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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 188 **
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LA DESORGANIZACIÓN DE LA POLICÍA DE LA CIUDAD


Comisaría todo terreno. La Seccional 40ª, con sede en Parque Avellaneda, debe cubrir hoy no sólo la seguridad de ese barrio sino además la de todo el barrio de Liniers, hasta la avenida Juan B. Justo inclusive.

05/10/2018

Una mirada crítica sobre los polémicos cambios de jurisdicción de las seccionales porteñas, establecidos meses atrás


Una vez más, el licenciado en Seguridad Alberto Meni Battaglia, comisario inspector retirado de la Policía Federal Argentina y ex gerente de Seguridad de Brinks Argentina, vuelve a aportar en esta columna su mirada sobre la problemática de la inseguridad. En esta ocasión realiza una detallada crítica sobre los recientes cambios operados en la Policía de la Ciudad. Meni Battaglia es además profesor de Eje del Derecho y de Derecho Administrativo en la Escuela de Cadetes de la Federal, Juan Ángel Pirker.


A esta altura de los acontecimientos, sin temor a equivocarnos ni pecar de exagerados, podemos afirmar que la nueva Policía de la Ciudad adolece de una total desorganización.

Como se sabe, en julio pasado se han modificado en forma arbitraria las jurisdicciones que se habían establecido con la Policía Federal desde prácticamente su creación. Esto que quiere decir que, por ejemplo, si una abuela necesita obtener un certificado de domicilio o de supervivencia para el cobro de sus haberes jubilatorios, se debe desplazar varios kilómetros para obtenerlo. Tal es el caso de cualquier vecino de Liniers Norte, que aunque viva a pocas cuadras de la Comisaría 44ª, para realizar ese trámite debe dirigirse a la sede de la Comisaría 40ª, ubicada detrás del Parque Avellaneda. Ni que hablar cuando es víctima de un ilícito como un robo, un hurto u otro hecho delictivo, para los que también debe trasladarse de la misma manera.

Todo este marco de situación es algo que no tiene una explicación coherente, evidentemente el que modificó las jurisdicciones no conoce nada de seguridad, ni le interesa en absoluto la comodidad del vecino de a pie, lo ha hecho con un criterio “moderno e innovador” que lo único que logra es complicarle la vida al ciudadano para que pierda su valioso tiempo en traslados innecesarios de un lado a otro para obtener un mero trámite o denunciar un delito del que fue víctima.

Para esto se ha utilizado el criterio de que “la cercanía de la comisaría no es sinónimo de seguridad”, un concepto totalmente erróneo y falaz, ya que en países mucho más adelantados como Estados Unidos o el Reino Unido de Gran Bretaña, se plantea todo lo contrario: la presencia del Precinto en USA o de las comisarías en New Scotland Yard, Reino Unido, gozan de muy buena salud. En lo personal me ha tocado concurrir a una comisaría en Inglaterra y el sistema funciona a la perfección. También lo he comprobado en USA, con la diferencia de que allí el trato y el profesionalismo van de la mano.

Por otra parte, en otro hecho que pretende ser novedoso, se ha colocado en las comisarías porteñas a estudiantes de Derecho como personal civil administrativo para recibir denuncias, quienes en su mayoría demuestran un desconocimiento supino del trabajo que están haciendo, ya que no cuentan con la supervisión de un oficial de guardia que aporte su criterio en la toma de decisiones ante la denuncia de un ilícito. Solamente se mantuvo la figura del Principal o Jefe de Servicio, que normalmente está superado por su trabajo, que cada día crece más.

Así las cosas, además de perjudicar a los ciudadanos, estos cambios también impactan negativamente en el personal policial, el cual es trasladado de manera intempestiva sin ser consultado, a distintos destinos que en su mayoría desconoce y que lo sumerge en un  permanente estado de incertidumbre.

En ese marco de caos y desorganización, no resulta casual la reciente renuncia del jefe de la Policía de la Ciudad, Carlos Kevorkian, quien fuera Comisario Mayor Retirado de la Policía Federal y estaba al frente de la fuerza porteña desde fines del año pasado, tras la tempestuosa salida de Pedro Potocar. Hoy la Policía de la Ciudad es un barco sin timón en un océano de caos, inseguridad y descontrol.

Claro que, quien realmente la conduce detrás de un escritorio, es nuestro viejo conocido, el Dr. Martín Ocampo, actual ministro de Justicia y Seguridad y ex fiscal garantista, o sea viejo cultor de la “puerta giratoria” para con los delincuentes. Mientras tanto, la actividad de los motochorros goza de muy buena salud, al igual de la de quienes se dedican al robo de celulares, de carteras y al ataque de indefensos jubilados.

Doctor Ocampo ¿Hasta cuándo va a avanzar con estos cambios improductivos? ¿Hasta cuándo va a seguir en la suya con el fracaso que lleva a cuestas su Policía primero Metropolitana y ahora de la Ciudad? ¿Cuándo va a recocer que se equivocó y entonces dará marcha atrás con este mamarracho que usted prohijó y ayudó a crear? ¿Dónde están los protocolos de intervención de los piquetes que permitirían al trabajador llegar a destino? No se ha hecho nada, absolutamente nada. Yo personalmente ya perdí las esperanzas de ver una policía eficiente que proteja y esté al servicio del ciudadano.

Es tiempo de aplicar aquellas dos máximas policiales que hablan de “proteger y servir”, y aquella otra que desde siempre se aplicó en la Escuela de Cadetes “entrar para aprender salir para servir”. Hasta la próxima.


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CUANDO LA INSEGURIDAD ANDA EN MOTO


08/11/2018

El accionar de los motochorros se ha convertido en una modalidad delictiva en constante aumento, lejos del control de las autoridades


Una vez más, el licenciado en Seguridad Alberto Meni Battaglia, comisario inspector retirado de la Policía Federal Argentina y ex gerente de Seguridad de Brinks Argentina, vuelve a aportar en esta columna su mirada sobre la problemática de la inseguridad. En esta ocasión enfatiza su enfoque en torno al accionar de los motochorros. Meni Battaglia es además profesor de Eje del Derecho y de Derecho Administrativo en la Escuela de Cadetes de la Federal, Juan Ángel Pirker.


Entre todos los flagelos que sufrimos a diario quienes trabajamos en seguridad, debemos mencionar con especial énfasis a los delincuentes conocidos en la jerga popular como “motochorros”. Se trata de tripulantes de motocicletas de diversa cilindrada que, en compañía de otro delincuente, aprovechan cualquier circunstancia para efectuar robos con absoluta y total violencia contra transeúntes o personas que viajan en vehículos particulares o taxis.

El modus operandi de estos sujetos es arrancar la cartera de una mujer que sale de su casa a trabajar o a realizar una compra, aunque también son víctimas de estos delincuentes los hombres que llevan un celular en sus manos o una cartera colgando.

Pero existe otro tipo de estrategia delictiva, que funciona a partir de un entregador. En esta modalidad suelen registrarse hechos aún más violentos que se originan en el momento en que una persona retira una suma importante de dinero de un banco u otra entidad crediticia. Aquí normalmente los delincuentes no detienen su accionar hasta lograr el objetivo.

En el primer caso, a veces la resistencia por parte de la víctima hace que los motochorros desistan de su objetivo, aunque son pocas las veces en las que se logra evitar el robo, ya que suelen utilizar algún tipo de armas para perpetrarlo.

Los que trabajan a la pesca o al voleo, como comúnmente se dice, observan que alguna cartera o portafolios viaje en el asiento del acompañante, para entonces destrozar el vidrio y llevarse el botín aprovechando un embotellamiento de tránsito, y así huir con la moto a toda velocidad zigzagueando por entre los automóviles detenidos.

Claro está que cualquier objeto les viene bien, pero los teléfonos celulares suelen ser uno de los bocados más apetecibles para estos malvivientes.

Hasta aquí los hechos que evidentemente todos tenemos conocimiento por su permanente repetición en distintos puntos de la Ciudad y el conurbano, pero ¿Qué se ha hecho hasta ahora para prevenirlos y evitarlos? La respuesta es nada, absolutamente nada.

En otros países que también sufren este flagelo, incluso en forma mucho más grave -como Colombia, donde en las motos viajan sicarios asesinos– se les exige que en el chaleco del conductor y en el del acompañante, lleven en forma muy visible la chapa patente impresa del vehículo que conducen para poder ser identificados. Otra de las medidas adoptadas es que, en horas pico, se prohíbe la circulación de motos con dos personas a bordo, incluso se solicita la habilitación de un registro donde figure el nombre de las empresas en las que prestan servicio, con los números de chapa patente que pertenecen a cada firma y con el logo en los chalecos, todo con el fin de identificar quién realmente trabaja y quién no lo hace y se dedica al delito. Otra forma sería la utilización de distintos colores de chaleco para cada día de la semana.

No obstante, lamentablemente no se tomó ninguna medida y el flagelo sigue y goza de buena salud. Solamente en la Provincia de Buenos Aires se les exige el número de patente en el chaleco de los motoqueros, pero no se controla prácticamente nada.

Ante esa pasividad de las autoridades, bien vale tener en cuenta algunos consejos que ayudarán a evitar estos hechos que vienen recrudeciendo día a día:

No llevar a la vista en los automotores ningún objeto de valor (teléfonos celulares, computadoras, bolsos, carteras, etc.). Es conveniente llevarlos en el baúl o debajo del asiento donde no se perciban desde el exterior. Otra buena medida es polarizar los vidrios con material antichoque o golpe, lo que evita en muchos casos la rotura del vidrio de la ventanilla.

Opciones a tener en cuenta ante un vacío legal que nos obliga a correr detrás de los hechos. Hasta la próxima.



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