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LINIERS VOLVIÓ A TRANSFORMARSE EN LA CAPITAL DE LA FE


Las puertas de la fe. La apertura de las puertas del Santuario de Liniers simboliza un momento único. La angustia por la falta de trabajo se transforma en la esperanza de un futuro mejor.

11/9/2019

El Santuario de San Cayetano vivió un nuevo 7 de agosto al calor de cientos de miles de fieles que clamaron por pan y trabajo


Como en cada 7 de agosto -día en el que se conmemora el fallecimiento de San Cayetano- cuando las agujas del reloj se confunden en lo más alto, las puertas del santuario de Liniers se abren de par en par para recibir a los miles de fieles que durante días acamparon en las veredas linderas aguardando ese instante sublime. Entonces, el frío cielo linierense vuelve a iluminarse con cientos de fuegos artificiales que anuncian el comienzo de los festejos en honor al santo, considerado el patrono del pan y del trabajo.

Trabajo. Esa fue sin dudas la palabra más repetida a lo largo de las casi doce cuadras de cola que se iniciaban en la parroquia y concluían sobre Juan B. Justo, a las puertas del mítico estadio de Vélez Sarsfield. Mientras tanto, en las inmediaciones del templo, grupos de servidores asistían a los fieles ofreciéndoles bebidas calientes y pan, a la vez que los sacerdotes los bendecían y confesaban. Dos largas hileras –una para observar y otra para acariciar la imagen del santo patrono- se dibujaron sobre las veredas y las calles cercanas a la parroquia, para delinear un caudal de creyentes dominados por la emoción y la esperanza. Es que en San Cayetano la fe y la emoción igualan. Allí no hay privilegios ni diferencias: Ni sociales, ni económicas, ni sexuales. Ni siquiera religiosas. Miles de almas se confunden en una larguísima fila en la que el pedido desesperado por conseguir un trabajo digno o la necesidad de agradecer por haberlo alcanzado, son una demanda urgente del espíritu.

“A las 10 estábamos en la cancha de Vélez, justo ahí, en la rotonda de Juan B. Justo”, aseguró con precisión Ricardo, uno de los tantos feligreses que portaba una espiga en sus manos. Acompañado por su esposa y su hija, el hombre, de unos 70 años, reconoció que cuando llegó “había mucha gente”. Contó que hace diez años que viene cada 7 de agosto “a pedir y pagar lo que yo le prometo al santo, y eso es lo que estoy haciendo ahora”, confesó mientras cruzaba los brazos para defenderse de la brisa fresca que chocaba contra su pecho emponchado.

Ricardo, que llegó desde el vecino barrio de Ciudadela, describió también el momento que vivió durante la vigilia junto a su familia: “El frío se aguanta y el viento molesta bastante, pero es lo normal. La estamos pasando bien”. Su mujer lo escucha atentamente sentada en una reposera, donde sostiene a su pequeña hija. “Hubo años en los que vine solo, pero completar la vigilia en familia tiene un sabor especial”, aseguró el hombre.

Y en medio del gentío, que deambulaba por la calle entre los puestos de un mercado persa desplegado a lo largo y a lo ancho de las primeras cuadras de Cuzco, donde lo místico y religioso se confunde con lo pagano, cada quince minutos los sacerdotes bendecían a personas de todas las edades, pero también sus llaves, imágenes y objetos religiosos.

Pasadas las 3 de aquella gélida madrugada, la fila “rápida”, aquella que eligen los fieles para venerar al santo a la distancia, se había reducido bastante debido a la rapidez de las visitas, mientras que la otra seguía desplazándose pausadamente. Por su parte, miembros servidores de la Vicaría de Flores de la Arquidiócesis de Buenos Aires, asistentes del grupo Scout Argentina y voluntarios de la Cruz Roja, seguían desarrollando su encomiable tarea para calmar el frío y el hambre de los fieles.

Algunos metros más delante que Ricardo está Isabel, de 63 años, quien conversaba amistosamente con dos personas que había conocido aquella noche. “En la peregrinación somos todos uno”, reconoció la mujer con acento correntino. Contó que había llegado hacía unos días desde Merlo, y se animó a relatar la razón de su visita al santuario. “Me acerco para pedir por mi familia –expresó- para que consigan trabajo, y para agradecer por lo que me dio a mí San Cayetano, salud y trabajo, que no es poco”. Más allá de lo tedioso e incómodo de la espera, Isabel aseguró que “se vive muy bien el clima durante la vigilia, porque uno se va conociendo, charla y todo se hace más ameno”.

El reloj marcaba las 5:30 cuando la fila “rápida” ya casi se había consumido. Mientras tanto, cuanto más cerca estaban del templo, más crecía la impaciencia de los fieles. Esa rara mezcla de ansiedad y emoción flotaba en el ambiente y se dibujaba en los rostros de cada uno de ellos.

A tan solo cien metros del santuario, rodeado de círculos de amigos y familiares, un hombre esperaba en soledad sosteniendo la imagen de San Cayetano, su única compañía a los largo de todo el trayecto. “Esta vez vine solo, pero pensando en los míos y con ganas de conseguir un trabajo digno para poder sacar a mi familia adelante, por eso vengo a pedirle a San Cayetano para que me pueda iluminar”, expresó Dionisio que había llegado desde Lomas de Zamora. Su emoción fue revelada entre lágrimas que le desbordaban mansamente por los pómulos y le quebraban la voz. “Hay que tener paciencia y fe. Con fe, solamente con fe, todo se puede”, aseguró.

Unos metros más allá, sobre la intersección de la calle Bynon -arteria en la cual se ubicaban las dos filas- y Gana, el grupo Scout Argentina había montado una carpa. La cantidad de servidores a esa hora de la madrugada era casi nula, y el cansancio y el frío de los pocos que seguían desarrollando su labor solidaria, los reunía al calor de las garrafas en las que calentaban el agua para el mate cocido. Entre ellos estaba Luis Delgado, uno de los referentes del grupo, siempre dispuesto a tender su mano amiga.

“Esta noche no fue tan fresca, hemos tenido otras peores y con tormentas”, recordó y destacó la labor que realizan los jóvenes del grupo. “Vienen a trabajar con muchas ganas y con alegría, y eso se refleja en su labor y se contagia a los fieles”, sostuvo.

Más adelante, a pocos pasos de la entrada principal del santuario, un sacerdote ofrecía el sacramento de la reconciliación, sentado en un banco sobre el empedrado de Cuzco. Desde allí, el Padre Sebastián, cura de la parroquia Santa Rosa de Lima, del barrio de Once, aseguró con la vista enfocada en los fieles que “basta mirar las caras y, aunque la falta de trabajo y la dura situación económica los mortifique, da la impresión de que no hay sensación de agobio, sino más bien que allí se percibe vida”. Pensativo, analizando con el corazón qué significa el santo para tanta gente, el presbítero que camina por el sendero del sacerdocio desde hace 26 años, expresó “para mí es vida, vida religiosa. Con esto me refiero al fenómeno San Cayetano: el pueblo que tiene fe y necesita expresarla”.

El cielo comenzaba lentamente a resplandecer con la fuerza del amanecer y los transeúntes se movilizaban a paso ligero con sentido a la Estación, para emprender su jornada laboral. La madrugada ya había pasado y a las 7, con los primeros rayos de sol, un nuevo día se ponía en marcha.


Santiago Rodríguez






UN SANTUARIO AL SERVICIO DE LOS MÁS NECESITADOS


Más allá de los festejos patronales desarrollados cada 7 de agosto, el Santuario de San Cayetano les tiende su mano amiga a los fieles durante los 365 días del año. Y lo hace a través de “La Casa del Santuario”, el anexo que se ubica en Cuzco 220, pegado al colegio San Cayetano.

Allí funciona, por ejemplo, el comedor comunitario, en el que de lunes a viernes cenan más de un centenar de personas, mientras que otras 90 retiran viandas para ellos y sus hijos. En otro sector se clasifican las ofrendas de los peregrinos, y miles de kilos de alimentos no perecederos, junto a enormes bolsas de ropa y calzado, son distribuidos a diario en distintas diócesis de Argentina. También se entregan gratuitamente medicamentos y algunos se distribuyen a otras farmacias sociales.

En el primer piso se ubica la Oficina de Empleo de San Cayetano, cuyos responsables se ocupan de contactar vínculos laborales en distintos rubros, a partir de la bolsa de trabajo que funciona en esa sede, además de brindar capacitación laboral en distintas disciplinas. Por su parte, los trabajadores sociales atienden las demandas de personas con necesidades múltiples y un grupo de psicólogos ofrece consultas sin cargo, mientras jóvenes docentes se dedican a alfabetizar a aquellos que no tienen estudios primarios. Junto a ellos, los abogados del Ministerio de Justicia de la Nación atienden consultas gratuitamente.

Juntos conforman un verdadero equipo que hace de la solidaridad y la entrega un estilo de vida, que bien vale la pena ser imitado.


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