Cuando la casa de los abuelos es una puerta abierta a la cultura
Vecchia República, un mojón de historia, arte y gastronomía en el corazón de Mataderos.
Muchas veces cruzar una puerta implica sumergirse en un mundo distinto, pero pocas puertas invitan a traspasarlas para viajar en el tiempo en un abrir y cerrar de ojos. Eso es lo que indefectiblemente le ocurrirá a quienes ingresen a la casa de Larrazábal 1251, a metros de Juan B. Alberdi, donde desde marzo pasado funciona Vecchia República. Del otro lado de la pesada puerta de madera aguarda impaciente la Buenos Aires de las primeras décadas del siglo pasado, donde todo es una postal de época. “Es una casa museo, un lugar de encuentro en el que se establecen vínculos y se fortalece la identidad barrial, con propuestas artísticas y gastronómicas”, resume Federico Menegazzi, su dueño y creador, y ante la pregunta de cómo surgió el proyecto, dispara “yo creo que a veces las ideas están reservadas en la cabeza para un momento específico, igual que cuando crece una planta, se da porque las condiciones son propicias”.
Todo comenzó a fines de 2021, en plena pandemia, cuando falleció su tío y había que resolver el destino de esa casa. “Él ya no vivía acá -explica- estaba a seis cuadras. Los últimos que la habitaron fue una familia que se fue sin pagar el alquiler y dejó un caos”. Cuando Federico volvió a entrar después de tantos años, supo que tenía por delante un desafío que estaba dispuesto a afrontar. “Algo me dijo que tenía que restaurarla, pero al sufrir un abandono de décadas y no estar en las mejores condiciones, no fue fácil poner en marcha esa idea”, recuerda.
Fueron casi tres años de labor los que le llevaron poner en valor esa vieja casa chorizo conservando cada detalle de su estructura original. En marzo de 2022 comenzó por los pisos calcáreos y luego siguió con los de pinotea. Cada habitación es temática. En una se recrea una pulpería, con la barra, el tocadiscos a manivela y una vieja heladera Siam -todo en funcionamiento-; y en la otra un teatro antiguo, con molduras, casetones y ornamentos de época. Además de la restauración, Federico se encargó de la ambientación. Cada arreglo fue obra de sus propias manos. “Tengo los planos de una refacción que se hizo en 1928, cuando la compró mi bisabuelo materno, de apellido Alonso González, pero hace unos días vinieron un arqueólogo y un especialista en patrimonio que estiman que la casa se construyó en la década del 10’, es decir que tiene más de cien años”, subraya Federico, cuarta generación mataderense.
Como en cualquier casa chorizo, ambas habitaciones se comunican a través del patio, donde hoy se luce la bañera original de la casa, con patas de león, a la que Federico transformó en una fuente con peces y plantas acuáticas. “Revolviendo unos papeles encontré la boleta que le dieron a mi bisabuelo cuando la compró, le salió 100 pesos”, cuenta a pura sonrisa.
Un pasillo estrecho conecta el patio con el jardín del fondo, “donde originalmente no sólo había gallinas, también faisanes -remarca- por lo que pude ver en una foto”. Ese archivo fotográfico fue el que le permitió reconstruir la casa a imagen y semejanza de su estilo original. Y las pruebas están a la vista, con las imágenes del antes y el después de cada sector de la casa. Hoy ese fondo, rodeado de una cálida vegetación, le da forma al escenario en el que suelen presentarse diversos artistas. Frente a ese escenario, en lo que era el viejo cuartito del fondo, Federico ambientó un viejo vagón de tren, al que sólo le falta el impulso de la locomotora. Y hacia el final del terreno, cosecha gírgolas, berenjenas, morrones y algunos hongos, con los que suele preparar un sabroso escabeche. Es que la restauración de la casa no es sólo a nivel estético sino también culinario. “Por eso en el menú de Vecchia República hay muchas conservas, algo muy de las abuelas”, explica.
Federico se crió y vive en Mataderos, y durante los veranos trabaja en Villa Gesell haciendo tatuajes de henna con un amigo. Pero su título de grado dice que es licenciado en Artes Visuales, por eso siempre intenta buscar en lo cotidiano un costado artístico, cultural e histórico. “Organizo actividades temáticas con la gastronomía típica de cada país, por eso cuando hago almuerzos italianos convoco a un tenor a cantar canzonettas”, cuenta y remarca que él también se encarga de cocinar los platos tradicionales que se sirven en la casa. “Soy de buscar e investigar viejas recetas. Ya me le animé, por ejemplo, a la bagna cauda, que es una salsa de Piamonte que lleva anchoas, crema y ajo, y hasta tuve el visto bueno del tenor”.
Además, se organizan dos milongas por mes, encuentros de rap, rock -se hizo un especial de Charly García y otro del Flaco Spinetta- jazz, flamenco, cumbia y, por supuesto, peñas folclóricas. “También -recuerda- armamos encuentros de teatro, de cine y de danza y se ofrecen cursos de fotografía y cine. Ah, y en las fiestas patrias le metemos al locro y las lentejas, además de empanadas al horno de barro que está en el jardín”. Por fuera de esos eventos puntuales se suma el menú habitual, que incluye bondiola a la cerveza, pollo al strogonoff, cazuela de calamares, milanesas, pizzas y diversas opciones de pastas.
La casa abre de jueves a domingo y ofrece merienda y cena. Además, los jueves y domingo se sirve almuerzo, y los viernes y sábado se extiende de 19 a 2 AM, con cena show. Aunque Vecchia República abrió sus puertas oficialmente en marzo pasado, ya participó como sede en la reciente edición de La Noche de los Museos y en la Semana del Patrimonio. Aún se luce en una de las paredes del patio una muestra fotográfica de Justo Suárez, con imágenes inéditas del recordado boxeador de Mataderos.
El nombre surgió de un juego entre el español y el italiano, con un guiño a la república de Mataderos. “Vecchia por lo antiguo de la casa, y también hay algo de mí, porque mi apellido paterno es italiano y el materno es español”, argumenta Federico.
Vecchia República ya es hoy un lugar de encuentro, como solían ser esas casas antiguas en las que se juntaban los inmigrantes en el patio central. “Mucha gente me dice que le hace acordar a la casa de sus abuelos y algunos hasta me trajeron objetos antiguos. Una señora me regaló una plancha a kerosene, que todavía funciona”. Pero Federico sabe que con la recuperación de la casa existe además un homenaje encubierto al legado familiar. “Donde sea que estén ellos, supongo que se les debe dibujar una sonrisa”, asegura, y agrega que la puesta en valor del inmueble es también una actitud de resistencia frente a la lógica de deshacerse de lo antiguo. “Hoy si se vende alguna de estas casas, se la demuele para hacer un edificio, y el barrio se va quedando sin historia. Por más que haya una ley, la mayoría de estas casas no tiene protección. De hecho, acá al lado hace poco se demolió una y ya están por hacer un edificio”, puntualiza.
Sobre una de las mesas del pasillo de entrada, se lucen dos viejos panfletos del emblemático Frigorífico Lisandro de la Torre. “Mi abuelo y mi bisabuelo materno trabajaron ahí, por eso tengo archivos originales de la protesta y del llamamiento a la histórica huelga”, explica el curador del legado.
Con la temporada de verano a la vuelta de la esquina, Vecchia se va a relanzar en marzo, cuando Federico vuelva de la costa, con nuevos talleres y propuestas. “La idea es seguir creciendo, porque esto es como cuidar una planta, recién mostró algunos brotes, ahora hay que lograr que se convierta en un árbol y de los primeros frutos”, concluye.
Ricardo Daniel Nicolini
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