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Cuando el hambre y las carencias exudan poesía

Una mirada poética sobre la encomiable labor que desarrollan los merenderos y comedores populares del barrio.

La ráfaga de hace un tiempo, telas en un alambrado, detrás de Ciudad Oculta, entre la Ciudad y la Provincia. El llamado fondo de Mataderos, ahí nomás de Lugano. Una pieza grande en una casona vieja. Un hombre mayor se las arreglaba para servir a sus visitas más o menos a las cinco de la tarde.

Manuel, redactor de este periódico, fue una vez, puntual como Lorca, su poeta preferido. Fue a las cinco de la tarde, cuando los merenderos no recibían viandas del Gobierno de la Ciudad. Y su impresión aquella fue un relámpago que zigzagueó en un poema.

Casillas. Carbón. Como en La caverna de las ideas del filósofo griego, se proyectan luces y sombras que ocultan lo esencial, en este caso, muy visible a los ojos.

Todos los días, desde entonces, Manuel se pregunta: ¿hoy tendrán mercadería? ¿Hoy comerán? ¿Tendrán su pan, su leche? ¿Cuándo es hoy? ¿Todos merendamos todos los días? Telas en un alambrado y, cerca, los chicos tenían una canchita. Cerca también un lugar para las trenzas de las niñas, que cantaban y bailaban y se sacaban el frío de la noche.

Una instantánea. Una crónica. El ojo asaltado por una escasez. Fue ese día. Manuel, redactor de Cosas de Barrio, oriundo de Mataderos, servicial a Mataderos y sus necesidades, no sabe qué día exacto fue ese en el que nadie mordió una galleta, pero escribió como un beso rapaz a la boca vacía que lo conmueve, en una inmensidad de unos versos inmensos, como los que Lorca. Quizás, escribía a las cinco de la tarde. De la tarde, a las cinco, Manuel fue a aquel merendero.

Escribió sobre eso que, sin lugar a incertidumbre —y más en esta nueva y demencial coyuntura— es una inminencia. Sorber y tragar y que no sea ni aire ni saliva puede decirse que es una espada que pelea y asusta por un rato a un monstruo que se corre, que no se hace carne, que no nos asegura que todos mordamos algo todos los días, que todos estemos lo suficientemente hidratados. Que volverá. Siempre vuelve. Y Manolo, Quijote contra molinos de viento, intentará entregar su paz, desde su posibilidad, al crujir de una panza, con las lanas que dona para que se teja un texto diferente en el invierno de los carentes.

“Solo dos peces”, escribe Manuel, mi amigo Manolo, el hombre que vino a mi vida a recordarme la bondad, a ratificar también mi camino. Que esta Navidad y este fin de año la merienda y la cena se extiendan como un milagro y como un acercamiento humano para todos. Como hizo él, cerciorándose antes de que se imprimiera este artículo acerca de que los merenderos de su barrio y aledaños estuvieran abastecidos. Aunque todo también es una duda, de quien escribe, de quien sea: nadie desconoce el entramado cuyos hilos de intereses al acecho marcan el interés del momento.

Pero algo es casi una verdad: todos somos iguales cuando tenemos esperanza. Cuando tenemos una especial esperanza a las doce del 31 de diciembre, como si nos abordara otra vida el primero de enero. Ojalá ocurra el milagro, o que empecemos día a día a enarbolarnos en un sentido humano, casi perdido. Es casi una verdad que nos perdimos como humanos.

¡Feliz Navidad, mi querido amigo Manuel López! ¡Feliz año! Gracias por la sorpresa que sos en mi vida. Por la merienda de sabiduría de algunos jueves. Por tu solidaridad. Por ser tanta gente en un solo hombre. Por enseñarme, desde otra perspectiva, sobre tiempos remotos y actuales de Liniers, Mataderos, Parque Avellaneda, por donde durante años anduve para atraparle una crónica al diario en el que ahora escribís: Cosas de Barrio. Y otra vez, entonces, todos juntos. Salud.

Gisela Mancuso 

Sólo dos peces ¿O son más?

Fría, muy fría la noche,

mucha escarcha en el suelo,

mucha escarcha en los huesos.

Un alambre con las telas cartoneras,

separando la opulencia

con una villa desierta.

Casi ausentes de la vida,

fantasmas dentro con fuego,

sombras por fuera volando,

empujados por el viento.

A lo lejos suena un coro.

eran niñas, solo niñas,

con un brasero en el centro.

Calor, hermoso calor

que arrullaba un dulce cuento.

“La farolera tropezó

y en la calle se cayó,

y al pasar por un cuartel

se enamoró del coronel”.

El merendero vacío,

sin polenta y sin arroz.

El hombre estaba vencido,

mirando a su alrededor.

La olla siempre vacía,

sin un fuego y sin calor.

Sólo una mísera rata

devorando escombros,

buscando un poco de pan.

En la puerta, larga fila.

Mano a mano, hueso a hueso,

con los cráneos reventados,

casi fantasmas con piel,

con un porro mentiroso.

Esqueletos caminantes,

ex bosquejos del horror.

En la mano temblorosa,

un cacharro nada más.

Esperando un guiso nulo,

agua turbia,

dos fideos,

poco más.

El último sin esperanza,

recordando su pasado,

una canción entonó:

“Hoy ya no tengo nada,

todo, todo se perdió.

Mi torno con mil deudas

como todos me dejó.

Ni una mísera tuerca

por el suelo ya rodó.

¿Que habrán hecho mis manos?

Ya sin dedos se quedaron,

¡qué vida esta, señor,

la puta que lo parió!

“Quiero una sola bomba

y quiero demolición

sin mecha sin ruido,

que estalle y que termine

con este mundo de mierda,

con muertos por doquier,

sin sepulturas y sin piedras”.

La fila, muertos de hambre,

en silencio aprobó.

Hambre y muerte.

Muerte y hambre,

¡la puta que los parió!

Cuando un niño,

solo un niño al merendero llegó:

“señor, señor, traje dos peces”.

Eran dos peces

que del arroyo sacó.

Con un gesto de pereza,

el hombre se levantó.

Miró la bolsa,

una sonrisa escondida.

El abrazo fue muy fuerte,

y el silencio los cubrió.

Son dos peces,

es muy poco,

pero el niño,

como un ángel,

simplemente respondió:

“En mi casa

hay mucha hambre,

mucho dolor, señor;

yo me crié en la pobreza,

mi cuna fue tierra y bosta,

yo quiero un mundo mejor”.

Hay una fila en la sombra,

casi muertos;

con los ojos,

sin mirar

a este mundo adormecido.

El niño siguió contando:

“Dios ha muerto.

Me contaron que un filosofó loco,

con la boca llena de sangre,

una tarde vomitó:

Dios ha muerto.

Ya lo sé, es cierto,

eso es cierto, señor.

Pero también — yo lo siento—

que un día resucitó”.

A lo lejos con el fuego,

el coro de cinco niñas,

solo cinco niñas,

toda la noche cubrió:

“Farolera, farolera…

Dos y dos son cuatro,

cuatro y dos son seis,

seis y dos son ocho

y ocho dieciséis”.

El niño giró su rostro

y vio su bolsa agitar

con cien peces que saltaban,

y al principio fueron dos,

y luego seis,

y luego doce.

Para hacer pan, fue el milagro,

y la fiesta comenzó.

El comedero de fiesta.

El agua turbia de pozo

en vino se convirtió.

Y la danza de los locos,

locos, locos,

nueva vida amaneció.

Las tripas resucitadas

bailaban frenético rock.

Al fideo y la lechuga

un bolero los unió.

Y solos, en el espacio,

el chorizo y la morcilla

en un tango del adiós.

El niño llegó al arroyo,

el agua corría mansa

y unas flores amarillas

adornaban con amor.

Él solo tomó una rama

y en el suelo escribió:

“Gracias, señor, mil gracias,

el mundo ya está mejor”.

Setenta veces siete,

Setenta veces, señor.

Manuel López

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