Tu jardín con enanitos
La casa de Liniers que atrae todas las miradas por las figuras de historietas y personajes de la tele que se lucen en la entrada. La historia oculta detrás de una idea original, que merece ser contada.
¿Quién no soñó alguna vez con perpetuar aquello que nos hizo felices? ¿Cómo condenar al arcón de los recuerdos lo que en la infancia y la adolescencia fue sinónimo de alegría?
La diapositiva nostálgica de la felicidad de Andrea Cota se proyecta en la geografía de Liniers, barrio en que aún sigue viviendo. “Nos mudamos a esta casa cuando yo tenía 9 años”, explica, y cuenta que por las tardes “iba a andar en bici a los pasajes y me pasaba horas con mis amigas recorriendo el barrio”.
Su casa -ubicada en Murguiondo 67, frente a la escuela República de Corea y en diagonal a la estación de servicio- es inconfundible y difícilmente pase desapercibida. Un jardín en altura plagado de figuras de historietas y personajes de la tele atrae todas las miradas. “Desde que era chiquita amé los jardines, y este tenía un montón de flores, pero desde que empezó la obra del edificio de al lado me cae material y se me hizo difícil cuidarlas. Entonces decidí cambiar las flores por los muñecos”, resume Andrea a pura sonrisa.
La idea surgió hace seis años. Primero arrancó ubicando los típicos enanos de jardín y algún conejo, “los que habitualmente venden en los viveros”, hasta que un día se dijo ¿Por qué no poner otro tipo de personajes? “Poco después -relata en diálogo con Cosas de Barrio- di con una chica que se ofreció a hacerme unas ranitas jugando a las cartas, que todavía están puestas, y me encantaron. Entonces le pedí que me hiciera un Isidoro y le salió bárbaro. Ahí arrancó todo”. La ecuación es simple: “ella es artesana, yo le pido el personaje que quiero y ella lo hace. Lo más loco es que ella no se dedicaba a eso, pero a partir de ahí lo empezó a hacer y le va bárbaro. Vive en el interior de la Provincia y me los manda con un remis”.
Las estatuas están hechas del Telgopor recubierto con yeso y tienen una vida útil. “Me duran dos o tres años y en ese tiempo yo les voy arreglando la pintura. Pero cuando ya pierden la forma, los cambio por otras”, explica. Actualmente son 18 los muñecos que surgen de su mente y que habitan su jardín. “Ya casi no tengo lugar”, se lamenta, pero, a modo de primicia, adelanta que ya encargó a la Mujer Maravilla y a Clemente. “Voy a tener que sacar a las ranitas que están hechas bolsa, pero les tengo cariño porque son las primeras…”.
La gente que pasa por la vereda se queda mirando, y varios sacan fotos con el celular. “Los nenes no se quieren ir y les preguntan a los mayores por los nombres de los personajes que no conocen. A veces escucho que dicen ‘¡Qué lindo jardín!’”, cuenta la autora intelectual de esta obra multicolor digna de Marta Minujín. “Mi casa es la única de este tipo. Y si hay otra es porque me imitaron”, subraya la abogada, quien además se jacta con orgullo de ser hincha de Vélez y socia vitalicia.
“Mi mamá era más tradicional, más elegante -recuerda- ella prefería las plantas y los tonos uniformes. Pero a mí siempre me fascinaron los colores llamativos. Luego de que ella falleció planté alegrías del hogar y petunias de todos los colores, pero se secaron enseguida, entonces se me ocurrió lo de los muñecos”.
Hoy su casa está flanqueada no por una sino por dos obras en construcción. Dos edificios que en pocos días más rodearán el chalet para transformarlo en un acorazado. “Las obras son una tortura, no sólo por la suciedad y el polvillo, sino porque hay ruido a toda hora… Todo eso me cambió la vida. Mi mamá siempre decía que era un privilegio vivir a media cuadra de Rivadavia y tener esta paz. Pero esa paz hoy ya no existe”, se lamenta.
De pronto su mirada se nubla y parece invadida por la nostalgia. “Antes los vecinos éramos una gran familia, nos conocíamos todos -evoca-. Pero ahora no sabés si el que camina por la vereda es vecino tuyo o está de paso. Claro que me gustan los barcitos que pusieron para el lado de Villa Luro o Emilio Castro, pero si me das a elegir, me quedo con el Liniers de mi infancia y mi adolescencia”.
– ¿Recordás vecinos de la cuadra de aquella época?
– Claro, mi vecina de siempre, que es como mi hermana, Gabriela Pantuso, sigue viviendo enfrente. Horacio que está al lado de la fábrica de plantillas, el almacén de José, que es histórico y uno de los pocos que queda en pie en la ciudad. Con José soy amiga, nos conocemos desde siempre, nos queremos. Después hay otros que ya no están, los Feler, los Giachietta, no sé…
Hoy la acompañan clásicos de García Ferré, como Larguirucho, Súper Hijitus y Trapito; Mafalda, Patoruzú, pero también están el burro de Shrek, Betty Boop, Bart, Homero y Marge Simpson, la Pantera Rosa, Jessica Rabbit y algunos superhéroes. “Y todavía tengo al príncipe, que es muy pesado y no lo pude llevar al fondo. El otro día escuchaba desde la ventana que decían ¿y ese quién es? ¿San Martín?” (risas).
Andrea cuenta que en el fondo tenía una enamorada del muro que había tardado quince años en crecer y dar flores, pero “con las vibraciones de la obra y la mugre se secó. Entonces hice unos murales como de playa y les agregué dos delfines, dos caballitos de mar. Y en ese jardín del fondo está la princesa, por eso le quiero llevar al príncipe, para que vuelvan a estar juntos (risas)”.
Andrea no sólo se destaca por la singularidad de su jardín, sino también por el Clío testarossa, que suele dejar estacionado en la entrada. “Quedé obsesionada con una peli que vi a los 12 años, Socios, se llamaba, con Ryan O’Neal. Eran dos policías y como uno se tenía que hacer pasar por gay andaban en un Volkswagen rosa. Resulta que un día me chocaron y lo tuve que pintar. El auto era blanco, pero le dije al chapista que lo pintara de rosa, el color de mis sueños ‘¿Vos estás loca, me estás cargando? Mirá que no lo vas a poder vender, eh…’, me dijo. Pero yo insistí ‘lo quiero rosa, y si lo quiero vender lo vuelvo a pintar de blanco’. A la semana, ya me lo querían comprar…”, recuerda.
Una sonrisa plena le vuelve a iluminar el rostro y dispara: “mi vida es una excentricidad: tengo 55 años, soy soltera y no tengo hijos. Salgo casi todas las noches a bailar salsa y bachata, me sigo vistiendo como a los 15, con minifaldas, shorcitos… Soy feliz siendo yo misma, hago las cosas que me gustan. Siempre digo que soy mi mejor compañía”. Y tras cartón da la receta, como si fuera fácil de imitar. “Me acuesto a las 6, 7 de la mañana, y a las 8 me levanto para ir a trabajar. Eso sí, después duermo la siesta. Antes dormía a las 5, pero ahora por la obra no puedo, entonces capaz me acuesto de 7 a 10, después me voy a correr a la pista de atletismo de Vélez, ceno algo y me preparo para ir a bailar. Mi vida está toda corrida, pero soy feliz así”.
Durante sus años de secundaria, esa espontaneidad la hizo chocar varias veces con el recordado Padre Jorge Yiguerimián, histórico párroco de Las Nieves y responsable legal del Instituto. “Hice hasta tercer año en Las Nieves, pero no aguanté más y me fui. Y eso que era el segundo promedio de mi división…”, advierte. Y luego detalla “a mí siempre me gustó usar minifalda, arreglarme, y él me hacía lavar la cara todos los días porque me ponía delineador, me hacían estirar el largo de la pollera… Entonces no aguanté más y me fui al Nacional 13. Ahí tenía el guardapolvito por acá, el pelo suelto, los ojos pintados, era otra cosa… (risas)”.
De aquellos años guarda recuerdos imborrables. “Me da bronca cuando le hacen mala fama a los colegios del Estado. Todos le decían a mi papá ‘¡Cómo le vas a cambiar al Nacional 13 que es un descontrol?’ Y te puedo asegurar que, al menos en esa época, estábamos más adelantados en el Nacional 13 que en Las Nieves”.
Gracias a un profesor de ese colegio, Andrea optó por estudiar abogacía. “Yo no sabía qué seguir, y él, como yo me sabía todos los artículos de memoria y participaba en las clases, siempre me decía ‘usted va a ser una buena abogada, Cota’. Y acá estoy…”.
La charla llega a su fin y es momento de las fotos de rigor. Andrea posa con soltura frente al jardín de su casa plagado de personajes y pide un ejemplar del periódico. “¿No probaron ponerle algo de color al logo? Tal vez un toque de rosa no le vendría mal…”, sugiere, y argumentos no le faltan…
Ricardo Daniel Nicolini
Recommended Posts
La patria en carne viva
16 enero, 2026
Sábados musicales en el shopping de Liniers
14 enero, 2026



