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DIARIO DE CUARENTENA


10/5/2020
Pareciera que partir de la vida entre cuatro paredes que impuso la pandemia, los días solo llevan números. Y no me refiero a la cantidad de contagiados, ni a la de víctimas fatales, para nada. Parecería ser que el nombre ?jueves?, por mencionar un caso, se transformó más bien en un mero accesorio; o peor aún: se hundió en el olvido de nuestra cotidianeidad.
Pero existe algo todavía más increíble en esta película y es que, en tiempos de cuarentena, desaparecieron por completo los horarios. Sólo una minoría, como los estructurados, siguen respetando a rajatabla los de las comidas. Como si almorzar pasadas las 15 fuera un pecado.
El confinamiento además trazó la raya entre el encierro pacífico en nuestros hogares y la calle, la nueva tierra de nadie. Afuera, el barbijo. Adentro, los auriculares. No cabe duda de que estos dos amuletos se convirtieron en los inseparables aliados de este impensado momento de la historia.
Por un lado, los bautizados ?tapabocas?, toman a la fuerza la mitad de nuestros rostros, y en la vía pública dejan relucir sus diversas fachadas, dependiendo de cada dueño. Eso sí: los hay de muchos colores y texturas. Confeccionados caseramente a base de tela, paño, elásticos y hasta incluso lentejuelas, los barbijos ya no son solo un instrumento de defensa personal, sino que con el correr de los días se convirtieron en un accesorio más de la moda impuesta por decreto.
Por otra parte, nunca faltan los auriculares del otro lado de la pantalla. Durante las videollamadas o videoconferencias, si se quiere un poco más formal, son esenciales. Sin embargo, me animo a decir que muchos lo usan de ?facha?. Y es verdad: quedan más cancheros si estás hablando con un profesor, con el jefe o con un compañero de laburo. Por eso más de uno necesitó pasarle un trapito para remover el polvo que acumuló durante tanto tiempo en el cajón.
Y hablando de estética, en época de aislamiento social, cada uno se convierte en su propio estilista. A algunos la ansiedad los empujó con inercia a agarrar la tijera y probar suerte. Los resultados se traducen en risas o lágrimas, reacciones que no esperan para ser compartidas luego en las redes sociales. Otros prefirieron hacer honor al dicho: ?se mira y no se toca?. Y así se los ve, irreconocibles por el exceso de pelo que acaricia el techo haciéndole cosquillas. En definitiva, cada uno es dueño de su propio cabello y tiene de peluquero a su esposa, hijo/a mamá, papá, hermano/a, etc.
Pero a medida que tachamos los días ?a la sombra de los locales cerrados y la imposibilidad de muchos de generar ingresos genuinos- la ansiedad aumenta como los decibeles de la música en momentos de euforia. En los tiempos muertos de la trastornada rutina, la nostalgia asalta nuestro pensamiento y nos apunta en la sien con lúcidos momentos de risas junto a amigos y seres queridos. En esos casos, no hay mejor remedio que la pantalla, en sus diversos tamaños, para olvidarnos de esta situación que, a veces, roza el borde de la depresión.
La ocasión me permite entonces citar una célebre frase inspiradora que, como una jeringa, inyecta dosis de ánimo a la mente: ?somos felices y no nos damos cuenta?. Entre cuatro paredes, ¿qué puede salir mal? Protegidos, sanos y salvos, estando en casa nada ni nadie nos puede arruinar los pequeños placeres de la vida.
La cuarentena podrá habernos robado las tardes con olor a pastafrola en lo de la abuela, los mates en la plaza o las salidas nocturnas con amigos o en pareja. Pero en casa hay rincones que brillan como el oro: los mates en el balcón o los amaneceres silenciosos en el comedor.
La cuarentena nos hizo piquete de ojos. Como dice el refrán: ?el que ríe último, ríe mejor?. Y así me despido, haciéndole lero lero al maldito encierro.

Santiago Roríguez

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CUANDO LA SOLIDARIDAD TIENE FORMA DE OLLA POPULAR


30/5/2020
Los trabajadores de la vía pública entregan en su local de Liniers cientos de viandas a familias que se han quedado sin trabajo

Dicen que la solidaridad ?por suerte- se fermenta justo allí donde la necesidad es más profunda y evidente. Y en el marco de la pandemia, la necesidad de muchos es eso y más. Por eso, entonces, son varios los merenderos y comedores comunitarios que se despliegan a lo largo y a lo ancho de la Comuna, para asistir a aquellos que no tienen otra forma de llevar un plato de comida caliente a su mesa.
Tal es el caso de la rama de los trabajadores de la vía pública, nucleados en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Cetep Capital), que desde febrero pasado abrieron las puertas de su local en Liniers (Rivadavia 10716, esquina Tuyú) donde tres veces por semana organizan una olla popular.
?Venimos trabajando conjuntamente desde hace un año, pero cada organización que integra esta rama viene desempeñándose desde hace un largo tiempo?, comienza explicando Pamela Gamonal, coordinadora de la entidad, y cuenta que el año pasado realizaron el primer plenario de los trabajadores de la vía pública, donde ?discutimos diversas políticas del sector, pero también nos conocimos, porque acá trabajamos cuatro organizaciones distintas?. Una de ellas es la de los vendedores ambulantes de Liniers, que desde la puesta en valor realizada en la zona el año pasado, muchos se han quedado sin trabajo. ?También está el Colectivo Cultural Defensa, que pertenece a la Feria de San Telmo y es la organización que yo integro ?explica Pamela-; los compañeros trabajadores de la calle, como cuidacoches y trapitos; y finalmente los de la Feria de los Patos, de Parque Patricios, que a partir de nuestra lucha logramos recuperar para los trabajadores?.
Gamonal sostiene que los trabajadores de la vía pública apuestan a trabajar en ferias, más que en predios cerrados. ?Sabemos la experiencia de los vendedores independientes de Once, a quienes el Gobierno porteño les otorgó dos predios donde el público no accede y entonces no venden nada?, argumenta, y luego agrega ?queremos que se nos reconozca como trabajadores, porque lo que hace el Gobierno de la Ciudad es criminalizarnos, y en realidad nosotros estamos en esta problemática porque el sistema genera que no podemos desempeñarnos en un trabajo en blanco?.
Según Gamonal, la venta ambulante es para muchos una elección y para otros una necesidad. ?Muchos optan por ser vendedores ambulantes, yo por ejemplo opto por ser feriante, pero hay quienes no les pasa eso y han tenido que serlo por necesidad. Por eso nosotros, como rama, en ese primer plenario del año pasado nos enfocamos en la reconversión de rubros, es decir, en ofrecer otras herramientas y otra capacitación para que, quienes lo deseen, puedan formarse en otro oficio?. De allí que la entidad ofrezca talleres de oficios, como marroquinería, luthería andina, marketing digital o joyería, ?para apostar a que los compañeros que cayeron en la venta ambulante pero no quieren serlo, tengan otras opciones de trabajo?, explica la coordinadora.
Para este año tenían previsto organizar talleres laborales donde los vendedores pudieran trabajar y funcionar en forma cooperativa, pero la pandemia dejó en stand by ese proyecto. ?La idea ?aclara Gamonal- no es dejar las calles, porque hay muchos que quieren seguir siendo vendedores ambulantes. Por eso tenemos esas dos opciones: la pelea para que el Gobierno porteño nos reconozca como trabajadores y nos otorgue espacios para montar las ferias, y por otro lado desarrollamos políticas para generar otras opciones de trabajo?.

Viandas con guiso y alcohol en gel

Los trabajadores de la vía pública agrupan gente de diversos barrios de la Ciudad y algunas localidades del conurbano. Y ante la falta de fuentes de trabajo, decidieron poner en marcha dos ollas populares donde se entregan viandas solidarias. Una de ellas es la de Liniers, que funciona con la ayuda del Movimiento Popular ?La Dignidad?; y la otra está en Barracas, junto a la Pastoral Social Evangélica.
?Cocinamos en Mataderos, en una sede de la Pastoral Social Evangélica que está en Timoteo Gordillo 2416, porque como este local es muy chico se nos hace muy difícil hacerlo acá?, explica Pamela, y cuenta que, además, crearon una unidad textil con la que están fabricando barbijos. ?Con los ingresos que se generan con la venta de barbijos ?destaca- los compañeros destinan un porcentaje para comprarles medicamentos a los adultos mayores. Sabemos que la salida es solidaria y colectiva a través de la comunidad organizada?.
El comedor comunitario funciona los días lunes, miércoles y viernes de 12:30 a 14. La rutina está aceitada. ?Empezamos a las 9 en Mataderos cocinando las viandas y al mediodía ya sale la olla para acá. Para entonces otros compañeros ya van realizando una limpieza del local para evitar contagios y ajustarse a los protocolos de seguridad. Recién después, Roger abre las puertas del local y les va colocando alcohol en gel en las manos a la gente que se acerca a retirar las viandas, quienes se ubican en una fila respetando el distanciamiento social?.
Hay quienes retirar una única vianda, pero también están los que se llevan seis porque tienen familia numerosa. ?En un primer momento la olla popular fue pensada para los compañeros, pero después se fueron sumando los vecinos del barrio?, explica Pamela, y luego cuenta ?muchos se acercan a retirar las viandas porque las necesitan y nosotros no le negamos un plato de comida a nadie, pero también están aquellos que vienen a colaborar o nos traen alimentos para sumar a la olla?. Hoy, lo que más falta les hace es verdura y carne ?porque arroz y fideos vamos consiguiendo?. Por lo general se cocinan guisos y algunas menestras, siempre tratando de que las viandas sean abundantes.
Quienes colaboran con el local pueden palpar cómo la necesidad de la gente se incrementa día tras día. ?Cuando empezamos entregábamos veinte viandas diarias ?recuerda Pamela- a la semana ya entregábamos cuarenta y actualmente se están llevando unas cien viandas por día. Incluso hubo días que llegamos a las 120 y a veces nos quedamos sin comida?. Pero hay un hecho que se destaca como un termómetro de la crisis ?también vemos que la clase media se acerca a retirar las viandas?, concluye Gamonal, antes de disponerse a abrir las puertas del local de Liniers.

Ricardo Daniel Nicolini

COMER PARA VIVIR

?Yo soy vendedor ambulante y hoy el Estado no me permite trabajar?, cuenta Daniel, mientras aguarda su turno en la fila con un tupper grande en sus manos. ?Trabajo en el semáforo de Beiró y General Paz. Ahí vendo desde biromes hasta panes rellenos que cocinamos con mi señora en casa. Pero a partir de la cuarentena no pude seguir haciendo eso y me quedé sin ingresos?, explica con la voz entrecortada, y cuenta que vive con su señora y sus tres hijos (de 12, 3 y un año) justo a la vuelta del local, en Fonrouge y Rivadavia.
Distinto es el caso de Rosa, que es oriunda de Bolivia y era vendedora ambulante en Liniers, barrio en el que también vive. ?Trabajaba sobre la vereda de José León Suárez y vendía colitas para el cabello, hebillas y pequeñas cositas de bijouterie. Pero desde que nos desalojaron nos hemos quedado sin trabajo, en total somos más de 700 personas que estamos en la misma situación?. Cuenta que tiene cuatro hijos, pero los tres mayores ya formaron su familia. ?Hoy vivo con el menor y con una de mis hijas mayores, que se separó de su marido y está con sus tres hijos viviendo en casa. En total, con mi esposo, somos siete. Y mi marido también está sin trabajo?.

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