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Cuando la violencia derrama violencia

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“Jueves tiroteo. Vélez apoya el buling. Esto va a ser una morge”. La frase -con errores ortográficos incluidos- apareció escrita hace unos días detrás de la puerta de uno de los sanitarios, en el baño de hombres del secundario del Instituto Vélez Sarsfield. Con el asesinato ocurrido en el patio de una escuela de Santa Fe aún fresco en las retinas, el hecho no tardó en viralizarse y alarmar a toda la comunidad educativa. Al día siguiente, una frase similar apareció en el Instituto San Cayetano, ubicado a pocas cuadras, también en Liniers Norte, y las amenazas se replicaron luego en otros tantos establecimientos educativos de la Ciudad -incluido el prestigioso Carlos Pellegrini-, el conurbano y distintas provincias.

Tras los peritajes policiales de rigor y las correspondientes denuncias al Ministerio de Educación, las autoridades señalaron que el origen de las amenazas estaba vinculado a un “reto” impulsado desde la red social Tik Tok que, no obstante, mantuvo en vilo a alumnos y padres durante varios días. Muchos estudiantes, incluso, optaron por no asistir al colegio.

En cualquier caso, aunque los mensajes intimidatorios no se traduzcan posteriormente en hechos concretos de violencia, las amenazas se encuadran como un delito, y en la mayoría de las escuelas donde se registraron fueron tipificados como “intimidación pública”.

En ese complejo marco de situación, las noticias provenientes de Estados Unidos que hasta hace unos años observábamos con estupor y perplejidad desde el otro lado de la pantalla del televisor, hoy parecen haber llegado para quedarse. Escenas escalofriantes de adolescentes armados ingresando a las escuelas, dispuestos a disparar a mansalva sin importar la vida de quienes se interpongan, ya no son hechos fortuitos y lejanos sino bien ligados a nuestra cruda realidad.

En un mundo globalizado, regido por los designios de un capitalismo salvaje y desmedido, el espejo de los Estados Unidos se refleja cada vez con mayor intensidad en nuestro país. Con sus virtudes, pero también -y esencialmente- con sus defectos. El proceso opera en sintonía con lo que profesan sus principales referentes mundiales. En ese marco, no es casual que la admiración/enamoramiento que Javier Milei tiene por su par Donald Trump, se manifieste actualmente como el impulso que motoriza esa necesidad de copiar -a como dé lugar- el perfil cultural estadounidense. En paralelo, la liviandad con la que ambos líderes hacen un uso constante de la agresión verbal y el insulto desmedido hacia quienes osan pensar distinto, naturaliza la violencia, en una sociedad cada vez más individualista.

El culto del odio del que a diario hace gala el locuaz presidente libertario, no es inocuo ni gratuito. Su afán desmedido por dividir a la sociedad entre los “argentinos de bien” -que no son otros que los que adhieren a su particular esquema de pensamiento- y el resto, a los que suele definir como zurdos, kukas, ensobrados, basuras, soretes, lacras, mandriles, ratas y otros tantos calificativos similares, sin importar su condición de ciudadanos argentinos, ya ha empezado a calar hondo en diversos sectores de la sociedad.

Los adolescentes, como generación nativa de las redes sociales de las que tanto uso -y abuso- hace el primer mandatario, han demostrado ser los más permeables a ese discurso de odio. En muchos casos, incluso, el uso adictivo del teléfono celular, no hace más que potenciar esos mensajes, que distan mucho de impulsar una sociedad más justa e igualitaria, en la que no haya lugar para la discriminación y la xenofobia.

De hecho, los valores “judeo-cristianos” que propalan la Biblia y la Torá, en los que dice apoyarse Milei, nada tienen que ver con la agresión, la violencia, los insultos, y el atropello a los más desposeídos. Por el contrario, impulsan la base de la justicia social, esa que tanto le molesta al primer mandatario.

Tal vez sea hora de empezar a entender que el odio sólo engendra más odio. Ya sea en las redes o en la crudeza de la vida real. Ojalá nos demos cuenta antes de que sea demasiado tarde.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

(cosasdebarrio@hotmail.com)

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