra, Isidora Crego de Castello, quien fuera integrante de Madres de Plaza de Mayo y referente de la Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia, de Liniers, Mataderos y Villa Luro, que desde hace más de treinta años recuerda a las víctimas del terrorismo de Estado, en la plaza de Liniers que lleva su nombre.

Desde el 2013 la plaza de Larrazábal y Caaguazú -que hasta entonces fuera apenas el anexo de la Martín Irigoyen- se llama Isidora, en recuerdo de Isidora Crego de Castello, quien como integrante de Madres de Plaza de Mayo lucho denodadamente por intentar dar con el paradero de su hijo. Su historia está estrechamente vinculada con la de Delia Bisutti, esposa de Marcelo Castello y nuera de Isidora, quien como legisladora porteña impulsó el proyecto para que esa plaza de Liniers hoy lleve el nombre de su suegra.

“Isidora era una persona muy querida y solidaria. Había nacido en La Boca, pero poco después de nacer Marcelo se mudaron a Liniers, más precisamente a Lisandro de la Torre 336, donde vivió hasta sus últimos años”, recuerda Delia en la cocina de su casa de Liniers, en diálogo con Cosas de Barrio, y luego agrega “con su esposo, que era ingeniero y personal jerárquico del ferrocarril, además de una gran persona, tuvieron dos hijos: Marcelo y Rosalía. Yo me casé con Marcelo”.

Delia cuenta que la de Isidora “siempre fue una casa de puertas abiertas”, y recuerda que durante su vida activa se desempeñó como empleada administrativa en los talleres de los ferrocarriles ingleses, “pero además fue voluntaria en varias organizaciones. Durante muchos años colaboró activamente con el Hospital María Ferrer, y una vez por semana iba a asistir a los pacientes”.

Ese perfil solidario lo había forjado en la Iglesia Evangélica Metodista de la calle Pieres. “Yo me casé ahí -señala- porque Marcelo también tenía una conexión muy cercana y militaba con un grupo de jóvenes del barrio en esa iglesia. De hecho, tanto él como su hermana fueron alumnos del colegio Ward, de Ramos Mejía, que fue fundado por la Iglesia Metodista”.

Su vínculo con la familia de Isidora se dio casi por casualidad. “No me acuerdo el día que conocí a Marcelo, pero sí el día en que conocí a Isidora. Fue en una charla que dio acá en el barrio Rodolfo Puigross. Todo el mundo decía ‘Ay, ¡qué lástima que no esté Marcelito!’, e Isidora les decía que no había podido ir porque estaba de viaje de estudios”. Luego, entre sonrisas, agrega “mi suegra tuvo un desarrollo muy particular en su vida, porque en sus orígenes era bastante gorila, pero después fue acompañando la militancia de Marcelo en la Juventud Peronista y eso la fue moldeando de a poco. Claro que, después de la desaparición, fue madre de la plaza y su militancia se potenció aún más”.

– ¿Y tu relación con Marcelo cómo se dio?

– Lo conocí poco después, en el 71’ y empezamos a salir al año siguiente, justo el Día de la Militancia, el 17 de noviembre del 72’, cuando volvió Perón y nos llenaron de gases en Ezeiza. Es más, uno de los amigos de Marcelo, de la iglesia Metodista, también se puso de novio con Liliana, de la que sigo siendo amiga. Yo para entonces ya militaba en la docencia, en La Matanza, con Mary Sánchez. Y cuando estaba en la facultad, aunque no tenía la intención de militar, me eligieron como delegada.

Juntos pusieron luego el primer local de la JP sobre Ventura Bosch, frente a la iglesia de Las Nieves. “Isidora ya nos acompañaba en este camino, pero unos años después el clima se empezó a caldear con el accionar de la Triple A, que mató a muchos compañeros, y ya después de la muerte de Perón, con Isabel y López Rega en el poder, fue una etapa muy complicada y tuvimos que cerrarlo. A partir de ahí yo seguí militando sindicalmente y cuidando de mi hijo Felipe, que era chiquito. Marcelo, por su parte, trabajaba en Entel y militaba en el sindicato de Foetra”.

La voz de Delia cobra un matiz especial y por momentos se entrecorta. Hace una pausa, toma un sorbo de café y dice “me costó muchos años poder hablar de esto, porque la angustia me cerraba la garganta. Es que no fue sólo la desaparición de Marcelo. A mí me llevaron dos veces…”.

La primera vez fue el 9 de enero de 1977, cuando estaba embarazada de seis meses de su segunda hija, María Eva. “Un domingo salíamos de la pileta de Pinar de Rocha con Marcelo, Felipe, que tenía un año y medio, Lucho y su pareja. Cruzamos la vía para tomar el colectivo en Rivadavia y cuando llegamos a la vereda mi hijo que daba sus primeros pasos se puso a caminar y Marcelo lo siguió. De pronto apareció un coche con cuatro personas armadas y nos llevó a los tres. Marcelo y Felipe se salvaron de casualidad. Me acuerdo de que pensé en tirarme del coche, pero como estaba embarazada no me animé. A Lucho no lo vimos más. Lo último que recuerdo de él es cuando lo llevaron a la sala de torturas. A su pareja y a mí nos soltaron a los cuatro días”. El relato es tan crudo y vívido, que parece proyectársele en las retinas.

Algún tiempo después supo que la habían llevado a la Comisaría de Villa Insuperable, en Quintana y Provincias Unidas, a cuatro cuadras de General Paz, que durante la dictadura funcionó como centro clandestino de detención y se lo conoció como “el Sheraton”. Allí, entre otros, estuvo detenido también el autor de El Eternauta, Héctor Oesterheld.

“Lo que viví en esos días fue terrible, e hizo que mi hija naciera con problemas. Los médicos me dijeron luego que el desarrollo del embrión se detuvo a los seis meses, justo cuando me secuestraron”, enfatiza Delia, y agrega que “unos días después, el 4 de febrero, se lo llevaron a Marcelo cuando salía del edificio de Entel, en Corrientes al 400, poco antes de que naciera María Eva. Desde entonces jamás supimos más nada de él…”.

La pausa en la charla resulta inevitable. Recorre con el índice el contorno del pocillo y las imágenes de entonces vuelven a flotar en su memoria. “Imaginate lo que fue mi vida en ese 77’: Marcelo no estaba, Felipe era chiquito y la nena con discapacidad. Desde ese momento Isidora estuvo siempre al lado mío, asistiéndome en el cuidado de los chicos, pero además empezó a militar activamente en Madres y presentando hábeas corpus por Marcelo. Una vez, incluso, en una de las recorridas en la plaza se la llevaron presa”.

Pero todavía faltaba algo más. “Una noche de agosto, yo estaba abajo en esta misma casa, donde vivía mi mamá, y de pronto irrumpieron tipos armados, rompieron todo, se robaron cosas, me encapucharon y me volvieron a llevar. De casualidad mi hijo estaba en el departamento de arriba, jugando con los primos. A la nena se la dejaron a mis padres”.

La pesadilla volvía a repetirse. “Cuando me hacen bajar me doy cuenta de que estaba en el mismo lugar que la vez anterior. La primera vez no me picanearon, y en la segunda zafé de milagro, porque me pusieron en ‘la parrilla’ (el elástico de la cama) y cuando iban a empezar se cortó la luz y no pudieron. Te aclaro que zafé de la picana, pero no de otro tipo de torturas, que prefiero no detallar…”.

Sola en una celda y con los ojos vendados, una noche Delia escuchó una voz que decía “avisale que me llame acá” y luego un número de teléfono. “Yo lo memoricé. Cuando unos días después me largaron, lo primero que hice al llegar a casa fue llamar a ese teléfono, y cuando atienden del otro lado me dicen ‘comisaría de Villa Insuperable’”.

Aunque resulte difícil de creer, allí no terminó el martirio. Al concluir su licencia por la discapacidad de su hija, en 1979 Delia, que era maestra de escuela en Laferrere, pidió el traslado a un colegio más cercano. “¿A qué escuela me mandaron? -pregunta con los ojos bien abiertos- A la que está al lado de la Comisaría de Villa Insuperable… Casualmente el presidente de la cooperadora escolar era el presidente de la cooperadora de la comisaría…”.

Con el retorno de la democracia, Delia fue a declarar a la Conadep y su testimonio, como el de tantos otros, dio lugar al avance de los juicios. “Tuve que ir dos veces a reconocer el lugar donde estuve detenida -recuerda-. La primera fue en el 84’ y te puedo asegurar que estaba tal cual como me lo acordaba, o al menos las pocas referencias que podía tener al espiar por debajo de la venda. Estaba la escalerita por la que lo subieron a Lucho para llevarlo a la sala de torturas y los calabozos donde me tuvieron detenida. También recordaba el sonido de la cortina metálica que levantaron cuando llegamos, y esa cortina era la misma. La segunda vez que fui ya el lugar había cambiado bastante, pero pude sumar mi testimonio en el juicio, y eso sirvió para que en 2017 se condenara a los dos comisarios que estaban a cargo del ‘Sheraton’, y al responsable del lugar, que dependía del batallón de Ciudadela”.

Hoy el edificio sigue siendo una dependencia policial, pero en el frente hay un cartel que recuerda que allí funcionó un centro clandestino de detención.

A mediados de los 90’ se conformó la primera comisión barrial de Memoria, Verdad y Justicia. Fue la de Liniers y Mataderos, a la que luego se sumó Villa Luro. “Tuvo como impulsora a Yenny Amaya y ella fue a buscar a Isidora, que al poco tiempo comenzó a participar activamente”, explica Delia que, junto a su suegra, fueron miembros esenciales de ese colectivo barrial que hoy continúa funcionando.

En 2003, a los 91 años, Isidora partió de este mundo dejando atrás un legado insoslayable que su nuera y tantos otros vecinos se ocupan diariamente de rescatar del olvido. Su nombre, junto a la figura en madera de un pequeño pañuelo blanco, la recuerdan a diario en una entrañable plaza de Liniers.

Ricardo Daniel Nicolini

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *