Warning: session_start() [function.session-start]: Cannot send session cookie - headers already sent by (output started at /home/cosasweb/public_html/noticia.php:1) in /home/cosasweb/public_html/noticia.php on line 2

Warning: session_start() [function.session-start]: Cannot send session cache limiter - headers already sent (output started at /home/cosasweb/public_html/noticia.php:1) in /home/cosasweb/public_html/noticia.php on line 2
** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 172 **
  Inicio   Editorial  Comunidad  Sociedad  Cultura  Breves Comunales Contacto Javascript DHTML Drop Down Menu Powered by dhtml-menu-builder.com



Publicite Aquí

EL OTOÑO DEL HOMBRE QUE DUERME EN LA PLAZA


Las vueltas de la vida. La tradicional calesita de la plaza Salaberry, es fiel testigo de miles de historias.

19/05/2017


Crónicas de barrio. Historias que laten en el interior de la plaza Salaberry


“Viejo Hospital Salaberry de paredes remendadas / tu estructura descolada, ya dice que no va más. / Pero no cedes jamás, siguen haciéndote injertos / Y aunque aparezcan expertos, con planos y con maquetas, / vos siempre pones la geta y nunca te das por muerto”.

Fernando Villar. Primera estrofa poesía “Viejo Hospital Salaberry”, en mármol tallado en la entrada del Centro de Salud Salaberry.


Domingo nublado de abril de 2017. Olor a lluvia, la sensación de que las nubes bajan y bajan pretensiosas de confundirse con lo que todavía queda de las copas de los árboles. Es otoño y los fresnos dejan caer las semillas escondidas en sus lágrimas extensas. Me alejo del tráfico de Alberdi al 6200 y en la Plaza Salaberry, hacia Bragado, en el cantero que la bordea, un chico se sienta con su perro.

Se escuchan gritos desde una mesa de ajedrez. Tres hombres. Uno de ellos, sabré después, duerme debajo de una planta con flores violáceas, en colchones degradados, entre trapos y cajas vacías de vino. Están tomando alcohol.

Una pareja de jóvenes ingresa a la plaza, de la mano, y surca los caminos bordados con flores de palo borracho, aún frescas. No hay nadie en la plaza de juegos. Las multitudes son de horneros y palomas que toman como nuevo lo que descartan los árboles y la frescura del bebedero cuya canilla no puede cerrarse. El torrente es siempre de un agua limpia que forma charcos alrededor del predio del Jardín de Infantes, la escuela infantil número 6, del Distrito Escolar 20, donde un guardapolvo cuadrillé azul y blanco, como un árbol, desprendió su corbatita.

Un dibujo recuerda que el 14 de abril cumple años Mataderos y en otros tantos los niños disfrutan, pincelados, de la calesita El capricho, inaugurada hace más de tres décadas, ahora cerrada, vacía, con la salvedad de dos gatos que se disputan una mariposa monarca y juegan con las alas de esa libertad perdida. Pronto sabré que ahí detrás, debajo de un follaje con flores violáceas, duerme uno de los señores que grita y bebe, allá, un poco más lejos, en la entrada del Centro de Salud N°4 “Juan F. Salaberry”.El nombre del nosocomio es en honor a un hacendado, tambero y filántropo que, a través de sus socios, tras su fallecimiento en 1908, donó el terreno a la municipalidad para que se construyera un hospital, un hospital que hoy no existe, que hoy se reescribe en el centro de salud, de paredes frescas y modernas. También llevaba su nombre el mirador que en 1858, para avistar el ataque de los indígenas, sus colegas tamberos construyeron en lo que hoy es Avenida General Paz 12.700.

“¿Maestra, un cigarro?”, me grita el chico que descansa con el perro. Me acerco. Cajas de vino, botellas de caipiroskay de cerveza, preservativos estampados en el cemento. Le doy dos cigarrillos al dueño de Capitán Morgan, el perro negro y grande de 9 años que “está sucio. Le gusta jugar en la tierra”. Como en toda la zona, los honores al gauchito Gil: “La casita del gauchito Gil la cambiaron. Rompieron el candado, la saquearon. Hay otra en la esquina. Si en este país no se hace nada ¿por qué castigaría a alguien el gauchito gil?”, dice y enciende uno de los cigarros que le di.

Me acerco a los hombres que ríen y gritan. Sobre uno de los enrejados de la escuela infantil, en un grafiti se lee, dificultosamente, sobre los rombos del alambrado: “Avellaneda arde. La Boca late. En Mataderos, cuidate”. Por entre esos mismos rombos, un árbol del encierro de adentro, inmiscuye los brazos de cortezas y ramas por entre las rejas y sus protuberancias, como nudillos, que toman envión para el golpe al aire exterior, quedan en la presunta libertad del sendero de adoquines de la plaza.

Redescubro el Centro de Salud y, a la par, estoy cerca de los hombres que desayunan con alcohol. Los más jóvenes se levantan, se van. Jugando al ajedrez de todos los días sobre ese tablero cerámico, el que queda, el indigente, mira la pequeña taza de su infusión. “Buen día”, digo. “Buen día”, responde, aunque no es un buen día cuando alguien lo dice y enseguida mira hacia abajo. Pronto lo entiendo. Cerca del busto del historiador local Ofelio Vecchio, cerca de las hojas amarillas del gomero, cerca de la bandera izada que flamea enfurecida con el viento de este día, está la cama del señor que toma alcohol en una taza china. Del señor que se queda solo sentado a la mesa de un desayuno imperfecto, mientras aquel chico aplasta el cigarrillo en el suelo y se va a su casa con Capitán Morgan porque el cielo va a llorar y va a llover. Ya empezaron a caer las primeras gotas.


Gisela Vanesa Mancuso

abrazomariposa@yahoo.com.ar



Enviar a un amigo
 
 
 
   
 
  loading

 
AGUJAS QUE TEJEN SOLIDARIDAD


Punto corazón. Los rostros de las voluntariosas tejedoras que conduce Claudia Bracalenti, reflejan la misma alegría de quienes reciben sus prendas.

22/05/2017


El Taller de Tejido de la escuela Alfonsina Storni se pone al servicio de los más necesitados


Claudia Bracalenti es profesora de Tejido en la Escuela Alfonsina Storni (N° 10 del D.E. 20) desde hace siete años. Desde entonces, motoriza el impulso solidario de sus alumnas que cada semana confeccionan prendas de abrigo para quienes sólo tienen el sol como aliado contra el frío. En lo que va de este año, toda la producción del Taller fue destinada a los ex combatientes de Malvinas de Ramos Mejía, quienes se encargaron de llevar la ropa a pueblos muy necesitados de la Provincia de Tucumán. El próximo envío será destinado a poblaciones humildes de Santiago del Estero, afectadas por los temporales y la extrema pobreza. “Hay mucha necesidad en esa provincia, por eso además vamos a colaborar con pañales, artículos de limpieza y comida no perecedera, como leche larga vida, porque hay lugares donde ni tienen agua potable como para hacer la leche en polvo”, explica Claudia, y agrega “hay mucha necesidad al punto de no contar con sistema de cloacas, luz, agua corriente, gas, ni otros recursos básicos como los que sí tenemos en la Capital”. Pero además, este año tienen previsto a donar prendas a Ciudad Oculta, donde también hay gente en estado de vulnerabilidad total. En este sentido, la docente está convencida de que el aporte solidario de los vecinos resulta fundamental. “Con nuestro granito de arena no les vamos a cambiar la vida, pero se las vamos a mejorar, porque no se trata de cambiar el mundo, sino de colaborar en lo que podamos”, sostiene.

Esa llama solidaria es la que se necesita para formar parte del Taller, ya que ni siquiera hace falta tener nociones previas de tejido y la inscripción –totalmente gratuita y sin límite de edad- se realiza durante todo el año en la misma sede del establecimiento: Lisandro de la Torre 1171, esquina Ercilla. “Acá se viene a aprender tejido y solidaridad”, resume Claudia, y cuenta que el taller se dicta tres veces a la semana, de 18 a 20. “Los lunes aprenden técnicas de tejido, los miércoles aplican lo aprendido y tejen para donar con lanas que provee la Cooperadora o los vecinos del barrio, y los jueves tejen para uso personal con lana propia.

La Cooperadora de la escuela pide mensualmente una colaboración  de cincuenta pesos, que no es obligatoria. “Cuando termina el curso, a fin de año, hacemos rifas que vendemos acá mismo o en el barrio y juntamos plata para comprar más lana para el año siguiente”, explica una alumna. Con el bono contribución del año pasado alcanzaron a comprar más de 15 kilos de lana, que se sumaron a una donación de tres cajas de Hilados LHO y varias madejitas que acercaron los vecinos, al enterarse de la gran tarea social que realizan.

Susana, por ejemplo, ya se tejió una chalina y un pulover que acrecentó su guardarropa, como también ropita de bebé para sus nietos. Para donar hizo mantitas, saquitos al crochet y a dos agujas, chalecos, gorros y bufandas. Ella ya sabía tejer, pero viene para perfeccionarse y confiesa que aprendió “un montón de crochet”. “La profesora es una genia, sabe explicar muy bien e interpretar lo que queremos hacer”, añade otra alumna que va exclusivamente a aprender flores. “Si no sabés darle la forma a tus prendas, venís acá y todo se va puliendo”, agrega y cuenta que aunque no se requieren conocimientos previos “hay que tener la escuela primaria completa, porque hay que saber sumar, conocer las figuras geométricas, calcular proporciones, medir, calcular e interpretar todo tipo de revistas”.

Y en ese combo de oportunidades, quien no haya concluido la Primaria, tenga la edad que tenga, puede hacerlo en esa misma escuela durante la noche, o en el centro educativo “Don Guanella”, que funciona en el salón parroquial de la Iglesia Tránsito de San José (Emilio Castro y Murguiondo) donde se dicta el Primario de manera totalmente gratuita en horario vespertino y con título oficial.

Las tejedoras conforman un grupo de 20 alumnas, con una edad promedio de 50 años. La mitad están jubiladas, algunas trabajan y otras se encuentran desocupadas. Tal es el caso de Paola, ama de casa y costurera, quien sueña con tener un puesto en la Feria de Mataderos. De hecho ya está probando los domingos vender sus ropitas en Don Bosco, pero quisiera encarar su actividad artesanal en forma autogestiva para vender sus tejidos, ya que tiene cuatro hijos, su marido perdió el trabajo por un accidente laboral y ella también tiene problemas de salud. Marta, por su parte, fue operaria toda su vida y ahora es jubilada y teje para su bisnieta. Confiesa que tejer la relaja y la ayuda a olvidarse del mundo. A su lado, Graciela, lamenta que este año se le termina el curso porque llega al segundo nivel y desearía que le permitieran seguir viniendo, “aunque sea a colaborar”, porque vive cerca y le encanta.

A sus 62 años, Susana comenzó a asistir a las clases de tejido hace dos, pero tuvo que dejar un tiempo porque consiguió un trabajo. Se le presentó la oportunidad de cuidar a una persona mayor y la tomaron porque querían a alguien de confianza. “Acá me siento cómoda porque tengo muchas compañeras”, asegura. Según la docente, el secreto de este espacio de tejido es que “implica un recorte de tiempo en el cual justamente se olvidan del tiempo, y comienza a jugar la evasión, el placer, la descarga, una suerte de terapia, de estado de limpieza de la mente, para ordenar sus ideas, hacer proyectos en silencio y hasta repensar los problemas cotidianos sin decírselos a nadie pero sintiéndose acompañadas”. En ese sentido, Claudia asegura que en sus clases cada una viene con su mochila que se va alivianando cada vez más cuando comienza el proceso creativo de una nueva prenda.

“Siempre hay algo para aprender”, es el lema de Susana. Por eso, como sus compañeras, los lunes se siente orgullosa de mejorar su técnica, y los miércoles pone en práctica su costado solidario. Según explican los expertos, las actitudes solidarias traen felicidad no sólo a quienes las reciben sino que fortalecen la autoestima de quien las generan. “Las conductas cooperativas producen indirectamente bienestar en quienes las realizan”, demuestran los experiencias desarrolladas por el científico Gilbert Roberts de la Universidad de Newcastle. “Los actos de cooperación activan áreas del cerebro asociadas a la recompensa y al placer. Cuando la gente dona, se activan áreas en el sistema de recompensa cerebral muy similares a cuando se recibe dinero”. Por su parte, el Dr. Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva, sostiene que “ayudar resulta placentero y nos hace sentir bien”. Los efectos psicológicos de ayudar son innegables. Están quienes lo hacen en busca de reconocimiento, de sentirnos aceptados e incorporados a grupos legitimados socialmente, quienes prefieren ventilarlo a los cuatro vientos y sentirse valorados por el otro, o quienes apuestan al silencio, como lo hacía el famoso personaje de la película Amelie, la camarera que se había propuesto reparar la vida de las personas en forma anónima.

Por eso, además de invitar a las vecinas que quieran sumarse a aprender esta técnica milenaria, las alumnas y la profesora hacen hincapié en algo esencial: “todos aquellos que tengan en sus casas alguna madejita o restos de lanas o hilos, antes de tirarlos a la basura, no duden e hacérnoslos llegar”, subrayan a coro. Así, lo que era un estorbo en un placard, terminará convirtiéndose en una prenda de abrigo para los más necesitados y olvidados de la Argentina, gracias a estas verdaderas alquimistas de la solidaridad.


Mgter. Fabiana Godoy Di Pace

fabianagdp@yahoo.com



Enviar a un amigo
 
 
 
   
 
  loading


 
 
   
Publicite Aquí
Publicite Aquí
Publicite Aquí
Publicite Aquí
Publicite Aquí

Entretenimiento

Area de distracción y recreamiento


Correo

Cartas Enviadas a Cosas de Barrio


Personajes

Personajes


Política

Información del ámbito político


Historia

Relatos y Hechos Reales del pasado


Tercera Edad

InFormación de la Tercera Edad


Espacios Verdes

Informaci�n del Area verde de nuestro barrio


Comercio

Información de la actividad socioeconómica



 
             
 
Publicite Aquí
   
                 
Desarrollado por www.grupodeservicios.com.ar