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Con nombre de barrio y corazón de recuerdos

El club Liniers, sinónimo de encuentro en Las Mil Casitas, se apresta a celebrar su centenario.

Se sabe, un club es un ámbito de encuentro y pertenencia, y si ese club atesora en sus alforjas un siglo de historia (y de historias), sus paredes pasan a ser el fiel reflejo de la comunidad barrial que le dio vida. Eso ocurre con el club Liniers, verdadero símbolo del barrio que el 25 de enero próximo estará celebrando su centenario.

Desde que abrió sus puertas en aquel lejano 1926, el Club Liniers se convirtió en un sitio de encuentro ineludible para la comunidad barrial a lo largo de varias generaciones. Su emblemática sede de Palmar 7035, justo allí donde se dibujan los pasajes de Las Mil Casitas -que empezaron a edificarse apenas un par de años antes- marcó el inicio de amistades, noviazgos y matrimonios, y hasta fue el punto de partida para varios deportistas que luego brillaron en diversas disciplinas.

A la fecha son pocas las precisiones que existen sobre los festejos que los directivos de la entidad se aprestan a organizar para celebrar el centenario. “Si bien el aniversario del club es en enero, es un mes de receso para la mayoría de las actividades, por eso es que el festejo central lo vamos a hacer en marzo, cuando se retome la actividad habitual y puedan estar todos los socios presentes”, explicó Luciano Polimeni, vocal de la entidad.

Para entonces, la Legislatura porteña descubrirá una placa con la leyenda “Club Liniers, beneplácito por el 100° aniversario de su fundación. 25 de enero 1926 – 2026”. El proyecto de resolución fue presentado por el legislador Juan Pablo Modarelli, tras una iniciativa de la juntista local Lorena Crespo. “El Club Liniers fue fundado por un grupo de vecinos comprometidos con el progreso de su barrio, quienes concibieron a la institución como un espacio de encuentro, recreación y desarrollo social. Desde aquel entonces, el Club se constituyó como un verdadero motor comunitario, generando vínculos de pertenencia y brindó a varias generaciones la posibilidad de acceder al deporte, la vida social y la cultura”, señala el Proyecto de Resolución, recientemente aprobado.

Renacer de entre las cenizas

A lo largo de su historia y con el correr de las diversas comisiones directivas que administraron su destino, el Club Liniers supo atravesar épocas de gloria, pero también otras donde los nubarrones del descuido y la impericia dominaron la escena. De hecho, hasta hace apenas unos años, una serie de sucesos complejos pusieron al club al borde del remate judicial. El desencadenante lo marcó el lamentable episodio ocurrido en agosto de 2007, en el que un pequeño de 5 años falleció ahogado en la histórica pileta semiolímpica, la misma por la que pasaron tantas generaciones de linierenses.

Desde aquel luctuoso suceso, el club que entonces presidía Francisco “Quico” Martínez Arias entró en una debacle que lo fue desgastando lenta pero inexorablemente, hasta que la pandemia pareció darle la estocada final. Sin embargo, tras permanecer cerrado durante más de un año, el club reabrió sus puertas a comienzos de 2022 y desde entonces una nueva Comisión Directiva asumió el desafío de recuperarlo. Con esfuerzo, compromiso y trabajo colectivo, logró levantar el remate judicial de la sede y el pedido de quiebra, sanear sus cuentas y reabrir sus puertas a la comunidad.

Para ello debió concesionarse por diez años el usufructo del gimnasio -puesto a nuevo desde entonces- y una serie de actividades que hoy presta el club. Ese verdadero manotazo de ahogado, impactó de lleno en dos de sus símbolos distintivos: la pileta semiolímpica -inaugurada en 1952- y la histórica cancha de pelota paleta, que debieron correr una suerte dispar, acuciados por la necesidad imperiosa de mantener al club con vida, conservando su esencia de asociación civil.

Hoy, el sector que ocupaba la cancha de pelota paleta es parte del enorme gimnasio de musculación. “Fue una decisión difícil pero no nos quedó otra, porque si no se remataba el club. Por eso los socios más viejos entendieron que había que sacrificar la cancha y lo aceptaron”, explicaron por entonces los directivos. El lugar aún conserva los balcones del primer y el segundo piso, y hasta el eco de aquellas grandes veladas de pelotaris, aunque sin el sonido inconfundible de la pelota saltarina, que salía disparada en busca de la pared del fondo después de cada paletazo.

La pileta, por su parte, aunque mantiene el diseño semiolímpico de 25 metros por 12, sufrió algunas modificaciones. Normativas del Gobierno porteño obligaron a quitarle las luces acuáticas y el trampolín. Además, se modificó la profundidad, que originalmente tenía un máximo de 3.5 metros y ahora es de 1.70 metro junto a un pequeño sector con un metro.

Actualmente, el club Liniers cuenta con más de 800 asociados que participan activamente de disciplinas como fútbol, básquet, vóley, natación, gimnasia, boxeo, musculación y pilates.

Un club, miles de historias

Intentar resumir en esta nota las vivencias y recuerdos acumulados a lo largo de un siglo de historia, sería imposible. No obstante, vale la pena destacar al menos algunas pinceladas de recuerdos, que aún hoy atesoran varios vecinos que tienen al entrañable club Liniers como telón de fondo.

Algunos aún recuerdan al profesor Alfredo Conde -símbolo de la educación en Liniers- durante los años en los que fuera presidente del club. Poco después, hacia mediados de los 60’, llegaría a ocupar ese cargo Alberto Baldassarre, un histórico de la hoy centenaria entidad linierense. “Era bastante cabrón, nos suspendía cada dos por tres”, evoca Carlos Nicolini, que por entonces jugaba con Ricardo, el hijo del mandatario, en las inferiores de Beromama, el mítico club de rugby de los pasajes que carecía de sede y tenía al Club Liniers como punto de encuentro.

Claro que muchas veces a don Baldasarre no le faltaban argumentos. “Los 1° de enero, después de brindar con la familia, nos encontrábamos en la puerta del club y, como el portero De Pinto no estaba, nos colábamos pasando por entre las rejas de la puerta de entrada para después tirarnos desnudos a la pileta”, recuerda Carlos. La misma pileta en la que por aquellos años fue a cantar un joven Danny Martin, para poco después terminar sumergido tras un certero cross de derecha de un asociado, que vio cómo el cantante le guiñaba un ojo a su novia. Claro que para rescatarlo -vestido y empapado- estaba el mítico Juan Carlos, el histórico guardavidas, el mismo que renegaba cada vez que alguien osaba llamarlo bañero.

Un piso más arriba, con vista a la pileta, la coqueta cancha de básquet con piso de parquet -la misma que hoy sigue luciendo en todo su esplendor- solía transformarse cada sábado en pista de baile. “Terminaba a las 3 de la mañana, la hora a la que hoy empiezan, y a las tres menos cuarto anunciaban por altavoz: ‘tres últimas piezas’. Entonces llegaban los lentos, como para matar o morir…”, explica a pura nostaglia Carlos. Y agrega que si el resultado no era el esperado, “terminábamos compartiendo una pizza con moscato en la San Cayetano”.

Ana María Salvador, aún conserva el carnet de su padre. Era el socio número 118, desde que se asoció a comienzos de los 40’, y falleció siendo vitalicio. Alberto Salvador vivía a una cuadra y media del club, en el entonces pasaje Leopoldo Atenzo (hoy Dr. Ángel Robbiani) al 500. Solía jugar a la pelota paleta y encaramarse en eternas partidas de mus en el salón del primer piso, sobre la esquina de Palmar y Montiel. Fue también en el club Liniers donde conoció a su esposa. “Más precisamente en los bailes de carnaval. Lo mismo les pasó a mis tías, las hermanas de mi mamá, que vivían en El Zorzal entre Carhué y Cosquín”, recuerda Ana María, quien solía participar en los bailes de disfraces y atesora con orgullo la foto con el premio al mejor disfraz. Sus hijos aprendieron a nadar en la pileta del club y ella hoy sigue yendo a practicar pilates.

Ana María reconoce que la concesión de algunas áreas para evitar el cierre del club “no me causó mucha gracia, pero fue un acto desesperado para salvarlo de malas administraciones en gestiones anteriores”. Y agrega, “aunque ya no es un club socialmente accesible como antes y prevalezca lo comercial, reconozco que tiene mejores servicios (buffet, gimnasio, pileta) y sigue siendo un símbolo para el barrio de Las Mil Casitas con el que nació”. En ese sentido, concluye “lamento que haya desaparecido la cancha de pelota paleta que reunía a muchos veteranos, pero se sabe que la modernización y el progreso muchas veces arrasan con los recuerdos y la identidad barrial. En cualquier caso, que un modesto club de barrio llegue a los cien años en un país donde actualmente se quiere arrasar con el pasado, con la memoria y con la vida comunitaria, no es poca cosa”.

Ricardo Daniel Nicolini

1 pensamiento en “Con nombre de barrio y corazón de recuerdos”

  1. Qué linda nota!. Cuántos recuerdos pasaron por mi mente al mencionar tanta gente que tuve el placer de conocer en el club. A Alberto Baldasarre lo llegué a ver un par de veces y a Ricardo, su hijo, lo tuve como preceptor en el Nacional 13. Siempre recuerdo la anécdota de ese “socio” que le metió un cross de derecha a Danny Martin, para luego cortar las sogas del escenario flotante, terminando los músicos en el agua, incluso el “socio”. A Juan Carlos, el guardavidas. Todos serios, responsables, con una paciencia infinita para aguantar nuestras travesuras. El Club fue eso y mucho más. Nuestro segundo hogar, de chico en su jardín de infantes y en especial, en los meses de verano, porque viviamos en él y en su magnífica pileta.

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