Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 18, 2021 12:47 am
Cosas de Barrio

La marca del deseo

Desde hace tres décadas, Chelo Llerandi es sinónimo del tatuaje en Liniers. Todos los detalles de un oficio bendecido por el arte

El tatuaje en un cuerpo es arte ambulante. Y cuando el proceso creativo está en manos experimentadas, el resultado, que lleva el sello del significado, recuerdo o mero placer visual, supera lo sublime. Aun así, hay quienes descalifican el tattoo, llegando incluso a atribuirle connotaciones carcelarias. No obstante, más allá de cómo luce la tinta en la piel, es un hecho que en las últimas décadas la cultura del tatuaje atrae a una gran variedad de público de diversas generaciones. De este cambio, Chelo -alias artístico y apodo amistoso de Marcelo Llerandi- es protagonista.

Vecino de la Comuna 9 “de casi toda la vida”, desde hace treinta años dedica sus días –y a veces también las noches- a inmortalizar imágenes a pura aguja en pieles ajenas. En todo ese tiempo, más que de la revolución del tatuaje, fue consciente de “lo más lindo del tattoo”. Para el hombre de 49 años, este oficio al que se introdujo a los 19, le permite “conocer gente con la cual compartir momentos y pensamientos”.

Asegura que la curiosidad fue la clave que lo acercó al tatuaje y remarca que sus amigos estaban “todos pintados”. Del más variado estilo, tamaño y tono, en un principio, a él le cautivaba el arte del otro “es interesante conocer cosas nuevas –sostiene Chelo- que, inesperada e inconscientemente, te llevan a encontrar lo que te gusta”.

Antes de cumplir los 20, Chelo era el referente de sus amigos. Bastaba mirarlo trabajar en sus diseños sobre el escritorio y todos querían tatuarse con él. Y no solo eso, decían que él tenía que ser tatuador, pero para el ahora vecino de Liniers, en donde hace nueve años tiene su estudio, eso no estaba en sus planes. En realidad, nunca lo vio como profesión. “Me dejé llevar”, expresa con su tono chill.

Para ese momento, Chelo era de los pocos que incursionaban en el mundo del tatuaje, una práctica que, en aquel tiempo, no era “bien vista”. Pero además, explica, “era bastante mal aprendido y no había mucha gente que enseñara”. Esto último, no obstante, no le resultó un impedimento. Podría decirse que se las arregló solito.

En ese camino de aprendizaje autónomo, sus maestros inspiradores fueron los franceses Tin Tin y Filip Leu, que tatuó la espalda de Chelo -según confiesa, el diseño está “inconcluso”- y el estadounidense Paul Booth, conocido por su uso de tatuajes en tinta negra y gris que representan piezas de estilo surrealista oscuro. Dentro de la escena local, su primera referencia fue Pablo Barada, especialista en estilo japonés.

Hoy, treinta años después, la situación es muy distinta. “Antes la gente se tatuaba menos, pero ahora es como ir a la peluquería”, explica el artista, equiparando al tatoo con otros hábitos estéticos referidos a la imagen personal. Y agrega: “Cuando empecé, lo más grande que se tatuaba la gente era el tamaño de un puño y medio”.

Su actual clientela es tan amplia como sus diseños. “Viene gente muy joven, que son hijos de amigos, o muy adulta, como padres de clientes”, explica, y asegura que los segundos son los que más cautivó en los últimos años. Y no sólo se amplió la brecha generacional entre sus clientes sino que muchos de ellos se tatúan piezas más grandes “y eso va de la mano con una mejora notable en la calidad de los diseño”, remarca.

Ese dominio de la aguja hizo que, entre su clientela, hayan llegado a colarse algunas personalidades del rock local. Sin buscarlo, Chelo tuvo la dicha de tatuar a integrantes de la banda A.N.I.M.A.L, entre ellos al cantante Andrés Giménez y al bajista Cristian “Titi” Lapolla. También dejó su marca en la piel de Martín Carrizo -exbaterista del mismo grupo, y también de Gustavo Cerati y el Indio Solari- y en la de Flavio Cianciarulo, de los Fabulosos Cadillacs.

Sin embargo, en estos treinta años de trayectoria no fueron muchos los famosos que pasaron por el estudio de Chelo ¿La razón? “Hace tiempo que estoy desvinculado de la farándula y muy ligado a mi trabajo”, remarca el artista que, a pesar de la potencia de las redes sociales, prefiere sumar clientes a partir del boca a boca. Sólo apela a la web ante ocasiones puntuales. “No uso las redes para que la gente llegue a mí, tal vez sí para exponer piezas grandes a las que le dedico mucho tiempo y trabajo”.

A la hora de plasmar su arte, su fetiche son los diseños amplios y espaciosos. Allí le presta atención hasta al más mínimo detalle y asegura que cuando comienza a plasmarlos pierde la noción del tiempo. Por eso no es casual que, en ocasiones, sus jornadas se exceden de la medianoche. “Me fascina el trabajo grande, la pieza que tiene alma, esa con la que te sentás con una persona, programás un dibujo grande, lo armás, lo jugás y vas viendo cómo va quedando en el cuerpo”, comenta.

Un diseño de tamaño importante, supera en promedio los cinco mil pesos. Pero tal es la pasión que el tatuaje genera en sus adeptos, que el aspecto económico no es una preocupación para Chelo: “siempre hay gente que hasta estando en las malas, prefiere hacerse un tattoo antes de irse de vacaciones”, sostiene, y confiesa que esa es la forma con la que viene sorteando las diversas crisis que azotaron al país durante los últimos treinta años.

Para Chelo, el tatuaje es más que un trabajo bendecido por el arte. “Cada diseño es un mundo único e irrepetible”, puntualiza. La tinta y la aguja eternizan imágenes que narran historias, experiencias y significados, tantos como los que descubre con cada cliente. En Chelo habita un espíritu de calidez y sencillez singular, como su forma de tatuar, que lo abre a nuevos desafíos todos los días.

Y aunque aún muchos no lo vean así, este artista de la aguja sabe que un tatuaje no define a nadie como persona. Llevar un diseño en la piel no convierte a su portador en un descalificado laboral o en un marginal. De lo que sí está seguro es que tatuar es un arte, y el arte se mira y no se acota.

Santiago Rodríguez

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