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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 175 **
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"UNA PERSONA EN SITUACIÓN DE CALLE ES UN DESAPARECIDO SOCIAL"


Militante barrial. González Velasco remarcó la necesidad de que el Gobierno porteño cumpla con la Ley 3706, que garantiza los derechos de las personas en situación de calle.

31/08/2017


Lo aseguró Laura González Velasco, miembro del Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires y vecina de Liniers, en una charla cruda y reveladora


Aunque casi nunca ocupen la tapa de los diarios ni sus rostros acaparen las pantallas de los noticieros, ellos están ahí, a la vista de todos pero lejos de todos; tan lejos que hasta sus siluetas se confunden con el entramado del paisaje urbano y ni el propio Estado parece querer visibilizarlos. Para intentar sacar a la luz sus caras curtidas y anónimas, en 2010 se sancionó en la Ciudad de Buenos Aires la Ley 3.706 –que recién fue reglamentada tres años más tarde- con la sana intención de proteger y garantizar los derechos de las personas en riesgo y en situación de calle. Sin embargo, a la fecha, no sólo la ley no se cumple sino que el número de personas en esa condición de vulnerabilidad ha crecido en forma notoria.

Además de ser vecina de Liniers y candidata a legisladora porteña por 1 País, Laura González Velasco integra el Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires, un organismo descentralizado del Gobierno porteño en el que confluyen representantes de sectores empresarios, sindicales y universitarios con el objeto de “sensibilizar acerca de distintas temáticas vinculadas a la calidad de vida de quienes habitan la Ciudad”. En su carácter de consejera, Laura coordina la Comisión de Políticas Sociales y Economía Social y desde allí aborda a diario la problemática de las personas en situación de calle, fundamentalmente haciendo hincapié en el cumplimiento de la Ley 3706. “Se trata de una ley muy potente que promueve políticas públicas integrales que en la práctica no se están llevando adelante ni cuenta con el presupuesto apropiado para desarrollarlas”, explica en diálogo con Cosas de Barrio, al tiempo que asegura que el problema se está profundizando “porque de la mano de la indigencia y la pobreza, cada vez más gente termina en la calle. Por eso elevamos un trabajo en el que solicitamos el pronto cumplimiento de la Ley, pero como no obtuvimos respuesta por parte de Ejecutivo, el año pasado presentamos un amparo en la Justicia junto con la diputada Victoria Donda, que derivó en una medida cautelar por parte de la jueza Elena Liberatori, en la que le recomienda al Gobierno de la Ciudad cumplir con la ley, porque entiende que el Censo que el Ejecutivo realizó el año pasado no cuenta con el apoyo documental suficiente, además de haberse realizado en apenas tres horas durante un día de lluvia, y sin incluir a la totalidad de la gente que vive en situación de calle”.

Pero además, ese censo oficial tampoco relevó a toda la gente que está en riesgo de calle, que es lo que plantea la ley, como por ejemplo aquellas personas que ocasionalmente pasan la noche en paradores municipales, las que están próximas a ser desalojadas de hoteles familiares, viven en asentamientos pero sin ningún tipo de servicios básicos, son pacientes de neuropsiquiátricos a los que les dan el alta pero no tienen a dónde ir, o hasta quienes cuentan con un subsidio habitacional pero tienen resuelto su albergue de una manera precaria. Todos están considerados por la ley como integrantes de un universo de riesgo.

Velasco cuenta que “cuando la jueza hace la recomendación se arma una mesa de trabajo que al poco tiempo se desarticula, y finalmente este año el Gobierno de la Ciudad vuelve a hacer el censo pero de la misma manera. Como consecuencia de eso, junto a diversas organizaciones sociales y organismos como la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y el Ministerio Público Tutelar, decidimos elaborar nuestro propio censo, con 500 voluntarios, que se desarrolló entre el 8 y el 15 de mayo pasado en toda la Ciudad de Buenos Aires”.

- ¿Qué relación existe entre el censo oficial y el que realizó el Consejo?

- En el último censo, el Gobierno admitió un crecimiento del 20% de las personas en situación de calle, respecto al del año pasado. Allí relevó un total de 1.066 personas, contra las 876 del año pasado. A nosotros nos pareció acertado que reconocieran el crecimiento de esta problemática, pero la cifra que muestran es cuatro veces inferior a la que nosotros relevamos en calle efectiva, donde encontramos 4.394 personas, de los cuales, unos 500 son chicos. Pero si después consideramos al resto de la población en riesgo de calle, esa cifra asciende a 25.872 personas, y allí no está considerada toda la gente que está en emergencia habitacional.

El censo elaborado por el Consejo arrojó también muchos datos cualitativos. Por ejemplo, un 23% de la población que está efectivamente en calle, está en esa situación desde hace un año, lo que se corresponde con las cifras oficiales de la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad, respecto al aumento de la pobreza y la indigencia en el último año. “También tenemos datos muy interesante para discutir la estigmatización –subraya Laura- porque un 83% de la gente en situación de calle busca de alguna manera ganarse el sustento, ya sea a través del cartoneo o de alguna changa. Es mínima la proporción de gente que mendiga. Además, un 70% de esa gente no cuenta con ningún tipo de subsidio del Estado, es decir que no cobra ningún plan y depende estrictamente de esas changas”. Otro dato a destacar es que un 75% de los chicos que viven en la calle siguen asistiendo a la escuela, algo que resulta casi increíble. “Eso indica que hay una búsqueda de estas familias de tratar de salir de esa situación, pero les resulta muy difícil porque en la mayoría de los casos lo que motivó su situación de calle es un problema económico a partir de la falta de trabajo. Claro que también hay casos de problemas familiares o patologías psiquiátricas o de adicción, pero lo que prima el aspecto económico”, enfatiza quien durante quince años se desempeñó como docente en escuelas primarias y secundarias públicas de la Ciudad.

Además, del total de la población relevada sólo un 25% son mujeres. “Esto tiene que ver con que para la mujer es aún mucho más riesgoso vivir en la calle, porque a veces la violencia física y verbal se transforma en violencia sexual”, enfatiza Velasco.

Los voluntarios que realizaron el censo recibieron una capacitación para conocer la forma más adecuada de abordar a una persona en situación de calle, priorizando siempre el respeto y partiendo del diálogo, para lograr la confianza del otro. “Son personas que a veces reciben solidaridad de parte de los vecinos –explica la docente- y otras veces indiferencia y hasta incluso agresiones. Por eso nuestra premisa es que la calle no es un lugar digno para vivir, porque esta gente no tiene un lugar de privacidad, un lugar de aseo, está expuesta a las inclemencias climáticas y a la indiferencia de la sociedad, que muchas veces pone a la gente en situación de calle en el lugar de un desaparecido social”.

- Se dice que mucha gente prefiere no ir a los paradores municipales? ¿Cómo es el trato que allí se les dispensa?

- Lo que ocurre es que los paradores no están abierto las 24 horas como indica la ley, entonces la gente sólo va a pasar la noche y a higienizarse y luego vuelve a la calle. Además suele haber situaciones de violencia y de maltrato por parte de alguna gente que trabaja allí, pero también se dan casos de violencia entre la propia población de calle, porque hay mucha marginalidad. Entonces al no haber una contención y una atención integral, y ser casi una especie de aguantadero, hay familias que prefieren no llevar a sus hijos ahí o que han ido y les han robado sus pocas pertenencias. Otros se niegan porque no les permiten ingresar con sus herramientas de trabajo, como los carritos de los cartoneros, entonces prefieren seguir en la calle para evitar que se los roben. Pero tampoco es fácil ingresar para aquellos que lo desean, porque hay que hacer largas colas hasta terminar el cupo y a veces se estigmatiza a aquellos que tienen aliento etílico.

El objetivo de este censo es lograr que se comiencen a diseñar a y aplicar políticas públicas para revertir la situación social de la población de calle. “No existe un abordaje integral que ayude a salir de esa situación a esta gente, porque no hay mecanismos que integren lo laboral, la capacitación en oficios. No se trabaja en prevención para evitar que más gente en riesgo caiga en situación de calle”, asegura Velasco.

- El censo se hizo en mayo ¿Qué pasó después? ¿Obtuvieron alguna respuesta?

Después de un arduo trabajo de sistematización de los datos hicimos una presentación conjunta del informe con el resto de los organismos que participaron, pero hasta ahora no hemos tenido ningún tipo de respuesta por parte del Gobierno de la Ciudad. Además, en la causa que lleva la jueza Liberatori presentamos como un hecho nuevo este censo, para ver si desde la Justicia también se presiona al Gobierno para que cumpla la ley. La jueza citó como testigo al Dr. Eduardo Fargosi, un abogado vinculado al Pro que hace unos días planteó que la gente que estaba en situación de calle estaba mantenida por punteros de la oposición, intentando desacreditar la dura situación que atraviesa esta gente, que tiene todos sus derechos vulnerados. Entonces la jueza le va a pedir que presente pruebas que demuestren y avalen sus dichos. Yo estoy como querellante en esta causa.

Las organizaciones sociales y políticas que elaboraron el censo, aguardan que el Gobierno reconozca la gravedad de la situación y actúe en consecuencia. “Es grave que el tema se invisibilice o que se intente mentir la cifra –remarca Laura- porque si el universo que se reconoce es más chico, el presupuesto va a ser menor y, obviamente, no va a alcanzar. Entonces, si tenemos una ley que es buena y si estamos en una ciudad tan rica como la nuestra, se debe poner el presupuesto adecuado y deben diseñarse las políticas públicas correspondientes para comenzar a revertir esta situación”.

- ¿Qué nos pasó? ¿Cuándo fue que se rompió el tejido social y llegamos a este triste presente?

Si uno mirara las villas de Buenos Aires o de cualquier lugar del país, podría hacerse la misma pregunta. Porque cuando éramos chicos había villas en Buenos Aires y en otras grandes ciudades, que se fueron conformando con el crecimiento industrial y que atrajeron a la población rural del interior del país y de países limítrofes. Ahora, el crecimiento de la pobreza y de la indigencia en los últimos cuarenta años es abismal. Pensemos que en 1975 la pobreza era del 7%, pero además eran otras las condiciones de vida en las villas, donde la mayoría de la gente era trabajadora, no estaba desocupada. Era una realidad muy distinta en volumen y en características. Hoy no solamente hay desocupación sino también mucha precarización laboral, changas, trabajo en negro y muchísimos jóvenes que no tienen un proyecto de vida, que no están incluidos en la educación ni cuentan con un trabajo, los famosos ni ni, que suelen ser hijos de desocupados. Además las oportunidades que les aparecen en el barrio, muchas veces están asociadas a las redes del delito, es decir al robo, a la droga. Por eso la realidad actual en cuanto a la pobreza y la indigencia, es mucho más grave a la que se vivía hace cuarenta años. Y con la gente que está en la calle pasa lo mismo, antes eran situaciones esporádicas, pero ahora son muchos los que están en esa situación. Todo esto tiene que ver con un deterioro social y con un crecimiento de la brecha de la desigualdad, donde los más ricos tienen mucho más y los más pobres tienen mucho menos.

Está claro. Es hora de barajar y dar de nuevo.


Ricardo Daniel Nicolini






LA SITUACIÓN DE LOS MANTEROS Y EL CENTRO COMERCIAL DE LINIERS


Como vecina de Liniers, Laura González Velasco tiene una opinión formada sobre la dura situación que atraviesa el barrio. “Toda la zona que rodea a la Estación de Liniers está muy olvidada desde hace muchísimos años, con un deterioro muy grande. Por eso, como tengo que admitir que en la zona de la Estación Constitución el Gobierno de la Ciudad ha hecho un gran trabajo, en Liniers hay un descuido y un olvido total, incluso en la periferia de la Estación de ómnibus y toda la zona comercial, que es una boca de lobo dominada por la suciedad. Lo llamativo es que el Gobierno recauda muy bien, pero después no vuelca en servicios ese dinero como debiera”, argumenta.

- ¿Qué opinión tenés sobre los manteros que dominan todo ese sector del barrio?

- Creo que se debe encontrar un equilibrio entre los reclamos de los comerciantes establecidos, a los que se les hace muy difícil afrontar los costos de sus locales, con la inflación y los tarifazos, e incluso varios han tenido que cerrar sus puertas, y por otro lado, la gente cuya subsistencia muchas veces depende de la venta en la vía pública. Pero es difícil encontrar ese equilibrio, por eso tiene que haber un proyecto en el que la gente que vende en vía pública tenga un lugar adecuado, como una feria, en el que no esté compitiendo en forma directa con el comerciante establecido. Tiene que ser una alternativa asociada a formas virtuosas como la economía social, es decir, que exista la producción familiar o de cooperativas de trabajo vinculadas a una necesidad auténtica, y no a un negocio clandestino, al delito o al contrabando. Porque son unos pocos vivos los que se llenan los bolsillos con la necesidad del mantero, que sólo alcanza a ganar para el puchero. Pero para eso es necesario que intervenga el Estado, ordenando, regulando y controlando. No es solamente ir y desalojar, porque cuando desalojan una zona la gente se traslada a otra. En Liniers lo sabemos muy bien, porque aquí ha llegado gente de Once, de Caballito y de la avenida Avellaneda. Por eso tiene que haber otro tipo de abordaje.



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EL RESGUARDO DEL PATRIMONIO Y LA IDENTIDAD BARRIAL DE CARA A LA MUDANZA DEL MERCADO DE HACIENDA


03/09/2017


Tras la decisión del gobierno porteño de trasladarlo, surgió la preocupación de las entidades tradicionalistas

Por la museóloga Zulema Cañas (*)


Como presidente de la Asociación Civil Foro de la Memoria de Mataderos, institución dedicada al rescate, preservación y difusión del patrimonio histórico cultual de Mataderos, he escuchado y leído estos días muchas notas sobre el traslado del Mercado de Hacienda, hito fundacional de nuestro querido barrio.

Un Mercado que si bien lleva el nombre de Liniers, es –sin dudas- el símbolo de Mataderos. Su denominación surgió a raíz de que cuando comenzó a construirse en 1889, sólo existía como referencia geográfica el apeadero del Ferrocarril Oeste, ubicado dos leguas hacia el norte, que en 1872 fue bautizado con el nombre de “Liniers”. Pero luego, con el crecimiento económico y demográfico de la zona, fueron los propios vecinos los que denominaron Mataderos al barrio que albergaba al Mercado de Hacienda, que funcionaba como matadero de vacunos, ovejas, cerdos, etc. para abastecer de esos alimentos a la Ciudad de Buenos Aires.

Desde hace años, las versiones sobre la mudanza del Mercado corren y corren, y con ellas aparecen diversas aseveraciones: que el Mercado se tiene que ir para dar paso al progreso, que es ridículo que siga funcionando en la Ciudad, etc. Etc. Pero también aparecen interrogantes respecto al futuro destino de ese inmenso espacio. Se habla de la creación de escuelas, de viviendas, de espacios verdes, de la Feria y tantas cosas más. Todos se calzan el sayo de opinólogos: vecinos de Mataderos y de otros barrios, entidades, funcionarios, en fin,.todos quieren aportar su opinión. Y allí es cuando yo me pregunto si todos los que opinan se acuerdan del valor del patrimonio histórico-cultural de ese espacio, de la idiosincrasia del barrio de Mataderos, y del porqué funcionan aquí una feria de artesanías argentinas, talabarterías, restaurantes criollos, carnicerías y frigoríficos.

Mataderos es un barrio con identidad propia que nació a la par de este Mercado. Un barrio con historia que se fue forjando a lo largo de 128 años, cuando el 14 de abril de 1889 llegaron a estos pagos tan alejados del centro de la ciudad -a bordo de un tranvía imperial- las autoridades del gobierno de entonces, para colocar la piedra fundacional del Mercado mas moderno del país. Y llamaron a este barrio que recién nacía, “Nueva Chicago”, porque su operatoria sería similar a la de los mataderos de la ciudad de Chicago, en los Estados Unidos. Por eso el Mercado es nuestro patrimonio histórico cultural, como lo son los gauchos reseros, los consignatarios, los matarifes, los frigoríficos, la carne y sus derivados, y hasta los adoquines de avenida de los Corrales. Todo ese conglomerado simbólico forma parte de la tradición sembrada por nuestros mayores.

Pero además, preservar nuestra identidad como barrio es nuestro derecho. Y así está enunciado en el artículo 32 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, que dice: “La Ciudad distingue y promueve todas las actividades creadoras. Garantiza la democracia cultural; asegura la libre expresión artística y prohíbe toda censura; facilita el acceso a los bienes culturales; fomenta el desarrollo de las industrias culturales del país; propicia el intercambio; ejerce la defensa activa del idioma nacional; crea y preserva espacios; propicia la superación de las barreras comunicacionales; impulsa la formación artística y artesanal; promueve la capacitación profesional de los agentes culturales; procura la calidad y jerarquía de las producciones artísticas e incentiva la actividad de los artistas nacionales; protege y difunde las manifestaciones de la cultura popular; contempla la participación de los creadores y trabajadores y sus entidades, en el diseño y la evaluación de las políticas; protege y difunde su identidad pluralista y multiétnica y sus tradiciones”.

Esta Constitución garantiza la preservación, recuperación y difusión del patrimonio cultural, cualquiera sea su régimen jurídico y titularidad, la memoria y la historia de la ciudad y sus barrios. Y eso es lo que tenemos que preservar, más allá de que se haya dispuesto la mudanza del Mercado. Pero hay que lograrlo cuanto antes, porque todos creen que esas tierras son una gran torta que hay que repartir, un pedazo para cada uno, y así, muy pronto, la identidad de Mataderos se transformará apenas en unas pocas migajas.


(*) Cañas es presidente de la Asociación Civil Foro de la Memoria de Mataderos forommataderos@yahoo.com.ar www.forommataderos.blogspot.com



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COSAS DE AMOR


Presencia en la ausencia. Mónica Carranza, fallecida a fines de 2009, continúa siendo el símbolo más saliente del hogar “Los carasucias”.

20/08/2017


Crónicas de barrio. Historias que laten en el interior del Hogar “Los Carasucias”, que fundara la inolvidable Mónica Carranza


Muchas veces los chicos me pedían algo para comer […] Así conocí a Raúl, a Malevo y a Mónica, una negrita mota que andaba siempre descalza…. ¡Esa particularidad me recordaba tanto a mí! Tendrían entre 7 y 10 años. Comencé con esto en marzo del ’91; los chicos todas las noches me tocaban el timbre para pedirme de comer. Un día se me ocurrió hacer milanesas a la napolitana con puré; puse mi mejor mantel, una mesa bonita. Cuando los hice pasar, Malevo me preguntó: “¡Eh, doña!, ¿quién viene a comer? ¡Qué mesa! Yo me reía y les dije: “Vienen tres príncipes que yo quiero mucho; vamos, lávense las manos y la cara, que la tienen sucia”. “Los Carasucias” en El dolor de la miseria, relato autobiográfico de Mónica Carranza, Página/12.


—¿Usté es médica? ¿Viene a curarnos? —me preguntó un nene de 7, habitante del Hogar Los Carasucias.

—No. No soy médica. ¿Y vos qué hacés acá?

—Juego. Me gusta jugar. Juego al fútbol.

—¿Y cuándo seas más grande que vas a hacer?

—Mmm… Futbolista.

—¿Y si no?

—Cocinero o Arreglador.

—¿Arreglador? ¿Qué es eso?

—De autos. Arreglador de autos.


Diálogo del 24 de junio pasado, a las 15, en el salón de juegos del primer piso del Hogar, frente a una pared poblada de sellos de manos y pies de colores de los habitantes de este inmenso recoveco de luces, en Mataderos, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Esta conversación, en apariencia trivial, entre un adulto y un niño, es un simbólico resumen del legado y del deseo practicado, y aun póstumo, de Mónica Carranza: Que los 39 habitantes, menores de edad, que hoy cobija el hogar estrenado hace siete años (con miras a una expansión que el predio espera con las manos extendidas) sepan un poco acerca de quiénes son hoy e intuyan y proyecten, con las caras limpias y las panzas saciadas, quiénes querrán ser en el futuro cercano o lejano. Cuentan con la guía de una crianza en la que los valores del respeto, la honestidad y la dignidad son los pilares fundamentales, custodiados por psicólogos, el amor de las voluntarias, el de Beto, el de Roberto, el de José, el de los asiduos visitantes, Soledad y su esposo, y el de la comunidad artística que en silencio no los olvida y los acompañan en sus luchas. Nada más preciso que la canción de Lerner: Aquí es “Todo a pulmón” en esta “realidad tirana / que se ríe a carcajadas” […] porque “espera” sin lograrlo “que [nos cansemos] de buscar”.

José Carranza, el hijo del albergado corazón de Mónica (Asunción Dolores Carranza), se enorgullece de esa foto con Alejandro Lerner, que me envía por whatsapp, después de nuestro reencuentro apenas ingresé al predio del Hogar Los Carasucias.


Son las 11 del 24 de junio de 2017. Ya declarado rotundo y contundente, el invierno nos corrió por la casa para recobrar las ropas lanudas y los pantalones gruesos. Sin embargo, como si el hada de toda la energía solidaria que recibí durante la semana anterior se hubiera encarnado hoy en el sol, se asomó entre las ramas desnudas del árbol de mi esquina, como una resolana fuerte que, sin quemar, alumbraba el camino por emprender. Mónica Carranza, fundadora del comedor y del Hogar Los Carasucias, falleció el día más inocente de todos los calendarios: el 28 de diciembre de 2009 y, a pesar de que su carne ultrajada por una vida de luchas y esfuerzos ya no se visibiliza en un cuerpo, la declarada en 1997 “Mujer del año”, todos estos años y esta mañana, se despereza con el sol, como un ramo de hojas nuevas en el otoño del fresno. Y todas las ramas, que se erigen hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los costados del mundo, brújula natural del instinto del amor, que vuelven tan pequeño el mío, señalizan distintos senderos porque son los rayos —eso quiero creer porque me fuerza a ser alguien mejor— de la esperanza y de las raíces de la esperanza que dejó en mí aquel septiembre de 2005 en que la conocí, en su casa y en el entonces hogar El Nidito, donde me abrazó como si me conociera de toda la vida, como se dice. Como si me quisiera, sin importarle, quién era. A ella, en verdad, nunca le importó quién era alguien desde la perspectiva de prejuicio alguno, palabra y acto de cultura que ignoraba: lo que ella miraba en los seres humanos era quiénes podían llegar a ser con la tibieza de su mejor mantel, limpio, estampado que, más tarde, llevaría las marcas de las salpicaduras de comida, de los chapuzones de los utensilios de sus primeros chicos que saciaban el hambre con una alegría desesperada que se correspondía con la tristeza alegre de la anfitriona de la calle, de la miseria, de la infancia ultrajada y de la resignificación del pasado a través de todos los niños que se cuidaron a partir de la llegada de su sueño.


El viernes 16 de junio de 2017 hablé con Beto, el amor de la vida de los últimos años de Mónica. Si no está cerca del teléfono o está ocupado, Beto no atiende. Y es una suerte que a veces no atienda “nadie”: en un contestador la voz estimulante de Mónica parece hablarte en vivo. Ese viernes Beto me dijo que podía ir al hogar cuando quisiera. Que le mandara fotos de mi visita de hace doce años, de mi abrazo fotografiado con Mónica. “Te mando la foto grupal, en la que están los que me acompañaron. Sigo buscando la foto en que Mónica me arropó en su remera blanca con la impresión del lema Los Carasucias. Sigo buscando la foto en que la arropé con mi saquito rosa de primavera”.


Son las 12 del sábado 24 de junio de 2017. El sol sigue siendo inusual para este invierno de Buenos Aires. El comedor Los Carasucias, en Pilar 1838, hoy está cerrado. De lunes a viernes, con la ayuda del Gobierno de la Ciudad, ahí comen —o desde ahí se llevan sus viandas— más de 300 personas, entre adultos y menores. Sin embargo, en frente, en Pilar 1851, está abierto el gran campo del Hogar. Marta me espera. Marta, el pulmón del lugar, me espera. “Te esperaba. Beto me dijo que ibas a venir”. Roberto, el hijo de Mónica, respira en ese lugar colmado de fotos repartiendo aire y calor como estandarte del legado de su madre: “No quiero ni que vos, ni Marta, ni Beto permitan nunca que este lugar se cierre”, afirmó Mónica con su convicción, con el sentido de toda su vida, antes de morir. Marta parece replicar el mismo significado de la existencia: “Yo estoy acá hace muchísimos años. A mí me hace bien estar acá. Aunque me fui tres años, volví. Volví porque no puedo no estar acá. El día que me diagnosticaron el síndrome de Barrett y me dijeron que si no me cuidaba me quedaban cinco años, no pude volver a mi casa, en González Catán, no quise. Iba a llorar. Entonces vine al hogar. Vine acá y se me fue todo”.

José Carranza, hijo del corazón de Mónica, está en el predio. En la entrada. Le mostré la foto que había encontrado, donde estaba con su madre y otras visitantes que me habían acompañado: mi hermana, mi mamá, amigos. “No, pero esa no es la foto más linda. Yo me acuerdo de vos, vos viniste a mi casa. Yo tengo una foto en la que están solas, vos y Mónica abrazadas”. Esa es la foto que estoy buscando hace mucho tiempo adentro de una caja de zapatos donde se esconde la memoria más precisa. “Yo te la mando”, me dijo. Y me abrazó como abrazaba su mamá.


Desde el lunes 19 al viernes 23 de junio visité a amigos y recibí visitas. No había hecho más que sugerir, como en 2005, una juntada de juguetes, ropa y alimentos para llevar cuando el 24 de junio de este año visitara el hogar. Como movidos por una fuerza más poderosa que la dislexia con la que a veces leemos a los otros, o nos miramos, confundiéndonos, desconociéndonos como iguales, por la triste grieta de los bandos de la que tanto se habla y que tanto se vive, mi entorno afectivo me esperó en su casa o en los sitios de habitual encuentro y retiré y me trajeron bolsas para llevar al hogar. Alumnas; mi profesora de yoga; compañeras de yoga; amigas; mi prima Mariela y su mamá Liliana que vinieron con los tan bien recibidos cartones de leche larga vida que el viernes 23 coronaron la semana de juntada solidaria. “Gracias. No tenía más y a los chicos no les gusta la leche en polvo”, me dijo Marta al otro día, frente al letrero que abre paso a las habitaciones de las nenas: “Debemos cumplir con nosotros mismos para que crezcan felices”.


El 24 de junio de 2017, a las 12, llegué al hogar con todos esos eslabones de donaciones que habían colmado, apilados, el pasillo de entrada de mi casa. Un gato acebrado se agazapaba frente a las palomas y a las torcazas que parecían no temerle. En el campo de juego, los varones jugaban al fútbol. Y con esa pelota un poco desinflada pude devolver, con mínima dignidad, tres pases que se salieron de los márgenes de la cancha y volvieron con mi patada desde los dedos enfilando la pelota hacia el pie del lejano y temporario compañero de juegos. Recordé que, cuando en el colegio, se hacían campeonatos de deportes, elegía el fútbol de mujeres, porque los demás no me salían.

Desde el quincho, más allá, una miríada de chicos, y el olor de esas hamburguesas que me traje a casa en la ropa. Don Marcelo Álamo es el cocinero oficial del Comedor y del Hogar. Este mediodía, como tantos otros, alumnos y docentes de la escuela Virgen Niña los visitan para que los chicos se integren y para colaborar con la reparación de los espacios. El plan para el día era comenzar con el espacio de estudio donde los chicos reciben apoyo escolar. Después, seguirían con la enorme biblioteca a la que “van más las chicas. Las adolescentes. A leer cosas de amor”.

También estaba Guido, que planificó el armado de una huerta junto a los chicos, a quienes ya les había dejado, para que aprendieran a cuidarlos, hijos y más hijos de un frondoso lazo de amor.

“Los chicos los cuidan. Los riegan. Guido dijo que tenemos que cuidarlos”, me cuenta sonriente Marta, para quien ese gesto y esa tarea son estimuladoras de los dones del cuidado que Mónica brindaba para que, en una cadena de favores sin espera de devolución, también los niños criados enseñaran en sus años más adultos la importancia del cuidado de todos los seres, habiendo aprendido antes a cuidarse ellos mismos.


Mónica sonreía con llanto. En 2005, al menos, esa impresión me quedó en la fotografía más genuina que pudo capturar la memoria de mi mirada. Las ojeras pronunciadas, los ojos castaños, esmerilados, brillosos como el de las esquirlas de una botella de cerveza rota. Y, sin embargo, la espuma en sus labios, la sonrisa dispuesta, a pesar del pasado que no la perseguía sino para que nadie que estuviera a su vista ocupara un lugar en el contexto de sufrimiento en el que ella había vivido los primeros años, fundantes, de su vida. Porque a no todos les es difícil revertir la experiencia de la infancia. Porque a no todos les es fácil resignificar la dureza que Mónica vivió para transformarla, como resiliente, en un acto de fe, emprendimiento, sentido y bondad.

Mónica Carranza nació en Parque Patricios, donde vivió hasta los 9 años con sus once hermanos, quienes, tras la muerte de su padre, fueron separados e internados en diversos colegios. Pero Mónica sintió que su lucha debía comenzar afuera. Se escapó y comenzó a vivir en la calle, donde pasó hambre, frío y violencia. En la intemperie de una ciudad que no la protegía, y luego de ver morir a su hermana, víctima del invierno y la inanición, nació su sueño: ella quería ser grande para ayudar a los necesitados. Así fue. Luego de casarse, fundó en su propia casa de Mataderos el comedor comunitario Los Carasucias. No fue fácil. Los protegidos eran cada vez más. En 1996, los Carranza hipotecaron su casa y alquilaron un galpón. Mónica y sus voluntarios salieron a vender flores para pagar el alquiler. Y llamaron a la solidaridad. Y la escucharon. Entre subsidios y donaciones, comenzó a cubrir las necesidades de muchísimas personas.

Al 24 de junio de 2017, aunque la reconocieron y apoyaron su lucha, el Hogar paga los servicios públicos del peculio de Beto, la última pareja de Mónica. Si falta algún papel, no lo sé y no es de importancia. No falta ningún papel. Están cubiertos por todos los que trabajan para que ese lugar se mantenga y crezca algún día. Lo que falta es la certeza de que no pueden existir desidias ni reglamentos ortodoxos para un lugar con fines altruistas como el Hogar de una precursora de saciedad de lo más necesario (contención, educación, salud, comida y agua) que ha emprendido esta lucha hace más de 26 años. Si algún papel falta es el del Estado y es el de los recaudadores de las tarifas de agua, luz, gas, teléfono, cable e impuestos inmobiliarios que no deben cobrarle un centavo a una entidad que no sólo no tiene fines de lucro, sino que tiene los fines que ellos deberían patrocinar, con los gobernantes de turno y pasados y futuros a la cabeza. El Hogar de Pontevedra ya se cerró porque las roturas de las instalaciones de agua no pudieron ser costeadas.


El reloj marca las 13.30 de este sábado 24 de junio de 2017, en la cocina del Hogar, donde sobre estantes y pendiendo de las paredes se revelan fotos de Mónica y de sus hijos y con figuras públicas o dando charlas, como descubrí después en todos los salones. En el comedor, donde almuerzan todos juntos, luego de concurrir a las escuelas N°. 7, N°. 13 (distrito 20), N°. 16 y al jardín de la Plaza Salaberry, en cuyo centro de salud “atienden muy bien a los chicos”, tienen una tele inmensa, sólo faltan 40 metros de cable para que la pantalla negra entretenga a los habitantes con los dibujitos y “las novelas que miran las chicas. Y nosotras”.

Abajo están las habitaciones de los varones; arriba, las de las nenas y las de las madres, como Rita, que viven ahí con sus hijos. El denominador común es el calor de la loza radiante y los peluches en cada cama. Guardapolvos colgados, medias apoltronadas en anaqueles de madera, y silencio. Por ahora, que están todos alrededor de la mesa del quincho, con los visitantes, comiendo hamburguesas. En la parte baja de una cama marinera, escoltado por dos gorilas de peluche y un vaso de agua vacío, un bebé duerme profundamente, moviendo apenas los deditos inquietos por los sueños de los sueños.


Rita vive en el Hogar con sus siete hijos. Hace más de siete años. Está tan inmensamente agradecida con Roberto, el hijo de Mónica, como tan inmensamente deseosa de juntar los últimos dieciocho mil pesos que le faltan para pagar su casa en González Catán. “Quiero criarlos sola, en un lugar. ¿Sabés? Me encanta cocinar. Me encanta. Yo cocinaba hasta que quedé embarazada del último de mis hijos: me daban arcadas los condimentos. Y ahora me quiero ir. Quiero darles un futuro y un espacio íntimo de la familia. Trabajo en una milonga, como cocinera, pero es difícil juntar lo que me falta”.


Lo que me falta. Lo que falta. Cuando hace trece años visité el hogar, sentí que Mónica era un hilo conductor, invisible gusano de seda que propulsaba permanentemente la expansión de la empresa de cobijar a los niños en situación de calle. Este sábado, como si esta partida de Mónica hubiera tenido consecuencias, sentí que al coraje de los actuales colaboradores les falta el coraje de la ayuda estatal. Que ese predio es hermoso y gigante y que, aunque algunos chicos violentados por el arrastre de sus días, rompan puertas y paredes, puede blandir más y más picaportes y abrazar entre muros de amparo a decenas y decenas de otros tantos menores, además de los actuales habitantes. Me fui con la sensación del gran ahogo del esfuerzo. Me fui con la sensación de que Mónica estaba pidiendo por favor que alguien mantuviera no sólo su memoria, sino también su misión, su misión ambiciosa: la de amparar con abrazos de carne y peluche a más y más niños en situación de calle. Cosas de barrio. Cosas de amor. Y cosas para las que el amor y la entrega no alcanzan si los representantes del pueblo no erigen como prioridad, como Mónica, la de ejercer una vocación —política, la supuesta de aquellos—, la de no pasear por esos lares en tiempos de oportunidad, sino pasar para dar oportunidad todos los días a estos lugares donde los corazones laten desesperadamente por una esperanza que se queda en el verde viscoso, en el verde difuso, como la foto movida de un bosque rico.


Gisela Vanesa Mancuso

http://giselamancuso.wixsite.com/gisela-mancuso



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