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El dolor de ya no ser

A setenta años de su pomposa inauguración, la Galería Crédito Liniers -de Ramón Falcón y Carhué- es una mezcla de nostalgia y desolación. A merced de la recesión y la crisis económica, casi la mitad de sus más de ochenta locales comerciales lucen el cartel de “se alquila” o “se vende”.

Cualquiera que ingrese a la Galería Crédito Liniers, el histórico paseo de compras de Ramón Falcón y Carhué, podrá escuchar con nitidez el eco de sus pasos sobre el lustroso piso de baldosas. Para algunos, incluso, aquel laberinto de pasillos prolijamente diseñados en las entrañas de una de las manzanas más tradicionales del barrio, será una especie de túnel del tiempo que los remontará sin permiso a los años olvidados de la infancia o la adolescencia. En cualquier caso, adentrarse hoy en la mítica galería de Liniers implicará toparse con un panorama anodino y desolador: ya no hay rostros que se reflejen en las vidrieras, ni clientes transitando pasillos o escaleras. Y lo que es peor, casi la mitad de sus más de ochenta locales comerciales lucen el cartel de “se alquila” o “se vende” y en muchos otros se observan papeles de diario tapando las vidrieras. De los que aún permanecen activos, sólo un puñado se atreve a abrir sus puertas, fundamentalmente aquellos que dan a la calle. Otros optan por colgar el impreciso cartel de “ya vuelvo” o aquel en el que directamente se lee “cerrado”. “La mayoría de los que tenemos local en el interior de la galería nos manejamos con ventas digitales, por eso abrimos cada tanto. Coordinamos un horario con el cliente para que pase a buscar el producto y listo”, explica Daniel, que tiene un local de artículos de colección en el primer subsuelo.

Inaugurada en 1956 -hace exactamente setenta años- la Galería Crédito Liniers fue una muestra acabada de lo que este populoso barrio del oeste porteño era capaz de hacer por entonces en materia mercantil. Su singular diseño con bandejas escalonadas a los costados, techos abovedados y escaleras en el medio, sumado a la diversidad de locales comerciales que reunía prendas de vestir, joyería, electrodomésticos y artículos para el hogar, no tardó en atraer público de diversos puntos de la ciudad y el conurbano bonaerense.

Sin embargo, la decisión de su creación no fue nada fácil y muchos vecinos de entonces lamentaron que el nuevo paseo comercial ocupara el predio que hasta poco tiempo antes albergara al imponente y majestuoso cine teatro Edison, por el que habían pasado figuras de la talla del mismísimo Carlos Gardel, Florencio Parravicini, Tita Merello y Hugo del Carril, pero al que el auge de la televisión le había quitado público. Fue entonces cuando el viejo Crédito Liniers -la señera entidad bancaria creada algunos años antes por el centro de comerciantes local- se encargó de proyectar y financiar la obra de la galería que aún hoy lleva su nombre, y que fuera diseñada por los afamados arquitectos locales Francisco García Vázquez y Odilia Suárez.

Con acceso por avenida Rivadavia, por Carhué y por Ramón Falcón, el flamante paseo de compras lucía todo su esplendor en la planta principal, el primer piso y los dos subsuelos, que a poco de su inauguración eran recorridos diariamente por la increíble cifra de más de cien mil personas. “Se trata de la galería más grande de Sudamérica, por extensión en metros cuadrados y por la extraordinaria cantidad de público que la visita: de cien a ciento treinta mil personas diarias”, informaba con su tono característico el locutor de Sucesos Argentinos, en un documento fílmico de la época que atesora el Archivo General de la Nación, y en el que se observan locales de indumentaria para damas, caballeros y niños, joyerías, y hasta la emblemática casa de electrodomésticos Barba Hermanos.

Con el paso de los años, aunque mantuvo su estructura original, la galería fue renovando sus propuestas y fueron llegando comercios y atracciones que han sabido disfrutar y aún recuerdan varias generaciones de vecinos. Así, en el primer piso, sobre el acceso de Rivadavia, funcionó durante décadas el Centro Cultural del Disco, que en sus amplias bateas ofrecía simples, longs plays y casettes con los principales intérpretes del momento. Aún hoy hay quienes conservan el carnet que los habilitaba a escuchar música en las cabinas -con enormes auriculares- y a obtener importantes descuentos en las compras de material discográfico.

En la entrada de Ramón Falcón, pero en el subsuelo, se recreaba el sector destinado al púbico menudo, que atraído por la música pegadiza de los clásicos de Gaby, Fofó y Miliki pasaba tardes enteras girando en la calesita o disfrutando de los juegos con cospeles. Los mayores, por su parte, aprovechaban para tomar un café en el bar lindero o degustar los pebetes recién hechos que se lucían tras las campanas vidriadas. Más de una jornada solía finalizar en la peluquería infantil, que se ubicaba a pocos metros, donde por lo general se imponía el corte taza, el mismo que había popularizado un tal Carlitos Balá.

En otro subsuelo, sobre el acceso de Carhué, supo ser parada obligada para muchos el bar “La mosca loca”, aunque otros optaban por el del primer piso, “Nao Sao”, más conocido como “la pecera”.

Hace pocos meses dejó su local calzados Villanueva. Ese comercio, ubicado sobre el acceso de Ramón Falcón, era un clásico de Liniers y uno de los más antiguos de la galería, cuya propietaria solía oficiar como administradora del paseo de compras.

“No es fácil sostener un local acá”, expresa Silvana, titular de una de los pocos locales de indumentaria femenina que aún se mantienen abiertos. La escasez de público y el elevado valor de los locales parece haberse transformado en un cóctel letal. “Alquilar actualmente un local en el interior de la galería tiene un costo mensual que oscila entre los 300 y los 400 mil pesos. Y los que dan a la calle, pueden superar los 500 mil”, explica Juan Pablo Rucci, de Rucci Propiedades.

En ocasiones, algunos estudiantes de arquitectura suelen visitar la galería y destacan la singularidad de sus techos -que hoy lucen descascarados- con sus espectaculares bóvedas cónicas, del estilo de la ópera de Sydney. Junto a ella, su hermana menor, la Galería Liniers -que comunica Ramón Falcón con Rivadavia a través de un largo pasillo- muestra un panorama menos desolador, y no son pocos los que la recorren a diario.

Mientras la recesión y la compleja situación económica continúan horadando lentamente sus entrañas, el silencio de los pasillos de la galería Crédito Liniers se empecina en replicar el eco de un pasado de gloria que apenas late en el recuerdo. O al menos eso parece.

Ricardo Daniel Nicolini

8 pensamientos en “El dolor de ya no ser”

  1. La galería es Hermosa pero lamentablemente la dejaron estar y le sacaron hasta los bancos de plaza que uno se podían sentar. Deberían pintarla poner alguna cafetería y volver a poner bancos y van a ver como repunta de nuevo.
    No es la crisis! Es el problema que no la mantienen! Sino miren la galería de al lado que linda que está y como funciona

  2. Pero si ni Luces le ponen a esa galeria como no va decaer? Cambien de administracion pongale un poco mas de vida y van a ver como vuelve a repuntar! Los unicos culpables son los dueños de los locales y la administracion que no hacen nada por mantenerla como debe ser.Se joden ellos mismos.

    1. La galería es hermosa, tiene tiempo tres entradas, tres niveles, un lindo paseo de compras (venido a menos). Tiene muchas posibilidades, conservando su identidad pero modernizando el lugar y con mantenimiento. Alquileres más accesibles pero con ideas de negocio que vitalicen la galería. Sería lindo verla renovada!

  3. La galería es hermosa, tiene tres entradas, tres niveles, un lindo paseo de compras! (venido a menos). Tiene muchas posibilidades, conservando su identidad pero modernizando el lugar y con mantenimiento. Alquileres más accesibles pero con ideas de negocio que vitalicen la galería. Sería lindo verla renovada!

  4. De niño me llevaban mis padrs a la famosa klesita q la han retirado ya hace varios años,es una pena,los dias d lluvia es el TREN FANTASMA,D TODOS MODOS SIGO YENDO A MI PELUQUERA CRIS q es exceelnt en su labor. M.

  5. Una pena… yo vivi en Liniers, casi enfrente a la fabrica de Guereño, hasta mis 8 años, 1976. Despues me mude a San Justo y, cuando tuve la edad suficiente como para viajar en el 174, iba frecuentemente al Centro Cultural del Disco. Mientras subia las escaleras iba “orejeando”, imaginando que disco iba a poder conseguir y, como dice la nota, con un lindo descuento, ya que me habia hecho socio. Todavia tengo el carnet. Cuando cerro, tuve que buscar otras opciones y termine emigrando hacia disquerias de A. Santa Fe, el Centro y Belgrano. Hace mucho que no ando por el barrio, ahora vivo en Flores, pero ya ver la foto que ilustra la nota me transporto a esos años. Es un mal extendido el de las galerias… una lastima…

  6. Si mal no recuerdo no es que no le quieran poner amor, siguen con problemas judiciales/económicos generados por el incendio de decadas atrás.

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