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El negocio que nunca muere

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La cochería Carbone está cumpliendo 125 años de labor en Liniers y es, por lejos, el comercio más antiguo del barrio. Su historia se remonta a principios del siglo pasado, cuando aún no existía la parroquia de San Cayetano, ni mucho menos la avenida General Paz.

Según los archivos que aún hoy se atesoran, el 16 de abril de 1901 se registró el primer servicio fúnebre realizado por la cochería Cayetano Carbone e hijos, que por estas horas está celebrando 125 años de labor en el barrio, los mismos que lo distinguen como el comercio en actividad más antiguo de Liniers.

Sus orígenes, sin embargo, se ubican aún más atrás y se remontan a finales del siglo XIX, cuando un esmerado Cayetano Carbone decidió utilizar su coche tirado por caballos, con el que solía transportar pasajeros, como vehículo funerario. “Era una especie de taxi de la época, con el que llevaba gente de Alberdi hasta Liniers y de Liniers hasta Alberdi. Pero un día empezó a usarlo para transportar a la gente que se moría. Los llevaba a la cochería Vivado, que estaba en Floresta. Y fue el mismo Vivado el que lo convenció de ponerse una cochería”. El que cuenta es Osvaldo “Nelo” Ríos, marido de la nieta de Cayetano, y uno de los actuales propietarios de la casa funeraria, junto a su hijo Ezequiel.

“Esa primera cochería la instaló en Juan B. Alberdi 5840 entre Larrazábal y Oliden, al lado del mercado Demarchi, y algún tiempo después, cuando llegó el tren a Liniers, se vino definitivamente para acá. Primero estuvo en Cuzco 90 y más tarde se mudó definitivamente a esta misma oficina, de Bynnon y el pasaje Bueras”, detalla Nelo, y luego aclara “originalmente, el convento de monjas que crearon San Cayetano estaba del lado de Ciudadela, lo que sería el otro lado de la General Paz, que tampoco se había trazado siquiera. Yo tenía una foto sacada desde el tanque de agua de los Talleres Ferroviarios de Liniers y se ve claramente que para acá era todo campo”. Ezequiel suma un dato. “Al tiempo, cuando se instala San Cayetano, mi bisabuelo se viene para este local y es el primer bautizado de la parroquia”.

Por aquellos años, claro, Liniers era poco más que un pañuelo, y entre sus escasos habitantes existía un vínculo especial. Paula Nadeo, la esposa de Cayetano Carbone, era la ahijada de bautismo de Urbana, la esposa de Francisco Santojanni, el benefactor que luego impulsaría la creación del hospital que hoy lleva su nombre. De allí que la colaboración de Santojanni resultaría decisiva para el desarrollo de la cochería.

“Cuando nació la primera hija de Cayetano y de Paula -cuenta Nelo- le pusieron Urbana, como la madrina de la madre, y años después Santojanni le regaló a esa chica una casa en Amadeo Jaques y Madero. Después llegó otro hijo, José Pedro Daniel, y Santojanni le regaló otra casa. Lo mismo pasó algunos años más tarde con Esperanza, la tercera hija del matrimonio, que tuvo su casa en Alpatacal y Tellier”.

El matrimonio tuvo en total ocho hijos, de allí que el nombre de la cochería sea Cayetano Carbone e hijos. El más chico de los hijos varones fue Oscar, que nació en 1910 y era el suegro de Nelo. “Yo me casé con la mayor de las hijas de Oscar Carbone”, explica, y luego relata cómo fue que terminó vinculándose al rubro funerario. “Trabajaba en la Editorial Atlántida, pero acá hubo un sisma familiar y tuve que cambiar de rubro… Los descendientes de los hijos de Cayetano Carbone fueron mujeres, entonces los sobrinos y los maridos terminamos haciéndonos cargo del negocio, porque en ese momento no había mujeres que trabajaran en el rubro”.

Reconoce que “al principio fue difícil. Tenía veintipico de años cuando arranqué y había quilombos de familia. Paula echó a los primos y hubo que indemnizarlos. Ese juicio empezó en el 73’ y terminó en el 2000, imagínate…”. En aquellos años, el rubro funerario era sumamente rentable. “Hace medio siglo, hablar de una empresa de servicios fúnebres, era hablar de mucha plata. Pensá que acá venían a comer mediodía y noche unas 150 personas, había tres turnos de comida. Teníamos diez u once servicios por día y había que tener personal para cubrirlos…”, advierte Nelo.

Por entonces se velaba en los domicilios y la empresa funeraria debía encargarse de darle forma a la capilla ardiente. “Lo que se ve en ‘Esperando la carroza’ es apenas una parte, porque ahí estaba solamente la capilla. Pero también se llevaban las plantas con las macetas y los arreglos florales. Porque antes no había corona”, explica Ezequiel. Nelo, incluso, va unos años más atrás, y agrega “además, los servicios fúnebres se hacían con caballos. En ocasiones se llevaban seis caballos. Adelante de todo iba un palafrenero con galera manejando los dos primeros que les marcaban el paso a los de atrás. Hasta los años 60’, cuando se prohibió la tracción a sangre, los servicios se manejaban de esta manera. Se atendía las 24 horas y la gente venía, incluso, antes de que el familiar falleciera”.

– ¿Qué hace falta para hacer este trabajo? ¿Cuál es el requisito indispensable?

– (Nelo) Hay que ser humano, contenedor y respetar el dolor de la familia que perdió un ser querido. Claro que no es fácil no contagiarse de ese dolor. En mi caso, casi no tuve tiempo de asimilarlo. Lo primero que hice cuando empecé a trabajar acá fue ir a buscar muertos. Como recién empezaba me mandaban a buscar los peores, los más pesados. Pero había que hacerlo y no le saqué el culo a la jeringa. Igual antes era más humano este trabajo. Lo más doloroso es que cuando te toca asistir al servicio de una criatura.

– ¿Somos más insensibles?

– Y sí. Hace poco falleció una señora y le dije a la nieta si quería despedirse de su abuela antes de cerrar el cajón, pero me dijo que no. Hoy somos más desaprensivos, lo único que vale es la guita. Tanto tenés, tanto valés.

Ezequiel escucha a su padre, y luego agrega “también ocurre que hoy, en la mayoría de los casos, los fallecidos son gente grande, en algunos casos muy grandes, el último de la barra, no hay amigos que lo vayan a saludar, los nietos o bisnietos ya se despidieron antes. Y en todo caso, morirse es algo lógico. Es la única certeza que tenemos como seres humanos…”.

En cualquier caso, ambos coinciden en que “el negocio” cambió. “Es distinto, más distante -dice Nelo-. Se maneja con la computadora o por teléfono. La gente ni viene, se transformó en un trámite administrativo. De hecho, en el verano, hay gente que nos contrata el servicio y se va de vacaciones, se desentiende por completo”.

– Parte del trabajo de ustedes es el de la tanatología ¿Verdad?

– (Ezequiel) Claro, y tiene dos variantes. La tanatoestética, que es el procedimiento que se le hace al cadáver previo a ser velado, cuando se lo maquilla, se lo afeita, se lo prepara. Y la tanatopraxia, que es algo más complejo, e implica sacar los líquidos del cuerpo y reemplazarlos por conservantes. Muchas veces se hace por cuestiones ecológicas y otras porque el cadáver debe ser sacado del país.

– ¿Los puedo llevar a un terreno más distendido? ¿Habrá alguna historia más simpática para contar?

– (Nelo) Yo tengo. Una vez me tocó maquillar a una señora, y cuando empezó el velatorio el hijo me pidió que le sacara el maquillaje porque dijo que la mujer jamás se había pintado ni los labios. Tuve que ir a comprar desmaquillante y acetona, porque hasta le tuvimos que despintar las uñas… ¿Querés más? Otra vez, una familia contrató el servicio, fuimos con toda la parafernalia a la puerta de la casa y cuando llegamos el muerto estaba vivo. Y eso nos pasó más de una vez.

– ¿Puede ser que el velorio, como ceremonia de despedida, sea cada vez más infrecuente?

– (Nelo) Sí, hoy casi no existe. Antes la gente lloraba a moco tendido al lado del cadáver, no se le despegaba, y hoy eso casi no ocurre… Las cosas cambiaron. Antes, los tanos y los gallegos que llegaban a este país, primero se hacían la casa, y después se hacían la casa en el cementerio, la bóveda familiar. Hoy se muere un vecino y el de al lado ni se entera. (Ezequiel) Te diría que los únicos que siguen a rajatabla la tradición del velorio son los inmigrantes latinoamericanos, sin importar incluso el estado en el que se encuentre el cuerpo.

– En cualquier caso, el de ustedes es un negocio redondo. Clientes no les van a faltar nunca…

– No es tan así, porque el cliente también se muere, y en este trabajo pesa mucho el contacto, las referencias y el vínculo que uno establece con cada familia.

Ricardo Daniel Nicolini

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