Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
September 17, 2021 10:03 pm
Cosas de Barrio

DIARIO DE CUARENTENA

Pareciera que partir de la vida entre cuatro paredes que impuso la pandemia, los días solo llevan números. Y no me refiero a la cantidad de contagiados, ni a la de víctimas fatales, para nada. Parecería ser que el nombre “jueves”, por mencionar un caso, se transformó más bien en un mero accesorio; o peor aún: se hundió en el olvido de nuestra cotidianeidad.
Pero existe algo todavía más increíble en esta película y es que, en tiempos de cuarentena, desaparecieron por completo los horarios. Sólo una minoría, como los estructurados, siguen respetando a rajatabla los de las comidas. Como si almorzar pasadas las 15 fuera un pecado.
El confinamiento además trazó la raya entre el encierro pacífico en nuestros hogares y la calle, la nueva tierra de nadie. Afuera, el barbijo. Adentro, los auriculares. No cabe duda de que estos dos amuletos se convirtieron en los inseparables aliados de este impensado momento de la historia.
Por un lado, los bautizados “tapabocas”, toman a la fuerza la mitad de nuestros rostros, y en la vía pública dejan relucir sus diversas fachadas, dependiendo de cada dueño. Eso sí: los hay de muchos colores y texturas. Confeccionados caseramente a base de tela, paño, elásticos y hasta incluso lentejuelas, los barbijos ya no son solo un instrumento de defensa personal, sino que con el correr de los días se convirtieron en un accesorio más de la moda impuesta por decreto.
Por otra parte, nunca faltan los auriculares del otro lado de la pantalla. Durante las videollamadas o videoconferencias, si se quiere un poco más formal, son esenciales. Sin embargo, me animo a decir que muchos lo usan de “facha”. Y es verdad: quedan más cancheros si estás hablando con un profesor, con el jefe o con un compañero de laburo. Por eso más de uno necesitó pasarle un trapito para remover el polvo que acumuló durante tanto tiempo en el cajón.
Y hablando de estética, en época de aislamiento social, cada uno se convierte en su propio estilista. A algunos la ansiedad los empujó con inercia a agarrar la tijera y probar suerte. Los resultados se traducen en risas o lágrimas, reacciones que no esperan para ser compartidas luego en las redes sociales. Otros prefirieron hacer honor al dicho: “se mira y no se toca”. Y así se los ve, irreconocibles por el exceso de pelo que acaricia el techo haciéndole cosquillas. En definitiva, cada uno es dueño de su propio cabello y tiene de peluquero a su esposa, hijo/a mamá, papá, hermano/a, etc.
Pero a medida que tachamos los días –a la sombra de los locales cerrados y la imposibilidad de muchos de generar ingresos genuinos- la ansiedad aumenta como los decibeles de la música en momentos de euforia. En los tiempos muertos de la trastornada rutina, la nostalgia asalta nuestro pensamiento y nos apunta en la sien con lúcidos momentos de risas junto a amigos y seres queridos. En esos casos, no hay mejor remedio que la pantalla, en sus diversos tamaños, para olvidarnos de esta situación que, a veces, roza el borde de la depresión.
La ocasión me permite entonces citar una célebre frase inspiradora que, como una jeringa, inyecta dosis de ánimo a la mente: “somos felices y no nos damos cuenta”. Entre cuatro paredes, ¿qué puede salir mal? Protegidos, sanos y salvos, estando en casa nada ni nadie nos puede arruinar los pequeños placeres de la vida.
La cuarentena podrá habernos robado las tardes con olor a pastafrola en lo de la abuela, los mates en la plaza o las salidas nocturnas con amigos o en pareja. Pero en casa hay rincones que brillan como el oro: los mates en el balcón o los amaneceres silenciosos en el comedor.
La cuarentena nos hizo piquete de ojos. Como dice el refrán: “el que ríe último, ríe mejor”. Y así me despido, haciéndole lero lero al maldito encierro.

Santiago Rodríguez

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