Viejo es el viento, y aún sigue soplando
El vecino de Mataderos, Luis Ávila, activo participante de las marchas de los miércoles, relata en carne viva cómo es ser jubilado en la Argentina de Milei.
“A mí siempre me dolió la injusticia”, dice, y traga saliva. Ahora respira hondo y trata de disimular las lágrimas que le inundan la mirada. “Esto gana un jubilado”, agrega después, y extiende un tiquet de cajero donde se lee $ 296.481,75. Esa cifra se incrementa con un bono de 70 mil, no remunerativo, que no ha modificado su importe desde marzo del año pasado. Como contrapartida, el número de la canasta básica para un jubilado en Argentina hoy ascienda a un millón doscientos mil pesos.
“Yo no cobro la mínima, pero hay que luchar por todos”, esgrime Luis, y cuenta que cada miércoles por la tarde se hace un tiempo para manifestar en la plaza de los Dos Congresos. “Los más jóvenes trabajan, así que me mando solo. Voy pispeando, buscando un lugar seguro para que no me alcance el gas ni los palazos. Además, me cubro con dos barbijos y las antiparras de natación de mi hija, eso lo aprendí en la marcha de diciembre de 2017, el día de las 14 toneladas de piedras…”.
Dicho así, el relato se asemeja al inicio de un cuento de ciencia ficción, o a las imágenes apocalípticas de El Eternauta. Ojalá lo fuera, entonces esta humilde cronista podría darle un final feliz a esta historia. Pero Luis Ávila no es un personaje de ficción, es de carne y hueso. Vecino de Mataderos, vive y trabajó en el barrio desde siempre. Aunque hoy está jubilado, se desempeñó durante más de 38 años en Cabal, con un legajo intachable. “Jamás cobré un centavo que no me correspondiera”, comenta orgulloso, y se sabe un ciudadano capaz de superar el casting de “ficha limpia”.
Militante acérrimo de la olvidada empatía, de cabello entrecano y rostro curtido, en sus arrugas se leen, como las rutas de un GPS, la bronca y la impotencia ante la crueldad de un ajuste desmedido que esta administración desata sobre un colectivo vulnerable, como el de los jubilados. La misma política que aplica a los discapacitados, los médicos del Garrahan, las minorías sexuales, los periodistas y las empanadas de Darín.
– Luis ¿Cómo te manejás en las marchas? ¿Hay una estrategia para evitar ser agredido?
– Yo empecé a ir a la plaza antes de la protesta con los hinchas. Fui varias veces. Voy solo, y a veces me encuentro con algún conocido. Me hice amigo de una estudiante que va desde Monte Grande cuando junta para la Sube. Cuando llego tengo por costumbre recorrer la zona y estudiar la situación, para ubicarme donde haya menos riesgo. Al principio nos reuníamos frente al anexo. Se leían los discursos, rodeados por la policía, y para terminar se hacía una ronda alrededor del Congreso. Pero después ya no, no sé qué hizo enojar a la Policía y arrancaron con la represión. Últimamente hay más policías que jubilados, y ahora son ellos los que tienen todo vallado. Nos arrinconan en la plaza de enfrente y ahí está Gendarmería, que reprime sin razón, son terribles. No se detienen ante nada. A ellos les dicen que tienen que golpear a la madre y van y la golpean, porque están cegados, no les importa nada.
Aunque reconoce que ya no es un pibe, a sus 74 años Luis se siente entero. “La convocatoria es a las 17, con la intención de que la marcha dure una hora. Pero ahora que viene el frío, por la edad de algunos manifestantes nos vamos a tener que reunir más temprano, porque la asistencia disminuye con el frío. Hay varios que tienen más de 80 años…”. Habla pausado. Con voz suave, pero firme. Se lo nota preocupado.
– ¿Del Honorable Congreso de la Nación salió algún diputado a darles apoyo?
– A veces vienen los diputados del trotskismo, pero después no he visto otros. Eso desmoraliza a los jubilados, porque no hay más apoyo. La marcha de los hinchas fue espectacular, había hinchas de distintos clubes que se abrazaban para estar con nosotros, para que nuestro reclamo tome fuerza. También hay algunos grupos de estudiantes que vienen de las facultades que están cerca. Pero nos sorprende la ausencia de los sindicatos, la CGT está desaparecida. Los que están siempre son los de ATE (Asociación Trabajadores del Estado).
– ¿Hay un líder, una voz cantante que tome la posta que dejó la recordada Norma Pla?
– Últimamente se ha destacado el viejito de Chacarita, él va todos los miércoles. Pero si bien estamos todos juntos hay diferentes grupos de jubilados, y no hay un líder visible. Con la represión puede haber un muerto en cualquier momento, y pueda ser que ahí surja un único representante y nos escuchen. Pero no tenemos que llegar a eso.
Dice que hay cosas que no le entran en la cabeza. “No se entiende el gasto que generan movilizando a las fuerzas. El otro día, por Entre Ríos, había seis micros de la Policía y un camión hidrante ¿No sería mejor destinar esa plata al aumento de las jubilaciones? Además, hace un año y medio que está este presidente ¿Construyó alguna fábrica? ¿Hizo obras públicas? Nada de nada, y seguimos aguantando. Por qué no es sólo la pérdida del poder adquisitivo y la quita de los medicamentos, que nos ayudaba y mucho. ¿Cuándo vamos a reaccionar? ¿Cuándo sea tarde?”, se pregunta.
Para Luis, como para tantos otros jubilados, no existe una respuesta válida que justifique tanto mal trato. Y en paralelo lo desvela “la indiferencia y el silencio de un Congreso sordo y complaciente”.
– ¿Por qué crees que no hay mayor asistencia y compromiso en la lucha? Una lucha de la que nos vamos a beneficiar todos en el futuro…
– El miedo, lo que nos pegan, lo que nos gasean, la falta de garantías. Esas cosas te llevan puesto. Pensá que nosotros no tenemos una gran estabilidad, y con un mal empujón se nos complica. Ahora mirá vos, en otros países, como Japón, veneran a los viejos, pero acá nos pegan…
– ¿Y vos tenés miedo?
– No, yo camino la ciudad desde el 73’. Una noche casi me lleva un Falcón verde, zafé porque le dije que iba a la casa de mi novia. Soy un convencido de que los derechos se ganan con lucha, y eso hice toda la vida. La pasé mal el día de las 14 toneladas de piedra, me acuerdo que nos refugiamos en el cine Gaumont. Nos dieron duro, como ahora, gases, palos, y acá estamos, resistiendo cada miércoles, con gente o sin gente ¿O cómo te creés que se logró la jornada de 8 horas, el aguinaldo y las vacaciones?
– ¿Y tu familia qué te dice cuando te ven salir como el eternauta?
– “Lo viejo funciona, les digo”, y nos reímos. Nada, que me cuide. Ya están acostumbrados, aparte la policía agarra a cualquiera. Cuando termina una marcha por ahí no los ves, no están, pero a diez cuadras andan las motos cazando perejiles. Ven a uno caminando y lo levantan. La otra vez se llevaron a una chica que venía del trabajo y bajaba del colectivo. No tenía nada que ver. Gritaba como loca, pero se la llevaron igual. Nadie entendía nada, y no la pudimos defender, te da una impotencia, una bronca…
– ¿Qué esperás cada miércoles? Porque no ir, no es una opción ¿Verdad?
– Me gustaría que fuera más gente. Los desocupados, por ejemplo, sólo por estar sin laburo tendrían que estar en la plaza. La mujer, los hijos, todos deberían estar. Ahora se sumaron los médicos del Garrahan, los estudiantes. Es muy difícil que se sumen los vecinos porque trabajan, pero necesitamos más gente, más difusión, para tener más fuerza. Pensá que todos somos mayores de 65 años, y eso por ahora, porque quieren extender la edad jubilatoria, quieren que trabajes hasta que no respires.
Luis habla y mastica bronca. No puede contener la indignación. “Ellos -enfatiza- no pueden ver que una persona cobre y no haga nada, ese es el tema con los jubilados. No ven que trabajaste toda la vida, y hay jubilados que aun trabajan haciendo changas para subsistir”.
– ¿A que atribuís la falta de reacción del resto de la sociedad?
– Te repito, al miedo. Ojo, yo no voy como un kamikaze, tenés que estar atento, alerta. Yo bajo caminando desde Casa de Gobierno para el Congreso, tranquilo, tomando mis precauciones. Trato de convencer a mis vecinos, les digo “che ¿vamos el miércoles?”, y me responden “ni loco ¿para que nos caguen a palos? dejate de hinchar”. Y es comprensible ¿Qué les voy a decir? Pero te repito, todo en este país se gana con la lucha del pueblo.
– A veces el miedo se traduce en falta de compromiso…
– Tal vez es desconcierto. Porque nunca hemos tenido un presidente así, que insulta a la gente, a los presidentes de Latinoamérica, al Papa… Y mientras tanto él está pensando en su amigo Trump, en Musk, en la motosierra, en los perritos, y no hablemos de las novias…
Por primera vez en la charla, a Luis se le dibuja una sonrisa. La misma que solía mostrar los sábados a la tarde cuando repartía viandas de comida a personas en situación de calle.
“Llegamos a repartir más de 150 porciones, hasta que el alimento dejó de llegar, casualmente hace casi un año y medio”, recuerda, y su rostro recupera el gesto adusto. Indignado, reflexiona en voz alta: “los 45 mil millones de dólares que pidió Macri y los otros 20 mil que piden ahora ¿Con qué los van a pagar? Si no abren una fábrica, si no hay obra pública ¿Van a rematar la Patagonia? Acá tenemos de todo, pero como decía Atahualpa Yupanqui, las vaquitas son ajenas. Hay unos pocos que se llenan de plata y cuarenta millones que la pasamos mal, muy mal. Pero eso sí, hay que reconocerles que hicieron un muy buen trabajo en las redes y en la televisión. Los canales de noticias trabajan 24 horas para la derecha en este país, mirá TN, La Nación. Por eso no es casual que se mantenga la represión, hasta que alguien de adentro se les de vuelta.
– ¿Te gustaría agregar algo más?
– Algo que hablamos con mis compañeros, que el bono miserable de 70 mil pesos no es para todos, pero la inflación y el ajuste sí. Y como en teoría este es un sistema de reparto solidario, todos deberían recibirlo. Me gustaría que esto termine en paz, no como en el 2001. Que se vayan y no hagan más daño, que no haga falta un muerto para que nos escuchen. Pero eso sí, cuando se vayan cerraría todos los puertos, aeropuertos y fronteras para que no se escapen, y den cuenta de las barbaridades que hicieron.
Como corresponde a un caballero de fina estampa, Luis no vino con las manos vacías. En una bolsita trajo hojas del laurel de su casa. Un obsequio simbólico, que nos remite a las estrofas del Himno Nacional. Tal vez porque Luis las representa, y en cada una de esas hojas, reclama “sean eternos los laureles, que supimos conseguir. Coronados de Gloria vivamos ¡O juremos con Gloria Morir!”.
Alejandra Torrecilla
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