Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
April 24, 2024 10:18 pm
Cosas de Barrio

Arte on the rocks

La artista plástica mataderense Beatriz Olivera Querol expuso en la Antártida y donó dos de sus obras

Aunque no lo recuerda con exactitud, dice que antes de garabatear, pintó. “Pinto desde que tengo uso de razón, siempre con mis lápices de colores. Recuerdo que le pintaba a mi madre las revistas de costura y ella se enojaba, pero no podía resistirme porque amaba esas revistas con tantos dibujos…”. La que habla es Beatriz Olivera Querol, la prestigiosa artista plástica de Mataderos que acaba de vivir una experiencia inolvidable.

“A los 8 años les pedí a mis padres que me llevaran a estudiar dibujo y pintura al club José Hernández. Aún recuerdo la alegría que sentía al concurrir los martes y viernes, no faltaba nunca”, evoca, y cuenta que la pasión por el arte la heredó de su madre. “Ella dibujaba y pintaba muy bien y lo aplicaba en sus bordados a máquina, a mano y en sus tejidos, lo hacía excelente. Más adelante ingresé a la Escuela Técnica N° 6 Fernando Fader, dónde me recibí de Técnica en Diseño y Promoción Publicitaria”.

– ¿Qué significa la pintura en tu vida?

– Para mí la pintura es todo. El arte me abrió las puertas del mundo y me dio la cantidad de amigos y colegas que tengo. Tanto en los diferentes trabajos que tuve como docente en dos escuelas del barrio, como en mi taller particular. El arte me acompañó siempre.

Beatriz es nacida, criada y aún vecina de Mataderos. El barrio que la vio crecer como persona y como artista. “Una de mis primeras exposiciones fue cuando se inició la Feria de Mataderos, donde hoy coordino el Paseo de las Artes y el Taller de Plástica para niños”, explica. Pero además fundó el grupo “Artistas Plásticos Liniers-Mataderos”, con el que editó el libro homónimo, que fue declarado de Interés Cultural por la Legislatura porteña; y diseñó el mural que se luce en el Centro de Salud Nº4 (ex-Salaberry) realizado en conjunto con otros artistas plásticos del barrio. También, participó y coordinó la pintura de las obras que engalanan los chapones del singular pasaje La Misericordia.

Además, apadrina desde su creación la Escuela Infantil N° 6 del D.E. 20 “Juan Francisco Salaberry” a la que, además de sumarle una galería de arte, acerca permanentemente pintores contemporáneos para enriquecer la capacidad creativa de los niños.

Durante los festejos del Bicentenario, montó 36 murales elaborados por alumnos de escuelas locales en torno al monumento del Resero, y realizó un ciclo de exposiciones itinerantes en sedes culturales, educativas y sociales del barrio. Muchas de sus obras pueden apreciarse en las exposiciones permanentes que realiza en el Bar Notable del club Glorias Argentinas.

Podría decirse que Beatriz no dejó un centímetro de Mataderos sin regarlo con su arte. El mismo arte que, desde hace unos días, también se luce en el continente blanco.

– ¿Cómo fue que te surgió la posibilidad de viajar a la Antártida?

– Siempre quise conocer ese enigmático rincón de nuestro país, aún más desde que mi padre tuvo la oportunidad de estar ahí. Este año se cumplen 47 años que viajó y trabajó en un crudo invierno en la Base Marambio. Aún recuerdo con profundo amor sus vivencias, que nos relataba con tanto entusiasmo. La idea viene desde hace un tiempo, de ir dejando huellas en mi país. El año pasado presenté un proyecto para donar una obra de mi autoría en mano. Quise abrir un camino con la cultura y me lo aceptaron. Y hoy mi sueño se hizo realidad.

– ¿Por qué quisiste donar algunos de tus cuadros para que queden en la Base Marambio?

– Porque la Antártida es nuestra. Como argentina y como artista plástica, donar una obra a la Base Marambio es dejar mi granito de arena ahí, valorando a todas las personas que desde hace años, con esfuerzo, sacrificio y trabajo, continúan abriendo caminos de patria y soberanía en este suelo. Es un homenaje a todos ellos, y también a mi padre.

– Anteriormente ya habías donado cuadros a otras regiones de nuestro país ¿verdad?

– Sí, el año pasado surgió la posibilidad de donar una obra en mano a la Biblioteca Teófilo Pérez, en la ciudad del Carmen de San Salvador de Jujuy. Tuve un recibimiento muy emotivo en el Cine Teatro Municipal Select. Esa fue la primera vez que doné una obra en mi país, y la segunda ahora, en la Antártida. Puedo decir con orgullo que mis obras se encuentran en los puntos más extremos del país.

– Contanos algunos detalles del vuelo ¿En qué avión viajaste? ¿De dónde partió y cómo fue el aterrizaje?

– Salí de Palomar en el Hércules C-130. Pernoctamos en Río Gallegos y al día siguiente salimos hacia Marambio. Son unas 4 horas y media en hacer el cruce, pero como no era buena la visibilidad sobrevolamos dos vueltas la pista y tuvimos que regresar a Río Gallegos. La ansiedad era inexplicable. Al día siguiente realizamos el cruce y aterrizamos. Es un avión de carga, único, diferente al resto de los aviones. El aterrizaje es de golpe porque es una pista corta, de tierra, Marambio es una isla que emociona, es otro continente, otro mundo…

– ¿Cuántos cuadros llevaste y cuáles? ¿Dónde quedaron expuestos?

– Llevé una obra grande, no temática, pero sí de nuestro país denominada “Tango porteño”, que quedó expuesta en un lugar privilegiado: un salón de estar con un balcón mirando a los glaciares, sobre el Mar de Weddell. Y la otra pequeña se llama “¡Sigo tú luz…!”, que se encuentra en la jefatura de la Base.

– ¿Cómo te recibieron en la Base Marambio? ¿te hicieron alguna recepción especial?

– Me recibieron con muchísimo cariño, mi obra la entregué delante de todos los integrantes de la Base, que se abrió en ese mismo momento. Mucha gente vino a recibirnos, ellos estaban en las pasarelas. Les gustó muchísimo, y la recepción fue muy cálida y humana ¡Estaba tan emocionada!

– ¿Cuánto tiempo estuviste en el continente blanco?

– Iba a ir por poco tiempo, pero por temas logísticos me quedé 24 días. Fue una súper campaña antártica (risas) y me adapté perfectamente a todo. Todavía no puedo creer que estuve en Marambio, un lugar tan emblemático. Además de viajar y conocer, tuve la bendición de formar parte del izamiento de la nuestra bandera cantando Aurora. La convivencia, empatía, ayudarnos entre todos, la oportunidad de conocer profesionales de distintos países del mundo, como geólogos, biólogos, científicos, paleontólogos, glaciólogos, el intercambio cultural, aprendizaje y el conocimiento es lo más importante.

Es un paisaje desértico dónde sólo se escucha la voz del viento. La oportunidad de encontrarse con uno mismo.

– No debe hacer sido fácil convivir rodeada de bloques de hielo y con tanto frío…

– Esos bloques de hielo los encontrás de mañana camino a la pingüinera. Los pingüinos son los dueños del lugar junto a los lobos marinos. Son 16 kilómetros ida y vuelta, a medida que vas bajando a la costa se ven como pedazos de Telgopor, y cuando te acercas, diríamos que son los escombros que en algunos casos superan los tres metros. Por la tarde, al subir la marea, van desapareciendo. Con respecto al frío (de 0 a -10 grados) se soporta si no hay mucho viento, caso contrario te quedás adentro y con la calefacción lo pasás muy bien, eso depende de la actividad que realice cada uno. En mi caso amanecía nevado, hubo días que no había nada de visibilidad y ahí es cuando se complica un poco.

– ¿Cuál es el próximo desafío que te planteas en tu carrera artística?

– La Antártida te abre la cabeza y uno regresa con montones de proyectos. Es una etapa de mi vida que me traerá un crecimiento importantísimo. Después de haber permanecido tantos días, les quiero transmitir mis experiencias a los niños, en especial a los de la Escuela Infantil Nº 6, que apadrino. Aún no tengo definida mi próxima locura, pero te aseguro que siempre estoy buscando nuevos desafíos.

Ricardo Daniel Nicolini

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