Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
April 15, 2021 4:16 am
Cosas de Barrio

Terminar la Primaria en época de barbijo y alcohol en gel

Dos familias del barrio relatan el desafío de adaptarse a la “nueva normalidad” escolar

Casi 330 días pasaron desde la última vez que armaron la mochila y dejaron sepultados sus uniformes. En todo ese tiempo, aulas virtuales, dilema sobre regreso a la presencialidad y el relativo retorno al cole estuvieron en boca de chicos y grandes. Y no sólo eso. A medida que ganaban terreno en la opinión pública, ponían en duda la hora de volver a los pupitres. Fueron temas que se hicieron eco en la sociedad y que terminaron extinguiéndose con el ok al protocolo para la vuelta a clases.

Con la aprobación de las medidas sanitarias y el escalonado regreso a clases, esos temas quedaron en el pasado. Ahora es tendencia la jamás imaginada nueva rutina escolar, reglada por el protocolo y los intrincados horarios rotativos. Por eso, tras un 2020 dominado por las clases virtuales, el actual ciclo lectivo vuelve a ser un punto central en las agendas de chicos, padres y maestros. Consultados por este medio, ellos reconstruyen en primera persona una jornada cualquiera bajo la nueva normalidad.

En la escuela República Francesa, de Montiel 153, para Mateo de 7° Grado el retorno a las clases presenciales se dio el 17 de febrero, fecha estipulada por el Gobierno porteño. Desde ese día, a diferencia de la jornada bilingüe a la que estaba acostumbrado, concurre sólo tres horas por día. “Estoy yendo de 12:50 a 15:50 a la burbuja de la tarde”, cuenta el futuro egresado, cuyo horario habitual prepandemia era de 8 a 16.

Distinto es el caso de Federico, alumno del último año de primaria en el colegio Las Nieves, de Ventura Bosch y Lisandro de la Torre, donde el ciclo lectivo comenzó el 1° de marzo, casi dos semanas después de lo pautado por las autoridades porteñas. Es que la fecha de inicio de clases no fue la misma para todos. Tampoco lo es el cronograma de días y horas, ya que por semana asiste tres veces, siempre por la tarde. “Yo voy lunes, martes y jueves al cole. Los lunes tres horas, y los martes y jueves cuatro horas y media”, detalla Fede. Su agenda escolar le permite coincidir apenas con un tercio de su curso original. “En nuestra burbuja somos diez”, agrega, y vuelve a diferenciarse de Mateo, que comparte la burbuja con “los mismos compañeros desde primer grado. En total somos 25”.

A nivel de contenidos, en el caso de Mateo, la semana basta para repasar y quitar las dudas sobre todas las materias -con la nueva modalidad, el dictado de clases estricto se corrió a un segundo plano-, incluso de inglés y francés. Es que la escuela República Francesa es trilingüe “tiene francés de primero hasta séptimo, e inglés de cuarto a séptimo. Por eso al estar en séptimo estudio tres idiomas”, detalla el futuro egresado de la escuela pública.

En cambio, en Las Nieves, Fede requiere dos semanas para abordar las cuatro materias elementales. “Con la nueva modalidad, ahora en una semana entera trabajamos solamente dos materias: matemática y ciencias naturales en una semana, y en la otra lengua y ciencias sociales”, explica. Y agrega que “antes teníamos todas las materias en el curso de lunes a viernes”.

Cuando se les consulta sobre el protocolo, ambos ciñen el entrecejo. Es que más allá del beneficio de volver al cole, que implica cambiar la computadora por la carpeta, las medidas de prevención tienen para ellos sus desventajas. Como no se animan a ponerlo en palabras, sus madres los representan. “Varias veces llega a casa quejándose del barbijo porque no lo deja respirar bien y encima noto que tiene la voz un poco gastada” explica Wanda, mamá de Mateo, quien lo ha escuchado decir fastidioso que durante las clases tienen que “andar a los gritos para decir algo”. Sin embargo, la sjuya es una irritación pasajera, ya que poco después admite que “aparte del barbijo, el resto está todo bien”.

Lo mismo opina Federico acerca del uso obligatorio de tapabocas. Cada tarde en el auto volviendo del cole, Marcela, su madre, lo escucha soltar un rosario de quejas que no perturban su atención al volante. Al contrario, las toma con humor. “Siempre se pone chinchudo con el barbijo porque como usa anteojos, se le empañan los vidrios”, comenta la mujer de 55 años, conteniendo la risa.

Cómo es un día en el cole versión 2021

Hasta aquí, un repaso de los días, horarios y normas de prevención contra el coronavirus en el marco del retorno a la presencialidad. Pero ¿Cómo se vive en la nueva normalidad una jornada de clases en la piel de los protagonistas? Mateo, Federico, Wanda y Marcela se animan a reconstruir las horas que rodean a un día escolar.

Hasta el 16 de marzo del año pasado, entrar al cole era una tarea sencilla, pero a partir del protocolo es todo un trámite para Wanda, quien antes vigilaba ingresar a Mateo desde la esquina y ahora lo despide en la puerta. “Controlan que cada alumno esté acompañado de un adulto autorizado, si no el menor no puede entrar al colegio”, explica. Por su parte, Marcela, mamá de Federico, lo lleva y lo va a buscar las veces que le toca ir, un trastorno rutinario que descolocó sus tiempos. Aunque reconoce que la afectó sólo los primeros días. “Nos hemos podido organizar en casa”, admite.

Superada la barrera del termómetro, sin mayor preámbulo se dirigen hacia el salón. Con las nuevas medidas los chicos debieron decirle adiós a la formación. “Apenas entramos vamos al comedor que es donde estamos nosotros”, cuenta Mateo, y agrega que le corresponde ese lugar porque “tiene mucha ventilación”.

Federico, en cambio, trabaja la paciencia y la disciplina cada tarde que va al cole. “Una vez que entramos esperamos unos minutos en el pasillo a que llegue el resto de los compañeros y después entramos al aula en una fila ordenada”, comenta. Una vez allí, el clima que se vive no es de atención, sino de tensión. Entre el temor a contagiarse y ajustarse al régimen del protocolo escolar, se hace difícil poner el foco en la explicación de la seño. A eso se suma además un combo de normas de prevención que no figuran en el protocolo oficial. “No podemos compartir útiles ni llevar comida”, se queja Fede, mientras Mateo, alumno de la República Francesa, agrega que “lo único que se puede llevar es una botella de agua”. Y Wanda recuerda que, “a pedido de la escuela”, en la mochila tiene que ir “una bolsa de higiene con alcohol, servilletas y un barbijo extra”.

Por la pandemia, el pizarrón está fuera de servicio, lo que implica un verdadero cambio de hábito. La alternativa de los maestros es un recurso natural que lucha contra el barbijo, pero que nunca falla: el dictado en voz alta. “Todo lo que copiamos en clase es lo que nos dice la seño”, cuenta Federico. Claro que el mecanismo tiene sus contras: “cuando no entendemos lo que nos dicta tenemos que gritar para hablar y así se hace muy difícil todo”, se lamenta Mateo.

Para muchos, el tiempo de clase se hace de goma, más aún cuando la seño avisa que faltan diez minutos para un descanso. El patio del recreo está a la vuelta del pasillo, pero no se ve hasta que se oyen resonar los pasos del otro curso o, en su defecto, el chillar del timbre. Tanto para Matute como para Fede –como los llaman sus amigos- el recreo es un momento sagrado: en las horas que asisten a la escuela es uno solo, por lo que tratan de sacarle el mayor provecho posible.

“Duran diez minutos, por lo general”, dice disconforme Federico. Y a Mateo, a pesar de ser “el único momento donde se puede ir al baño y charlar con el resto”, no le terminan de cerrar estos recreos cuidados, y menos a su muñeca acostumbrada a molinetes que le valieron goles inolvidables. “En los recreos hablamos, pero ya no podemos jugar al metegol, como antes”, afirma el estudiante de la escuela estatal que, por protocolo, debió retirar los dos metegoles y la mesa de ping pong que tenía en el patio.

Transcurrido el tiempo de distensión nadie quiere volver al aula. Ni siquiera los maestros, a quienes el dúo barbijo y máscara les pasa factura. Por eso, tras el recreo, lo que todos cuentan son los minutos restantes para terminar la clase. Una vez que llega la hora de partir, el procedimiento de salida se hace ágil, no solo por la impaciencia sino también por protocolo. “Nos separamos en tres filas: los que se van solos, las chicas y los chicos”, detalla Mateo. El caso de Federico es distinto: “Para la salida hacemos una fila ordenada y la maestra nos llama para ver si están nuestros papás. Si no están volvemos a hacer la fila”. Mientras que el primero está autorizado a retirarse por sí solo, el segundo debe esperar a que llegue Marcela, su mamá.

La vuelta al cole se vive, de afuera, como un cuento de rosas, aunque no todo es como parece. El regreso a clases no significa únicamente volver a estudiar. Implica también sacrificar abrazos, torneos de recreos y hábitos aúlicos acarreados durante años. Requiere, además, un costo: con la prohibición de ingreso de comida, miles de chicos se ven obligados abrir la billetera, que se traduce en un pellizco al bolsillo de los padres. Con la nueva normalidad, niños y adultos no la sacan para nada barata.

Pero a pesar de todo, en el ambiente se vuelve a respirar aire fresco, sin presiones ni nudos en la garganta. Aunque no parezca, miles de chicos llevan una sonrisa de oreja a oreja detrás del barbijo. Lo mismo ocurre con los mayores, incluso con los padres de familias numerosas que deben sortear verdaderos rallyes en idas y vueltas escolares por la diversidad de horarios. Son pequeñas alegrías que ya no tolerarían una vuelta atrás, por eso, por lo bajo, todos, absolutamente todos, cruzan los dedos.

Santiago Rodríguez

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