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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 179 **
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SÓLO DAR Y DAR


Prestar los ojos. Esa es la tarea que mes tras mes realiza la cronista Gisela Mancuso, para retratar cada uno de los detalles y latidos de los paisajes del barrio y su gente

23/12/2017


Crónicas de barrio. Un cálido balance de historias con gusto a solidaridad


“Dar es dar / y no explicarle a nadie / no hay nada que explicar / Hoy los tiempos / van a mil y tu extraño corazón / ya no capta como antes / las pulsiones del amor / Y yo te digo que dar es dar / dar y amar / Mira, nena, hacelo fácil / dar es dar / Dar lo que tengo / todo me da / no cuento el vuelto / siempre es de más / dar es dar / es solamente / una manera de andar”.

“Dar es dar”, Fito Páez


Sólo dar y dar. Solidaridad. Sólo dar y dar. Es aquí donde me detengo este diciembre de 2017, después de andar por las calles de Mataderos, Liniers y La Alameda, buscando esa historia minúscula, cotidiana; pequeña a la luz inmediata de los ojos; inmensa, a la luz profunda de la mirada y de la memoria.

Cuando hace cuatro años y tres meses comencé a escribir crónicas para Cosas de Barrio, no estaba tan segura de que mi rol —además de hacer trabajo de campo en diversos lugares de estos barrios porteños y tomar anotaciones para luego cristalizarlas en un discurso narrativo—, era dar. Dar y dar, en un sentido que se volvió más consciente y voluntario el último tiempo.

Por eso hablo de sólo dar y dar. Por eso recurro a la aliteración sólo dar y dar, solidaridad. La escritura, aun de crónicas literarias, es un puente para la dación. Una hermosa recopilación de causas cuyas consecuencias devienen en otros lados o en otros actos o a través de los propios receptores de mi compromiso como escritora y poeta.

Sin pensar, con el afán de mi pasión por la escritura, el paseo de estos años ha sido como arrojar globos de helio al cielo sin esperar que volviera un aire para mi asma de reconocimiento. Sin esperar nada de lo escrito por los otros, para los otros, para resaltar el valor de esos valores que no son noticia, porque son silenciosos escondites —fácilmente hallables— en los recovecos de los barrios.

Como se dice, todo regresa, todo vuelve, por algún canal: una conversación que hizo feliz al murguero más “antiguo” de “Los Mocosos de Liniers” fue una palabra que alguien me dio más tarde cuando, a pesar de ser adulta, me sentí una mocosa sin esperanza.

Un cigarrillo pedido y dado en la Plaza Salaberry fue en el acto una caricia del perro cuyo dueño me chifló un “¡maestra, ¿tiene un cigarro?!” o ese levantar la mano como gesto de un buen día del señor que me devolvió el saludo tras haber tomado vino tinto en tacita de té en la mesa ajedrezada del parque. Como esa calesita cerrada donde los gatos proyectaron la escena para distender los músculos de mis labios que sonrieron, cuando los cachorros jugaban a atrapar la primera mariposa de la temporada.

Sólo dar y dar. Solidaridad. Y todo regresa.

El oficio de escribir es una forma de vivir y de mirar a los otros quienes, a su vez, nos miran más grandes de lo que somos algunos de los que escribimos sin otro remedio que la necesidad de hacerlo.

La Plaza de Mataderos, solitaria, sin juegos, pronto dejaría de ser un páramo donde sólo se ofrendaban flores al gauchito Gil: la estaban refaccionando para que aquella niña, que aprendió de su papá a elevar el molinete para que diera vueltas, pudiera volver, no sólo a jugar con el viento, sino a disfrutar de juegos que la protegieran.

Si das sin pensar en ese vuelto o en ese favor o ese derecho a que te reintegren lo que hay o lo que se siente en la mano tendida o apoyada en un hombro, escribir crónicas literarias se torna entonces un trabajo de campo, un trabajo de conversaciones y charlas con personas que necesitan que les hagas una pregunta o contarte por qué, por ejemplo, bajan todos los sábados de su carruaje acarreado por un caballo cobre, a dejarle flores a Namuncurá en el Paseo Versailles. Y a lavarle los pies a la escultura erigida en la antesala de un recuerdo: la vieja estación de tren.

Solidaridad es ir hacia el fondo físico, mediado por el lugar central donde se festeja el aniversario de la Virgen de los Desamparados, locos, pobres y ausentes, patrona de Valencia, y encontrarte con un cocinero que, sin pagar el pase al banquete, quiere darte una porción de esa paella que hace horas está preparando: “quédate, quedate. Sólo falta el arroz”. O es ver la cara de princesa, el vestido de princesa de la reina de la Falla Valenciana con ese vestido tradicional, amplio, amplio, como el de los cuento de hadas que existen cuando mirás muy fijamente a alguien.

Cuando empecé a escribir crónicas literarias para Cosas de Barrio no estaba segura de que estaba cruzando un puente de madera firme, rodeado de pinos, araucarias, rosas chinas, palos borracho, caminando por arriba de un río que me llevaría, con la sonoridad de su corriente, a reencontrarme con aquel lugar que visité hace más de una década, cuando conocí a Mónica Carranza y me recibió en su casa para contarme de su misión: El hogar “Los Carasucias”.

Allí donde llevar cartones de leche, que juntaron amigas, alumnas y familiares, entre otras cosas, fue el alivio de Marta “porque en polvo no les gusta y ya no me quedaba leche líquida”.

Sólo dar y dar y escuchar esa confirmación en “La Casona de los Barriletes” según la cual, a partir de la cena a beneficio en el Club Vélez Sarsfield, los varones alojados en el hogar conocerían el mar y en sus pies rompería el yodo sanador que dejan las olas.

Sólo dar y dar, como en el cuartel de bomberos, donde el principal era el hombre de ojos duros que se ablandaba para la charla, pero se entumecía para ser respetado en su liderazgo, para que el equipo funcionara a favor de la pelea contra el fuego.

Qué decir si no. Escribir; escribir crónicas literarias para Cosas de Barrio consiste en mirarse a los ojos. En conversar personalmente. En mirar agudamente al afligido que está sentado en un banco de plaza o a la feliz beba que descubre que el viento es poderoso, que alzar la mano en los hombros de su papá es suficiente para que el molinete gire y gire y ella no pueda dejar de sonreír y reír por uno de sus primeros éxitos solidarios.

“Hoy los tiempos van a mil”, como dice la canción de Fito, que encabeza este balance de año, de años. Sin embargo, hay personas que ralentizan pequeños actos de la vida diaria, en una plaza, en un hogar de asilo de niños, en un cuartel, en una murga que enciende luces cuando cae el sol y los tambores siguen sonando.


Gisela Vanesa Mancuso

http://giselamancuso.wixsite.com/gisela-mancuso



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"LOS AUMENTOS EN LA LUZ REPERCUTEN EN LOS SECTORES MÁS HUMILDES"


Dame luz. Aunque se aseguró que los aumentos en la energía eléctrica contribuirían a evitar los cortes en el servicio, los primeros calores del verano dejaron sin luz a varias zonas del barrio.

31/12/2017


Lo aseguró Diego Mielnicki, director de Servicios Públicos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, respecto a los nuevos incrementos en las tarifas


En diciembre comenzaron a regir los nuevos aumentos en las tarifas de los servicios de gas y energía eléctrica. “La política del Gobierno nacional es reducir a cero los subsidios, por eso va a haber aumentos de este tipo cada seis meses”, advirtió Diego Mielnicki, director de Servicios Públicos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, en diálogo con el programa “Comunas, un desafío”, que se emite los sábados a las 14 por AM 690, con la conducción de Alberto Espiño y la colaboración de Juan Carlos Cárdenas y Gregorio Martín.

“Va a haber dos aumentos anuales en la luz, el gas y el agua”, puntualizó Mielnicki y explicó que en el caso del agua, a partir del año que viene se pondrá en marcha un proceso para cobrar por consumo. “No se va a pagar todo por superficie, como hoy, sino también por el consumo a través de la instalación de medidores que se empezarán a colocar en los próximos años, porque no es algo rápido ni sencillo”.

Contó además que a partir del decreto de emergencia energética surgido en febrero de 2016, y el consiguiente aumento de tarifas, la Defensoría del Pueblo comenzó a trabajar muy fuerte en este tema. “De hecho –enfatizó- uno de los pocos funcionarios que participó de todas las audiencias públicas de servicios fue el Defensor del Pueblo. Fueron diez en total, y en todos los casos hizo los mismos cuestionamientos, planteando gradualidad, razonabilidad, y tener en cuenta los temas sensibles como los de los jubilados, las tarifas sociales, las economías regionales y las pymes. Porque estos aumentos afectan y castigan a todos pero hay sectores donde repercuten mucho más”.

Agregó también que otro planteo hecho por el Defensor del Pueblo de la Ciudad, Alejandro Amor, fue por el uso de garrafas, que en un 40 por ciento la Argentina importa por la inexistencia de red de gas natural. “Casi la mitad de la Argentina no tienen gas natural, esto implica que el valor por la misma unidad de energía en una garrafa es mucho más caro que en cualquier categoría, la garrafa siempre sigue siendo más cara, de hecho volvió a aumentar; y el problema es que paradójicamente la usan las personas más humildes”, explicó Mielnicki y recordó que hay provincias enteras que no tienen red de gas natural, tal como se lo hizo saber el propio Amor en reiteradas ocasiones al ministro Aranguren.

Para el ministro de Energía, la garrafa  (gas licuado de petróleo, cuyo nombre técnico es GNP) es un servicio público esencial para que tenga un régimen similar al que tienen los servicios públicos. “No puede ser que aumente la garrafa a un valor de mercado como si fuese una botella de whisky”, planteó Mielnicki y recordó que “hay un proyecto de ley en el Senado, presentado por Julio Cobos, para que la garrafa sea declarada servicio público”.

El funcionario se refirió también a la situación de los comercios, las industrias y las pymes que utilizan la energía eléctrica como servicio básico, y cuyo aumento implica un corrimiento a los costos. “Los aumentos de los servicios influyen en toda la cadena, por eso insistimos en que son servicios públicos esenciales, es decir, que hacen al ejercicio de derecho humano, porque no se puede vivir dignamente sin el acceso a fuentes de energía, gas, luz y cloacas”, enfatizó.

Al ser consultado sobre el método que se está empezando a utilizar en la Provincia de Buenos Aires, tendiente a la carga de energía con tarjeta, y que se piensa replicar en la Ciudad, Mielicki sostuvo “hemos cuestionado el tema de la tarjeta, e informalmente nos han dicho que por el momento no se va a aplicar, pero el problema es que ha sido pedido e incluso bien recibido por algunos intendentes del Gran Buenos Aires, y el Ente regulador de la energía lo está fomentando”. Lo equiparó con el servicio de celular con tarjeta y explicó “es un medidor especial que funciona cuando uno le carga un código, que viene en una tarjeta prepaga y en base a eso tiene una cantidad de energía disponible. Lo que a nosotros nos parece perverso, es que el costo del kw termina saliendo más barato con este sistema donde no se pagan cargos fijos que sí se pagan con el sistema tradicional”. Mielicki remarcó que esa es la estrategia de venta. “Igualmente –sostuvo- nosotros somos Defensoría del Pueblo de la Ciudad, y  en la ciudad esto no se instaló. Nos parece un tema muy delicado porque cuando las familias no tengan plata no tendrán luz, y eso no nos cierra”.

Este sistema no es nuevo, se instaló hace años y ahora lo están relanzando. “Están mercantilizando un servicio público esencial –explicó el funcionario- no estamos hablando de cigarrillos, que si tengo plata compro y si no, no fumo y listo. Una familia no puede quedarse sin energía eléctrica porque no tiene plata para comprar una tarjeta prepaga”.

Sobre el cierre de la charla, el director de Servicios Públicos recordó las vías de comunicación con la Defensoría del Pueblo, “donde la atención es perzonalizada y no vía contestador”. La sede central se ubica en Belgrano 673, y las consultas puede hacerse a través del teléfono 0800-999-3722 o mediante el sitio web defensoría.org.arg



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