Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 2:13 am
Cosas de Barrio

RINCÓN DE LETRAS

El paisaje barrial como disparador de historias

Una vez más le hacemos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad incluimos un crudo relato que nos interpela, elaborado por Inés Vendramín, con el que recrea el particular paisaje de Liniers que rodea al personaje y sus temores, al tiempo que pinta una realidad angustiante y visible en los tiempos que corren.

De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Carhué 723 2º “9” (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.

Los encuentros

“Sopla el viento del otoño.

Estamos vivos y 

podemos mirarnos. 

Tú y yo”

Masaoka Shiki

Es un día de semana que debería ser igual a otros: madres tironeando del brazo de sus adormilados hijos. Si los viera correr por Montiel el chofer de la línea 4, tocaría la bocina para despabilarlos y haría un gesto de ¡apuren, llegarán tarde al colegio! Pero hoy no es un día igual, no hay olor a desayuno de café con leche y tostadas, quienes lo conocieron ocultan el dolor debajo de la almohada. El que fue tan solidario vecino murió de Covid y nadie pudo sostenerle las manos. Murió solo.

Generoso, en su negocio “olvidaba” cobrar a los más pobres, se hacía el duro, pero su voz se suavizaba al afirmar “mejorará la situación” y les palmeaba los hombros “¡ánimo!”. Tenía proyectos, decía: “cuando envejezca trabajaré con mi hijo, tiene un local acá cerca, en Humaitá, me gusta este barrio, no quisiera alejarme”. Y así será, seguirá en su querido barrio, permanecerá en el cinerario de la Iglesia Tránsito de San José.

La gris soledad de la calle se recuesta en el silencio. Unos patos resbalan en el asfalto de Ramón Falcón, ahora libre de humanos: están podando los árboles, desorientados no saben a dónde ir y siguen a la anciana. Encorvada no levanta la mirada de los baldosones, con el bastón se asegura de que estén firmes, los golpecitos son suaves para no perturbar a los patos. 

Ahora llega una cuadrilla uniformada, alguien le grita: “Vieja, metéte en tu casa de una buena vez”. Todos con barbijos, en unos ojos claros y gestos duros cree reconocer a su nieto. Intenta calmar su prepotencia, le conversa. Uno de ellos dice fastidiado “¡Qué vieja loca!”, son jóvenes, se creen eternos. Preparan las herramientas mientras escuchan música a todo volumen.

La anciana mira el árbol, manso, incapaz de brindar sombra se resigna a la sierra eléctrica y a ser despedazado. Murmura: “me da pena, no lo veré más desde mi ventana. Ya desaparecieron en los jardines las capuchinas, las azaleas, el perfume de los rosales…”.

La inseguridad y la pandemia dijeron no a los juegos de los niños en la calle, no a las sonrisas borradas por los barbijos, no a la bolsita de papel madera con galletitas…

“No encajo en este mundo, a veces me gustaría retroceder en el tiempo, tener cuarenta años menos, los recuerdos dejan un sabor agridulce, agitan mi corazón más de prisa que mis pasos”.

Siento frío. El viento me empuja a entrar en casa, demoro un poco, los patos se me acercan, les doy unas migas de pan tibio recién comprado. Converso con ellos.

Inés L. Vendramín

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